Especulaciones: «Poeta/poetisa: La apropiación femenina de la palabra poética» [Emilia Pequeño Roessler y Catalina Ríos Muñoz]

Imagen: Jenny Holzer, Marquees (1993)

La palabra poeta proviene de la voz griega poiesis —«creación», «producción»— que se forma en español como sustantivo común en cuanto al género, es decir, el género se define en los determinantes (el/la) y adjetivos que lo acompañan. Pese a lo anterior, la palabra poetisa se ha derivado para denominar a aquellas mujeres que incursionan en el oficio poético. La adición del sufijo -isa responde al proceso lingüístico de derivación para la creación de palabras nuevas en el español. En este sentido, llama la atención el esfuerzo lingüístico que implica la creación de una palabra nueva —el pasar de un sustantivo común en cuanto al género a uno de terminación variable: poeta/poetisa— en pos de evidenciar la diferencia de género del referente.

Respecto a esto, Diamela Eltit repara en la palabra poetisa como un término segregador: “Este procedimiento no es causal ni menos inocente, pues permite que se consolide una estructura que porta en su interior una territorialización política. Este binarismo señala un arriba y un abajo, un superior y un inferior. Un más y un menos. La palabra ‘poetisa’, en suma, corresponde a una transparente metodología de jerarquización que, en último término, resuelve y, a la vez, autoriza la exclusión” (Eltit, Diamela. La noche es frecuentemente alucinógena. Revista Nomadías, “Pulsiones estéticas: Escritura de mujeres en Chile”. p. 175).

Con la creación de una denominación diferente se concreta un acto de separación de los sujetos y sus identidades, como si se tratase de una escritura aparte de la de los poetas. La poetisa no tiene el mismo estatus que el poeta: el sufijo -isa, como menciona Eltit, la aparta aún más del canon masculino. La escritura, además, será siempre acompañada de la especificación “femenina” o “de mujer”, insistiendo aún más en la separación. Si bien la categorización de las escrituras femeninas y su denominación propia han sido de gran ayuda para su visibilización dentro del panorama de los estudios literarios, nos parece necesario remarcar que la línea entre la visibilización y la segregación es muy delgada y fácilmente permeable. Así como se nombra para hacer ver una dimensión escritural, se genera también una nueva categoría a la cual es muy fácil limitar y excluir; en la delimitación de las escrituras femeninas está implícita la exclusión y jerarquización con respecto al resto de la literatura, la cual, al parecer, no admite irrupción de voces que se escapen del centro, pues, desde sus inicios, el ejercicio de las letras ha sido ligado a lo masculino en su función pública, fundacional y trascendental al relato de la cultura. De este modo, se ha dado frecuentemente que se estudien las escrituras femeninas ligadas a la cualidad genérica de quien escribe, dejando de lado la categoría de obra de las mismas.

Son contados los nombres de mujeres que, pese a las dificultades, lograron incurrir en otro de los tantos oficios ligados a lo masculino. Si pensamos en Chile, Mistral se nos viene a la cabeza inmediatamente. Su apellido le da nombre a universidades, centros culturales, cajas de compensación y cuanto negocio crea ser un aporte a la chilenidad. Pero la figura de la Mistral actúa como una excepción a la regla de exclusión y ha sido fuertemente manipulada en pos de mantener un estatus patriarcal: es frecuente encontramos con lecturas que la ligan siempre a lo maternal, lo pasivo, lo sumiso, y que hacen oídos sordos a parte de su obra que escapa de aquellas categorías y que la muestran como una poeta fuerte, con voz clara y autónoma, lo que la crítica ha ligado siempre a lo masculino.

Por lo general, la crítica asocia la escritura femenina a elementos pasivos y de una categoría considerada inferior. Es frecuente que se pretenda hallar en ella solamente temas como el amor, cabe destacar que un amor romántico, posesivo y heteronormado. Otra forma frecuente es ligar la poesía al rol de madre o al rol engendrador, asumiendo la ligazón mujer-madre, la cual se nos ha hecho creer que es indivisible y que es esa capacidad engendradora la que nos define como mujeres. La poesía fundacional, la poesía filosófica y la heroica han llevado siempre nombres masculinos. Y si nos preguntamos por las excepciones, es la misma crítica las que las ha reducido a un par de nombres cuya obra es manipulada o invisibilizada.

