Extracciones: El vaquero sin agua en la cantimplora [Rafael Espinosa]

Portada El vaquero sin agua en la cantimplora

Cerramos la edición #9 de Jámpster con una selección de poemas de El vaquero sin agua en la cantimplora (Librería Inestable, 2017), del peruano Rafael Espinosa. Nada podría interesarnos menos que hacer listas de los mejores libros del año, pero si hubiera que hacer una, si alguien nos encañonara y nos obligara a hacer una, seguramente este conjunto de poemas estaría en los primeros lugares.

 

Sabemos que lo más destacado que harán hoy será leer a Espinosa. ¿En qué idioma tenemos que decírselos? Háganse el puto favor de leer estos poemas.


Un caballo árabe

Ahora que no es fundamental la respiración
tengo tiempo de discernir cosas. Distichlis spicata
es el nombre de la planta que abunda junto al litoral.
Pero no me gusta el litoral, es un hermafrodita de mitos.
Amo los surcos de las paredes aunque no exudan
indulgencia. Cuando la tristeza forma una trenza de novia,
es de suponer que concederán algún día
perdón. Pero a quién, a los solitarios
o a los cazadores de momentos,
incapaces de soportar nuestro perfume.
Ahora estoy confuso para saberlo. Afuera
la vida escogió a un ciego y la ardilla crea al árbol.

Las aves causan bullicio como de costumbre,
irritantes porque en mi interior existe una pista musical.
Creí en su sendero y de hecho se encuentra ahí
colmado de artes visuales, con escombros de agendas,
una angustia repetida simulando la felicidad.
No me gustan las aves, no me gusta que su renombre
me persuada a creer tan fácilmente de nuevo.
Son lo que son y aun así guerrean. Como si sol con desventura.
Pero obro como ellas: hago poemas de la descomposición.


Las importaciones

Es enternecedor por las abejas
y su música evangélica
pero al cabo resulta tonto
alegrarse porque se incrementaron
las ventas de miel al extranjero.

¿En verdad crees que valga la pena
otra hiperproductividad que la del sexo?

Yo lo veo así. La vida es como una interminable helada y un deshielo breve,
donde se pasa del bloqueo creativo a los pensamientos y la idea voladora
siempre se dirige a acariciar otra anatomía.

Entonces nacen los sentimientos,
semejantes a escuchas telefónicas
donde espiamos al mundo:
sentimos a los árboles ser derribados,
los sentimos caer sobre las poblaciones
como bombas de racimo
y al viento guardar esos infantes.

Puede ser terrible esperar al cuerpo
a tocar sin descanso. Hace frío
y podemos refugiarnos en cualquier vertedero,
hasta confundirnos con papelería.

El juego de la orquídea y la abeja
por multiplicar las plantas epífitas
no nos despertará.

A mí me ocurrió que aguardando
arrojé tantos guijarros por los farallones
que terminé por hacer una vida.
Mientras, Pietro se camuflaba
tras la oferta respiratoria
soñando con los muslos de los corredores
sudorosos en los parques.

¿En realidad distingues entre
un pensamiento y segregar cera?

¿En serio crees que los viejos aman
y el perdón no nace
de ser insaciables en el sexo?

Un poema y su lector son insaciables.


Jubiloso

Estoy jubiloso, me hablaron de binoculares en los que
se ve gente echada sobre sus sentimientos y recién los tengo.
Están inmóviles, están contemplando
pero son como fragatas de bondad. Tomé
clonazepam y si me acompañas también puedes verlo.
“Primero una vaga fusión con el sonido y después la abeja
se separa de su zumbido para regresar
a morir sobre nuestro brazo”. Más tarde
agregué marihuana y alcohol, además de otro
blíster de pastillas, y fue alucinarse. En pleno vuelo
el capitán desertaba el mando: quería ser una sequía.
Aparecían las sirenas para salvar las formas tal como existen
desmintiendo a los que dicen que no sirven de nada en la poesía.
La voz interior, que usé tantas veces de balde,
decidió tomar acciones.
“¿Es que pretendes cometer suicidio?”
—Jajajajá, como si hubiéramos tenido vida. Pese a todo
la guerra terminó. Parabienes! Nuestra miseria es nuestra.
Ahora dame un beso que tenga moscas adentro.


Altura de los regueros

Algo debe haber pasado.
Algo que torna la compasión en cefalea.
Los edificios se perciben muy erguidos
como una pila de padres severos.
Tal vez hace mucho
fui demasiado a las piscinas
a nadar hasta quedar adormecido
por el ritmo de mis propias brazadas:
soñé que cometía una falta
y se perdía con una burbuja de cloro.
Pudo entrarme entonces cualquier bicho,
esos microorganismos que medran en las piscinas
y causan daño neurológico.
Desde ahí las noches se tensionaron entre
la parquedad y la desesperanza
junto al recuerdo de un cuerpo que deja
un sendero de gotas porque ha nadado.

