Evento de lanzamiento: ‘Canciones punk para señoritas autodestructivas’ de Daniel Hidalgo


INFORMACIÓN DEL EVENTO


 

 

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CUENTO PROMOCIONAL


 

 

ELLA ERA UNA CHICA INDIE

All the times when we were close I’ll remember these things the most.
The Clash, Train in vain (stand by me)

 

Ella era una chica indie. Y pareci?a que nunca me necesitaba. Que para todo se las arreglaba sola y sin el menor grado de urgencia asociativa. Una de esas mujeres que se compraron de una sola vez el rollo de la posmodernidad literaria de Paul Auster, de la postizquierda con tendencia al neoliberalismo, del feminismo separatista, de la Sheila Jeffreys, y hasta de la Nelly Richard y la hueva?. De los vestidos verdes y los aros de pla?stico ele?ctrico y de todo lo proveniente de Euromoda, del mercado persa y de la feria de las pulgas. De los inciensos de la India, la comida rara preparada por gente que habla un espan?ol ma?s raro que lo que prepara, del tarot por luca en la plaza, del cultivo in door e hidropo?nico, de los hongos, de las sesiones de yoga por dos semanas de inconstancia, de las noches de sa?bado en discotecas i?nfimas y exclusivas y del iPod el resto de la semana.

Lo usaba con unos audi?fonos gigantescos que encontro? botados en la casa de una ti?a del sur, probablemente adquiridos por esta a mediados de los ochenta para escuchar cosas como «Filo Contigo» de Miguelo o el casete Buscando Petro?leo de Engrupo, pero jama?s para que Robert Smith o Ian Curtis pasaran una sola onda por aquellas concavidades forradas de esponja, como imaginaba ella en sus reflexiones imposibles.

Esta nin?a teni?a una pena y nadie me quita eso de la cabeza, aunque pareci?a ser la ma?s alegre de todas e irradiaba un aura solar, justamente porque no requeri?a de nada, no demandaba nada, no exigi?a nada y por todo te mandaba a la punta del cerro. No te ponga?i cua?tico, no me gusta que me paqueen, era el tono de sus defensas lingu?i?sticas e independentistas.

La primera vez que hicimos el amor fue escuchando el homo?nimo de Clap Your Hands Say Yeah. Ella fue quien lo propuso o impuso. No dure? ma?s alla? del tema «Let The Cool Goddess Rust Away», pero nos quedamos escuchando el disco, con repeat infinito, desnudos, el resto de la noche, abrazados, iluminados solo por la luz azulosa que sali?a de su equipo de mu?sica Philips —let’s make things better— mientras nos fuma?bamos unos cigarrillos Indy, y fue lindo y fue rico. Pero despue?s, con el tiempo, empezamos a tirar con The Killers, The Libertines, Bloc Party, con los Arctic Monkeys recie?n bajados de internet, y era demasiado indie junto en nuestra cama como para soportarlo, aunque sea con seis Mitjans con Coca Cola tras la garganta.

Es que yo soy un huevo?n tan mainstream. Siempre me lo deci?a. Cero sensibilidad. Un tipo simple y bruto que se queda con lo que entregan los grandes medios de comunicacio?n, o mass media, como deci?an los profes progres en la universidad, y le ofendi?a demasiado que yo no hubiese lei?do a la Naomi Klein. En realidad debio? pensar cualquier cosa de mi?. Pero lo resumi?a todo en la idea de que yo era tan mainstream para mis hueva?s. Eso —entiendo ahora— era un insulto de los peores.

Ella habi?a vacacionado en Londres, Barcelona, Buenos Aires y el D.F. en distintas ocasiones, e incluso hizo un breve paso por La Paz —porque lo encontraba necesario—, de donde trajo la ma?s extravagante temporada oton?o- invierno basada en gorritos ti?picos del norte pero en tonos fucsias y fosforescentes, lo mismo con los vestidos y las chalas; estudiaba disen?o en la universidad donde yo estudiaba pedagogi?a; teni?a dos gatos con los peores nombres imaginables: Belle y Sebastian, sin acento, como gringo. Le cuidaban la casa que le alquilaban sus padres para poder estudiar tranquila y sentirse libres mutuamente. Una casa para ella sola que era ma?s grande que la que me vio crecer junto a las nueve personas que conformaban mi familia.

