Extracciones: ¿Cuánto tiempo viven los perros? [Amanda Teillery]

Todos fuimos adolescentes, todos en algún momento perdimos la inocencia y todos vivimos ciertas situaciones que es mejor hacer creer a los demás que fueron distintas.

Amanda Teillery cierra ¿Cuánto tiempo viven los perros?, su debut literario, con este  cuento que habla sobre la intensidad de las emociones en la época del colegio y cómo las experiencias que las gatillan, por muy cortas que sean, pueden marcarnos de manera permanente.

 

 


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Cuento extraído de ¿Cuánto tiempo viven los perros? (Emecé, 2017)

 


MARINA Y YO


 

 

Estoy sentada en el patio trasero de la casa. El pasto húmedo moja el pantalón que he traído puesto todo el día mientras observo el anaranjado cielo del atardecer. Desde donde estoy, alcanzo a ver el gran ventanal de la cocina. Ahí adentro, mi mamá, con un vestido que se compró no hace mucho —prolijamente peinada y maquillada—, les habla a las dos empleadas, que terminan de hacer los aperitivos para esta noche. Generalmente ellas no trabajan los sábados, pero hoy han hecho una excepción por la fiesta que mis papás organizan. Se mezclan varias celebraciones: una buena racha en el trabajo de mi papá, la vuelta de mi tía de su viaje a Europa y la simple oportunidad de reunir a la familia y amigos. Luego de un rato, mi papá aparece en la escena, recién afeitado y poniéndose una corbata. Se acerca a mi mamá, tomándola por la cintura y al atraerla hacia él le susurra algo al oído, que ella responde con una sonrisa.

Mientras todo esto ocurre, una pregunta me da vueltas por la cabeza: ¿qué dirían si les contara que me estoy enamorando de una mujer?

Es por Marina. Todo comienza y termina con Marina.

Fuimos compañeras de colegio. Ella iba un año más arriba que yo. Pero el año pasado repitió y terminamos siendo compañeras. En mi curso, todas sabíamos un poco de Marina. Algunos rumores, más verdaderos que falsos, le habían otorgado una desafortunada fama. Las demás alumnas solían mirarla de reojo y hablar de ella a sus espaldas. En un colegio donde solo hay mujeres, ese tipo de cosas vuelan. Y a pesar de que todas pretendían mostrar una cierta aversión ante las actitudes de Marina, su ropa, lo que hacía los fines de semanas y sus rumoreadas parejas, todas le guardaban un extraño respeto. Nadie decía nada de Marina cuando ella estaba presente, es más, las escasas veces que se dirigían a ella, siempre lo hacían con una actitud solícita, casi asustada. La verdad, todas se sentían un poco amenazadas por su sola presencia. Es que nos sentíamos como si Marina hubiera sido varios años mayor que el resto. Parecía ya haber vivido demasiado. Pero claro, aquello nunca nadie lo aceptaba en voz alta.

El primer día de clases, Marina se sentó en el último puesto de la sala. Se puso el gorro de la parka del colegio, se tapó los ojos y dormitó todas las clases. No saludó a nadie, ni parecía tener la más mínima intención de conocer al curso. Hacía eso todos los días. A veces levantaba la cabeza para soltar un comentario insolente a la profesora, lo que daba pie una discusión entre ellas que terminaba con Marina echada a gritos de la sala y con las demás alumnas comentando por lo bajo.

Mi primera interacción con ella había sido durante una clase en que una profesora le llamó la atención por estar mirando su celular. Ella comenzó a discutir, subiendo cada vez más el tono de la voz, hasta que la profesora le gritó que se fuera inmediatamente. Marina, con su habitual inmutabilidad, se levantó de su puesto y justo en aquel instante se encontró con mi mirada. Me observó con suficiencia y de pronto me dedicó una leve sonrisa, entre amable y sarcástica. Luego salió de la sala dando un portazo, sin darme tiempo de reaccionar.

