Inéditos: Malibú [Sabina Orozco]

Imagen: Paul Landacre, Hills and The Sea (1931)

Nos encantó Malibú de Sabina Orozco, porque da cuenta de lo frustrante que es vivir (lo cual disfrutamos recordárselos cada cierto tiempo). Al igual que Laura (la protagonista de este relato), la idea es que sigan imaginándose que están en alguna apacible playa de la costa este, en vez de que lloren sus tragedias personales, la pobreza, el frío o el calor extremo y el que tendrán que seguir trabajando para pagar los regalos de navidad que aún no pueden darse el tiempo de comprar.

 

Otra opción es que lean este excelente cuento y reflexionen en torno a hasta qué limite es necesario evadirse.


Ningún protector solar
ofrece una protección al 100%
Reverso de un envase de 125 mililitros

“Uso bronceador y bikini a diario” habló la mujer de piel asalmonada cuando la entrevistaban cerca de la bahía.

El martes 4 de septiembre a las 7:45 a.m., Laura mordisqueó un pan con mermelada, atenta a la repetición de un programa estelarizado por jóvenes californianos. Mauricio se entretenía con las migajas del desayuno y la lata de jugo adicionado con vitaminas.

Si viviera en Malibú, pensó Laura, jamás usaría bronceador. Durante sus pasadas vacaciones en la playa, había tenido que resguardarse un día entero en el hotel a causa de la insolación.

—Si quieres, puedo llevarte al trabajo —le ofreció su esposo.
—Sólo son unas cuadras —contestó—. Además, prefiero caminar.

Laura, frente al televisor, esperó oír cómo el auto se alejaba. Ella saldría en dirección opuesta a la oficina.

“Uso bronceador y bikini a diario” repitió la joven de gafas oscuras que sonreía a la cámara.

Era otoño y la temperatura descendía. Laura se sentó en la banca que, tras su despido, ocupaba por las mañanas para hojear revistas viejas. El contacto del metal contra su cuerpo le produjo escalofríos. En otra época, supuso, esa plazoleta debió haber sido agradable. Al interior de la fuente flotaba basura. “Diez peinados para el verano”, rezaba una página de la revista. Laura tomó un mechón de su cabello y siguió leyendo a la par que lo trenzaba.

Cubierto por las sábanas, Mauricio miraba la región de la pared esclarecida por la lámpara. Le preocupaba Laura: su andar lento, como si desplazar un pie delante del otro exigiera un esfuerzo similar al requerido para levantar cosas pesadas.

—Daniel me marcó en la mañana —dijo—. Él y Jimena nos invitan a cenar el viernes. Si tienes junta, podemos verlos el sábado.

Ella guardó silencio. Giró sobre el colchón y, tanteando el buró, apagó la lámpara.

El miércoles 5 de septiembre a las 09:00 a.m. Laura sacó de la fuente un impreso cuyas letras empezaban a desdibujarse. Una hora después se encontraba en la agencia de viajes señalada en el papel, escuchando a un hombre enlistar los atractivos nacionales.

—En realidad, me gustaría pasar las vacaciones fuera del país —apuntó.
—¿Algún destino en específico? —preguntó el empleado de la agencia.
—Una ciudad costera no estaría mal. Malibú, quizá.

Luego de salir del trabajo, tardaba alrededor de dos horas en volver a casa. Detrás del volante, sentía que el aire le faltaba. Anochecía y los vehículos prendían sus faros; desde lo alto, semejaban hileras de peces linterna nadando con lentitud.

Atrapado en el embotellamiento, bajó la ventanilla. A su izquierda, uno de los espectaculares mostraba a Brigitte Bardot sosteniendo un perfume: aunque el paso de los años se evidenciaba en su expresión, aún le parecía atractiva. Mauricio recordó haber visto una película donde ella, recostada al lado de un hombre, aparecía con el cuerpo expuesto bajo luces rojas. Camille, el personaje interpretado por Bardot a los treinta años, preguntaba a su interlocutor si le parecía hermosa de pies a cabeza. “Sí”, respondía él. “Entonces me amas completamente”, declaraba la mujer.

Mauricio intentó traer a su mente la última vez que había visto a su esposa desnuda. Cada día, Laura hablaba menos. Aquel silencio lo desconcertaba tanto como la incandescencia que, en el filme, rozaba la espalda de la actriz.

La congestión vial disminuyó. Él reanudó la marcha, dejando el anuncio atrás.

Laura odiaba los comerciales porque le insistían en comprar algo. En la televisión, una mujer rubia de unos setenta años pasaba los dedos por un frasco de cristal mientras cantaba. A Laura le costaba conciliar la delicadeza de esa voz con el rostro ligeramente arrugado que emergía en la pantalla.

Sur la plage abandonnée
Coquillages et crustacés
Qui l’eût cru déplore la perte de l’été
Qui depuis s’en est allé

En seguida, una joven enfundada en un traje de baño como los que se usaban en los cincuenta reemplazó a la mujer anterior. La chica, caminando a la orilla del mar, seguía cantando.

On a rangé les vacances
Dans des valises en carton
Et c’est triste quand on pense à la saison

Laura frunció el ceño. Odiaba las canciones francesas porque siempre hablaban, con la insistencia de los comerciales, en amar a alguien.

El jueves 6 de septiembre, a las 12:00 p.m., en la plazoleta, acarició el fango de la fuente. Imaginaba que, tendida sobre la arena, la espuma le rozaba los dedos.

Más tarde, con los pantalones húmedos, marchó al supermercado. Empujando el carrito de compras, repasó el hecho de que en pocos meses consumiría su liquidación. De cualquier forma, lo mantendría en secreto. La idea de poner al tanto a Mauricio la encolerizaba.

