Adelanto: Los Cisnes de Ñache [Felipe Becerra]

A propósito del obituario por partida doble en que se han transformado sus timelines por estas fechas, el fragmento que les dejaremos a continuación, es parte de “El Infierno de los Dibujos Animados”, capítulo VI de Los Cisnes de Ñache, próxima novela de Felipe Becerra. En dicho capítulo se describe un descenso, guiado por Reinaldo Arenas, por los nueve pisos de un edificio bajo el mar en cuyas habitaciones residen distintos autores sudamericanos ya fallecidos. ¿Les suena familiar? Cualquier reminiscencia al acontecer reciente -creemos- no es coincidencia.

 

 


 

CANTO OCTAVO
TERCER PISO, SEGUNDA HABITACIÓN: PEDRO LEMEBEL

 

Y ya estamos de vuelta en el rellano, echamos el libro y los muñecos en el bolso del maestro, a través de la puerta de enfrente se oye una música de cuerdas, abrimos la puerta y vemos una mujer de espaldas, su largo pelo negro le cubre los hombros anchos, lleva puestos unos audífonos y en voz alta lee ante un micrófono que cae del techo, sobre la pared del fondo hay una bandera roja con dos signos enormes y amarillos, Reinaldo nos susurra: lo que suena de fondo es un bolero, y entonces sobre ese bolero alcanzamos a escuchar las últimas palabras de lo que la mujer está leyendo: “tal vez una chispa juguetona que brilla en sus pupilas cuando trepan a una micro –dice la voz– y la noche pelleja los consume en su negro crepitar”, se saca los audífonos, da media vuelta, ¡ay, llegaron los duendes de la noche!, exclama y se larga a reír al vernos, la mujer nos abraza y nos da besos, los labios se los ha retocado de rojo –nos deja marcados sus besos en la cara–, entre sus ojos maquillados se ha pintado un colibrí de color verde, cuyas alas abiertas recubren las cejas, de la oreja izquierda le cuelga un pendiente con forma de puño, ¡les presento a Pedro Lemebel –grita Reinaldo–, la Frida Kahlo del Infierno!, y ambos se enlazan entre sendas carcajadas y se quedan así, abrazados, y se ponen a bailar este bolero: yo perdí el corazón una tarde lejana, una tarde de aquellas, cuando el amor nos llama, la pareja gira por esta habitación donde no hay más que sillas, un sillón, una gran radio y un tocador repleto de pelucas y de plumas y un sinfín de polvos, sombras, lápices labiales y todo tipo de utensilios de maquillaje, yo perdí el corazón, pero no me arrepiento, dice la voz en el bolero, mientras los tacos de Lemebel repiquetean sobre las tablitas del parqué y los danzantes cantan a coro: porque pasé a sentir cosas que ya no siento, y en eso tropiezan y el cubano, para no caer, se afirma del muro, pero se desploman sobre el sillón envueltos en la gran bandera roja, cuando Reinaldo se ve cubierto por esa bandera, de un salto se pone de pie y se la arroja a Pedro con cara de asco, ella la recibe con gusto y se queda en el sillón así, envuelta en la bandera roja, miren, chiquillos, duendecillos de la noche –se ríe burlesca–, ustedes tienen al mejor guía que pudieran tener, mírenlo, un guajiro hermoso, lástima que tan recola… –nuevas risitas– no, si yo lo adoro, alguna vez hablé mal de él, lo acusé de contrarrevolucionario, pero aquí, bajo el  mar, en este arrecife maricueca, me di cuenta de que no era así, Reinaldo Arenas fue un escritor rebelde, homosexual y latinoamericano, cuyo único credo fue la Libertad, la Libertad a secas y con mayúsculas, y por esa razón se cometieron injusticias contra él, yo, que aun después de muerta soy mapuche, loca y proletaria, no puedo avalar esas humillaciones, nunca le he pedido disculpas a nadie, pero a Reinaldo yo le di a entender que me había equivocado y nos abuenamos aquí, en esta Casa aburguesada de la risa, porque ustedes, niños, tienen que entender que en este