Ya a mediados de abril, una mañana, Marina apareció con su largo pelo convertido en una maraña cortada a tijeretazos que le llegaba un poco más abajo de las orejas. Todo el mundo la miró disimuladamente. Quizás se dio cuenta, pero pretendió no notarlo, y caminó a su puesto como si nada.

—Qué pena —me murmuró una amiga en voz baja—, su pelo era muy lindo. Todo el mundo lo quiere tener así.

Y era verdad. Marina lo tenía un poco castaño y un poco rubio, aclarándose hacia las puntas. Todas queríamos tener ese pelo.

—Parece hombre ahora.

Estuve a punto de responderle que yo encontraba que Marina se veía linda, pero me contuve.

Estábamos juntando plata para el viaje al norte que se hacía en segundo medio. Organizábamos pequeñas rifas y ventas de comida, aunque en el fondo sabíamos que nuestros papás terminarían pagando todo, como solía pasar. Hasta el momento, estábamos muy lejos de llegar al monto que habíamos estimado. Durante la última clase del día, planeábamos una fiesta. Marina apoyó su cabeza en su banco, preparándose para una de sus siestas, y musitó rápidamente que ya había hecho esa mierda el año pasado y que este no iba a participar. La idea era que una compañera pusiera su casa para la fiesta, armar un puesto de venta e ir turnándonos en grupos de a dos para atenderlo. Hicieron un sorteo. Mi turno era a las once y media y me había tocado de pareja Marina: parecía aún dormida cuando dieron la información.

—Ay, pero qué suerte tienes —me dijo con sarcasmo la amiga mía que estaba sentada a mi lado.

—Terrible —le seguí la corriente, poniendo los ojos en blanco y haciéndole un gesto para indicarle que me cargaba la idea.

Supuse, ante el poco interés que Marina mostraba por la actividad, que tendría que hacer el turno sola. Pero Marina se me acercó a la hora de la salida.

—Oye —me llamó, apareciendo por detrás de mí con desinterés y naturalidad—, podrías venir a mi casa como a las diez y después nos vamos a hacer el turno. Vivo al lado.

—¿Cómo? —pregunté, un poco extrañada.

—Me da lata ir a la fiesta, solo voy a ir a hacer el turno —me dijo, al mismo tiempo que soltaba un bostezo—. Te decía por si querías hacer lo mismo.

—Ah —la sorpresa aún no abandonaba mi voz—. Bueno.

El viernes a las diez, la mamá de Marina me abrió la puerta. La verdad, yo sí tenía ganas de ir a la fiesta, pero no supe cómo rechazar su invitación. Me había puesto tan incomprensiblemente nerviosa que lo único que pude decir fue que sí. Ella me saludó con una sonrisa educada. Traía en mis brazos bolsas de panes para hacer hot-dogs.

—Marina está arriba, la primera puerta a la derecha —me dijo.

Tenía su mismo pelo, los mismos ojos marrones y la piel tostada. Pero tenía un aire diferente en su mirada, una forma distinta de pararse. Quizás era, más que nada, la manera amable de tratarme.

La casa era grande y silenciosa. Subí por las escaleras y entré a la pieza de Marina. Ahí estaba ella, echada en su cama, a oscuras, aún vestida con el uniforme del colegio.

—Hola —me dijo sin mucha emoción.

—Hola —le respondí, al mismo tiempo que me sentaba frente a la tele.

Marina estaba viendo un reality gringo de obesos mórbidos. Nos quedamos calladas, a oscuras, con la luz de la tele iluminando nuestros rostros. El único ruido que nos acompañaba eran las voces dobladas del programa. Marina miraba con atención y de vez en cuando soltaba una risa. Yo permanecía a su lado, inmóvil e incómoda, fingiendo ponerle atención a aquel programa que jamás había visto.

—Ya —dijo Marina al mismo tiempo que apagaba la tele—, me voy a arreglar.

Se levantó de la cama de un salto y se dirigió a su clóset. Empezó a sacar diferentes camisas y a examinarlas. Yo me quedé sentada en la cama, incómoda, sin atreverme a mover ni un dedo. Me dio la espalda al mismo tiempo que se quitaba la camisa del uniforme, quedándose en sostenes. La miré de reojo, su silueta levemente regordeta y sus curvas. Luego me volví de golpe al frente, con miedo de que me pillara observándola, tentada por volver a mirarla.

