Crónica: Las cortinas [Cristian Leal]

No son los tiempos mejores que puedan venir, sino la llegada de esta crónica* -cortesía de Cristian Leal- la que nos tiene verdaderamente contentos. Y dado que la rata no vive sólo de poesía, los dejamos más que invitados a echarle una leída antes de que comiencen la semana en sus estimulantes y recién generados puestos de trabajo. Puede que se sientan identificados con el tema de tener presente sus orígenes, sobre todo cuando asciendan (gracias a sus nuevos trabajos) en la escala social.

 

 

*No sin dudas la hemos clasificado como tal, pero como es un género que nos gusta y siempre anda escaso, había que llenar la categoría.

 

 

La mitad de mi vida he sido pobre, la otra mitad muy pobre. Hay una foto de los tres: mamá, Lulú y yo con el árbol de navidad. Estoy con los dientes separados y sobrepeso. Mamá usa una polera escotada con líneas rojas horizontales. Esa noche comimos papas fritas con pollo asado. Las cortinas verdes de fondo, en la mesa una Coca-Cola de dos litros y medio que tomé solo, una caja de cigarros que se fumó mamá y los restos de huesos de pollo que se comió Lulú sin mover la cola. Me regalaron un Max Steel pirata con ropa de Ken y un ©Max Steel original. El living tenía una mesa de vidrio que cuando estaba oscuro podías ver tu reflejo.

Vivíamos en la intersección de dos comunas.

La casa bordeaba un pastizal -amarillo en verano, verde en invierno-, junto a los ojos hundidos, pupilas rojas, olor a plástico quemado en la mecha de los pasteros. La vida valía poco, un pasaje al que no se entra, un pasaje del que no se sale. Hubo dos o tres muertos mientras viví ahí. El peladero lo convirtieron en viviendas sociales, fachadas continuas y domésticos de esquina. La casa terminaba el pasaje que cortaba la avenida principal. Teníamos la televisión en el living, un patio con baldosas que hervían en verano, a la Lulú con motas de pelo y cortinas que siempre estaban cerradas obligando a prender la ampolleta. Dormía en la cama de dos plazas de mamá que ocupaba casi toda la habitación, la pared tenía unas rayas que dibujé, nos hice a los tres. La diferencia del dibujo de palitos es el pelo de mamá en toda la pieza, unas líneas mal formuladas que rompían con el blanco y un lápiz pasta azul como cuchilla.

 

Por mi cara en el espejo del baño
bajan surcos blancos.
Me lavo la cara y me vuelvo a acostar.
Mañana visitaré a mi madre

 

Así termina el poema de Anne Carson. Un hombre que se va, y ella vuelve a la casa de la madre. Un viaje que parece un respiro, un remate que es volver a la guata. En mi caso, me tocaba esperar en la abertura de la cortina, mirar fuera y mirarme en el reflejo de la ventana con mis delgadisimos bigotes: vecinas con las bolsas de pan, el perro del pasaje, los hombres llegando del trabajo. Ahí llegaba ella con sus ojos hinchados, el brillo de su frente que anunciaba el mecanismo de sus manos que se activaban para abrir la doble chapa de la puerta. Un suspiro abría la cortina. Dejaba de estar solo.

 

En la sala no había casi nadie.
De vez en cuando un espectador,
pegado todo el día a su butaca
como una estrella de mar en la piedra.

 

El poema de Santander Leal, expone el guardarse en la casa definiendo el síndrome del “hijo único”, la sobreprotección: los bastardos o hijos solos. La inseguridad de un hogar partido por la ausencia paulatina del padre. Carencias como hablar con la pared, la tele prendida en el día, hasta la madrugada. Los gritos a mamá que tiene un niño que manipula, que necesita atención. En ese espacio doméstico se abría un portal que conectaba con el espacio ficticio de los videojuegos, abría un portal que permitía la invasión de los milicos culiaos que uno mataba en Medalla de Honor, los zombies conchesumadres que acribillaba en el Resident Evil 3. La sensación de sentirse dueño de poco, mandar sin miedo, sentirse único; la cortina movida por el viento cuando se abría la puerta y entraba mamá mientras jugabas en la PlayStation 1. Me costaba dar vueltas los juegos. Las veces que perdí, tiraba el disco al patio trasero, después iba a buscarlo y lo dejaba el refri para terminar limpiándolos con la polera. Según decía un amigo, así no se rayaban, sobretodo los juegos piratas que compraba por mil pesos en la feria. Nunca tuve muchos, me aburría de no lograr las misiones. Prefería mirar la tele sacándole las motas de pelo a Lulú.

 

*

 

Nunca supe en qué trabajaba específicamente, sólo sé que se relacionaba a un restaurant en Mac-Iver. Se levantaba una hora antes de mi entrada al colegio, se delineaba los ojos, se marcaba los labios, su chasca la amarraba como cortina, me tocaba el hombro hasta despertar. Me ayudaba a vestirme, suspiraba e insistía que tenía que ir a clases. Se marchaba cuando llegaba el furgón. En la tarde me pasaba a buscar donde la tía, caminábamos donde terminaba el pasaje y empezaba el peladero. Reproducía el Corazones de Los Prisioneros, fumaba y tomaba café en el patio, mientras le hacía cariño en la nuca a Lulú. Mi perra siempre la prefirió a ella, la buscaba y bajaba la cabeza. Yo pasaba con Lulú la mayoría del tiempo, pero siempre escapaba de mis brazos.

 

un poema sobre la escritura de un poema
que trata de la muerte de ese perro,
pero mientras escribes oyes
a una mujer gritar
tu nombre, tu nombre de pila,
ambas sílabas,
y tu corazón se para.
dejas pasar un rato y vuelves a escribir.
ella grita de nuevo.

te preguntas hasta dónde puede llegar.

 

Lulú era una poodle toy, el único perro de raza de todos los pasajes. Una “perra única” y apestada según mi tía, porque la tomaba mucho en brazos; casi no la soltaba. Su nariz siempre estaba húmeda, así que le decía «mi perra de nariz mojada».

La primera vez que realmente me afectó la sangre, fue la de ella. La hice perseguir un peluche hasta ver mis manos rojas, toqué su pecho ensangrentado, corrí a mamá pensando en la muerte, la traté de limpiar con la cortina. Mamá le pasó mucho confort y me dijo que estaba en celo. Que los perros quiltros del pasaje se apostaban en la puerta por el olor. Persiguen a las perras por mucho tiempo para quedarse pegados y luego dejarlas tiradas. Dos meses después nacen los perros que en ese pasaje hubieran sido quiltros. La Lulú no se iba a aparear con perros de otras razas.

Nunca limpiamos las manchas de sangre de Lulú de la cortina, bastaba doblarla y desaparecía. Tiempo después de que Lulú muriera, el pasaje se llenó de lulús. Me acordaba de ella como la primera y la única.

 

*

 

Ganó Ricardo Lagos, Lemebel le escribió una crónica, Raúl Zurita le escribió “poemas militantes”, Jorge González le dio su apoyo, la Concertación elevó el teatro; fue el atentado a Las Torres Gemelas, los pinocheques, los sobresueldos, el caso Riggs. A nosotros no nos interesaba, vivíamos a la orilla del peladero y cortábamos la calle Bahía Catalina. El único vestigio de arte en la casa era una edición vieja de El túnel y un cuadro que se perdía con las marcas de moho, sin autor: una casa solitaria en medio del campo, donde el cielo, el piso y las montañas caían en verde hasta llegar a la oscuridad. Ahora me pregunto si alguien puede ver en ese cuadro horrible, que todavía está en mi casa, como miraba María el Maternidad de Castel, ver algo más, que la obsesión de alguien que ve algo que otros no ven.

A mamá le recordaba la casa donde escapó.

Una enredadera marcaba el límite de nuestra casa con la del vecino, su reja de la nuestra, su casa era de la casa-esquina. Los compradores silbaban dos veces cuando la puerta estaba abierta y el perro en el patio trasero. Se evitaba hablar con ellos, se evitaba hablar mal de ellos, se evitaba hablar de lo que vendían, de la pupila dilatada y roja del dueño a las dos de la mañana. La casa la usaba solo para el negocio, su familia vivía a tres pasajes y ahí no tocaba nada, pero sí entraba la camioneta.  «No le vendo a pasteros» le gritó a una vecina cuando esta lo increpó por el hijo asaltado. Mi mamá se mantuvo tras las cortinas mientras oíamos la pelea, me decía que no hiciera ruido y tomara a la Lulú en los brazos para que dejara de ladrar. En la tele estaban dando El circo de Las Montini y mi papá me había llamado.

