Extracciones: Jumper [Francisco Miranda]

 

Algo tan chileno como la “señora Bisagra” (esa que si no está en la puerta, está en la ventana) estaba bastante dejado de lado por el imaginario literario local.

 

En Jámpster, estamos un poco chatos del protitopo de sujeto marginal asimilado por la academia y por el discurso progresista de élite; sobre todo, si dentro de la misma fauna hay tantos otros arquetipos a los cuales se puede apelar y desarrollar con una complejidad que vaya más allá de los prejuicios compartidos. Por esto es que en esta ocasión, nuestros jumbitos van para Francisco Miranda, quien en los siguientes relatos extraídos Jumper (Filacteria, 2017), apuesta al riesgo que implica salir de los prospectos comunes.

 

 

JUMPER portada chica

Relatos extraídos de Jumper (Filacteria, 2017)

 


LAS NIÑAS DEL 33


 

 

Las niñas del 33 se fueron. Pero se fueron, fueron. El papá las mandó pa’ un internado pa’ que no se las tocaran y les fue peor, me va a creer, mijito. Las quería virgencitas pal matrimonio y las perdió nomás. Las niñas eran re lindas, digecitas y agraciás. De lunes a viernes las tenían guardás en una escuela internado de monjas. Claro, ahí las estaban educando pa’ que tuvieran mejor futuro. Allí seguro les cuidaban la mente y los cuerpos de las cochinadas; pero mire usté la mala suerte. Cuando venían los fines de semana yo las notaba un poco paliduchas, pa’ qué le voy a mentir, pero es verdá. Seguro que ni a tomar el sol las dejaban salir las monjitas; pero es que a veces es la única manera de mantener a las niñitas a raya de tanto cabro sinvergüenza que anda por ahí. Si ahora casi ni pasan el primer verano después que echan cuerpo y llegan preñadas de la playa o del paseo al que van. Tienen muy sueltos los calzones las niñas de ahora. Ahí tiene usté, mijito, a las niñas del block del frente. Todas han salido con su domingo siete, apenas dejan el colegio. Incluso, algunas andan con la barriga inflada debajo del jumper. Pero mire nomás la mala pata. Unos sabandijas se metieron a robar en el internado de las monjas. No, si a las niñas no les pasó náh con los malandras. Lo que pasó es que después que robaron algo pasó que se armó un incendio de los mil demonios. Y las niñas estaban encerrá bajo siete llaves, digo yo, porque ninguna pudo salir del dormitorio en que estaban las hijas del vecino del 33. Tanto guardarlas pa’ perderlas así. Ahora ni nietos va a poder tener el pobre viejo. Nietos pa’ regalonear y malcriar. Va a tener que cargar con la pena de haber secado su familia. Así se le fue la sangre. Por querer que sus hijas morenas estuvieran blancas, se le pusieron negras como el carbón. Yo sé que no está bien decirlo, pero se condenó. La maldá lo venía siguiendo. Si no, cómo se puede entender. Ahora va a tener que conformarse. Pero sabe, mijito, yo pienso que no se va a consolar ni a resignar. Este viejo se va a rebelar. Va a despotricar y se va a condenar el alma y la vida. La rabia se le va a poner como el odio y el odio se lo va a comer, nomás. Da una pena. En veces, lo mejor es dejar que la vida siga su suerte, pero es tan cruel. Pobre viejo. Se va a quedar solo en su fuego. La doña del 33 no va a saber qué hacer con la culpa del pobre viejo. Él quiso hacer el camino del bien, pero mire cómo le vino a dar el vuelto la maldá del destino. Algo habrá hecho en sus tiempos mozos que está pagando tan tremendo precio.

 

 

 

 


LA PITUCA


 

 

La Pituca del 12, esa que nunca parece envejecer, ahora sacó un marido nuevo, muy joven y bien vestido. Dicen que trabaja en un banco, parece que es cajero o ejecutivo de cuentas. Con éste, ya van a ser cuatro maridos los que trae. Lo raro es que nunca queda viuda de verdad, porque así como llegan, se van. No se demora ni un mes en traerse su nuevo marido. Claro yo le digo marido, pero usted sabe bien que ni siquiera se han casado, o por lo menos no nos han invitado a un casorio como dios manda. Pero bueno, lo que yo quería contarle es que esa Pituca debe tener en su ducha el agua de la eterna juventud, porque sabe qué: ni arrugas tiene; siempre bien arregladita, emperifollada, con polleras coloradas y mucho labio rojo y mucho ojitos pintados. Nadie sabe cuántos años tiene de verdad, pero yo, desde que llegué a vivir con su mamita, siempre la he visto igualita que como ahora se le ve. Y ya llevo mis años por aquí. Hasta yo misma me he puesto más lenta y encorvadita, pero ella, nada, como si fuera cada día más joven, por eso dicen las vecinas que ella debe tener en su ducha el agua de la eterna juventud. También dicen que la Pituca le ha enseñado a todos los jovencitos del barrio eso de los “asuntos de la cama”. Yo nunca he visto nada, pero parece que sí, porque, cuando el río suena, algo debe estar pasando… Dicen que cuando llegó al block, era la amante de un abogado ricachón que venía a visitarla una vez a la semana. Él mismo, comentan, le compró el 12 para tenerla a su regalado gusto. Después dejó de venir. Dicen que murió de viejo, pero que le dejó una herencia de mucha plata y joyas, y que con eso vive… A los pocos meses comenzó a visitarla un caballero gordito, dicen que era un comerciante del barrio Estación, que vendía ropa de novias y lencería. Ese le duró como tres años… Después, me acuerdo, apareció un señor canosito, dueño de caballos de carrera, de esos fina sangre que corren en el Hipódromo y en el Club Hípico. Con ése, le dio por hacer fiestas. No invitaban a nadie, pero se sentían los olores de ricas comidas, la música alegrona, el vozarrón de él y las risas descaradas de ella. Daban unas ganas… pero nunca invitó a nadie, aunque no es mala persona, porque cuando alguien está necesitado y se hacen las colectas, ellas deja sus luquitas y pide que ojalá nadie sepa que ella puso esa cantidad de dinero… Hace como dos años atrás llegó con otro, un pelado muy conversador, que saludaba a medio mundo, como si la conociera a una de toda la vida. Pero dicen que ese le salió un poco malito porque algunas veces le levantó la voz; también dicen que ese era un poquitín sinvergüenza, porque se empezó a quedar a vivir en el 12; pero la doña no le aguantó mucho y lo puso de patitas en la calle… Hacía tiempo que no traía a alguien tan seguido. Siempre llegaba con alguno distinto, cada vez más joven que ella, pero fíjese que no se le notaba la diferencia. Por eso yo creo que esa Pituca del 12 tiene en su ducha el agua de la eterna juventud, porque ¿de qué otra forma puede una entender que no se vuelva vieja y apagá?, no digo yo como una que es medio campechana, pero como toda mujer mortal… Bueno lo que le quería contar ahora es que tiene nuevo marido, como les digo yo. Es buen mozo el hombre, los vi ahora saliendo del 12, cuando yo estaba barriendo el pasillo. Claro que usted me dirá que cómo voy a verla si ella está en el primer piso y yo en el tercero, pero lo que pasa es que asomé por el balcón a echar una miradita y ahí mismo justito que los vi. Salieron abrazados y tomaron un taxi para el centro pienso yo que iban, aunque en verdad no tengo idea.

 

 

 

 


francisco miranda.pngFRANCISCO MIRANDA (Santiago, 1962). Trabajador, escritor y profesor de castellano, educador popular, editor independiente y gestor cultural. Ha publicado los libros SubVersos–Des(h)echos (LOM, 1993) “Perros agónicos” (LOM, 1997). El sindicato (La Calabaza del Diablo, 2001), Bailar con la fea (La Calabaza del Diablo, 2009), Salvatierra (Ajiaco, 2012) y Perros agónicos y otros textos [Reedición aumentada] (Das Kapital, 2013).