Si intentásemos generar un canon poético sólo con mujeres nos quedaríamos a medio camino. Incluso si intentásemos generar un canon poético con igual número de hombres y mujeres no lograríamos atraer a nosotras la suficiente cantidad de escritoras. La crítica chilena Magda Sepúlveda esgrime, en relación a la casi nula inclusión de las poetas al canon, que “no es problema de cantidad, sino de valorar la importancia de sus voces y de incluirlas” (Ciudad Quiltra, Cuarto Propio, p. 255). La misma autora propone tres generaciones de poetas mujeres, comenzando por la de los 80, década donde se genera un apogeo de voces femeninas en la literatura nacional, la mayoría mujeres que venían escribiendo desde la dictadura. En esta primera generación destacan Carmen Berenguer y Elvira Hernández, ambas postuladas al Premio Nacional de Literatura del 2016 en una nómina que presentaba a 4 mujeres y a 13 hombres. La segunda promoción a la que alude Sepúlveda tiene asidero en los 90, donde destaca a Malú Urriola y Malva Vásquez. Y, finalmente, la tercera incluye a quienes comienzan a publicar en los 2000: poetas como Paula Ilabaca y Gladys González.

El problema de la valoración de las escrituras de mujeres cobró un vuelco en 1987 con la organización del Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana. Esta instancia gestada desde y para las escritoras, se llevó a cabo en Chile y puso sobre la mesa la literatura, la crítica y la gestión llevada a cabo por mujeres, contribuyendo a la construcción de un espacio latinoamericano de sororidad y compromiso entre mujeres. La sororidad entre escritoras y poetas es un tema que nos es atingente en gran medida: si bien en el camino de la valoración hemos avanzado, distamos mucho de la equidad. Talleres con fama nacional como el Taller de Poesía de la Fundación Pablo Neruda en Santiago y Becas y Fondos del estado en temáticas ligadas a la literatura y a la creación jamás han alcanzado paridad entre hombres y mujeres. Las situaciones de acoso que vivimos diariamente no quedan ajenas a talleres literarios y a nuestras relaciones con otros escritores: muchas hemos sido violentadas, acosadas y descalificadas por el hecho de ser mujeres, recibiendo agresiones y ofensas que van en esmero de desacreditar nuestra incursión en un oficio masculinizado. La necesidad de creación de espacios femeninos hasta ahora ha visto sólo unas pocas luces en el circuito poético-literario; llama la atención que, desde 1987, no se haya generado ninguna otra instancia masiva como lo fue el Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana.

Pese a lo anterior, la escritura femenina no es sinónimo de escritura feminista. Resulta necesario dar cuenta del gran número de voces femeninas que se instalan desde la pasividad respecto a la reivindicación de género, sin tomar parte en el asunto, asumiendo el discurso que les ha sido dado desde la cuna, escrituras en las cuales no se cuestiona ni se problematiza el rol de la mujer. Un ejemplo actual de esto es el surgimiento de la Alt Lit, movimiento en el que el posicionamiento de voces femeninas notorias se ha confundido con el surgimiento de poetas feministas. La Alt Lit, al ser una escritura de fácil acceso, replica las estructuras sociales ya masticadas por sus receptores, cosa de que sea fácil, amigable, aceptable, conocido (la problematización produce extrañeza y rechazo, hace necesaria una reestructuración o, al menos, una mediación entre las expectativas del lector y las expectativas del texto). Por lo anterior, figuras femeninas que se yerguen como fuertes, parecen feministas, pero solo en apariencia debido a que no hay ningún cuestionamiento de por medio, simplemente se acata y se replica el modelo de la estrella cuyo cuerpo y existencia son públicos, no le pertenecen.