Escena: su habitacio?n. La cama desecha. Restos de botellas de ron y bebida en cada esquina. Ropa en el suelo. La luz plomiza de su Mac destellando sobre nuestros desnudos cuerpos, rega?ndose con la punta del o?rgano mo?vil situado en el interior de la boca —como se define lengua en la Wikipedia—, y no se? si es con el disco Galope de Sua?rez o con el Infame de Babaso?nicos que, sobre su espalda, entro en ella como los gigas en su iPod. Le pongo el pendrive y libero toda mi informacio?n en el puerto usb de sus ma?s bellas emociones. Al acabar la transaccio?n le digo por primera vez que la amo ma?s que nada en este mundo, como deci?a una cancio?n de Juan Antonio Labra. Ella sonri?e, me besa la frente y enciende un cigarrillo que aguardaba en su velador para ser consumido entre sus labios diminutos.

Pero no responde palabra alguna.

Me doy cuenta de que recuerdo solo momentos de calentura. Es que los dos anda?bamos tan calientes y encantados con la novedad del encuentro con el otro al principio, que nos rompi?amos por completo en cada reunio?n. No le veo lo malo. Debo confesar que, para mi?, el sexo es la u?nica comunio?n posible entre dos seres que se aman. El resto es pura imposicio?n fascistoide socio-cultural. Es ma?s. El sexo es el mejor de los lenguajes porque no requiere de ningu?n ana?lisis semio?tico, solo entrar y salir, dar y recibir.

Siempre tira?bamos con mu?sica, porque hacer el amor sin mu?sica es como masticar un pedazo de carne sin tragarlo nunca. Me logre? percatar de que, segu?n la cancio?n, el estilo, ge?nero o e?poca, no lo se?, aumentaba o disminui?a la performance sexual. A mi?, Morrisey me lo dejaba como estaca. Se? que puede parecer algo gay, pero asi? era. Bastaba con escuchar a The Smiths y me volvi?a la ma?s salvaje de las bestias —bestia heterosexual, ¿eh?—.

A mi? me gustaba la tontera literaria. Pienso que lo haci?a bien, aunque eso ella nunca llego? a entenderlo del todo. Gane? algunos premios que me hicieron sentir genial por un rato —porque pertenezco a una cultura exitista—, y si bien me acompan?o? muchas veces a las premiaciones y me beso? locamente cuando gane? el Concurso de la Junta de Vecinos, el de Micro Relatos del Nuevo Envase de Sedal Plus o, el mejor de todos, Santiago En Una Palabra; nunca fue capaz de leerse un pa?rrafo de mis escritos, salvo el de Santiago En Una Palabra, que fue publicado en una pared del escenario del matinal de TVN, como parte del premio.

En esos tiempos estudiaba Pedagogi?a en Castellano porque me gustaba Manuel Rojas, Pedro Prado y Carlos Droguett, y pensaba que el mejor libro de todos era El Socio, de Jenaro Prieto. Pero en la Universidad estaba, por un lado, lleno de ahuevonados que no sabi?an nada de nada y vei?an a la pedagogi?a como se debi?a: la carrera de los que no sirven para algo importante, los aspirantes a profesionales de segunda categori?a, lo mejorcito de la educacio?n municipalizada o los porros de la particular, que se meti?an a las Juventudes Comunistas para sentirse validados moralmente o por moda, o en su defecto para llegar a ser dirigentes y agarrarse a una que otra mechona recie?n llegadita y fa?cil de administrar, sin las tontas aspiraciones literarias de tarados anarquistas funcionales como yo; y por otra parte, estaban los engrupidos y elitistas que se crei?an su?per-distintos-a-todos porque hablaban de los nuevos grandes cla?sicos instanta?neos, de los autores ingleses y norteamericanos contempora?neos —que al final son de lo ma?s comercial que hay, porque los publican las ma?s gigantescas editoriales intergala?cticas— que ni siquiera se habi?an lei?do, los desgraciados. Eso lo descubri? con los an?os. Pelotudos buenos para vender la pomada por infomerciales improvisados a modo de stand up comedy, para que les digan lo especiales y alternativos que son. Ma?s encima, miraban en menos porque uno era marginal y le gustaba la narrativa chilena del veinte al cincuenta, porque era lo u?nico bueno que le habi?a dado su educacio?n municipalizada y porque, adema?s, aunque conociera a los otros autores, no tendri?a la plata para comprar libros realmente interesantes, y como no me enloquece Roberto Bolan?o, ni siquiera tendri?a la valenti?a de robar uno de la Marcela Serrano abandonado en el stand de libros del Jumbo.

Un par de mujeres si? salvaban. Siempre hay minas que salvan en todos lados, pero eso es porque uno es tan bueno para enamorarse y caerse rendido frente a la primera mujer de ojos negros grandes o de bonito fi?sico, como dice mi madre, o de piernas flexibles y buena para calentar el consome? de pavo que fui durante mi e?poca universitaria y que tal vez sigo siendo.

