Punto de partida: La época ya no da muchas imágenes [sobre Días después del diluvio de Daniel Freidemberg]


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Leer una antología pensada por alguien que no es el autor (en este caso por el editor Aníbal Cristobo) resulta una experiencia interesante. La obra está fuera del control de quien ha calado sus surcos y empieza a dejar de parecérsele. Así, este libro de Daniel Freidemberg, que ha publicado en España Kriller 71 y que abarca textos desde 1986 a 2007, resulta ser en definitiva un nuevo artefacto. Desde ahí parto para leer ciertas proyecciones, ciertos deslizamientos, aunque los callejones no terminen en barrios felices.

Creo que siempre el primer poema define un rumbo. En este caso, bajo el título “Sitio” (de Diario en la crisis, 1986), se entrevé la escena de un film en la que un hombre indefinible observa cómo los barcos parten entre gritos que “no son gaviotas”. En ese clima brumoso, hay dos versos que funcionan como síntesis de la poesía de Daniel Freidemberg: “Sólo que a veces / la música se corta”. Tomando este hilo puede re-tejer el lector toda la serie de poemas subsiguientes. Lo que se interfiere es, en primer lugar, la idea del poema acabado. Versiones y retornos a encastres anteriores, a lo inexpresado, aunque sin deseo de triunfo sino más bien como una obsesión por mantenerse en el peligro al que todo ha sido expuesto. ¿Cuál peligro? El de no comunicar, el de no dar pie al sentido facilitador del lenguaje mediático.

Las gaviotas que “no son” vuelven en la mirada de un-hombre (un ente genérico que diluye su identidad en el entorno ¿o el contorno?[1]) en Cantos de la mañana vil (2001). Ahora son “aves” y la lengua es sólo un esquema:

 

“No hay nada” digo, ya no sé
lo que es un ave, ya no sé
si hay o no hay música en
el rodar del mundo.
“Ya no sé”, digo, “en realidad, nada”.
“Ahora”, digo, como si rezara, “acá”.

 

La música (también al límite del desborde[2]) parece ser ese último rezo en el aire extenuado, saturado, del mundo; un equilibrio en la cuerda del presente que exige parpadeos veloces. En En la resaca (2007) ya se ha convertido en un órgano más del cuerpo diseccionado de las percepciones:

 

Junio (III)

En la vidriera un crucifijo, unas cajitas labradas,
un dragón bajo la lanza, una mujer de azul
que emerge de olas de agua plástica, unos signos orientales,
un buda gordo en oro falso,
y, un poco más acá, el vidrio, autos en el
apenas perceptible temblor del vidrio, transeúntes
desdibujados, música del pasar de las cosas
que pasan sin más. Potes con no sé qué, temblor
del paso del mundo acá, su reflejo rápido.

 

Pero ¿es esa música más que una palabra? Cuando comencé hace unos años a leer la obra de Daniel Freidemberg veía como central un cuestionamiento sobre la materia de la poesía. Luego comprendí que esa veta no puede leerse desligada de una apreciación lúcida del diseño cultural. Llamémosle mejor, de la “experiencia”. Si como dice uno de sus versos “la época ya no da muchas imágenes”, lo que queda es el lodo de lo real. Y lo real no puede espesarse sino en el encuentro del sujeto con sus molduras: aquello que lo torna, matiz tras matiz, un borde viviente que interrumpe la coreografía de la naturaleza. No es necesariamente un punto de vista zen, sino que alcanza con pensar en un sujeto que ha advertido la necesidad de que la escritura se cuele por las grietas del muro:

 

…escribo
no con palabras
sino con sombra de palabras, filtraciones
de un turbio noviembre.

 

La tarea de Freidemberg no está del lado amable de las cosas, sino del otro. Los días después del diluvio son un comienzo. Una vez partida la cáscara de la nuez ya no hay lugar para mitos. La poesía no desciende sino que perfora. ¿Se nos habrá roto demasiado esa palabra, “poesía”? No importa. No será este, el nuestro, un tiempo de lamentos.

 

 

 


[1] El límite de cada figura es el límite del yo poético. El resto es su repulgue en la masa textual, más o menos personificado, más o menos objetivado.
[2] La pigmentación de los signos ha bajado a su mínimo, sus órganos están a la vista y prácticamente no ocultan una distancia con su significante; se alinean en una formación preparada para atacar no a la realidad, no al lenguaje, sino al discurso que unifica las conciencias bajo cierta ley de corrección.

 


diego-l-garciaDIEGO L. GARCÍA (Berazategui – Buenos Aires, 1983). Profesor en Letras. Escribe poesía y crítica literaria. Entre sus publicaciones se encuentran: Fin del enigma (Editorial Municipal de Berazategui, 2011), Hiedra (La Luna Que, 2014), Ruido invierno (La Luna Que, 2015), Esa trampa de ver (Añosluz Editora, 2016), una voz hervida (Jámpster ebooks, 2017), en coautoría con Ivankan, Una cuestión de diseño (Barnacle, 2018) y fotografías (Zindo & Gafuri, 2018). Su blog es: http://margendelpoema.blogspot.com.