Crónica: Jugar a la guerra [Nicolás Meneses]

Grbavica [Sarajevo], 1996. ©Odd Andersen – AFP

 

 

“A esa edad nunca calibramos ese nivel de violencia: era un juego, la guerra nunca nos tocaría de verdad.” Qué mejor que terminar esta semana con reminiscencias de infancia y los noventas, la relación entre hermanos y tíos, los VHS, las películas y los juegos de guerra. Ya pueden darle Play o Start, cortesía de Nicolás Meneses.

 

 


 

 

Hace un par de días, de casualidad, volví a ver el final de Rescatando al Soldado Ryan. Tal vez no de casualidad, la repiten tantas veces que de azaroso el encuentro tiene bien poco. Lo que no es para nada casual es que la volví a ver con la misma persona que la vi por vez primera. Mi tío Jaime, al notar que estaban dando la película en Space, la dejó ahí y me preguntó si recordaba la primera vez que la vimos. No, le contesté, pero sí recuerdo donde la vi, en qué contexto, cuántas veces, cuántas veces, cuántas veces. La vimos en VHS, me respondió y poníamos el volumen al máximo para sentir que estábamos en la guerra. Él, yo y mi hermano atrincherados viendo películas de guerra, punticodo sobre la cama, camuflados por un par de frazadas, apuntando nuestra mira al televisor Sony de 32’.

No pasó mucho tiempo para que mi tío le pegara la manía de las películas de guerra a mi hermano. Cuando le regalaron la tele, lo único que hacía después del colegio y la pega, era poner en la pieza el DVD, subir todo el volumen del subwoofer y volver a ver la película.

La hazaña de Rescatando al soldado Ryan me gustaba mucho, pero sufría por someterme a repeticiones semanales de la misma. Era tanto el fanatismo de mi hermano con la película, que una vez le aseguré -en broma- que a esa altura ya se había memorizado hasta el sonido de los balazos (aunque era prácticamente verdad que se los había memorizado). Y no sólo el de las balas de pistola, sino los de bazucas, ametralladoras punto treinta, cazabombarderos, P-50’s, panzers; cualquier armamento que alguno de los personajes usara estaba en su repertorio de efectos. Su enciclopedismo bélico rebasaba al de nuestro profesor de historia y se notaba: los únicos sietes de la asignatura para él fueron en las pruebas de la primera y segunda guerra mundial. A mí el tema siempre me produjo la misma indiferencia que el de los autos. Pero a fuerza de repetición fui siendo parte de la educación militar que nuestro tío nos prodigaba: corte de pelo al ras, poleras verde olivo, aislamiento y disciplina laboral.

La PlayStation fue nuestra otra alma mater. El primer juego que compartimos con mi hermano en esa consola fue el Duke Nukem, un disco que de tanto cuidarlo y limpiarlo con algodón y colonia terminé descascarando, crimen que mi hermano no me perdona hasta el día de hoy. El Medalla de Honor fue nuestra primera excursión a la guerra, a Europa y al conflicto entre aliados y fascistas. Éramos los americanos, pero la preferencia por el armamento alemán (que nuestro personaje podía recoger y usar) y los diálogos de los soldados nazis nos interesaba más que el heroísmo gringo. Las lugers, los mausers, el habla aglutinante y velar era lo que más repetíamos mientras jugábamos. Incluso nos daba pena, en la etapa final, desbaratar los misiles que los grandes científicos alemanes habían preparado para bombardear América. Pensábamos que al menos merecían probar hasta dónde había llegado su inteligencia masacrando muchos civiles. A esa edad nunca calibramos ese nivel de violencia: era un juego, la guerra nunca nos tocaría de verdad.

Mi tío tenía en casa dos armas: una pistola y una escopeta. De la pistola sólo logré ver las balas y la escopeta la robamos debajo de la cama más de una vez. La tanteábamos en la pieza, inspeccionándola, quizás nerviosos de que un instrumento como ese pudiera quitarle la vida a alguien. Era un arma muy peligrosa, de eso estábamos muy conscientes por el juego mismo: la escopeta percutada a corto alcance en la PlayStation, reventaba cuerpos. Con permiso de mi tío, mi hermano la disparó una noche en el camino de tierra cerca del río que cruza bajo el puente de Águila Sur. Nada muy especial la verdad: disparar por disparar no tenía mucha gracia. A mí me tocó más adelante: debía tener apenas diez años, la agarré mal y la culata me golpeó el bíceps derecho en vez del hombro y anduve adolorido casi una semana por mi torpeza. Al final, sentí lo mismo que mi hermano y dejé de interesarme por el arma. Mi entusiasmo por las películas de guerra y la Play, sin embargo, no decayó.