A pasos del área de cajas, tropezó con una mesa de saldos, la mayoría fuera de temporada: viseras, trajes de baño, bolsas de dulces a punto de caducar, shorts o esmaltes de colores estridentes. Hizo espacio en el carrito, al lado de los jugos vitaminados.

El viernes 7 de septiembre, alrededor de las 8:30 p.m., los dos permanecían callados dentro del auto. De vez en vez, él colocaba una mano a la altura de la rodilla de Laura, cubierta por el gabán. Al estacionarse, le preguntó si tenía frío. Ella sacudió la cabeza.

Daniel abrió la puerta con un niño en brazos que se empeñaba en colgarse de su cuello.

—Qué gusto —celebró—. Jimena está en la cocina terminando de preparar la cena. Y él…—señaló al que parecía querer asfixiarlo—. Él es Raúl.

Mauricio tocó la cabeza del pequeño y Laura entrecerró los ojos, fingiendo ternura.

Aunque el comedor era cálido, ella seguía con el gabán bien abotonado. Cerca de la mesa donde comían el postre, sobresalía un cúmulo de juguetes revueltos en el piso. Jimena no paraba de hablar acerca del viaje que habían realizado para ir a la boda de su hermana menor, que desde años atrás vivía en Los Ángeles. Daniel les mostró fotografías que se habían tomado en un parque de diversiones.

—A Raúl le daba miedo subir a los juegos —lamentó Jimena en voz baja como si intentara no despertar a su hijo, que para entonces descansaba en su habitación—. De cualquier forma, la pasamos muy bien. Tendrían que haberlo visto cuando lo llevamos a la tienda de souvenirs —rió señalando los muñecos dispersos en la sala—. ¿Más café?

Al terminar su taza, Laura les mostró a Mauricio y a los anfitriones lo que había debajo del gabán.

—Ponte el abrigo —bufó Mauricio, camino a casa—. Ponte el abrigo, Laura —insistió.

Ella encogió los hombros y se acomodó uno de los tirantes del bikini. Luego, del interior de su bolso, extrajo un bote alargado.

—¿A quién se le ocurre ir a una cena en traje de baño? Jimena y Daniel deben pensar que estás loca… —espetó. Recordaba el gesto de ambos, sus caras oscilando entre la risa y el espanto, la forma en que tuvo que disculparse arguyendo que su esposa estaba sometida a extenuantes jornadas de trabajo, que partirían pronto porque el cansancio los mataba.
—Vas a enfermarte —le advirtió el hombre.

El resto del trayecto, Laura se concentró en ponerse protector solar de arriba abajo.

El domingo 9 de septiembre, a las 7:45 a.m., con el bikini encima, Laura se instaló en el jardín sobre una toalla. La mañana anterior, igual de nublada, había hecho lo mismo: hojeó revistas y tomó jugo de naranja bajo la mirada de los vecinos.

El viernes, de regreso de la cena, Mauricio llegó a creer que Laura le jugaba una broma: durmió con la misma prenda, envuelta en la colcha, cuidándose de que él no la tocara. Al amanecer, la mujer salió con los enseres necesarios para tumbarse a la intemperie.

—Entra, vas a resfriarte si sigues ahí —gritó su marido.

Ella sonrió y continuó examinando revistas acartonadas.

El lunes 10 de septiembre Mauricio no fue a trabajar. Juzgó demasiado aventurado dejar sola a Laura quien, dada la placidez que exhibía tumbada bajo la sombra de las nubes, no manifestaba preocupación por ir a la oficina. Ella abandonó el televisor después de darse cuenta que el programa de surfistas y jóvenes asoleadas había dejado de transmitirse. Mauricio aprovechó la oportunidad para ver las noticias: en Oriente la tensión aumentaba tras la explosión de una bomba. Numerosas investigaciones revelaban que desinfectar el agua con cloro promovía la formación de trihalometanos, sustancias altamente tóxicas. En una provincia española, foco de peste porcina, decenas de ganaderos se negaban a sacrificar a sus cerdos, informaba la conductora.

Mauricio se acercó al ventanal. La visión del jardín superó al asombro que le produjeron los acontecimientos del noticiero.

Con el bikini puesto, Laura temblaba bajo el cielo de otoño.

—No me toques. Arde —se quejó una vez.

Boca arriba, viendo el techo parcialmente alumbrado, Mauricio recapitulaba las vacaciones en que Laura no había usado suficiente bloqueador solar; su piel lucía igual a un filete crudo.

—Arde —volvía a decir, ahora en la cama, soñando que nadaba en un mar surcado por los rayos.

Esa noche, como por contagio, él también soñó con la playa.

El martes 11 de septiembre, a las 09:30 a. m., Mauricio comió sin prestarle atención al noticiero. Por el ventanal miraba a Laura. Terminado el desayuno, entró a la recámara y buscó un par de bermudas estampadas con palmeras. Acto seguido, se dirigió al jardín y tendió una toalla junto a la mujer:

—¿Me regalarías un poco? —pidió, señalando un frasco.

Sin poder disimular la alegría, ella se lo entregó. Minutos después, media docena de latas vacías de jugo vitaminado descansaban en el pasto.

Adentro, el televisor transmitía la explosión de dos torres. Afuera, Laura y Mauricio se tomaban de la mano, con los cuerpos emblanquecidos por el bloqueador.


Sabina OrozcoSABINA OROZCO (Oaxaca, 1993). Ha publicado en revistas impresas y electrónicas. Actualmente es becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas.