Entreamigos: “La labor de un escritor no es la labor de un intelectual” [una conversación con Eduardo Plaza]

A propósito de la reciente edición de Hienas (Librosdementira, 2016) en Argentina por Editorial Conejos, tenemos el placer de compartirles esta conversación que tuvimos con su autor, Eduardo Plaza, hace algún tiempo. A pesar de la recepción favorable y de reconocimientos nacionales e internacionales, Eduardo se muestra cauto y crítico frente a una obra y un oficio por el que no vale la pena teorizar ni engrupirse.

 

 


—Parece que a Hienas le ha ido bastante bien para ser el primer libro de un escritor emergente.

“Pareciera, aunque como libro todavía no termina de venderse. Cuando Ortega publicó su primer gran hit, estudió cómo sacarlo. Vio todos los criterios editoriales: que el libro tenía que tener más de cuatrocientas páginas, la fecha que tenía que ser lanzado en el año… Hay trucos para cuando uno quiere vender. Pero yo no escribo para vender.”

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—¿En qué momento se configura la necesidad de escribir, y escribir específicamente cuentos, que es un género muy particular? De hecho, dentro de la narrativa es considerado un género menor.

“Me da lata un poco eso. Yo creo que es algo que no creo que se diga, pero como que se subentiende un poco. Siempre te preguntan por la novela cuando escribes cuentos, como si el cuento fuera una etapa previa a la consagración real de un escritor: un escritor de verdad tiene que escribir una novela, y ojalá una novela grande. Aunque bueno, ahora está de moda escribir nouvelles o novelas más cortas. Me llama la atención que hoy día no sea común que un tipo se dedique sólo a escribir cuentos como antes se hacía, como connotados escritores antes lo hacían. Ahora eso no cabe en la cabeza de nadie: ni en la de un lector ni en la de un entendido (o alguien que cache de editoriales) ni en la de un editor, ni siquiera en la de un escritor.”

—Es casi como una exigencia del medio…

“Sí, el escritor de narrativa tiene que escribir novela, y ojalá guatona.”

—… y con harto ripio.

“Claro. Es rara esa posición porque a mí no me sale escribir en largo. Empecé a escribir a los catorce años, lo abandoné como a los dieciocho, entré a la universidad y lo retomé como al segundo o tercer año, no recuerdo bien, cuando me puse a escribir para la Zona de contacto. Estuve hartos años en la universidad escribiendo sin ninguna intención de publicar. Porque aparte, en esos tiempos, las editoriales independientes eran muy pocas.”

—¿De qué año estamos hablando más o menos?

“Tiene que haber sido como el 2004 o 2005.”

—Concuerda si consideramos que el boom las editoriales independientes en Chile con la Furia y todo eso, fue como el 2009.

“Y ese boom ocurrió en Santiago, además. Hace ocho años atrás, vivía en Coquimbo-La Serena y esas cosas no se sentían (de hecho, recién el año pasado conocí una editorial de allá: Bordelibro). En esos tiempos, escribía porque tenía la necesidad de escribir y mis únicas publicaciones eran las de la Zona de Contacto.

—¿Cómo se gesta el contacto con la Zona de Contacto?

“Ellos hacían procesos de selección. En alguna de sus convocatorias les mandé algo, les gustó, quedé y empecé a colaborar. Mandaba textos desde Coquimbo y me invitaban semanalmente a las reuniones de pauta, pero como vivía fuera de Santiago, generalmente no iba. De repente, viajaba. Fui más que a nada, a los talleres de la Zona: creo que fui unas dos o tres veces en el año. Después, cuando venía para acá, me quedaba carreteando con mis amigos y me daba flojera ir a El Mercurio, aparte que queda a la cresta del mundo, no había cómo llegar.

—Hasta ahora cuesta llegar.

“Sí, entonces imagínate el 2005. Paulatinamente dejé de colaborar por eso también, porque no me era fácil. Si hubiera estado en Santiago, tal vez lo hubiera hecho; y si El Mercurio hubiera quedado en Santiago centro, también tal vez lo hubiera hecho.

—Considerando que estabas en provincia y que el cliché dice que “todo está pasando en Santiago”, independiente de que tuvieras cierta tribuna como la Zona de Contacto, ¿cómo se gesta la idea de concebir un volumen de cuentos como tal?

“Llegué a Santiago a trabajar hace ocho años. Me vine así como a la vida, con unas lucas en el bolsillo a buscar pega. Y una vez que hice ciertas redes de amistades acá, conocí la revista Terminal. Ahora ya no funciona mucho, pero en ese tiempo estaba funcionando súper bien y me hice amigo de los chicos. Mi amiga Viviana, que era una de las fundadoras, me pidió un texto. En ese momento había dejado de escribir: me dedicaba trabajar, a vivir; y escribir no era más que el recuerdo de una necesidad juvenil propia del ámbito universitario. Una vez que sales de la universidad, hay que ponerse a trabajar y olvidarse de esas cosas. Además, no tengo esa pulsión por escribir…”

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—De hecho, recuerdo una vez que te escribí pidiéndote inéditos para Jámpster y la respuesta fue “sorry, pero no tengo inéditos”.

