Punto de partida: Un lugar que no conozco, el poema [acerca de Ranelagh de Brian Álvarez]

Portada «Ranelagh»
Brian Álvarez, Ranelagh (La Carretilla Roja, 2018)

Yo no conozco Ranelagh
pero ese nombre
suena tan pretencioso y cercano
que vamos a empezar por ahí

Así comienza el libro. Y como la intención no es reseñarlo, daré lugar a una primera idea surgida al entrar por ese texto. Se va a escribir sobre lo que no se conoce (en la senda de Deleuze), pero además se va a fundar un lugar a modo de utopía; el nombre del mundo que precede al mundo es “pretencioso” y “cercano” y así, de alguna manera, es también el yo.

Creo que eso suena bien, pero habría un pequeño problema: la poesía de Brian Álvarez, en este libro, prescinde en general del yo para explorar un lenguaje mecánico, virtual, propio de la autonomía impersonal de los discursos de consumo. Esto le permite al autor empujar esas moles hacia una zona donde es posible desmantelarlas libremente. Algo de ready-made tiene este procedimiento y es el hecho de cortar el circuito de significación. No me gusta pensar que Duchamp “convertía objetos descontextualizados en arte”, sino en pensamientos descontextualizados (una especie de autopsia del discurso). Así, la densidad del yo es mínima y pone en relevancia al objeto hasta volverlo ridículo.

Ahora bien, las cualidades del nombre (re)presentado lo son con respecto a un cuerpo que se corre. Y sin ser tajante en ello, coquetea con volver: “Yo no estaba del lado de tu pasión jesuítica. / Sin embargo, ahora / Jesús es un agente financiero / Jesús reparte bonos de la deuda / como si fueran pan”. Ser el yo o ser un robot que aplica formularios para respirar, es la cuestión:

 

Selecciona todas las imágenes que contengan carreteras.
Selecciona todos los cuadrados que contengan señales de
tráfico.
Selecciona todos los cuadrados que contengan la palabra
……Ranelagh.

Verificar.
No soy un robot.

Algo ha salido mal: vuelve a intentarlo más tarde.

Todo lo que se interconecta en el sistema que hoy nos virtualiza es justamente lo ultraconocido. No hay secretos en ese romance. Nuestros datos, gustos, intereses, todo está en la gran base de datos que nos somete. La noticia que repite el presentador del canal está recortada a nuestra demanda; el afiche de zapatillas en la autopista, pensado para nuestro gusto (si es que hay algo así todavía en este siglo). Es un feedback perfecto: todos saben y todos responden.

Contra la aceptación de esa comunicabilidad, vendida como el poder en manos del consumidor, es que se escribe cierta poesía. Nadie responde del otro lado, el texto poético jamás se presta a abrir cuando aplauden en la puerta. El poema se redefine como lugar en cada ejecución. Ranelagh es cada vez más extraño y a la vez “cercano” a la indefinición. ¿Quién se parece al que inició el texto, quién retorna a sí mismo en el extravío de escribir sobre lo que no conoce?

 

DEFINICIONES DE RANELAGH IV

Tuve una novia durante algunos meses.
No la quise.
No me quería.

Me dejó por un chico de Ranelagh
del que me había hablado mucho tiempo antes:

se parecía a mí.

En esas definiciones, el yo –cuando cobra densidad– funciona como oposición a la máquina. Algo que se relaciona con los otros y con el gusto de los otros. Algo que persiste en sus modificaciones, no replicado, y que no ha respondido a la pregunta de verificación. El no-amor de este poema es de todos modos una celebración del contacto con lo humano.

Al decir “utopía” pensé en una declaración de Stephen Hawking, fallecido hace unos días, en la que alerta a los humanos a buscar un nuevo planeta habitable de manera urgente. Algo de esto ocurre con la poesía de Brian: sabemos que el “Poema” no da para más y lo único que podemos hacer es intentar un escape intergaláctico aunque terminemos fritos en el camino. Seguir amontonando edificios de piedra en esta esfera ya no parece un buen plan.

Ranelagh podría ser otro planeta, otra lengua, otra forma de habitar. El texto de lo ultraconocido está agotado y es cómplice de nuestras ficciones de derrota más penosas. El capitán Hawking grita: “Salgan ya mismo de la melancolía del crepúsculo otoñal y del todo lo que hay que saber, quítense las gafas 3D y empiecen a armar nuevas alas de cera”. Lo peor sería que el minotauro apocalíptico nos encuentre discutiendo en Facebook.

Diego L. García


diego-l-garciaDIEGO L. GARCÍA (Berazategui, Buenos Aires, 1983). Profesor en Letras, egresado de la Universidad Nacional de La Plata. Escribe poesía y crítica literaria. Entre sus publicaciones se encuentran: Fin del enigma (Editorial Municipal de Berazategui, 2011), Hiedra (La Luna Que, 2014), Ruido invierno (La Luna Que, 2015) y Esa trampa de ver (Añosluz Editora, 2016). Su blog es: http://margendelpoema.blogspot.com.