Traducciones: Poemas de James Tate [versiones de Daniela Morano]

James Tate (1943-2015) no es uno de los primeros nombres que se nos vienen a la cabeza en Latinoamérica cuando pensamos en poetas de Estados Unidos y, sin embargo, su trabajo —que le valió, entre otras distinciones, un Pulitzer en 1992— tiene un lugar de preeminencia en la lírica norteamericana de los últimos cincuenta años. Es muy probable que esa no correspondencia tenga su origen en las escasas traducciones al español que hay de su obra; sería bueno empezar a corregir aquello. Acá, Daniela Morano aporta su grano de arena a la causa versionando tres poemas del nacido en Kansas.


Peggy en el crepúsculo

Peggy pasaba la mitad de cada día intentando levantarse, y
la otra mitad preparándose para dormir. Alrededor de las 5,
mezclaba algo absurdo y de los ’40
como un Saltamontes o un Brass Monkey, dando una nota
de alegría a su derrota. Se convirtió en una sombra.
Siempre se veía radiante: es decir, tenía un aura tanto de
inocencia como de muerte en ella.
La conocí en una fiesta hace casi treinta años atrás.
Incluso entonces era muy pronto para mujeres trágicas, para cualquier
cosa trágica. Pero, cuando se acurrucó y quedó dormida
en una esquina, me sentí sobrecogido de amor.
Pequeños ángeles negros y dorados se sentaron en sus hombros
y le cantaron canciones de cuna.
Entré a otra habitación y le pedí a nuestro anfitrión
un cobertor para Peggy.
“¿Peggy?”, dijo él. “No hay nadie aquí con ese nombre”.
Y así comenzó mi vida amorosa.

Peggy in the twilight
Peggy spent half of each day trying to wake up, and / the other half preparing for sleep. Around five, she / would mix herself something preposterous and ‘40s-ish / like a Grasshopper or a Brass Monkey, adding a note / of gaiety to her defeat. This shadowlife became her. / She always had a glow on; that is, she carried an aura / of innocence as well as death with her. / I first met her at a party almost thirty years ago. / Even then it was too late for tragic women, tragic / anything. Still, when she was curled up and fell asleep / in the corner, I was overwhelmed with feelings of love. / Petite black and gold angels sat on her slumped shoulders / and sang lullabies to her. / I walked into another room and asked out host for / a blanket for Peggy. / “Peggy?” he said. “There’s no one here by that name.”. / And so me lovelife began.


Sucede así

Estaba afuera de la parroquia de Santa Cecilia
fumando un cigarrillo cuando una cabra apareció a mi lado.
Era mayormente negra con blanco, con un poco de café
rojizo aquí y allá. Cuando comencé a caminar
me siguió. Me sorprendió y encantó, pero me pregunté
cuáles eran las leyes sobre este tipo de cosa. Hay
una ley para llevar perros con correa, ¿pero qué hay de las cabras? La gente
me sonreía y admiraba a la cabra. “No es mi cabra”,
les explicaba. “Es del pueblo. Sólo es mi turno
cuidándola”. “No sabía que teníamos una cabra”,
dijo uno. “Me pregunto cuándo será mi turno”. “Pronto”,
dije. “Sean pacientes. Todo a su tiempo”. La cabra
se quedó a mi lado. Cuando me detenía ella se detenía. Me miraba
hacia arriba y yo me quedaba mirándola. Sentí que sabía
todo lo esencial sobre mí. Seguimos caminando. Un policía
en su ronda nos miró. “Esa es una majestuosa
cabra la que tiene ahí”, me dijo, deteniéndose a admirarla.
“Es la cabra del pueblo”, le dije. “Su familia lleva
trescientos años con nosotros”, dije, “desde el comienzo”.
El oficial se inclinó para acariciarla, luego se detuvo
y me miró. “¿Le importa si la acaricio?”, me preguntó.
“Tocar a esta cabra cambiará su vida”, le dije.
“Es su decisión”. Lo pensó un minuto,
y luego se enderezó y dijo, “¿Cuál es su nombre?”. “Le
llaman el Príncipe de la Paz”, le dije. “¡Dios! Este pueblo
es como una cuento de hadas. Adonde mires hay misterios
y maravillas. Y yo sólo soy un niño jugando a los policías y ladrones
para siempre. Por favor, perdóname si lloro”. “Lo perdonamos,
oficial”, le dije. “Y entendemos por qué usted, más que
nadie, jamás debe tocar al Príncipe”. La cabra y
yo seguimos caminando. Estaba oscureciendo y comenzamos
a preguntarnos dónde dormir esa noche.