—¿Quieres que te maquille?

—¿Maquillar?

—Sí —me respondió—, es una fiesta en todo caso, algo de entretenido que tenga —se volvió a sentar en la cama al mismo tiempo que le daba un leve golpecito, para indicarme que me acercara a ella—. Ven, te voy a pintar los ojos.

—Emm… bueno.

Hice lo que ella me dijo. Marina, sentada frente a mí, hurgaba en un estuche que contenía sus maquillajes.

—Ya —dijo, sacando un delineador.

Con una mano, tomó delicadamente mi mentón y comenzó a acercar mi rostro al de ella, y con la otra, empezó a trazar una línea en la parte posterior de mi ojo.

—Mira para arriba —susurró, casi en mi oído, con el rostro sereno y concentrado mientras yo sentía un cosquilleo en mi cuello—. No parpadees.

Su rostro comenzaba a adquirir una expresión solemne debido a lo enfocada que se encontraba en su tarea. Estaba tan cerca de mí que apenas veía algo más que sus ojos, gigantes y deformados por la aproximación, y de pronto me di cuenta de que parecían castañas, dos perfectas y redondas castañas. Marina terminó de sombrear la parte superior de mi ojo y prosiguió con el otro, haciendo la misma secuencia. Su boca lentamente empezó a abrirse, su rostro fue tomando un semblante de cuidado y dedicación, dejando caer su tibio aliento con olor a chicle en mi rostro. De pronto tuve la extraña sensación de que mi corazón palpitaba cada vez más fuerte. Nuestras narices estaban tan cerca que casi se tocaban, y sus labios estaban a la misma altura de los míos.

Cuando terminó, se alejó de mí y me dedicó una sonrisa casi maternal. Creo que en aquel instante me enamoré un poquito de ella.

—Listo, te ves mucho mayor así, pareces de veintitrés.

La mamá de Marina nos fue a dejar a la casa de Rosario, donde se haría la fiesta. Llegamos alrededor de las once y media.

—Gracias —dijo Marina.

—Marina —la llamó ella—, ¿cómo te vuelves?

Marina me miró disimuladamente, poniendo los ojos en blanco.

—Yo creo que me voy a quedar a dormir aquí, o si no busco a alguien que nos pueda venir a dejar.

Su mamá le dijo algo que no alcancé a escuchar. Luego nos hizo un gesto con la mano en señal de despido, encendió el auto y la vimos alejarse.

—¿Te vas a quedar a dormir en la casa de Rosario?

—Ni cagando. Nos vamos a volver en micro. No le dije a mi mamá porque no le gusta que ande sola de noche. Es muy exagerada, si le digo que voy a volver, me espera despierta y me interroga para saber cómo volví y todo eso. Es una latera.

—Ah…

La casa de Rosario estaba convertida en un torbellino de música, gente y movimiento. Nuestras compañeras de curso paseaban por el lugar cuchicheando, ya todas un tanto borrachas, tomándose de los brazos y hablando por lo bajo sobre los hombres que habían venido.

—¡Carmen! —se abalanzó de pronto Rosario hacia mí.

—¿Qué?

—¿Por qué llegaste tan tarde?

—No llego tarde.

—¿Vienes a tu turno?

—Sí, ¿a qué más?

—Oye, te tengo malas noticias: José me mandó un mensaje y me dijo que no va a poder venir porque tiene una fiesta de su liga de fútbol o algo así.

Mientras ella hablaba, Marina permanecía parada junto a mí, observándola en silencio.

—Ah, no importa. Da lo mismo.

—¿En serio? ¿No te da lata? Te gusta tanto y casi nunca coinciden en ninguna parte y…

—Sí, sí, me da lo mismo, te juro —me apresuré en decir—. Oye, tenemos que irnos al turno.

—Ah, bueno —dijo ella al mismo tiempo que yo y Marina nos comenzamos a alejar—. ¡Nos vemos más tarde!