edificio –que ojalá fuera un block– casi sólo hay escritores cuicos, descendientes aflautados de abolengos rancios y pechoños, que antes de venirse a este castillo –all inclusive de ultratumba– pasaron sus vidas empingorotados en sus ansias de vanguardia bonachona y sin memoria, díganme ¿qué tengo que ver yo con Couve, esa cola tapada y cobarde, que a un año del golpe ya se descueraba en un afán masoca por representar el cuadro vivo de los familiones de apellido paltón?, ¡puaj!, de todos los que habitan esta Casa yo salvo unos cuantos, nada más, aparte de mi amiga aquí presente –y señala a Reinaldo– más abajo está Marosa, reina madre de todas nosotras, y más abajo aún está Severo, a quien le perdono su exilio frufrú por la brillantez apabullante de la labia, las demás me dan urticaria, yo por eso estoy más tiempo en la calle que en este cuchitril, se supone que no debería, pero me echo al pollo, ¿quién me manda a aburrirme aquí?, ¡ni loca! –Lemebel se ríe–, ustedes tuvieron mucha suerte, chiquillos, mis luchines, de encontrarme aquí, cuando la calle me llama yo me viro, bueno, pues yo te traje estos chamitas –lo releva nuestro guía– pues, por un lado, se me ha encomendado que recorran cada habitación hasta llegar al sótano y, por otro, de mi propia voluntad, pues quería que ellos conocieran al continuador de nuestra rebeldía, sepan ustedes, mis chamas, que Pedro Lemebel fue la punta de lanza y la piedra de toque para varias generaciones en el distrito de Chile, ¡la puta de un lanza!, ¡perra de toqueteo!, eso fui yo, querido –lo interrumpe el chileno, riéndose a carcajadas mientras agita en el aire sus tacos–, lo siento, mi Rey, mi Reina, mi Rey Analdo,–Pedro se aguanta la risa y cruza
las piernas–, explícame, darling, ¿qué quieres decir?, y entonces Reinaldo entre risas le dice: piedra de toque has sido tú, Pedro, porque tus crónicas permiten reconocer de qué están hechas las personas, distinguir el verdadero valor de las cosas, ese que disfraza la fanfarria de los grandes eventos o el que se agazapa en un suceso ínfimo y anónimo, que sólo recordamos por esa prosa tuya que de tan enrevesada alcanza hasta los últimos recodos, ay, Reinaldo, te pusiste cursi, me encanta, y una punta de lanza has sido tú, Pedro –continúa el cubano–, porque esa lengua de áspid que tú tienes, la que te dio tu madre al nacer y que se te fue afilando con los años, esa lengua corrosiva como ella sola, ¡vaya cómo pica, chico, si es como una espina!, para que veas, pues, Reinaldo, las amapolas también tienen espinas, yo fui, es cierto, el aguafiestas de la fiesta democrática, escupí en el jingle cínico de la alegría que ya venía, que ya venía y no se vino nunca, esta lengua brígida, que tú llamas de áspid, se enruló para cantar tamaña decepción, jamás imaginé que yo con esta voz meliflua, con esta voz mariposona, pudiera darle un cuerpo al desengaño y así fue, yo canté como una loica, con el pecho y la garganta roja, la decepción, la falsedad, la podredumbre, malagradecida de la demos-gracias, yo mordí la mano que me dio la libertad: porque era una farsa, una cárcel nueva, indistinguible y camuflada en el paisaje urbano, tal vez por eso nunca quise yo entregarme –al menos no del todo– a la ficción, había que alejarse de ella, utilizar algún registro de mariconaje guerrillero y lumpen para ver mejor esa ficción tan triste que nos venden como realidad, en ese sentido yo fui un anti-Whitman, siempre receptiva como él, siempre permeable como él, me dediqué, sin embargo, a desmentir en vez de cantar, a demoler en vez de construir, por todos y cada uno de los rincones de Santiago –mi pequeña América– en donde posaba mi ojo de loca (no se equivoca), y ahora que lo pienso, mi Reinaldo, tal