Con ella nunca hablamos sobre mis intereses y prono?sticos para con el destino inmediato o a largo plazo. Si? me emocione? mucho cuando note?, ya un poco ma?s crecido, mientras haci?a mi tesis —o relato testimonial tras cinco an?os de ca?rcel acade?mica—, que le gusto? el libro Proyecto de Obras Completas, de Rodrigo Lira, que estaba sobre mi repisa, tanto como para llenar las paredes de su pieza —a modo de graffiti— con los versos del Loco Lira, con un plumo?n rojo. Fue bonito, y me emociono? verlo, aunque en realidad era medio tenebroso y recordaba la escena en que a la Jennifer Love Hewitt le escriben I know, no recuerdo si con rouge o con sangre, en las paredes de toda su casa, en «I Know What You Did Last Summer», o «Se? lo que Hicieron el Verano Pasado», como se le llamo? en Latinoame?rica, en lo que fue el mejor trabajo de traduccio?n de ti?tulos de peli?culas jama?s observado en la historia del doblaje al espan?ol.

La Jennifer Love Hewitt es lo mejor que puede existir, porque tiene cara de nin?ita bien y unas tetas como dos planetas en colisio?n.

Le cargaban mis comentarios miso?ginos y sexo?patas. Me acusaba de ser un hipertemperado y un masturbador compulsivo, pero esto no era asi? del todo: siempre fui un fana?tico enfermo de la belleza femenina, partiendo por las actrices, las compositoras, cantantes pop, siguiendo con las modelos de belleza de segunda categori?a como profesionales universitarias, sico?logas, columnistas de medios, poli?ticas de derecha, animadoras de televisio?n, nin?as del Team Mekano, y terminando con otras ma?s comunes y ele?ctricas como mis compan?eras de Universidad, sus compan?eras, la vecina, las amigas de mi hermana mayor; su hermana menor, mis primas del sur y la chica que atendi?a el bar al que iba con mis amigos los fines de semana. Pero todo el epicentro de admiracio?n cai?a sobre ella. Sin ella, la belleza no existi?a. Ella era la inventora y la comparti?a, solo un poco, con las dema?s, por esas hueva?s de solidaridad de ge?nero, supongo.

En realidad la belleza sigue existiendo sin ella. Pero de forma distinta.

Me carga la mu?sica indie y toda su parada, eso debo reconocerlo. Lo considero onanismo de nin?os ricos y mecanismo aspiracional de cierta clase media, hijos de profesores, por ejemplo, medianos empresarios o padres sacrificados que se desconcharon por sacar una familia adelante para que el nin?ito escuche y se crea indie tranquilo. Sin embargo, no puedo negar que amo cada una de esas canciones que escuche? a su lado, es algo que va ma?s alla? de la etiqueta indie. Es que eso es lo lindo de la mu?sica. Que encierra los recuerdos y las sensaciones como el atau?d crioge?nico que mantiene intacto a Walt Disney. Por eso Pete Doherty no me cae tan mal y puedo bailar de principio a fin el primer disco de los Yeah Yeah Yeahs. Y adema?s, seamos honestos, el indie es ma?s oreja que toda la beatlemani?a junta. Y aunque fueron poquitas cosas, porque su gusto indie era autoritarista in extremis, logre? colar algunas de las canciones que a mi? me gustaban en ese soundtrack apasionado que fuimos alimentando di?a a di?a, a punta de ron-clase-media con Coca Cola y pitillos de mariguana de nuestra cosecha personal, la que al final decidio? expropiarme por completo.

La conoci? en una fiesta.

El cumplean?os nu?mero veintido?s de Roswell se realizo? en su casa, ubicada en la zona ce?ntrica de Vin?a del Mar. Una casa antigua, hu?meda, oscura, con una distancia abismal entre el suelo y el techo que me haci?an sentir ma?s diminuto de lo que la naturaleza me habi?a hecho sentir otorga?ndome un metro sesentaicinco de estatura; llena de habitaciones y laberintos disfrazados de pasillos para almacenar recuerdos en sus costados. Elefante blanco ubicado entre pequen?as tiendas comerciales que cambiaban de nombre y rubro cada an?o, al igual que el resto del barrio, que se dejo? trastornar por las perversiones del tiempo hasta convertirse en un epicentro de miseria.