It happens like this
I was outside St. Cecelia’s Rectory / smoking a cigarette when a goat appeared beside me. / It was mostly black and white, with a little reddish / brown here and there. When I started to walk away, / it followed. I was amused and delighted, but wondered / what the laws were on this kind of thing. There’s / a leash law for dogs, but what about goats? People / smiled at me and admired the goat. “It’s not my goat,” / I explained. “It’s the town’s goat. I’m just taking / my turn caring for it.” “I didn’t know we had a goat,” / one of them said. “I wonder when my turn is.” “Soon,” / I said. “Be patient. Your time is coming.” The goat / stayed by my side. It stopped when I stopped. It looked / up at me and I stared into its eyes. I felt he knew / everything essential about me. We walked on. A policeman / on his beat looked us over. “That’s a mighty / fine goat you got there,” he said, stopping to admire. / “It’s the town’s goat,” I said. “His family goes back / three-hundred years with us,” I said, “from the beginning.” / The officer leaned forward to touch him, then stopped / and looked up at me. “Mind if I pat him?” he asked. / “Touching this goat will change your life,” I said. / “It’s your decision.” He thought real hard for a minute, / and then stood up and said, “What’s his name?” “He’s / called the Prince of Peace,” I said. “God! This town / is like a fairy tale. Everywhere you turn there’s mystery / and wonder. And I’m just a child playing cops and robbers / forever. Please forgive me if I cry.” “We forgive you, / Officer,” I said. “And we understand why you, more than / anybody, should never touch the Prince.” The goat and / I walked on. It was getting dark and we were beginning / to wonder where we would spend the night.


Gansos perdidos

Cuando vi a las niñas scout caminar hacia la entrada,
entré y me escondí en el clóset hasta mucho después de que los golpes
se detuvieron. Tengo un miedo irracional a las niñas scout, no sé
cómo se llama. Aparte de eso, creo que soy bastante normal.
Sabrina me llamó para decirme que su pez dorado había muerto. De hecho,
sollozaba. “¿Hace cuánto lo tenías?”, le pregunté. “Hace sólo
una semana, pero, aún así, lo amaba. Por culpa del desgraciado gato de mi
madre, durante toda mi infancia jamás me permitieron tener un pez
dorado. Y ahora esto”, dijo. “¿No puedes salir
y comprar otro?”, dije. Me colgó. Supongo que fue algo
bastante insensible, pero intentaba ser amable.
Conocía a la madre de Sabrina, y, es verdad, amaba a Miffy más
de lo que amaba a Sabrina o a cualquiera. Ese sí era un gato gordo y feo.
Estaba hojeando un catálogo de increíbles artefactos, ninguno que
necesite, todos los cuales quiero, cuando el teléfono sonó otra vez.
Esta vez era mi viejo amigo Joachim. Solía domar caballos salvajes,
luego vagabundeó un tiempo. Siempre tuve un lugar especial
en mi corazón para Joachim, hasta que se abrió camino en
la bolsa, y ahora me aburre a muerte, pero no puedo decirle.
Quería venir y ver un partido de básquetbol conmigo,
pero le dije que trabajaría hasta tarde en un informe. Joachim sabe
que actualmente estoy cesante, pero fue lo suficientemente cortés
para no decir nada. Si conozco algo a Sabrina, realizará
un elaborado funeral para su pez dorado, el cual probablemente no
tiene nombre, con música de iglesia y flores y velas.
Se angustiará pensando si invitarme o no, y,
al final, no lo hará. Bien. Odio los funerales de peces. Leí
un artículo en el periódico sobre los jóvenes apáticos de Tokyo
que toman una nueva droga que los hace sentir como
exitosos ejecutivos de negocios. Así que, en vez de
meterse en todo tipo de problemas, se quedan toda la noche haciendo negocios. Un
policía dijo que aprueba la droga, cree que ayuda
a forjar el carácter. El crimen disminuyó. Los niños despiertan en callejones
en la mañana y no saben quiénes son. Quizás esa
sea la droga para mí. Algo funcionará. Siempre
hay algo. Soy como esos gansos perdidos que vi hoy, dando vueltas
y vueltas en el cielo, sin recordar el plan original.
Pero encuentran una laguna por ahí, y es bastante agradable, así que
se quedan y la llaman su hogar. ¿Qué tiene eso de triste? Oh, claro, es
un quiebre en la tradición, y casi no saben quiénes son,
pero son felices a su manera. Vuelan de vez en cuando para
mostrar que pueden, y luego llegan de vuelta
al lago, y planean por ahí, con orgullo. “¿Qué ocurrió?”,
dice uno. “Cállate”, dice otro.

