Especulaciones: «Agradece, es por mí, no lo olvides: apuntes para una incomprensión de la obra de Mario Verdugo» [Sebastián Gómez Matus]

Imagen: Henry Flynt, Esthetics of Eerieness (1992)

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Quiero arriesgar una lectura desde el comienzo del libro. Mario Verdugo sitúa su trabajo desde el título: robert smithson (land art: novela terrígena) & (la poesía, la literatura entendida como campo, apología de la droga) robert smith (la cura al mal de oído, la música, canciones gringas). El ampersands (&) es el signo donde la poesía está cifrada entre dos espejos dialogantes, al modo de un nudo borromeo. Todos coincidimos en que es un título enigmático, en lo enigmática que resulta su poesía. Quizá sea esa la palabra que refulge en el centro de la conciencia de los lectores. Y un enigma encierra una imagen.

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Según la lectura que propongo, sería lógico continuar con los epígrafes. ¿A cuál de los dos R.S. atribuir las citas? Es fácil de deducir, ¿es fácil de deducir? Los epígrafes, los intertextos, el modo en que Mario Verdugo utiliza las referencias funciona a contrapelo del uso común; basta con recordar las frases atribuidas a poetas mayores y menores en Apología de la droga. Citar es una moda —demodé— con pretensiones de legitimación inmediata, un modo parapléjico de demostrar que se sabe. Podríamos abrir el archivo formas de citar, formas de apropiación, y es probable que la mayoría quedara en el mismo taxón. Ahora, desde que nos enfrentamos a un trabajo tan inasible como el de Mario, esta no parece ser una observación peregrina. Además, la primera cita (robert smithson) es una guía directa, casi literal, del texto que sigue a continuación, es decir, la cita está puesta allí como mapa de lectura. Una digresión: creo que Mario Verdugo es uno de los pocos poetas que escribe en contra, contra la estabilidad y asimilación inmediata de sus trabajos, contra el status quo de la cultura, contra la autocomplacencia. Con esto quiero decir que su trabajo se mantiene en un interregno, en un lugar difuso, siempre incómodo para el lector; en ese sentido, no es condescendiente, no confirma las expectativas de un lector mediante lo novedoso, si bien todos sus libros rezuman una antigüedad postemporánea, contra el afán de lo clasificable, de las etiquetas. Quizás a esto se deba la recepción mezquina de su trabajo. Quizás a esto se deba el tratamiento que le da a la tradición.

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Algo que siempre me ha parecido interesante en el trabajo de Mario Verdugo es, por decirlo de algún modo, la curva topográfica. Mario comienza con una novela terrígena criollista; y en este último libro, los acontecimientos del segundo capítulo suceden en California y Europa, una Europa con sus nombres antiguos (vasconia, helvecia). En ese mínimo gesto arcaizante, también está cifrada una intención que recorre toda su obra.

En Chile, por lo general —lo he escuchado varias veces—, molestan las referencias a lugares que no estén dentro del país, como si la experiencia en sí misma, gracias a Internet, no estuviera desplazada, deslocalizada. En relación al País del Maule, el mismo Mario ensaya estos temas en sus trabajos sobre geopoética. La intención aquí no es profundizar en esos trabajos, pero si en el primer libro las cosas ocurrían en un acá inverosímil, en este último libro las cosas suceden en un allá postizo, en territorios que ya no tienen ese nombre, en territorios que, de alguna manera, han caducado, y por lo mismo se pueden reactualizar. Estos pliegues están por todas partes en la obra de Mario Verdugo, los desplaza en distintos niveles, puesto que no sólo sucede en un nivel topográfico sino que también en la acción y el lenguaje de los poemas. El siguiente pasaje puede ayudar a ejemplificar: “tras largos empeños están a punto / de lograr que todo gesto forastero / equivalga a sorber un café desde el / plato”. Para nosotros, lectores, acostumbrados a la poesía y a los libros (por no decir a la cháchara y al bluff), la poesía de Mario Verdugo resulta un gesto forastero, sólo asimilable con la rareza cultural de sorber café desde un plato. Otro ejemplo: “por eso es que la televisión quiere / hacer casi todos sus reportajes sobre / salud mental y precocidad artística / en bretaña”. Lo que intento señalar es que en los libros de Mario Verdugo está el mundo, el panorama ante nosotros. Es el mundo lo que acontece en los poemas de Verdugo, pero retorcido, mencionado desde otro locus, uno que no necesariamente existe pero que es identificable. Bretaña es metáfora de cualquier lugar o es metáfora del mundo, está en representación de un lugar que puede no parecérsele. El mundo, por otra parte, podría llamarse Salud Mental y la precocidad artística es, si no una enfermedad, un síntoma bastante común. Un ejemplo más: “están comenzando a detectar / semejanzas entre su propia / singladura y la del único personaje / que no ve al fantasma”.

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Hace años leí la siguiente frase de Brion Gysin: “La escritura está 15 años atrás de la pintura”. Aunque remanida, no deja de ser desafiante. Sin embargo, no creo que sea tan así, sobre todo porque verlo de esta manera implica una visión lineal de las disciplinas artísticas. En lo que sí estoy de acuerdo es en la experimentalidad de las artes visuales respecto de la literatura. Junto con César Aira, creo que toda escritura es experimental. Así parece entenderlo Mario Verdugo. En sus libros siempre hace mención de su “viejo y querido avant-garde”, de su “viejo y querido post-rock”. Puede parecer irónico, y ese es un tono que dota de ambigüedad a los textos; uno no sabe si le están tomando el pelo o no. Y en esa intemperancia, nos pasa unos gatos por liebre inmensos. El lector sólo puede pensar, entonces, en las artes visuales, en la música, en el cine, que al parecer son sus ámbitos predilectos. “Tungsteno. / Munición. / Arte nuevo.”, dice en uno de los poemas de p300.

En este sentido, al lector le puede parecer que estos textos son poco poéticos, que formalmente se repite, pero esto sólo refleja la anquilosis de la noción de lo poético, como si para escribir poemas hubiera que, necesariamente, hablar del amor y la situación lírica del poeta; como si el lector de poesía tuviera un “temor sacro” a lo que sale de su marco referencial; como si la poesía estuviera hecha de antemano. En relación a esto, el último capítulo del libro es un discurso, una arenga, una incitación a algo nuevo, irónico o no.

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Quisiera arriesgar otra lectura, quizás demasiado personal. En el último capítulo de robert smithson & robert smith no pude dejar de pensar en el Cholo Vallejo y en Rimbaud. Hay palabras que lo demuestran. Se deja ver un gusto radical por la palabra, a la francesa, un gusto palatal por decir ictericia, descoyuntarlo, sinecura, Samotracia, opalescencia, acoquínenlo, entre muchos otros vocablos en desuso (reactualizar valores, asignar valores allí donde no los había), palabras que suenan a otro mundo, al sistema que palpita en la obra de Verdugo, porque indudablemente es una obra que propone una especie de sistema cerrado “como un vicio que revela / la bondad esencial de su ciclo”. Y esa bondad, compañeros, “que verdezca / como un absurdo enigma resuelto / en la cuarta parte de lo / habitual”.

Tal vez no le guste mucho la vinculación con lo francés, con Rimbaud, pero al final de p300 dice una palabra clave: hotentotes, y en Miss Poesías nos recuerda que hay que ser absolutamente moderno. En el poema Desfile, en un gesto mundial, como parte de una enumeración caótica, Rimbaud menciona dicha etnia nómada africana. Más adelante, en el mismo poema en prosa, dice: “Maestros juglares, transforman el lugar y las personas, y emplean la comedia magnética”, línea que guarda gran similitud con el fraseo y el tono de p300. Al final del mismo poema, se lee el verso conocido por todos: “Sólo yo tengo la llave de este desfile salvaje”. Esto parece decirnos también el poeta talquino, que a lo largo de sus cinco libros ha renovado los votos de la poesía.

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La literatura, el mundo (la provincia), el arte, las vanguardias apócrifas, un mundo póstumo, todo circula por los poemas de Verdugo; en todos sus libros el movimiento gira unos grados más hacia lo extraño. El mundo está catalogado en su rareza constitutiva: identificación “con el primer personaje que resulta aplastado en las películas de dinosaurios”, “una especie de tabla periódica de las costumbres”, un mundo donde “los propietarios están preguntándose si es factible que sus minibodegas sean un epifenómeno de la vida actual en vasconia” y “están viendo el modo de categorizar más documentos para enviarlos de inmediato a la ciudad de los psiquiatras”. A ratos parecen libros steampunk, escritos por un poeta inmerso en la cuarta dimensión, donde el pesimismo mundial se transforma en una épica roja. El sentido que le da a la lengua me hace pensar en la noción de flexión literal, en la que tanto insistieron los argentinos de la Revista Literal, donde la literalidad del mundo tiene un doble fondo, siempre, lo cual permite que la metáfora se desdoble, obstinando la rotación de una forma que siempre encuentra oxígeno para continuar, donde el desplazamiento del sentido se extrema hasta que “el caos que anticipa su horizonte / y el caos que anticipa sus orgasmos” le sean arrebatados y continúen en el próximo libro.

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Para concluir, quiero volver brevemente sobre un tema central en el trabajo de Mario Verdugo: la vanguardia. En sus libros, la vanguardia aparece como un continuum reactualizado por alienígenas, un baterista, un cantante inventado, en definitiva, por personajes raros, periféricos, que no tienen una relación directa con la poesía, como si existiera tal cosa. De hecho, la poesía de Verdugo parece estar articulada desde un locus en apariencia no poético, y al no existir una definición de lo poético, de qué es poético y qué no, la propuesta resulta expansiva, ilimitada. En el fondo, parece una vanguardia parafraseada, una vanguardia hecha con elementos antiguos, injertos, como ciertas palabras en desuso y arcaísmos revalorizados. Quizás nos quiera mostrar que el gesto de la vanguardia es renovar los votos con el arte en cuestión, en este caso la poesía, que la vanguardia está allí como una dinámica evolutiva. Además, hay un elemento crucial. Para César Aira, “la vanguardia, por su naturaleza, incorpora el escarnio, y lo vuelve un dato más de su trabajo”. En los libros de Verdugo, como en pocos, hay una conciencia de ese escarnio. El autor de estos libros sabe que sus libros tendrán una recepción aplazada, como la gran mayoría de las obras rupturistas. En repetidas ocasiones, en todos sus libros, él mismo los comenta, anticipándose a una lectura que, en definitiva, ha sido la más fácil: todos sus libros son iguales. Creo que esa lectura es una salida fácil, casi que un mecanismo de defensa. Quizás en un momento surja la comprensión de que “el genuino significado de cada frase / deriva más bien de su estructura / profunda”. Sin embargo, el mismo Mario aconseja que “El libro que sus tardes morigera / y el libro que sus tardes magnifica / deben ser pulverizados”.


sebastian-gomez-matusSEBASTIÁN GÓMEZ MATUS (Osorno, 1987). Poeta y traductor.