El problema del cuerpo resulta clave para entender las poéticas femeninas. Al ser mujeres, las poetas se enfrentan al cuerpo como espacio de mediación frente al entorno mucho más marcadamente que en el caso de un sujeto masculino. Es más: la tradición literaria misma ha generado una definición del cuerpo femenino desde una perspectiva masculina, la cual comienza a redefinirse a partir de la emergencia de escrituras femeninas que se posicionan frente a su propio cuerpo —o cuerpa—, se apropian de él en su escritura, emitiendo así un grito de independencia, una férrea oposición a lo que las estructuras patriarcales – también contenidas, propagadas y eternizadas a través de la literatura –han deparado para ellas.

En este artículo hemos querido dar cuenta de cómo el problema de la segregación de las mujeres en el campo literario tiene un asidero profundo arraigado en la lengua misma: la mujer ha sido marginada, ha sido entendida como una deformación del vate, problema que hasta el día de hoy experimentamos las poetas día a día, teniendo que abrir camino entre los constructos de poder de una escena pensada para la comodidad de la hegemonía masculina. Pese a los esfuerzos de grandes poetas feministas, la escena sigue estando plagada de concepciones y prácticas machistas. En ese sentido, creemos necesaria la revisión de esa situación y la formación de instancias que se encuentren libres de estos vicios.

Hemos querido también instaurar el diálogo respecto al tema tratado, con dos grandes representantes de las voces femeninas en la poesía chilena; les pedimos que, considerando el canon mayoritariamente masculino de la poesía chilena contemporánea, así como la discusión sociolingüística en torno a los términos poeta y poetisa y las implicancias político-ideológicas que esto tiene en su oficio, plantearan su posición frente a la utilización de estos términos y las inquietudes que estos suscitan:

 

“El canon masculino recurre al género natural para la palabra poeta el que sería masculino y preeminente; poetisa sería su derivado femenino. Pero esa postura gramatical que viene del latín, podría contradecirse postulando que ése es un sustantivo epiceno: el poeta y la poeta. Es más interesante sin embargo, considerar la carga histórica de la palabra. Según Mariátegui el siglo XX es el siglo en que las mujeres en Latinoamérica hacen grande a la poesía. Así la idea de poetisa revienta. Mistral, Storni y otras, son poetas cuyas propuestas no son una derivación”.

 

Elvira Hernández

“El canon en la poesía chilena es una construcción que pertenece a una genealogía masculina. Su soporte se basa en el prestigio de una heredad precedente legitimada por su logos centrado en el falo. De tal modo que su poesía es hegemónica y patriarcal. De tal modo que he complejizado el espacio territorial y me ubico más en un mapa desterritorializado en el que lo plural es político decolonial y anárquico barroco. Entonces, el mundo literario chileno está hace rato extemporáneo en el que la palabra ‘poeta y/o poetisa’ es afuerina, exiliada, inmigrante, marginal, india con la pluma afilada”.

 

Carmen Berenguer


Emilia PequeñoEMILIA PEQUEÑO ROESSLER (Santiago de Chile, 1997). Estudiante de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas de la Universidad de Chile. Ha participado en talleres de poesía con Héctor Hernández, Javier Bello y Raúl Zurita. Forma parte del colectivo de poesía Taller Juan Gabriel. En 2016 se adjudica la beca de creación literaria que otorga el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes por su proyecto La Ronda del Hambre.

Catalina RíosCATALINA RÍOS MUÑOZ (Santiago, 1995). Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas de la Universidad de Chile. Ha sido antologada en Halo [19 poetas chilenos nacidos en los noventa] (J. C. Sáez Editor, 2014). Durante el 2016 fue becaria de la Fundación Pablo Neruda. Es parte del taller de narrativa Calvinismo Revolucionario y del taller de poesía Juan Gabriel. Actualmente realiza un Diplomado en Literaturas del Mundo y es editora de la revista de poesía Palimpsesto.