Punto de partida: Lugares propios [sobre Piedra grande sin labrar de Verónica Yattah]

Piedra grande sin labrar (Zindo & Gafuri, 2018) es un libro sobre lugares. Unos en que el sujeto habitó encontrándose, otros que habitaron al sujeto para que aprendiera a perderse. Así, la autora habla también de la escritura como un traslado.

Poder revisitar las palabras de otro tiempo y sus texturas implica a su vez renovar la potencia del lenguaje:

“Cuando mi papá y yo entramos a un bar
no estamos entrando a un bar
sino al pasillo, al cuarto, a la cocina de nuestra casa”

La palabra es ante todo cuerpo y se desenvuelve como ritual: pienso en la piedra donde imprimieron las manos de las antiguas pinturas rupestres, no para ganarle al tiempo sino para entrar en él. El sujeto de estos poemas labra en la memoria del cuerpo una postura ante el acto de escribir. Casi digo “labra una identidad”, pero ¿quién no lo hace, aún cuando absorba un estereotipo? Lo que Yattah hace es darle una vuelta de tuerca mucho más compleja; se pregunta quién soy en mi escritura, y esa es otra cuestión.

“me prefiero en un lugar secreto,
me canso.
Y encuentro calma en esa huida
como el zorzal que va a parar
al aspa más alta de un molino”

“ahí, hay un mundo pequeño pero mío.
En ese mundo todavía no hay sogas
que me unan o desaten al amor
bastan las piedras, las nubes, el agua del río”

Una vez que el lector ha advertido ese sistema estético y político, pensar el tema del sexo en esta obra puede habilitar un análisis que no despegue, infantilmente, lo erótico de lo poético. Y entonces, como tópico problemático aparece el término “intimidad”. Si el sexo y sus experiencias funcionan como la propulsión de un yo que manifiesta una mayor densidad del sujeto (es decir, que se eclipsa el objetivismo y se aclara su contracara), la intimidad no es más que una posición enunciativa. ¡Ni nada menos! Pues, esa elección lingüística suele electrocutar las convenciones de no pocos lectores afiliados al Club De Lo Solemne. Una ficción de intimidad (qué otra cosa puede proponer la lengua) que problematiza la frontera entre lo propio y el mundo, que traslada el sentido de lo anecdótico a lo combativo.

“Fui alguien conduciendo un auto
en medio de una ruta
hasta cruzarse en mi camino, algo
que me hizo frenar el paso.
Ese algo fue el beso que le di a otra chica,
la noche en que mi cuerpo
fue por primera vez, además de mi cuerpo
mi casa”

Me parece que cuando la poesía logra abrirse camino entre los muros más descascarados del pensamiento social, es porque ha encontrado la forma y el contenido. Un libro de lugares. Qué mejor para interpelarnos en tiempos de expulsión masiva, de usurpación y de invasiones veladas por el diseño patriarcal. Verónica Yattah no acepta en este poemario alquilar un nicho conceptual para caer en las trampas hegemónicas (como aquella que califica “escrituras femeninas” a cierta producción literaria): ejerce su propio plan para triturar, tallar, pintar, tocar la piedra que habitamos.

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Piedra grande sin labrar (Zindo & Gafuri, 2018)

 

 

 


SELECCIÓN DE POEMAS


LAS COSTURAS DE LAS MANGAS NO COINCIDEN

con la altura de sus hombros
sino que empiezan más abajo,
donde tendrá la marca de la vacuna.
Acá estamos, se arremanga la camisa
y aparece un tono de piel que es mi tono de piel
y que tanto desconozco en él.
Me pide un trapo y nos ponemos a limpiar la mesa
como si no hubiéramos hecho algo juntos en mucho tiempo.
A mis diez no bajaba la mirada
y cuando hablaba era firme el tono de su voz.
Ahora sonríe mientras saca brillo a la madera
y a mí me gustaría sacar algo de este gesto,
el de un hombre que es mi padre limpiando una mesa.
Ver algo más allá de un hombre al que apenas
le conozco el cuerpo.

 

 

 


MIS PIERNAS DE MUJER

querrían frenar el paso.
Cuando mi mamá le dijo al médico
que acomodara mi cúbito y mi radio
sin anestesia
porque era fanática de la homeopatía
mi parte racional de doce años
hubiera preferido no tener que volver
con un yeso hasta el codo
y cenar con esa mujer
que desde ese día no pudo
defenderme más.
Pero mi parte de caballo se retobó
y aproveché
para salir corriendo y buscar
amparo y diversión fuera de casa.
Mi parte de mujer tampoco quería
conocer el cuerpo de un varón tan pronto
pero mis amigas y yo jugábamos
una carrera para ver quién tocaba antes
la rama dorada.
No llegué primera ni última
y años más tarde descubrí más brillo
en otros cuerpos
que supieron con el mío
duro como una piedra
flexible como un arco,
moverse mejor.
Mi parte de mujer necesita tiempo,
es agua de lluvia sobre una rama que acaricia
y se desliza hasta caer en forma de gota.
Mi parte de caballo es más veloz que un caballo
es un guepardo, es un halcón.

 

 

 


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DIEGO L. GARCÍA (Berazategui – Buenos Aires, 1983). Profesor en Letras. Escribe poesía y crítica literaria. Entre sus publicaciones se encuentran: Fin del enigma (Editorial Municipal de Berazategui, 2011), Hiedra (La Luna Que, 2014), Ruido invierno (La Luna Que, 2015), Esa trampa de ver (Añosluz Editora, 2016), una voz hervida (Jámpster ebooks, 2017), en coautoría con Ivankan, Una cuestión de diseño (Barnacle, 2018) y fotografías (Zindo & Gafuri, 2018). Su blog es: http://margendelpoema.blogspot.com.