Lost geese
When I saw the Girl Scouts walking down my driveway, / I went and hid in the closet until long after their knocking / subsided. I have an irrational fear of Girl Scouts, I don’t / know what that’s called. Otherwise, I think I’m pretty normal. / Sabrina called to tell me her goldfish had died. She was / actually sobbing. “How long had you had him?” I asked. “Just / a week, but, still, I loved him. Because of my mother’s wretched / cat, I was never allowed to have a goldfish throughout my entire / childhood. And now this,” she said. “Can’t you just go out / and get another?” I said. She hung up on me. I guess it was / a pretty insensitive thing to say, but I was trying to be nice. / I knew Sabrina’s mother, and, it’s true, she loved Miffy more / than she loved Sabrina or anyone. That was one fat, ugly, cat. / I was flipping through a catalogue of amazing gadgets, none of / which I need, all of which I want, when the phone rang again. / This time it was my old friend Joachim. He used to break wild horses, / then he hoboed for a while. I always had a special / place in my heart for Joachim, until he found his way into high / finance, and now he bored me to death, but I can’t tell him. / He wanted to come over and watch basketball game with me, / but I told him I was working late on a report. Joachim knows / that I am unemployed at the moment, but he was polite enough / to not say anything. If I know Sabrina at all, she will have / an elaborate funeral for her goldfish, which probably doesn’t / have a name, complete with church music and flowers and candles. / She will agonize over whether or not she should invite me, and, / in the end, she won’t. Good. I hate fish funerals. I read / an article in the paper about the disaffected youth in Tokyo / who take a certain new drug that makes them feel like they are / successful business executives. So, instead of getting into / all kinds of trouble, they stay up all night making deals. A / police spokesman says he approves of the drug, thinks it helps / build character. Crime is down. The kids wake up in the alleys / in the morning and don’t know who they are. Perhaps that is / the drug for me. Something will work out for me. It always / does. I’m just like one of those lost geese I saw today, circling / and circling in the sky, no longer remembering the original plan. / Buy they find a pond somewhere, and it’s pretty good, so they / stay and call it home. What’s so sad about that? Oh, sure, it’s / a break with tradition, and they barely know where they are, / but they’re happy in their way. They fly around every now and / then just to show that they can, and then they crash back onto / the pond, and glide around, looking proud. “What happened?” / one of them says. “Shut up,” say the other.


Daniela MoranoDANIELA MORANO (Santiago, 1993). Egresada de Literatura Creativa en la Universidad Diego Portales. Actualmente trabaja como redactora en una página web.