vez también fuera la rabia, esa misma que sentiste tú en El Morro, la fuente turbia de mi verborragia y de mi preferencia por este género tan libertino que es la crónica, ¿no, mi Rey?, fue ése el soporte que me permitió desembuchar la frustración de esta manera, al vuelo y en dos páginas huachas, elegí ese género tránsfuga, también, porque era el más apropiado al callejeo putiflor – Lemebel se levanta y camina envuelta en la bandera roja hasta el tocador, agarra una botella de vino y se sirve una copa–, yo podría hablarles de mi novelita, la única novela que me decidí a escribir en vida, pero ahora que paré la chala me da paja darle bola a ese género amachado y patronal, además –agrega el cubano, aceptándole una copa–, que ya en tus crónicas hay muchísima imaginación, chica, y creatividad a raudales, un estilo exuberante y voluptuoso que, de no existir, permitiría que las cosas que tú narras se cayeran una a una en el olvido, porque me regalaste poco a poco tu olvido, yo nunca me arrepiento el haberte querido, suena de fondo la canción y tras hacer sonar sus copas Lemebel y Reinaldo cantan a coro: el culpable soy yo-o-o-o-o-o por tener corazón, por regalarte mi alma y perder la razón, beben el vino mientras giran por la pieza, Reinaldo toma asiento en la mesa de transmisión y, cuando Lemebel se detiene junto a una ventana larga y vertical, le dice: no me vayas a tirar la copa, Pedro, pero se me ocurre que quizá la imaginación tuya, la imaginación que tú tienes, más que en la ficción, aparece en tu prosa, en tu barroco que arrejunta palabras de mundos distintos y hasta se diría que opuestos, ¿qué piensas tú de eso, Pedro?, ¿estaré diciendo bobadas?, entonces nosotros miramos a Lemebel, lo vemos a un costado de la ventana dejando, como Nanaqui suele hacer, que la luz que emerge del océano le bañe el maquillaje, tienes toda la razón, mi Rey, dice la travesti perdiendo la vista en el fondo del mar, yo pude haber escrito con las piernas juntas y las nalgas apretadas, como la Couve, con esa fastuosidad de la letra precisa, claro, yo podría haber escrito clarito, casi telegráfica, sin tanto recoveco y remolino inútil, pero no fue así, me opuse al constreñimiento de la hipercorrección, esa poda tan burguesa del bonsái y la estrechez de chiquitín, a mí se me enroscó la lengua de impotencia y en vez de claridad produje una jungla de ruidos, mi palabrerío es esa selva, una selva llena de ruidos y cacafonías, quise que mi abecedario fuera chusco y que por su boca escrita se colaran los abismos iletrados, esa feria clandestina de sabores y de olores y raras palabras en perpetuo movimiento, constantemente prófugas, que yo escucho en la calle sudaca, porque si mis crónicas se contonean en una sensualidad sonora, eso es porque conocí la calle y fui aprendiz de las travestis en su pentagrama transeúnte, tal como ellas mi escritura se luce en la pasarela del charco y está hecha de pestañazos, de simulaciones y de guiños colifrunci, yo se los plagié todo, Reinaldo, bien lo sabes, quise, como ellas, que algo en el montaje exagerado de mi labia rebasara el molde, hice mía su sobreactuación –todo por convencer, como diría Severo –, hice mío el culebreo amanerado de las locas, su aleteo transhumante en la noche pelleja del que yo aprendí su capacidad infinita de riesgo y a rondar entre mis páginas con desprecio por la brújula, esa errancia de mi crónica rosa se la debo a ellas, pero sobre todas las cosas yo les debo la contradicción, el deseo de hibridez, ese loco afán por encarnar dos mundos contrapuestos, un mestizaje ulterior y voluntario, siempre a contrapelo de las convenciones en mi charquicán letrado yo a mi vez mezclé la jerga pajera de las teorías con los aires cebollentos