Reseña: Nada es hombre, nada es tierra [Emiliana Pereira Zalazar]

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ELLA SE SOLTÓ DE LA CORTEZA

Nada es hombre, nada es tierra (Overol, 2016), ópera prima de Emiliana Pereira Zalazar, es un poemario que se construye desde la tópica del cuento tradicional –los llamados cuentos de hadas–, acaso una reversión de esa voz, que parece haber sido ya oído y, sin embargo, siempre vuelve a maravillar y sorprender. El posicionamiento del sujeto lírico desde un eje exterior a aquello que se enuncia, el transcurso progresivo de la acción, y, de hecho, la presencia de una acción, son factores que hacen imposible desligar el poemario de la estructura del cuento tradicional. Asimismo, la amplia presencia de elementos naturales y la presencia de la perversidad y el erotismo velados por medio de metáforas serán un procedimiento heredado de este género.

Tal como en un cuento de hadas, el binarismo y la polaridad de los valores antinómicos serán la manera en que se define el mundo, siguiendo así la vasta tradición de arquetipos que nacen desde los relatos orales populares y se mantienen en múltiples sustratos literarios a lo largo de la historia cultural de Occidente. Lo femenino versus lo masculino será la oposición central en torno a la cual el resto de las oposiciones se articularán. El hombre aparece como lo múltiple, lo circundante; un sujeto que al tener todos los nombres no tiene ninguno; las múltiples formas del todo, que es nada. Así, desde el título se nos define al hombre y la tierra como elementos equivalentes entre sí, definitorios, también, de la nada. El polo femenino se delineará desde la figura de la mujer, que se relaciona con la naturaleza –valor masculino– de manera alterna; tal como Eva sale de la costilla de Adán, la mujer sale de la corteza del árbol; se aparea con lobos; las crías de las arañas le rajan el vientre. Es el poder de la tierra lo que la captura, se apropia de ella. Nada más patriarcal que la necesidad de retener a la sujeto, de absorberla y disolverla en la preponderancia de ese todo: “Ella va caminando y el paisaje se la traga, la devora, la engulle, la mastica” (28). Pues ella nace de ahí, pero en su intento de diferenciación se frustra, pues la mujer, como costilla del hombre, como fruto de la tierra, ha de ser un cuerpo que no pertenece a sí mismo, cuyo origen ha de borrarse para definir su propia identidad, aún de modo referencial al otro polo; un cuerpo abyecto de sí mismo y su propia esencia. Así, la autora propondrá la construcción del diálogo de ambos polos a través de la violencia: la pasividad de lo femenino en diálogo con lo activo en lo masculino, como modo de mediación.

La violencia del hombre será expresada como un componente de su esencia, desde lo más primario de su figura, desde la tierna infancia: “Después de la cena / el niño pálido se fue como siempre / a devorar las rosas blancas del antejardín” (12). No olvidar el símbolo tradicional de la rosa blanca como expresión de pureza: aquí es el niño, el hombre en potencia, quien ha de cometer una flagelación, ha de alimentarse de la pureza ajena. Lo erótico se verá, así, ampliamente metaforizado a través de lo alimenticio. Nuevamente, en diálogo con la tradición popular de los cuentos de hadas, estará todo dicho y no dicho a la vez, encriptado por el velo de la metáfora que da para cubrir toda perversión. Acaso el uso de estos elementos son también el modo de hablar de una lógica de funcionamiento social extemporánea, dar cuenta de una superestructura infranqueable a lo largo de los siglos de historia humana: la sumisión de lo femenino a su propio cuerpo, cuerpo sensible que tampoco le pertenece y que ha de ser violentado en toda interacción con el mundo exterior, mundo plagado de lo masculino, polo sujeto de derecho, en oposición a lo femenino:

El lobo tenía más derechos
a aullarle a la luna llena.
(…)
El lobo no calló,
certero en la terquedad de sus deseos
impregnó sus labios
en la boca de sus enemigos. (54)

El lobo, como metáfora del hombre, es aquel que tiene privilegio por sobre el resto de los habitantes del mundo, sus enemigos cuyas bocas se encuentran impregnadas del deseo de este, sus discursos invadidos por la ideología del macho.

Así, el poemario de Pereira Zalazar se levanta no solo como una actualización del género tradicional del cuento popular, sino que también es la articulación de un grito de denuncia desde la metaforización, la apropiación de una voz aparentemente inocente, la subversión de un lenguaje cruzado por la lógica patriarcal valiéndose de su tópica, de su sustrato cultural, para dar cuenta la operación del poder y su discursividad, borroneando al hombre de este.


Emilia PequeñoEMILIA PEQUEÑO ROESSLER (Santiago de Chile, 1997). Estudiante de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas de la Universidad de Chile. Ha participado en talleres de poesía con Héctor Hernández, Javier Bello y Raúl Zurita. Forma parte del colectivo de poesía Taller Juan Gabriel. En 2016 se adjudica la beca de creación literaria que otorga el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes por su proyecto La Ronda del Hambre.