El arma que más me gustaba ocupar en cualquier juego de guerra era el rifle con mira. Sniper era mi seudónimo en los portales de chat y mi primer correo no podía ser menos: sniper_nico@hotmail.com. Dime cuál era tu correo y te diré de qué tribu urbana eras, fue una encuesta que hizo un amigo hace unos meses en Facebook. La idea del soldado agazapado, esperando a su víctima entre las sombras, matando enemigos, sin exponerse, era el puesto que más me acomodaba. Mi hermano siempre prefirió ir de frente, a matar o morir y su táctica -la mayoría de las veces- fue efectiva: un francotirador a corta distancia o contra un objetivo que se mueve de manera alocada buscando enemigos, tiene muchas dificultades. Y en los multiplayer, siempre me ganaba por lo mismo.

Varias veces nuestro tío nos llevó al bosque cruzando el río para practicar puntería con rifles a postón. Teníamos dos rifles: uno era el de mi hermano y el otro (un baikal calibre 5.5 que podía atravesar hasta la carne) era de mi tío. Bordeando el río en la Susuki, el nivel del agua alcanzó la parte baja del motor y nos dejó varados en medio de la corriente. Nuestro tío nos pasó el estuche con soldaditos de plástico, las cajitas de postones, los rifles y nos dijo que fuéramos a practicar mientras intentaba echar a andar el vehículo. Camino al bosque, a no más de cincuenta metros de nuestro tío, pusimos los soldados encima de troncos, entremedio de ramas y árboles y nos ubicamos a una distancia prudente (no más de veinte metros y nos pusimos a hacer puntería). La escena era digna de una película de guerra: los hermanos entrenando antes de que el conflicto recayera sobre el mundo y ambos fuéramos llamados al ejército para defender a nuestro país. Uno moriría por salvar al otro: el sobreviviente viviría la vida que el muerto no pudo, honrándolo todos los años en su tumba. Nuestra mente divagaba por esos rincones hasta que escuchamos los silbidos para irnos. Me paré a recoger los soldados y le grité a mi hermano que parara, que teníamos que irnos. Fui recorriendo y tomando nuestros blancos uno a una hasta llegar a los últimos, cuando sentí el pinchazo en el pie. De mi zapatilla brotó sangre y no fue hasta que me agaché a mirar que pude sentir el dolor de la perforación. Mi hermano había seguido disparando y sin darse cuenta me había dado en el empeine derecho.

Acá debo hacer un paréntesis y comentar que nunca me llevé bien con mi hermano, que lo odiaba desde el fondo de mi alma y una de mis más grandes aspiraciones era golpearlo hasta cansarme para luego terminar escupiéndole encima. Partí llorando y cojeando donde mi tío, le indiqué la herida del pie y su furia recayó en el rifle de mi hermano que terminó destrozado en el fondo del río.

En el hospital descubrí que la anestesia puede ser aplicada sólo a la herida. Uno está despierto mientras intervienen tu cuerpo y eso me provocaba pavor. Cuando chico me había operado, pero la anestesia había sido general y acá pensé que sería lo mismo. El pinchazo en el hueso me demostró que no. La extirpación del postón no tomó más de diez minutos. De no haber sido un postón punta de copa, lo más probable es que el proyectil se hubiera adherido al hueso. Si hubiese sido así, no podrían haberlo sacado. Cuando el médico terminó de coserme los puntos en el pie, me mostró los restos del proyectil. Creo que desde ese momento dejaron de gustarme los juegos y películas de guerra. Ver un poco de sangre y sentir medio gramo de dolor me puso en mi sitio. Sin darme cuenta cambié los juegos de guerra por lo de fútbol y autos, incluso algunos de estrategia. Haciendo zapping, aparte de monitos, sólo dejaba las películas chistosas.

Me sorprende ver que mi sobrino tiene la misma manía que nosotros por la guerra. Más aún me sorprende que su fanatismo haya empezado apenas a los seis años. Sus principales juguetes son armas de guerra, de cualquier tipo de material. Las artesanales de madera que venden en las ferias playeras son las que más usa porque todos los efectos del arma salen de su cabeza. En cambio, las otras están predeterminadas: luces, sonidos, movimientos programados, mientras que la madera es estática, sólo responde al mecanismo de la imaginación. En la PlayStation, sus juegos favoritos son los de guerra y mi hermano ya lo ha llevado a cazar varias veces. Me cuenta que tiene una gran puntería para su edad. Tal vez él sí se esté preparado para la guerra, aunque no tenga nadie de su edad con quien hacerlo. Cuando lo miro apuntando con el rifle. me da un poco de risa y de miedo. Le interesan las armas, los superhéroes y las peleas. Se me olvidaba que los juegos de guerra, si son buenos, siempre tienen segundas partes. Pero ahora sólo será una aventura de un player.

 

 


Nicolás Meneses.png

NICOLÁS MENESES (Buin, 1992) Ha publicado el libro Camarote (Ediciones Balmaceda Arte Joven, 2015). Becario de la Fundación Neruda (2016) y del Fondo del Libro y la Lectura (2015, 2018). Ha ganado diversos concursos literarios, entre los que destaca el Premio Roberto Bolaño en cuento (2017). Escribe sobre poesía para diversas revistas digitales.