Adelanto: Apolo Cupisnique [Mario Montalbetti]

Portada «Apolo Cupisnique»

Iniciamos el nuevo número con un adelanto de lujo: Apolo Cupisnique, del poeta peruano Mario Montalbetti, libro publicado originalmente en 2012 y que ahora es reeditado en Argentina bajo el sello Añosluz Editora.

¿Que si nos gusta Montalbetti? Lo amamos. ¿Que si daríamos un pulmón por la supervivencia de sus poemas? No, tampoco exageremos (tal vez un riñón). Ahora lean esta fina selección y contágiense de nuestro indisimulado entusiasmo.


HIMNO

Todavía quedan días en los que me digo:
hay un lugar que puedo hacer mío,
un café, por ejemplo, que puedo reclamar
como propio, luego de tantos excesos

o un terreno baldío en las afueras.
Pero eso sólo quiere decir que hay objetos
que me encuentran familiar, inanimado.
Mi anhelo es retórico: no espero afecto

de las cosas. Por eso mismo admiro
dos incomodidades: las sillas de madera
y las letras. En cambio, los poderes y la lujosa
circulación del guiso me dejan indiferente.

No en la explicación sino en la soledad
deseo usar estas palabras: yo no soy de acá.


COMO WALCOTT

Escribo a mano con un lápiz Mongol No. 2 mal afilado
apoyando hojas de papel sobre mis rodillas.

Ésa es mi poética: escribir con lápiz es mi poética.

Si alguien pregunta como quién quiero escribir
respondo «como Walcott». Ésa también es mi poética.

También, esperar a que ella me muerda el cuello
es mi poética. La salobre oscuridad del mar, la insistencia
de sus golpes y el aire húmedo encima, lleno de pliegues,
es mi poética. Ella pregunta como quién quiero escribir

y yo respondo «no sé, como Walcott». O más bien
mi poética es di algo visceral de una buena vez,
como en la ópera, sin esperar que ocurra una muerte
especialmente interesante al final: es mi poética.

Lo del lápiz mal afilado es indispensable para mi poética.

Sólo así quedan marcas en las hojas de papel
una vez que las letras se borran y las palabras ya no

se entienden o han pasado de moda o cualquier otra cosa.


INTRODUCCIÓN A LA METAFÍSICA

¿Por qué hay peruanos en lugar de no haber peruanos?
Tal vez sea una pregunta arbitraria. Tal vez no.
Pero ésa es la pregunta que los peruanos nos hacemos

a lo largo de nuestro pasaje histórico por el tiempo.
«¿Por qué hay peruanos en lugar de no haber peruanos?»
Algunos nunca se hacen la pregunta, pero la pregunta

está ahí. Algunos la cambian por otra: «¿Por qué adoramos
al felino en lugar de no adorar al felino?» pero no es lo mismo.
La pregunta, la primera pregunta, es «¿Por qué hay

peruanos en lugar de no haber peruanos?». No todos
nos hemos hecho la pregunta pero todos hemos sido
tocados por la pregunta en algún momento de nuestras

vidas, sin saber exactamente de qué se trata. En momentos
de gran desesperación, por ejemplo, cuando vemos cómicos
en televisión, cuando escuchamos hablar a las autoridades

políticas, militares, sobre todo a las eclesiásticas, cuando
asistimos a un partido de fútbol, cuando leemos los diarios,
cuando el sentido de las cosas se oscurece verdaderamente,

entonces surge la pregunta. «¿Por qué hay peruanos en lugar
de no haber peruanos?». La pregunta tal vez suene una sola vez
en nuestras vidas, como el tañido de una campana que luego

desaparece, pero todos la reconocen. Por eso, en el fondo,
se trata de una pregunta gozosa. Cuando la hacemos todo
a nuestro alrededor se transforma, todo se vuelve más fácil

de entender. «¿Por qué hay peruanos en lugar de no haber
peruanos?». Ésa es la pregunta que se repite, ésa es la pregunta
que nos acompaña, la pregunta que llevamos con nosotros
como quien lleva un atado de ajos a la cocina. Ningún
peruano sabe la respuesta. Pero la pregunta nos permite
comer, hablar, y tener algo que contarle a nuestros hijos.