Le deci?an Roswell por la forma de sus ojos, por su delgadez y palidez. Por una supuesta similitud con la idea que tenemos en la actualidad de los seres extraterrestres, en particular con el de la autopsia apo?crifa que aparentemente se le realizo? a un alien, cuya nave espacial se habi?a quedado sin gasolina y se termino? estrellando en Roswell, Nuevo Me?xico, y que en teori?a unos doctores habi?an registrado a modo de filme snuff cienti?fico a fines de los cuarenta, pero solo revelado decenas de an?os despue?s. El video dio que hablar, lo recuerdo de nin?o; incluso salio? a la venta junto a un ejemplar de la revista Muy Interesante o alguna mierda como esa la misma semana en que se dijo que era todo una mentira. Paso? a la historia dejando como u?nica marca un nuevo nombre para este amigo flaco y paliducho, de ojos grandes y con forma de almendras, y se unio? a las grandes farsas media?ticas que nos marcaron como pai?s junto al atentado contra el Co?ndor Rojas en el Maracana?, la campan?a electoral del «NO» a Pinochet, el matrimonio de Gonzalo Ca?ceres y Sarita Va?squez, el talento de los giles de «Rojo, Fama contra Fama», los quesitos ma?gicos de Madame Gil y una larga lista de nuestra propia historia local de la infamia.

Ella estaba sentada en una esquina conversando con un tipo y otro, disfrutando ser el centro de atencio?n de una sala que se iluminaba con un foco celestial solo por donde ella pasaba, como si se tratara de la Myriam Herna?ndez en concierto. Se rei?a fuerte, y me encantaron sus facciones y gestos de inmediato. Fantasee? con la idea de que en medio de esas cerca de veinte personas ella me eligiera justo a mi? para llevar a cabo una conversacio?n sobre lo que fuera, total no le pondri?a atencio?n, solo me dejari?a encandilar con sus facciones en primer plano.

A veces la vida es rara. Y la mala cueva deja de existir para darte una oportunidad de volver a creer en que las cosas pueden salir como tu? quieres, o al menos no tan mal como suelen ocurrir. Ella llego? a mi lado mientras «John, I’m Only Dancing (Single Version)» de Bowie sonaba a todo volumen por los parlantes del computador instalado en el comedor para que los malditos deejay de winamp improvisados de la noche se lucieran poniendo lo mejor de su gusto e instinto. ¿Bailemos?, me dijo, no se? si me pregunto? o me ordeno?, porque me tomo? de los brazos y me tironeo? hasta el centro del comedor, entre sillas, velas y ceniceros y nos pusimos a saltar y a hacer algo parecido a bailar, y ahora pienso en lo ridi?culo que debo haberme visto movie?ndome y tratando de seguir el pulso de la mu?sica luego de haber fumado unos cuatro paraguayos mezclados con comida para perros, dos vasos de Ba?ltica, un vaso de piscola y cinco can?itas de un vino sin marca ni etiqueta que a alguien se le ocurrio? arreglar con azu?car flor.

Me senti?a como en las nubes.

A punto de estallar en felicidad.

¿Co?mo te llama?i?, le pregunte?, fingiendo ser un huevo?n interesante. Me sorprendio? el hecho de que pasaran veinte minutos ininterrumpidos de conversacio?n con mi interlocutora. Normalmente no logro conversar ma?s de veinte segundos. Pierdo el intere?s o me lleno de dudas. Siempre es lo mismo. Pero con ella no. Con ella todo era distinto. Debemos haber bailado y conversado cosas sin mucho sentido en la actualidad, pero que en ese contexto histo?rico eran una especie de ca?tedra —la u?nica a la que le puse atencio?n en toda mi vida—; estuvimos en eso unas dos horas, hasta que empezaron a tropezar los bailarines a nuestro alrededor y a caer de las formas ma?s inso?litas al suelo, como aterrizar de cabeza, por ejemplo. Cuando ya eran nueve los cai?dos, los que se dormi?an bailando o los que se resbalaban con los vo?mitos del piso, ella me dijo que fue?ramos a otra parte, y aunque da para pensar que eso quiere decir ¿quieres ir por un polvo seguro y sin compromisos de ningu?n tipo e incluso me puedes practicar sexo por donde sea que se te ocurra?, eso ni siquiera paso? por mi cabeza. Le dije que si?, claro, que fue?ramos donde ella quisiera. Y partimos de la mano por entre la gente y los muebles y las botellas y los vasos hasta llegar al patio y nos trepamos al techo ayuda?ndonos de los marcos de la ventana. Y nos sentamos a mirar la luna mientras ella enrollaba un nuevo pito de mariguana y abajo volvi?a a sonar Bowie, ahora con «Drive-In Saturday», mientras me recomendaba escuchar a Franz Ferdinand antes de que se pongan de moda y puedan, incluso, venir al Festival de Vin?a. Haci?a fri?o, recuerdo, pero estaba al borde de una taquicardia, la mejor de todas ellas.