Marina me miraba fijamente de costado mientras caminábamos, y de pronto soltó una risa.

—¿Qué? —le pregunté.

—Nada —me dijo con una sonrisa burlona y luego negó con la cabeza—, nada.

Entonces nos instalamos en el improvisado mesón, donde había cervezas, cada una a mil pesos, pisco, bebida y unos hot-dogs que nadie parecía tener la intención de comprar. Apenas conversamos durante nuestro turno. Marina se dedicaba a vender a los invitados de la fiesta con desgano, mirándolos a todos con superioridad. De vez en cuando les tiraba un comentario burlón o les tomaba el pelo de alguna manera, haciendo que yo explotara en risa y que los compradores, demasiados bebidos como para entender completamente, la miraran confundidos.

—Son tan fomes las fiestas de ustedes.

La miré de reojo, desentendida, todavía sintiéndome incómoda y rígida ante la presencia de Marina.

—¿De ustedes? —me atreví a preguntar.

—No vengo nunca a este tipo de fiestas —me dijo, cortante —. Me cargan.

Marina no me miraba, mantenía la vista fija al frente. Fruncía el ceño.

—¿Y a qué fiestas vas tú, entonces? —volví a preguntar.

—A unas mejores —dijo, sonriendo—. Te voy a invitar a alguna, para que lo pases bien por lo menos una vez.

Nuestro turno ya estaba llegando a su fin, cuando aparecieron dos compañeras de curso a reemplazarnos. Nos saludamos y nos despedimos rápidamente de ellas. Comenzamos a alejarnos del mesón en silencio, yo con las manos hundidas en los bolsillos de mi chaqueta. Pensaba que nos íbamos, pero antes de llegar a la salida, Marina me tomó del brazo y me arrastró hacia una puerta a un costado. Entramos a un pequeño baño, aparentemente destinado a las visitas. Marina cerró la puerta con pestillo y se sentó en el piso al mismo tiempo que sacaba un cigarro y lo prendía.

—¿Qué te pasa? —le pregunté, confundida.

—Traje algo para nosotras.

—Pero Marina, se van a dar cuenta que te la llevaste, va a faltar plata y…

Ella levantó su mirada, con el ceño fruncido y el cigarro apretado entre sus labios, al mismo tiempo que con ambas manos intentaba abrir la botella. Levantó los hombros, como si quisiera decirme que no le importaba.

—No se van a dar cuenta; el problema es que tengo poca Coca, así que vamos a tener que compartirlo.

Con Marina me sentía paralizada. Lo único que se me ocurría hacer era seguirle la corriente. Me senté junto a ella y comencé a beber. Ella tenía la espalda apoyada en la pared. Miraba con los ojos entrecerrados, pensativa.

—¿Y quién es José?

—Es… alguien. No sé, lo veo a veces en fiestas y cosas así.

—¿Y te gusta?

—Mmm… sí, o sea, no sé… creo que sí.

Marina continuaba manteniéndome la mirada. Le dio una fumada a su cigarro.

—Crees que sí —dijo de una manera un tanto sarcástica.

Nos volvimos a quedar calladas mientras bebíamos. Marina fumaba con la vista clavada en el piso.

—Ustedes tienen esa fijación de, no sé, siempre andar buscando hombres de manera desesperada, como si eso te acreditara, o te hiciera más mujer, no sé… Por eso no tengo amigas en este colegio, me cargan como son, no me importa nada de lo que a ustedes les importa. Quiero mantenerme lo más lejos posible.

Comenzaba a estar más mareada, acalorada en mi pecho, y de pronto ya no me sentía tan nerviosa ante la presencia de Marina. Empecé a hablar de corrido casi sin darme cuenta.

—¿Y entonces por qué viniste?

Abrió los ojos y su expresión se fue para abajo. Su gesto sarcástico y soberbio desapareció.

—¿Cómo?

—Si te importa tan poco todo lo del curso y el viaje, ¿por qué viniste a la fiesta?, ¿por qué hiciste el turno?

Ahora yo tenía una media sonrisa en mi rostro, levemente burlona.

—No… eso no tiene nada que ver.

Fue como si de repente hubiera destapado un secreto y la hubiera dejado en evidencia. La actitud de Marina había pasado de altanera a ansiosa en tan solo un par de segundos.

—Porque como que pareciera que te importa mucho que nosotros sepamos que no te importa nada.

—Mentira. Hablas puras tonteras, no sabes nada.

Frunció el ceño y abrió la boca como para decir algo más, aunque nada salía de ella. La había descubierto. Debajo de la Marina que parecía ya saberlo todo sobre la vida, se escondía otra; pequeña, insegura y confundida. Finalmente, y a pesar de todo lo que yo había pensado, Marina era como todo el mundo.

De pronto comenzó a invadirme una por el ataque para dejar al descubierto la vulnerabilidad de Marina. Mirándola, ahora con los ojos tímidos y avergonzados, me sentí un poco mal por ella, pero antes de poder decir algo para alivianar el ambiente, un espasmo me sacudió y terminé inclinada sobre el inodoro, vomitando todo lo que había tomado.

Marina primero me miró con estupor y después vino la primera carcajada. Reía de manera chillona e histérica, hasta terminar acostada en el piso con ataque. Por un rato, el único ruido que nos acompañaba eran su risa y mis arcadas, que juntas se mezclaban y rebotaban en las paredes de cerámica. Marina, mientras su risa iba decreciendo, comenzó a acariciarme y sujetarme el pelo.

—Me caes bien, Carmen, a pesar de todo, me caes bien.

Esa noche Marina y yo dormimos en su cama. Marina y yo. Yo y Marina. Era extraño, pero empezaba a gustarme aquella idea. Me había acostumbrado a siempre estar en grupos grandes, a esas conversaciones gritadas que no se dirigen a nadie en particular, a que varias caras se convirtieran en un solo ser. Pero ahora estaba aprendiendo a disfrutar de la compañía de una persona, a fijarme en sus detalles, detenerme en sus expresiones y la manera en que reacciona ante las palabras. Marina se había quedado dormida rápidamente. A mí me tomó varios minutos. Me quedé observándola: sus puños cerrados me decían que no dormía del todo relajada. Roncaba un poco. Tenía muchas pecas en la nariz, en las cuales no me había fijado mucho. Unas pecas preciosas.

El lunes por la mañana, Marina llegó a la sala de clases y se fue a sentar directamente al fondo, como era su costumbre. Yo estaba en los puestos de más adelante, hablando con un grupo de amigas. Ella pasó a mi lado, yo iba a saludarla, pero ni siquiera se detuvo a mirarme. Acostó su cabeza encima de su banco, tapándose la cara, en su habitual posición para dormir siesta. Parecía ser indiferente a mi existencia.

Pasó unas dos semanas así, sin prestarme atención, pasando a mi lado como si no me conociera, siempre con la cabeza agachada. Fue por entonces cuando unas amigas me contaron, con un exagerado pesar y aquel placer imposible de ocultar que otorgan los chismes, que se habían enterado por un amigo de José que este andaba con una muchacha de un colegio que nosotras conocíamos. Me preguntaron si me daba pena y les dije que sí, que me daba un poquito de pena. Usé todas mis fuerzas en intentar realmente sentir pena por aquella noticia. Pero no pude. Si me hubiera ocurrido unos meses atrás, mi orgullo se habría roto de una manera histérica e infantil: herida de mil maneras diferentes, a pesar de no haber tenido sentimientos demasiado profundos por José. Pero eso ya no me ocurría. Desde que Marina había comenzado a ignorarme, lo único que sentía era un dolor en el pecho y un desconocido desánimo que no me permitía concentrarme en nada más.

Era el último día de clases del semestre. Al día siguiente, durante la madrugada, nos juntaríamos en el aeropuerto para comenzar nuestro viaje al norte. Las clases habían sido relativamente relajadas aquel día y, debido a la indulgencia de los profesores, la mayor parte del tiempo nos dedicamos a hablar leseras.

Marina continuaba callada e ignorándome. Estaba perdiendo las esperanzas de que se me acercara, de que tuviéramos por lo menos una pequeña conversación, pero justo después del almuerzo, cuando solo faltaba una clase para irnos a nuestras casas, apareció sorpresivamente detrás de mí. Me tomó del brazo para atraerme hacia donde ella iba caminando, de la misma manera en que lo había hecho aquella noche en la fiesta.

—No entremos a clases.

—¿Por qué?

—Vamos al patio, si igual no vamos a hacer nada.

Pensé en responderle de manera fría y cortante, castigarla por las semanas que llevaba ignorándome, pero, casi sin darme cuenta, me encontré asintiendo con la cabeza. Marina me llevó al patio que estaba al fondo del colegio, al lado de las canchas de vóley, un lugar lleno de pasto donde generalmente los profesores nos hacían precalentar durante Educación Física. Ahora estaba completamente vacío. Marina se acostó en el pasto, con un aire cansado. Se quedó mirando el cielo. Yo estaba sentada a su lado, revisándome las uñas de manera tímida y nerviosa. Nos acompañaba el ruido de los pájaros y las hojas de los árboles movidas por el viento. Era como estar en otro lugar, muy lejos del colegio. Marina no fijaba la mirada en ningún lugar exacto, cada vez se abstraía más, como si estuviera sola. Yo la miraba fijamente, esperando que me dijera algo.

—Mi mamá me compró una parka nueva para el viaje. ¿Hace mucho frío allá? Dicen que en las noches hace mucho frío…

Se escuchó un suspiro.

—Igual sí…

Me quedé esperando por algo más, pero nada.

—Qué nervio que nos vayamos mañana, después de tanto organizar.

Marina no me respondió inmediatamente.

—Yo no voy a ir…

—¿En serio? Pero dicen que es obligación ir.

—Me cancelaron la matrícula —dijo sin mirarme— y si no soy alumna no puedo ir. Hoy es mi último día.

Me volví de golpe hacia ella, abriendo mucho los ojos.

—¿Qué? ¿Por qué?

Marina cerró los ojos y se se tapó la cara con las manos.

—Por todo —suspiró de manera agotada—, por haber repetido de curso ya me tenían condicional… y este año no me he sacado buenas notas y dicen que no mejoré la conducta, así que me echaron. Mi mamá está enojadísima.

Aquellas palabras las recibí como un golpe en el estómago. Me sentí paralizada.

—Pero… ¿Qué vas a hacer?

—No sé, mi mamá está buscando un colegio para el segundo semestre como enferma. Y a estas alturas me va a meter en el primero que encuentre, da lo mismo si es bueno o no.

No sabía qué decir y comencé a sentirme avergonzada de la manera en que la miraba en silencio, sin siquiera intentar consolarla.

—Qué pena.

Ella suspiró, como recomponiéndose.

—Hay algo bueno en todo esto. No voy a tener que ir a esa mierda de viaje.

Solté una risa leve, sin muchas ganas.

—En serio —volvió a decir ella—. Me salvó de una gigante. ¿Los géiseres? Es lo más latero que me ha pasado en la vida. Te van a levantar como a las tres de la mañana para ir a ver unos humitos cagones y para morirte de frío. Y además vas a andar todo el viaje con el coro de voces chillonas que no dejan de cantar en el bus.

Volví a reír, ahora con ganas, y Marina comenzó a reír también y nos quedamos por un largo rato así.

—Prefiero ser yo que tú ahora.

—Sí, puede ser.

Pasaron varios minutos en que hablamos pasajeramente de pequeñas cosas, en que nos sonreímos con una mezcla de pena y ternura, hasta que escuchamos sonar el timbre que significaba el fin del día, y también que Marina ya no sería nunca más mi compañera de curso. Fue como si a las dos se nos hubiera aparecido aquella idea por la cabeza al mismo tiempo. De golpe, nuestra expresión se volvió seria y ya no teníamos tantas ganas de reír.

—¿Vamos?

Nos levantamos del pasto, fuimos a buscar nuestras mochilas a la sala de clases y avanzamos hacia la salida, en completo silencio.

—¿Me acompañas al paradero?

Mientras estábamos saliendo del colegio, Marina me tomó la mano, y yo la dejé hacerlo, sin decir nada, y anduvimos una calle entera así.

Llegamos al paradero y nos quedamos paradas en silencio. En lo único que podía pensar era en el calor que me recorría todo el cuerpo, en la presión del tacto de la mano de Marina sobre la mía, en que no quería que me soltara jamás la mano y que, a partir de ahora, si existiese la posibilidad de encontrarme con Marina, sería yo quien le tomase la mano de aquella misma manera. Pero de pronto vimos una micro al frente de nosotras.

—En esta me subo —dijo Marina, soltándome y apresurándose en subirse

Marina se volvió hacia mí, haciéndome un gesto con la mano.

—¡Nos vemos! —gritó, casi con alegría.

La micro partió, tomando a Marina por sorpresa, lo que hizo que trastabillara y estuviese a punto de caer. Se sujetó del asiento que estaba frente a ella y se volvió hacia mí, con los cabellos cayéndole sobre el rostro y una sonrisa, como diciendo “mira que soy tonta”. También le sonreí.

—¡Nos vemos! —le dije, antes de que la micro partiera.

Y nunca más la volví a ver.

—Está todo listo para que nos sentemos —avisa mi mamá a los invitados, que permanecen junto a una mesita donde está el cóctel.

Yo estoy parada mirando, un poco aparte, con un vaso de Coca-Cola en mis manos. Todos comienzan a tomar asiento en la larga mesa, mientras circulan las ensaladas y el pavo. Me siento casi en la punta, cerca de mi mamá, ya que no tengo muchas ganas de conversar.

—La Carmencita está muy grande, ¿en qué curso estás ahora? —dice mi tía.

—Voy a pasar a tercero.

—No te puedo creer, si ayer eras una cosita de este porte.

—Y está tan linda, preciosa, tu papá va a tener que ponerse afuera de la casa con una escopeta… si debes tener un mar de pretendientes, ¿o no? ¿Cuántos niños andan detrás de ti?

—Dejen de molestarla —dice mi mamá.

—Pero si no tiene nada de malo —vuelve a decir mi tía—, es normal que una niñita tan linda como ella tenga varios pinches.

—¿Cuántos pololos has tenido? —grita mi tío—. ¿Ahora se dan solo besitos o hacen más cosas?

—Ay, cómo se te ocurre preguntar eso —lo reprende su mujer, dándole un codazo.

—Es que los tiempos cambian, los niños son cada vez más avanzados, empiezan a ir a fiestas como en kínder ahora —responde, acelerándose a medida que habla—, no creo que a la edad de Carmencita quieran solo andar tomados de la mano, ¿verdad, Carmen? Pero mira, tienes que tener cuidado con los hombres, sobre todo a tu edad, andan más hiperactivos y calentones que nunca. Y no siempre tienen consideración por las niñas, no son como ustedes las mujeres, más delicadas y sensibles, ellos solo quieren satisfacer sus necesidades y…

—Roberto, para, por favor —vuelve a musitar su mujer, entre dientes.

—Pero si solo estoy contando algo que todos saben, ¿o no? —me guiña el ojo—. Te apuesto que la Carmencita tiene mil historias que contar sobre eso, ¿por qué no nos cuentas tus experiencias con los hombres? ¿Ah? Debes de tener muchas, con lo linda que eres.

Le sonrío incómoda y, antes de poder decir nada, mi mamá interviene, apoyando su mano en mi hombro cariñosamente.

—Esas cosas no se cuentan. Y menos a unos viejos como nosotros.

Hay un par de risas y justo en aquel momento llega más pavo a la mesa, lo que hace que todos comiencen a pedir otro pedazo y que la conversación se disuelva casi completamente.

—Sí —digo, en voz baja—, esas cosas no se cuentan.

 

 

 


Amanda TeilleryAMANDA TEILLERY (Santiago, 1995) Estudiante de Literatura Creativa en la Universidad Diego Portales