Reseña: «Del otro lado del espejo» de Eduardo Molina Ventura [Felipe Becerra]

EDUARDO MOLINA, POETA INÉDITO

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Del otro lado del espejo (Overol, 2016)

Una de las primeras cosas que hice al volver a Chile fue comprar Del otro lado del espejo de Eduardo Molina Ventura. La reedición de Overol confirma la esquiva figura que el “Chico” Molina, como lo apodaban sus amigos, encarnó en el medio literario chileno de los años 50 y 60. Del hermoso prólogo escrito por su amigo José Miguel Ruiz podemos aventurar que lo huidizo de su posición, a la vez dentro y fuera del campo, se debe a tres operaciones en las que, con mayor o menor grado de consciencia, Molina incurrió: a) una permanente postergación de la publicación, b) una desestimación por la legibilidad de su escritura y c) una completa indiferencia por los límites entre original y copia.

En su prólogo, Ruiz señala que Molina “concibió muchos libros, pero lo cierto es que no publicó ninguno”. Todo lo que escribió se mantuvo entonces en cuadernos donde sus poemas, el intento de un diario de viaje e incluso unas memorias que dejó, como era su costumbre, incompletas, cohabitaban con transcripciones de sus lecturas preferidas. Así, en un mismo cuaderno, convivían poemas y conatos de textos más largos de su autoría con poemas transcritos, entre otros, de Michaux. Esto me lleva a pensar que tal vez la dimensión de lo privado (que poco tiene que ver con lo autobiográfico) no sólo desconozca los límites entre un género y otro, sino también la autoría de quien escribe (o transcribe). Los cuadernos de Molina darían cuerpo, de este modo, a una heterogeneidad y un emborronamiento de la categoría de autor que se hacen imposibles en cuanto se accede a la esfera de lo público.

 

 

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Ruiz nos informa que su amigo no sólo abandonaba sus proyectos de escritura, sino también los cuadernos que los contenían. Estos fueron quedando, según leemos en el prólogo, dispersos en diversos lugares a lo largo de la vida del poeta. Ruiz nos cuenta además que Molina le dejó unos cuantos apuntes, “pero es perderlo apenas un poco menos, pues su letra es casi ilegible y desalienta al más animado”. Escribir durante toda una vida, no publicar nada, legarle a un amigo tus escritos, pero que nadie, tras tu deceso, sea capaz de descifrarlos: me cuesta recordar, en la historia de la literatura, una broma más refinada que esta –tal vez sólo digna de Juan Luis Martínez o del imaginario de Monsieur Teste, obra citada, por cierto, como epígrafe en el libro. Pero hay algo más en el gesto de Molina, y es que el carácter ilegible de su escritura difumina otra barrera: aquella entre lo que en efecto se escribió y lo que nunca fue escrito. Conocida es la anécdota de la lectura que Molina hizo de El lobo estepario frente a sus compañeros de generación, antes de que se tradujera al español y –aquí está la gracia– sin mencionar que la novela no era suya, sino de Herman Hesse. Según indica José Miguel Ruiz, el poeta hablaba a sus amigos de una serie de libros  que, supuestamente, había escrito o habría de escribir. Hoy es imposible determinar con certitud en qué nivel de avance se encontraban esos libros o si alguna vez existieron, pues ¿cómo afirmar lo uno o lo otro si nadie es siquiera capaz de leer lo que está escrito en sus cuadernos? De él habría que aprender entonces: lo ilegible como estrategia de impostura.

Por último, la indistinción entre original y copia Molina la habría llevado a cabo de dos maneras distintas. Por un lado, la transcripción, como hemos mencionado, sin precisar la fuente, de poemas ajenos que se entremezclaban con los suyos –legibles o no; por otro, la práctica de una constante reescritura de sus propios textos. Ruiz nos dice que en vez de corregir sus poemas, Molina prefería escribir una nueva versión. Uno de los aciertos de Del otro lado del espejo es el haber puesto de manifiesto este procedimiento de reescritura al incluir distintas versiones de un mismo poema. El placer en la lectura de estas versiones se produce precisamente al percibir la variación entre una versión y otra. Es el caso, por ejemplo, de los tres poemas iniciales (“Apoyado en una pirca de piedra” y dos veces “En la noche invernal”), que tienen como objeto de su descripción a un niño que contempla la noche con un vaso de leche en la mano. Las versiones varían en el número de versos y en su ordenamiento, así como en la elección de verbos, adjetivos, adverbios, etc. Incluso las cinco páginas del fragmento de su “Libro de viajes” parecieran responder a una operación de repetición o reescritura. Es como si, a diferencia del viaje baudelairiano (“au fond de l’Inconnu pour trouver du nouveau!”), el viaje aquí no fuera sino la entrega del sujeto a la experiencia de la contemplación de la naturaleza, repetida una y otra vez. Se trata de variaciones contemplativas, como si su escritura rehusara agregar algo nuevo a su decurso. Como si ella no fuese el despliegue secuencial de un contenido nuevo, sino versiones sobre un mismo objeto, variaciones mínimas, repeticiones o transcripciones literales.

En este sentido, la publicación de Del otro… pareciera no ser suficiente para dejar de considerar a Eduardo Molina un poeta inédito. La inconclusión de sus proyectos, la fragmentariedad de sus poemas, los versos sueltos, las variaciones poéticas sobre un mismo objeto no son sino los indicios de aquello a lo que jamás podremos acceder. Uno de los valores de Del otro lado del espejo recae en darnos cuenta de una práctica de la escritura que rehúye la publicación para mantenerse en los dominios donde la autoría y la autenticidad dejan de tener importancia. ¿Qué hace que un escribiente se convierta en escritor? ¿Qué ocurre si aquello que se publica es tan escaso que sólo está ahí para dar testimonio de la existencia de una inmensidad que nos será por siempre inaccesible? La “obra” de Molina Ventura tal vez no sea sino una gran broma sobre el estatuto del autor moderno. El humor que yace en sus procedimientos nos recuerda que la práctica de la escritura puede muy bien llevarse a cabo sin necesidad de conversión.


felipe becerra calderon 006FELIPE BECERRA (Valdivia, 1985). Recibió en 2006 el premio Roberto Bolaño de Literatura Joven del Consejo de la Cultura de Chile, categorías Cuento y Novela.  En 2008 publicó en Lima Bagual, su primera novela, que traducida como Chiens féraux se publicó en París durante 2011, y en 2014 Sangría la publica por primera vez en Chile. En poesía ha publicado Pandillas 2473 (Santiago, 2010), La Bioteca seguido de África Celeste (Santiago, 2010) y fue incluido en Réplica. Poesía chilena contemporánea (1970-1985) (Guatemala, 2012). Actualmente escribe Ñache, su segunda novela, de pronta aparición en Sangría, como también la novela corta Paillaco Boys.