de un bolero y los aromas y retruécanos del coa con la narrativa popular del loquerío, pero las aberraciones de Pedro no se detienen ahí, nos dice Reinaldo, tomando entre sus manos un libro del suelo, en sus páginas los infinitivos cumplen la función de sustantivo y los nombres propios bien pueden cumplir el rol de adverbios, un sustantivo hace de adjetivo para otro y dos lexemas de lenguas distintas pueden sin problemas convivir en una de sus tantas aberrantes bodas –a lo que agrega al vernos confundidos–, bueno, quédense con esto: la extremada lucidez de Pedro está precisamente en esas conexiones insólitas, en ese arrejuntar dos mundos hasta ese momento distanciados, que es al mismo tiempo la manera en que leyó la sociedad en que le tocó vivir, Lemebel camina hasta una pared en donde cuelga un enorme corazón hecho de balas, presiona un interruptor y el corazón se enciende, cada bala en un color distinto, como un centenar de ampolletas, esto es lo que quise hacer, dice Pedro, señalando los cartuchos luminosos, que cada una de mis páginas se hiciera cargo de algún rinconcito de mi ciudad y de mi memoria hasta formar el gran mosaico de mi pueblo, mi único amor, ese por quien yo perdí el corazón una tarde lejana… ¡ay, qué manera de ponerme cursi!, lo siento, niños, se acaba el show, en eso Pedro se sienta frente al espejo de su tocador, lentamente se maquilla en la mejilla izquierda los mismos símbolos que vimos antes en la gran bandera roja, una larga curva le recorre la piel desde la ceja hasta los labios, el cubano se le acerca, lo abraza por la espalda y le susurra al oído: todas las revoluciones atraviesan tus ojos mientras te maquillas, Pedro, entonces la travesti se pone de pie, acerca su boca a la oreja de Reinaldo y a su vez murmura: yo mataría por ti, y ambos estallan en risas, de pronto vuelan chayas, saltan flores y plumas y ellos se abrazan, del cajón del tocador Lemebel saca un librito, lo abre y con el mismo lápiz con el que se maquilló la cara escribe en la primera página: A los pendex de mi Rey/ para que nunca dejen/ de jugar en la calle, nos lo entrega, luego va hacia la radio, cambia la música y otro vals nos canta en la pieza: está mi corazón llorando su pasión, su pena – y la antigua condena escrita por los dos, Pedro se sienta de espaldas al espejo, se pone unos lentes de sol a los que les ha adherido alambres envueltos en mostacilla, lentejuelas y perlas plásticas que forman, una a cada lado, dos pequeñas alas de barroca fantasía, en la radio se escucha aquella voz hermosa que sigue diciendo: afuera creo ver tu sombra renacer, serena – bajo del mismo sol que un día se llevó… tu voz, entonces Reinaldo nos toma de la mano, nos dirige a la salida en tanto se oye tu voz, tu voz, tu voz, tu voz existe, anida en el jardín de lo soñado – inútil es decir que te he olvidado porque tu voz… y cuando estamos a punto de salir, bajo el marco de la puerta, nos volteamos y vemos a Pedro ahí, estática y brillante ante el espejo, como un tótem de satén envuelto en flores y plumas, mientras desde aquella radio la música nos dice adiós cantando: tu voz existe, tu voz, tu dulce voz, tu voz persiste…

 

 


felipe becerra calderon 006

FELIPE BECERRA (Valdivia, 1985). Recibe en 2006 el Premio Roberto Bolaño de Literatura Joven en las categorías Cuento y Novela. En 2014 es seleccionado en el programa de residencia del Centre International des Récollets en París. En 2008 la editorial limeña Zignos publica su novela Bagual (reeditada en Chile por Sangría en 2014), cuya traducción al francés aparece bajo el título de Chiens féraux (Anne Carrière Éditions, 2011). Algunos capítulos del libro se publican en inglés en la revista The Radgeworks (Edimburgo, 2010).