En sociedad: Lo que sucede entre el nacimiento y el funeral se llama deseo. Presentación de «Jahuel» de Bruno Cuneo [Gaspar Peñaloza]

Portada Jahuel

Quiero hablar de tres cosas. Tres problemas que emergieron y se enredaron a partir de mi lectura de Jahuel (Alquimia, 2017): El nacimiento y la muerte, el agua estancada y, por último, la memoria.

Nacimiento y muerte

Algunas semanas antes de saber que tendría que reflexionar sobre este libro, tuve una breve conversación de pasillo con Bruno en las que acordamos prestarnos libros que justo uno tenía y el otro necesitaba. Él me pasó Sublevaciones de Didi-Huberman y yo le presté La Mente Salvaje de Gary Snyder. Cada libro es una unidad, pero claramente entre ellos se despliega una relación bastante plástica, quiero decir: uno podría pensar un texto a partir de casi cualquier otro; aun así, comienzo de esta forma porque se da la casualidad de que son justo estos dos libros los que me permiten acercarme a los hitos de mi lectura de Jahuel.

Didi-Huberman, en un capítulo de Sublevaciones titulado «Incluso el recién nacido se subleva», comenta un texto de Kant y rescata una imagen que a mí me parece radicalmente iluminadora. Kant plantea que el humano acompaña su nacimiento con un grito porque interpreta la incapacidad de servirse de sus extremidades como una coerción. Me parece que esta es la tensión que el libro erige. Cuál es el camino cuando solo podemos conocer el nacimiento como un falso recuerdo o vago; la muerte como un destino irreversible y estar vivo como una experiencia corporal en la que aparentemente uno no puede hacer nada: no se pueden trastocar las leyes del tiempo ni del espacio, ni nuestro cuerpo se mueve nunca de una forma totalmente nuestra; cómo recuperar ese poder, como subvertir esa carencia. Nacer o morir en una ciudad es poca cosa / la única ciudad es aquella que te falta. Afirma uno de los poemas del libro.

Yo le presté a Bruno La Mente Salvaje, un libro que expone el pensamiento de Snyder cuya vida encarna una dicotomía. Qué hacer con esa grieta, habitar la ciudad con todo el estruendo de los beats o recogerse en la montaña.

Si reemplazamos montaña/ciudad por nacimiento/muerte, me parece que podemos encontrar algo. Jahuel para mí plantea ese problema: qué hacer frente a la incapacidad de servirnos de nuestras extremidades y sentidos. Recogerse en el momento del nacimiento permanentemente, evocar por medio de la nostalgia ese momento en que uno empezó a ser, la formación sensible de esa identidad sin huellas digitales donde la memoria desprovista de recuerdos / el futuro desprovisto de esperanzas. En ese lugar donde el cuerpo sensible se forma es posible estar atento a no viciar ni conformar el ego, pero se pierde la posibilidad de la vida con otros, de fundar lo que sea.

La otra posibilidad es correr desaforadamente hacia la muerte, lo que es, en otras palabras, la consecuencia de enarbolar un proyecto, mantener una convicción, una postura frente a la vida y llevarla a cabo hasta el fin de los días indiferente a que se vaya desfondando, como se sugiere en el primer poema del libro, mientras el ego se fortalece. En esa decisión el momento del nacimiento, el núcleo poético de la sublevación, se aleja cada vez más.

Este párrafo solo como una golosina: uno podría decir que eso hay tras la alteridad entre la caricatura de Occidente y Oriente. La primera, una cultura basada en grandes verdades y proyectos hacia adelante, y la otra, basada en grandes prácticas atemporales y recogidas sobre el origen. Occidente buscando dominar la muerte, Oriente conservando la poética del nacimiento.

Breton, en un pequeño ensayo que aparece en Los Pasos Perdidos, tiene una frase que me parece notable: la contradicción no es más que una apariencia.

Y tras la apariencia de esta dicotomía que acabo de describir, está la escritura, como una vasija que logra contener estos dos movimientos posibles frente a la represión que el tiempo y el espacio tienen sobre nosotros. Pero lo dejo ahí para hablar de mi segundo punto.

El agua estancada

Como algunos ya deben saber o sabrán cuando lean el libro, «jahuel» significa en mapudungún «agua estancada». Hoy en día es medio difícil tenerle afecto a una metáfora que tenga que ver con el agua estancada, la moda es pensar el flujo, lo líquido, el río en el que no somos dos veces el mismo, el nacimiento constante.

Pero pensemos por un momento, como propone la contratapa del libro, el poema como agua estancada. Cómo hacer para que esa agua estancada no se transforme en río, no se vaya ni se diluya en una formación eterna, pero que tampoco se contamine y enquiste a tal punto que no entre ni la luz, que no haya oxigeno y la vida no sea posible. El poema como tal estaría listo cuando en ese agua estancada pueda existir un flujo que permita la vida y la muerte. Ese es mi tercer punto.

La memoria

Didi-Huberman dice: Nuestros deseos necesitan la forma de nuestros recuerdos. Para mí el tránsito, el relato que propone Jahuel, va desde un acto fundacional, con una memoria desprovista de recuerdos y ese archivo se va llenando en un valle de recuerdos que vuelven a encumbrarse al adquirir nuevamente contingencia.

La memoria como montaje. Anoche soñé que armaba un puzzle, versa el poema del libro que conjuga el funeral y el cumpleaños. La vida como una tensión, pujando siempre para lados contrarios, con temporalidades y epistemologías contrarias, es una mitosis que la memoria logra modular y contener. La memoria como un estanque que permite el nacimiento y muerte de nuevas fuerzas. Todo este texto parece muy imaginativo, pero no. Estoy hablando del estero Marga Marga contaminado sin posibilidad de vida. Estoy hablando de que La mercancía siempre es joven, como dice Debord. Interpretar el mundo desde la memoria nos muestra qué es lo que puja por nacer exigiendo mediante su grito libertad y qué es lo que merece morir.

Gaspar Peñaloza, noviembre 2017


Foto Gaspar PeñalozaGASPAR PEÑALOZA (Viña del Mar, 1995). Editor en www.concretoazul.cl.