Futuro esplendor: Poemas de Camila Valladares

La selección que compartimos hoy corresponde a un poema largo intervenido, trozado, que se niega al ajuste. Prueba distintos registros porque se es incómodo a sí mismo. De nombre provisorio CAN, se vale del imaginario canino y su relación inalterable con la subalternidad y el dolor.


Lo primero que tuve entonces del mundo fue una lengua. Hurgando orificios, abriendo paso al intento ciego y persistente de la vida.

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En la madre primeriza que no sabe nada de ternura ni de ser madre, se haya el trance deshidratado de la sangre y el calostro. Ella sabe que hoy debe ser como la acequia que la circunda, que debe filtrar y regarse, como las aguas servidas que irrigan el campo cada tarde. Somos agua, repite la perra enfrentando su torso tirante a la presión que amenaza con matarla. Como un capullo de tendones, se dilata y se arrastra aullando en silencio. Su chillido se extiende por entre las zarzamoras.

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Los fluidos se despliegan en busca del contacto que desate el amarre del cuerpo. Es el inicio de los tiempos en el universo bélico y preñado de la perra. La glándula, la temperatura, la substancia amarga y calmante. Todo en espera de las condiciones que posibiliten la vida.

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Han sido ya dos noches, la inhalación y la exhalación se han vuelto una sola bocanada que la asfixia sin matarla. Sus extremidades se crispan, pero ella no siente miedo. En la constancia del dolor, sus ojos amarillos se fijan en la supervivencia.

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El cuerpo es el desierto por cruzar

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El núcleo succiona fuerte, cada vez más fuerte,
es la guerra final que se aproxima
Hay que tener cuidado
Aquí todos los seres poseen en partes iguales
la sed del universo

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En un intento por no evacuar, la perra comprime sus esfínteres, pero es muy tarde. Un sueño de sequedad y raspaje la arrastran, el exilio de sal y agua borra el último de sus límites, el descontrol se apodera, la inmensidad la alcanza.
Ahora es: una más de las dunas.

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Montado sobre la humedad que le ha robado al viento durante su paseo nocturno, el polvo toma forma y declama que en estas latitudes, absolutamente todo suma. La línea se traza en consideración de una sola partícula, por lo que una gota, es un océano por desperdiciar.

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Abrí los ojos y allí estaba la perra, masticando la culebra negra que le asomaba de la vulva. Lentamente, fue liberándonos del tejido muerto. Un vapor agridulce permanecía suspendido en la madriguera.

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Mientras nos lamía hacia la supervivencia, con su pata trasera, había estado aplastando la última cría, que desfasada, reptó por entre la mucosa adormecida. Con los ojos e intestinos afuera, dejó escapar su última cuerda de vida.

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Como aguja en la pulpa,
sucesivamente dentro y todo tibio, todo substancia, todo médula,
membrana inexistente, suave y pastoso.
Los dos órganos,
gemelos y flotantes, tomados en un abrazo,
que si no fuera por la bolsa,
que si no fuera por la espuma,
de sobajeo nos mata, nos saca,
la primera capa y luego la segunda y la tercera,
todas ellas,
hechas del mismo yeso dulce, de la misma baba, de la misma masa.

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Como un puñado de barro, el organismo fue arrastrado por la turbulencia de la acequia. Pequeño e indeciso, giraba, se hundía y volvía a emerger. El filo de las piedras lo iban cortando en su descenso, dejando un rastro de órganos prematuros, como rosas repartidas por el campo.

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Hermanada con la mueca del riesgo, vino a nosotras el hambre

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Para hacerle espacio al deseo, el tejido del tracto debió transformarse. Predisponiendo órganos y funciones, movilizando el ensayo hormonal que precedía nuestra recién estrenada voluntad. La mucosa fue desplegando rugosidades, secretando un salivar iniciático, preparándonos para la pulsión. Un dulzor amnésico y lactoso lo envolvía todo.

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Y sintiendo el dulzor de la leche,
Que le brota por la comisura
Y sintiendo el dulzor del cogollo
en el centro de su resistencia
Me enseña los dientes de animal nonato
Y decide engrifar la pelusa que le flota sobre el lomo.

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Mamando, así es como la vida engulle. Así es como succiona, fuerte, muy fuerte, orillándonos hacia la insignificancia.


CAMILA VALLADARES (1982). Socióloga y escritora. Actualmente cursa el magíster en Estudios de Género y Cultura, mención en Humanidades, en la Universidad de Chile. Su foco de investigación son los estudios críticos animales. Interesada en la fragilidad de la oposición humano/animal, elige el poema como dispositivo de expansión del lenguaje hacia el espacio sensorial compartido.