A los siete años besé a mi prima o ella me besó a mí. Escondidos tras la cortina, aunque daba lo mismo, porque estaba solo. Afuera quemaban los pastizales amarillos y olía a aire quemado. Las cortinas casi no se podían abrir, tocaban el suelo y se abultaban, cerradas o abiertas. A veces, nos enrollábamos con mi prima dentro: paredes, techo de género. Helena no hablaba con los niños del pasaje. Mi tía le decía que no estaban para ellos, que eran diferentes mientras las dos picaban algo en la cocina.

En las tardes pasaba en la casa de una tía de mamá, ella me cuidaba junto a mi prima Helena que tenía cuatro o cinco años más. La casa de ella iniciaba el pasaje y ahí dejaban la piscina de plástico en verano. Ella me recibía cuando llegaba del furgón para el almuerzo y la once, tenía una perra con el hocico fuera, la televisión la cubrían con un vidrio y rodeada de pequeños objetos del campo, piedras de colores, pedazos de playa y un indio pícaro que siempre levantaba en secreto. La tía hablaba por teléfono o hablaba con las vecinas, me revisaba los cuadernos y recalcar que con esa letra no sería nadie. Lo contrario a lo que decía mamá, que tenía que ser más que ella, daba lo mismo la letra o los lápices que perdía, las hojas de anotaciones que llenaban, las gomas en el piso, las cartulinas humedecidas, el papel lustre atrasado, las ganas de no mirar a nadie, de pegarle a todos.

 

¿Qué será de los niños que fuimos? Alguien se precipitó a encender la luz, más rápido que el pensamiento de las personas mayores.
Se nos buscaba ya en el interior de la casa, en las inmediaciones del molino: la pieza oscura

 

Helena me decía que fuéramos a buscar juguetes a mi casa y ahí nos quedamos hasta la hora de la once, para después volver a la casa de ella. Cuando mascaba la marraqueta refulgía en mi pupila el programa Mekano y el cuadro dentro de un plato en una casa azul. Las llaves las tenía yo, para abrir la reja bastaba con la fuerza de dos niños. Entrábamos y me decía que encendiera la tele para acompañarnos con el ruido profundo de los programas de las cuatro de la tarde, teleseries, dibujos animados. La perra quedaba rasgando la puerta. Al menor ruido nos separábamos, al primer rechinar terminábamos sentados a un metro de distancia. Un protocolo de seguridad que daba lo mismo.

Nunca entró nadie.

Pareciera que las cortinas en Chile fueran más de lo que representan.

Papá tenía una costumbre de llevarme los domingos al cine. Me compraba una Cajita feliz que promocionaba la película. Me comía las papas fritas y abría el juguete. Él quitaba los pepinillos y el kétchup a la hamburguesa que le dejaba. Le pedía otra Cajita y respondía que no tenía plata. Al subir a la micro me quedaba a dormir en sus piernas. Despertaba cuando estábamos recorriendo el final del peladero. Le decía que no me tomara la mano, que no le tenía miedo a la calle, a las luces rojas, que era grande. No hablábamos mucho, al contrario, solo recibía sus preguntas de mamá, qué hacía, por qué estábamos viviendo aquí, tan apartados, si le conocía a otro “amigo”, alguna persona que visitara la casa. Al llegar me dejaba en la reja y ahí caminaba hasta el marco de la puerta. Mi mamá le pedía plata. Mi papá le decía que no tenía. Abría un ojo en la cortina y me quedaba viendo cómo se sentaba en la reja por varias horas, hasta que mi mamá me decía que saliera de ahí.

Mi mamá me decía que era lo más importante del mundo, mientras terminaba de partir el pan con un cuchillo, ponerle cecina y entregármelo: su ofrenda al rey de la casa.

 

 


24774883_10214693826882107_8198550790586785810_nCRISTIAN LEAL (Santiago, 1995). Becario en 2016 por el  Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, y en 2017 por la Fundación Neruda. Mención Honrosa del Premio Roberto Bolaño 2016, en la categoría cuento. Actualmente estudia Administración Pública.