PARA LA TEMPESTAD

A comienzos de año escribí un poema que comenzaba
el sol cae, las estaciones se suceden, las nubes flotan
sin dirección. Luego de unos cuanto versos más empleando
ese tono más bien oriental quebré el progreso del poema
y dije cambio todo eso por una sopa dan dan mian
llena de vida mamífera flotando arruinada en su superficie.
El poema era sobre el chifa Hou Wha en Miraflores,
un restaurant elegante en Carlos Tenaud con Paseo
de la República. La elección del local no es gratuita:
es el chifa predilecto del Presidente García. Ahí va
con sus amigos, ahí celebra, ahí se reúne, festivo,
consigo mismo. El proceso retórico que quería emplear
era el de compararla descuartización de cangrejos,
la ingesta de ostiones, las manchas de sillau en los manteles
blancos, las fuentes de chancho asado devueltas
a medio comer y las risas humanas que emergen
de los apartados, con ciertos excesos que ocurren en el país.
Entiendo que hablar de comida es feo pero a veces
la verdad se dice en listas: nabos fríos, tamarindos,
huesos de pato, té lapsang. Es un poema largo
en el que también hablo de un cuadro que cuelga
sobre una mesa laqueada en el que con un mismo trazo
el artista dibuja los acantilados y la luna. En un pasaje
del poema, a través de una de las ventanas del chifa,
aparece un taxi transitando por Paseo de la República
con una calcomanía del Che en la luna posterior y escribo
que eso (una calcomanía del Che en la luna posterior
de un taxi) es lo más cercano que hemos llegado al socialismo
en este país. El poema acaba poco después con los versos
es inútil, la naturaleza ha muerto. Lo titulé «El Chifa de García»
y no está mal pero no expresa verdaderamente
lo que quiero decir. Se parece demasiado a otros poemas
que he escrito antes, y habla justamente de comida
que es uno de esos excesos en contra de los cuales
apuntan sus versos. Luego de ese poema escribí otro
que lleva por título «Dinastía Wong». «Dinastía Wong»
habla sobre el monumento al Becerro de Oro
que se ha construido en San Isidro y que es un lugar
de peregrinación de agentes de bolsa, administradores, MBAs,
economistas, inversores, expertos en liderazgo, cambistas
de dólares y emprendedores. El poema está situado
en un futuro no muy distante. Hay un par de versos
en los que escribo el emperador y los mineros tienen sus aposentos
en el valle de Pachacamac. La capital ya no existe.
El ambiente es más bien desagradable. Escribo
toda la comida es carne humana y rábanos
que han resultado ser singularmente resistentes.
El poema concluye poco después de esos versos
con la descripción de una camioneta 4×4 estacionada
en doble fila frente a una farmacia en Miguel Dasso.
El poema tampoco está mal pero otra vez se parece demasiado
a cosas que ya he escrito antes y por eso no me agrada del todo.
Luego de ese par de poemas, dejé de escribir y pasó el invierno.
Fue entonces que Nicolás Cabral llamó a invitarme a escribir
en La Tempestad y no sabía bien qué decirle. Por un lado
quería aceptar pero por otro no tenía nada nuevo
que pudiera enviarle y repetir lo mismo me parece
auto-complaciente y finalmente, aburrido.
Los poemas no dicen gran cosa estos días.
Mis poemas no dicen gran cosas estos días.
Resolví entonces hacer lo siguiente: primero, explicar la razón
de mi silencio (que ahora ya la saben: todo lo que escribo ahora
se parece demasiado a lo que he escrito antes) y segundo,
excusarme o tal vez repetir los versos finales
de «El Chifa de García»: es inútil, la naturaleza ha muerto.


TRADUCCIÓN RADICAL

Enseñarle castellano a un perro
es la verdadera enseñanza.
«Nunca va a aprender», dicen.
¿Por qué? ¿Acaso el castellano
es cuestión de inteligencia? Tal vez
sería mejor aprender a ladrar entonces.
¿Por qué no lo podemos hacer?
¿Porque somos demasiado inteligentes?
Me gustaría decir «Yo te quiero»
ladrando. Un perro es un verdadero
otro. Alguien que no comparte
mis reglas. Casi ninguna. A veces
decimos algo y el perro acude.
A veces el perro ladra y lo ignoramos.
En comparación, aprender aymara
(dialecto moqueguano, digamos)
es sencillo. Se puede hacer.
Tal vez la pronunciación no sea
perfecta, pero nos dejamos entender.
¿Cómo será ladrar con acento humano?
Los perros reirían sin parar.
«Y éste ¿de dónde salió?» dirán.


Foto Mario MontalbettiMARIO MONTALBETTI (Lima, 1953). Doctor en Lingüística por el Massachusetts Institute of Technology (MIT). Profesor Principal de Lingüística de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado los libros de poemas: Perro negro (1978), Fin desierto (1995 y 1997), Llantos Elíseos (2002), Cinco segundos de horizonte (2005), El lenguaje es un revólver para dos (2008), Apolo Cupisnique (2012) y Simio meditando (ante una lata oxidada de aceite de oliva) (2016). Su poesía reunida ha aparecido bajo el título Lejos de mí decirles (Ciudad de México: Aldus, 2013; Cáceres: Liliputienses, 2014). También ha publicado Cualquier hombre es una isla (Fondo de Cultura Económica, 2014), entre otros volúmenes de ensayos.