Hubo dolor, hubo
presión atmosférica y
a estallar!, quedó el yo de los arbustos
despedazado al lado de las costas, embelleciéndolas


Aparejos del desierto

Tal vez es cierto que existen
impulsos policiacos entre
las flores y que se excitan
los jóvenes escuchando
crujir la comida rápida

Tal vez es cierto que miente
el lenguaje y esclaviza
a las comisuras

Quisiera saber hacer el signo
de absolución con la boca

Aguas pluviales quisiera

El vaquero sin líquido en la cantimplora
está frente a la inmensidad donde
espejean unos pocos cactos
y monta, si ya no ha muerto,
su caballo colorado

Como nosotros, no tiene
enemigos. Se desperdigaron
fascinados por el género musical
de los balazos y la forma
en que un cadáver captura
la soledad en un gesto

Cómo se sentirá y nadie
piensa en ayudarlo, ni con recuerdos
ficticios. Yo abrí asimismo
mis cortinas y vi un horizonte
clínicamente muerto

No sé qué pasó. Todo pasó

y él tuvo una vida. Fue amigo
de su caballo y durmió bajo sus patas
ante el cielo en que los astros
se apelotonaban como cerdos

El aire en duelo fue prenatal

Nadie piensa que un ángel cuya
blancura debería hacerlo feliz,
sufre por no haberle dado nunca
agua a un caballo

Alas de arroyo


Encuentro con el contador

Tonto, me digo, la vida no es talleres de serigrafía.
Es un asunto de inexhaustibilidad, inextinguibilidad
mas nunca de fiabilidad. Prueba
a distinguir los sabores del durazno y el albaricoque,
para conocer cuán poco es fiable, y luego discierne
la inquietud que su recuerdo agita en desconocidas coordenadas,
ahí donde estamos teniendo una primera cita
en una euforia de salinidad. Solo
queda un efecto de superficie, que podría embriagarnos
con llamados inexhaustibles, inextinguibles si la vida,
además de interminablemente expansible,
no fuera a la misma vez finita.

Estamos por cierto en campos muy amenos
pero como existe asimismo la ingeniería militar,
debajo de los rizomas y los tallos se ocultan
minas personales. Una para cada uno,
del mismo modo que a los niños pobres
les está asignado su transbordador de piojos.
Y les pica el cuero cabelludo como frustrada astrología.

En vez de estar comprimiendo cada vez más perversiones
en aparatos cada vez más diminutos,
como una cuatridimensionalidad del cerebro,
deberíamos quizá entonces estar ganando horas. Siquiera
emprender una privada Toma de la Bastilla
en vista de que no asaltamos el Parlamento
y sustituir la política de las noticias
por una juridicidad de las prístinas eras: cómo
el viento es en sí un mamut de analogías individuales,
cómo el fuego, por contraste, relata
la oscuridad de un alma. Y así
sucesivamente revisar las unidades de medida
para que la vida tenga factibilidad,
la imaginación obre, las olas insistan.


El penacho de una larga caña

El único lugar común que acepto hoy es el de una elegía.
Ahora tengo que escribirla y no sé cómo hacerlo.
Alguien que escribe un poema debe actuar como
un ingeniero, interesado solo en que la obra se sostenga,
pues en los alrededores hay arbustos y pájaros
y abajo pasan personas. A ellas quisiera pedirles
perdón, tal vez plagiando la performance
del pez volador. Con las branquias del pez y el ansia del volador.
No sé cómo hacerlo. En un argumento que casi he olvidado
un hombre usa las piletas azules como sendas
para encontrar que su casa ya no es su casa. Encogido
sobre la puerta, solloza bajo la lluvia y la lluvia se compadece
y le limpia las escoriaciones del ego. Descalzo,
recibe el don del arrepentimiento. Con las puntas
de mi corte mohicano yo también herí muchas cosas,
pisé larvas de la ternura y me amé a mí mismo
como si el cielo, en todas sus versiones, tuviera
que abastecerme de placer oral. Y cuando las gotas
también resbalaron por mi pelo no supe reverenciar el modo
en que un ojo comprime el mundo para hacernos un presente,
ya que somos amados y nos mira. No supe, no pude
porque había desarrollado un fetichismo por las tormentas eléctricas
y, como descendiente de una especie de raptores, me gusta
el sufrimiento. Quisiera pedir perdón. En medio
de un afluente encontré flotando una silla
y me senté para intentarlo. Observo en torno
el flujo de un día. Pasan por su curso sustancias
que son atrayentes y enseguida nos causan asco.
No entendí nunca nada. Pueda que un bolígrafo
sí comprenda. El etanol recoge mi lamento.


Foto Rafael EspinosaRAFAEL ESPINOSA (Lima, 1962). Publicó Aves de la ciudad y alrededores (2008), Amados transformadores de corriente (2010), Los hombres rana (2012), Hoyo 13: Novela barrial (2013), El portapliegos (2016) y El vaquero sin agua en la cantimplora (2017).