Punto de partida: Subtítulos de una película japonesa [acerca de 30 de junio, 30 de junio de Richard Brautigan]

 

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30 de junio, 30 de junio [Traducción de María Eugenia Soler y María Gabriela Raya] (Zindo & Gafuri, 2016)

 


 

 

Mi mundo anterior a Richard Brautigan carecía de una remera con la estampa Brautigan Not Dead. En la intro de este libro (Zindo & Gafuri, 2016), Nicolás Domínguez Bendini augura ese futuro de amor y fanatismo para los que hayan atravesado la obra de Richard. Afortunadamente, de ese viaje transtemporal he traído las mismas sensaciones. Y digo “afortunadamente” porque se trata de una poesía enamorante, que difícilmente pueda ser abordada en modo aséptico.

Entre esa presentación y los primeros poemas del libro, busco algunos videos de Brautigan en YouTube. Hay uno muy bueno que contiene las grabaciones publicadas en 1970 por Harvest Records bajo el título Listening to Richard Brautigan; inicialmente pensadas para el sello Zapple, experimento de los Beatles. Lo escucho leer, o más bien interpretar las voces de esos textos, y comprendo que ya no habrá vuelta a atrás…

El tío Edward poeta, el tío Edward ingeniero, el tío Edward soldado en Midway, el tío Edward romántico, el tío Edward accidentado, el tío Edward cadáver, el tío Edward japonés, el tío Edward después. El recorrido que hace Brautigan por las fases de su tío, abriendo el libro, es de algún modo el de las posibilidades del yo. Mucho se discute en estos tiempos acerca del tono “confesional” (generalmente con ademanes absurdos) y la poesía de Richard resulta una patada ninja contra esas posturas: el yo somos nosotros que nos sentamos alrededor de este pelilargo resplandeciente a escuchar (o sea, a ocupar sus palabras). No es R. B. hablando solo en el desierto, o en el desierto de un (verdadero, no excusativo) diario íntimo. Esto es otra cosa. No hay un individuo sino una multitud en un mismo punto y R. B. no está sino en la mixtura apretujada de sus lectores. La voz de los poemas es el conjunto. Y un conjunto es siempre dialógico (y así la cosa se torna más turbia, pues de todo tráfico emerge lo inesperado y, antes, la disposición para lo inesperado… hypocrite lecteur).

La mirada es la del occidental que juega a no comprender. Sabe que en las pérdidas se gesta una fuerza tentadora de sentidos. También sabe que en el paneo simple sobre la superficie de las cosas hay pelusas deslumbrantes. Por ejemplo, en “Gato en Shinjuku”, donde la situación extrema su normalidad: “Un gato marrón, está recostado / frente a un restaurante chino”, para luego devenir en un giro final: “Esto me parece extraño” y la mordida artera (sobre todo para quienes no vieron la emboscada): “El gato está feliz / frente a la comida plástica / mientras que la comida real / espera justo adentro”. El gato como analogía humana, la industrialización de casi todo, la comida-objeto, el deseo atrofiado de un tiempo artificioso, y hasta un semi planteo budista de la tensión adentro – lo real. Son poemas del recién llegado, un espacio preferencial para que todo sea válido.

Un samurái del flipper, un recital de pop japonés, un ostentoso caucásico en el ascensor, y muchos otros cruces entre dos culturas que disputan un lugar para el sujeto (para el poema del sujeto) entre el malentendido y el detalle capturado a modo de haijin. En algunos casos, tensionado hasta el extremo de desprender al lenguaje de “lo poético”. En “Bar de estadounidenses en Tokio” termina diciendo: “Difícil es encontrar algo de poesía / acá / como este poema lo demuestra”. La anotación, el juego, el fragmento hacen que la composición parezca un reflejo espontáneo, libre de todo formato genérico. Esa actitud se complementa con un swing que hace el sello de Brautigan. La escritura baila en el tono de un idioma que desconoce. Lo japonés de estos poemas está más que en lo temático (lo cual sería muchas veces el fracaso de lo japonés) en el balanceo liberado de los versos. No hay saturaciones, no hay sobrepesos en las palabras: el sujeto resulta, ante todo, un traductor de ritmos.

El viaje hace al viajero. Y la escritura del viaje, a un territorio de invitados. Entramos al Japón de Brautigan en 1976 para embriagarnos en un bar nocturno, mirar un programa infantil en Tokio, comer arroz con curry, aburrirnos en un hotel interminable. Extranjeros dos veces, ¿cómo reconocernos en lo impreciso? Justo es a veces callar para oír aquello que prescinde de un idioma y sus trampas: “Click, clack, / El hombre se acerca en la niebla. / ¿Quién es?” (Kobayashi Issa, versión de Takagi y Manzano).

 

 


diego-l-garciaDIEGO L. GARCÍA (Berazategui – Buenos Aires, 1983). Profesor en Letras, egresado de la Universidad Nacional de La Plata. Escribe poesía y crítica literaria. Entre sus publicaciones se encuentran: Fin del enigma (Editorial Municipal de Berazategui, 2011), Hiedra (La Luna Que, 2014), Ruido invierno (La Luna Que, 2015) y Esa trampa de ver (Añosluz Editora, 2016).

Su blog es: http://margendelpoema.blogspot.com.