“Y de verdad que no tengo hasta ahora. Yo no soy un hueón que se siente a escribir todas las tardes: no se me ocurren cosas, no tengo esa necesidad, no es como un hambre; pa’ ná. Para mí es, simplemente, un ejercicio intelectual, aunque bien complejo. Entonces claro, me vine a Santiago, dejé de escribir porque había que trabajar (trabajar de nueve a seis) y Viviana que estaba en ese tiempo en la Terminal, me dijo ‘mándame un texto’. No sé, debe haber sido de seis o siete páginas, y ese texto es ‘Federici cree ser emperador’. Ahí empecé a escribir el libro, pero muy esporádicamente, tomándomelo con plena tranquilidad. En ese momento, los chicos de la revista me dijeron, ‘oye, este cuento está súper bueno’, y dije ya, vamos a darle una nueva oportunidad a la literatura. Ahí me metí al taller de Pablo Simonetti, el primer taller que conocí (bueno antes, había estado antes en el taller de Collyer pero no me resultó). Y ahí, en el taller de Pablo, dije ‘ya, esto es lo mío, tengo que empezar a escribir, y hacer de esto algo que termine en algo, no sólo escribir por escribirle al aire’. Necesitaba concluir este proceso creativo y eso terminó siendo Hienas.

—De Hienas, puedo hacer la lectura de la pugna entre la precariedad y el desarrollo desde la provincia (la cuarta región específicamente), en donde esta última, se configura como el hogar, aunque desde la nostalgia, porque quienes emigran y logran alcanzar cierto éxito en la “capital”, se sienten desarraigados, tanto por habitar y no vivir en el ‘centro’, como por volver a un hogar que ahora le es ajeno.

“Es que ese es autoengaño del profesional joven de fuera de Santiago, que viene de fuera de Santiago, que gana más lucas que fuera de Santiago, pero que es súper autoindulgente y se consuela pensando que siempre podrá volver a su casa, como si su casa fuera un lugar mejor que Santiago. Como si vivir en Coquimbo, vivir en Tongoy, vivir en Guanaqueros, en la Serena o en Huasco, fuera mejor cosa que vivir en Santiago. Y eso, para mí, no existe. Las injusticias en las que estamos insertos, en las que tú estái inserto, te las llevái a Santiago, Coquimbo, Temuco, o a donde sea. Y por eso Hienas no tiene que ver con esto del ánimo chovinista de que “Coquimbo es Coquimbo, voy a contarte como es Coquimbo”. Coquimbo ni siquiera es como yo creo que es. “

—Algo así como el Buenos Aires de Cortázar o de Borges, que son una invención…

“Exactamente… y pasa con todo. Porque cachái que nosotros, los que estamos acostumbrados a ‘migrar’, para sobrevivir o para buscar ‘mejores condiciones de vida’, nos consolamos con que dejamos algo atrás a lo que siempre vamos a poder volver, pero en realidad, cuando volvemos, eso ya no está. Cuando yo vuelvo a Coquimbo, vuelvo a un Coquimbo que no tiene nada que ver con el Coquimbo que dejé. Y en diez años más, no va a tener que ver con nada del Coquimbo de ahora. Y basarse en ese consuelo, es súper nocivo.”

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—Casualmente, el marco geográfico que se da dentro de parte importante de la producción narrativa que se está escribiendo actualmente, no sale del centro constituido por Providencia-Ñuñoa-Santiago centro (razón por la cual, se le critica bastante). En ese sentido, me llama la atención tu caso porque Hienas escapa -de cierta manera- de dicha enmarcación, aunque pareciera que el narrador está situado en este centro.

“La verdad es que no sé dónde habría que situarse para escribir. Me preguntaron el otro día ‘que es para ti la buena literatura, qué es un buen escritor’ y todo eso. Y me di cuenta de que esa respuesta la cambio cada dos meses. Y no sólo porque no quiera perder mi derecho a contradecirme. Te podría decir que ‘un escritor es quien levanta preguntas’, y cosas así como más teóricas y más intelectuales; pero en este momento estoy más en la volá de ‘un buen escritor es un tipo que hace un buen libro, y un buen libro es un libro que tiene ritmo, que cuida la sintaxis’. Y un buen libro puede estar escrito con personajes de Providencia, como con personajes de de Renca. Hay libros pésimos escritos desde fuera de este centro como hay libros súper buenos escritos desde este centro y viceversa. Pero claro, atenta también contra la diversidad cultural del país que haya cabros que viven en Renca y que escriban de sus paseos por el Parque Bustamante. Pero te lo digo porque yo los conozco, no estoy teorizando. Uno sabe que hay cabros que nacieron en Maipú y que están escribiendo cosas de personajes centrados en Providencia. Hay otros cabros que también nacieron en Maipú, pero están escribiendo cosas de Maipú, pero eso no te hace ser de Maipú y escribir de Maipú tampoco te hace de periferia, porque escribir de periferia no implica sentarse en la plaza de algún lugar de la periferia a escribir sobre el tata que le da comida a la paloma o hablar sobre la casa que teníai cuando erai chico. Escribir desde la periferia es algo más amplio, más potente. Es no reservarte las propias contradicciones que nacen de esta ciudad, de este país; o las propias contradicciones tuyas como persona.

—¿Y el escritor, desde esa posición periférica o marginaltiene que hacerse cargo de algo?

Creo que eso es pedirle a un escritor que se comporte como un intelectual, y yo no estoy de acuerdo con pedirle a todos los escritores que se comporten así, porque los escritores son escritores. ¿Por qué hay que pedirle al escritor algo más que su deseo de escribir? Ojalá que lo haga bien, y si tiene que decir un par de ideas, que las exprese. La labor de un escritor no es la labor de un intelectual.

 

 

*ESTA ENTREVISTA, ES UN EXTRACTO DE LA ORIGINAL Y FORMARÁ PARTE DEL PROYECTO F5 – CONVERSACIONES CON CUENTISTAS CHILENOS MUY ACTUALES, A PUBLICARSE DE MANERA IMPRESA, PRÓXIMAMENTE BAJO EL SELLO JÁMPSTER.

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MATÍAS FUENTES AGUIRRE (Santiago, 1990). Editor de Jámpster.cl y parte de La Liga de la Justicia Ediciones.