Roswell era su compan?ero en la Universidad, por eso la habi?a invitado a su cumplean?os. Y aunque se senti?a atrai?do por ella y a veces se masturbaba

pensando en su desnudez infinita, no le dio demasiada importancia al hecho de que nos hayamos enganchado a partir de su celebracio?n. Adema?s esa noche pudo probar la pasio?n de E?rica Escudero, una chica medianamente linda, capaz de beber hasta quedar inconsciente no sin antes haber practicado el sexo ma?s salvaje con el primero que se le haya cruzado. Sin embargo, Roswell y yo nos distanciamos. En la Universidad, e?l se unio? a un colectivo anarquista que le robo? todos sus intereses personales y su tiempo y lo termino? convirtiendo en un pequen?o monstruo lleno de rabia. Todo el que alguna vez lo conocio? comenzo? a sentirse extran?ado de lo distinto que era estar con e?l, ir a verlo a su casa o llamarlo por celular para invitarlo a salir. Nadie entendio? tampoco en que? momento decidio? transformarse en el primer hombre bomba de Chile, el di?a en que camino? rumbo al Congreso con la intencio?n de hacer volar a todo el que estuviera adentro, en misio?n kamikaze. No alcanzo? a llegar, algo sucedio? que la bomba estallo? antes. Un intento fallido de atentado y un solo muerto: e?l. Au?n me llena de orgullo haber sido su amigo y aunque todos ahora se jactan de eso, nadie aprobo? lo que intentaba hacer y prefieren no referirse al tema, salvo cuando vienen programas como Informe Especial o Contacto para recordar el incidente.

No recuerdo en que? momento descubri? que aquella nin?a-mujer teni?a el comportamiento de un animal salvaje y herido. Imposible de controlar o cautivar o dominar o incluso soportar por muchos di?as seguidos. Sin embargo, yo estaba siempre ahi?, esperando que algu?n di?a se dejara emancipar y me permitiera darle la felicidad que tanto reserve? para ella sola.

Logramos crear una relacio?n ilusoria e imperfecta, llena de camotes en el camino, durante casi un an?o, o tal vez fui solo yo el que logro? creer eso, que teni?amos una relacio?n. No niego que me arranco? mil sonrisas y me haci?a sentir el tarado ma?s suertudo de todos, pero siempre supe que en algu?n momento todo eso se iba a ir con ella.

Y asi? fue.

Partio? de la misma manera en que llego? a mi vida. Sin ningu?n tipo de aviso. De la noche a la man?ana. O de la man?ana a la noche. Un di?a llegue? a su casa y nadie abrio? la puerta. Al siguiente la llame? a su celular y el nu?mero ya no existi?a. No hice nada de lo que hacen los novios despechados. No contacte? a su familia ni a sus amigos, no le mande? mails eternos y desesperados a las tres de la madrugada, no intente? quitarme la vida, no llore? mientras escuchaba y vei?a «November Rain» de Guns N’ Roses, no me fui de viaje. La borre? de Messenger —la forma ma?s efectiva de borrar personas de mi existencia— y decidi? seguir con mi vida y esforzarme por no volver a pensar en ella nunca ma?s.

Seis meses despue?s conoci? a una mujer bastante ma?s tranquila y fa?cil de querer. Salimos. Supongo que nos fuimos enamorando comiendo en restaurantes chinos y hablando de peli?culas. Tenemos un hijo cuyo nombre es Ian desde hace dos an?os y planes de hacer una vida juntos, aunque de eso no hemos hablado

como corresponde. Creo. Empece? a trabajar como profesor en un liceo municipal, resigna?ndome a que eso seri?a la vida por el resto de los di?as. Deje? de escribir —e incluso de leer— meto?dicamente. Solo lo hago de vez en cuando, por cosas muy puntuales, para redactar los discursos del di?a del alumno, por ejemplo. Sonri?o a menudo y me afeito tres veces por semana.

De la chica indie no volvi? a saber.

Salvo en aquella ocasio?n en que estaba tan feliz por haber hecho su primer trabajo como disen?adora del cartelito de Welcome to Combarbala? que me llamo? eufo?rica. Yo la escuche? en silencio y luego le pregunte? co?mo estaba. Me dijo que bien. Luego le pregunte? si alguna vez fue feliz a mi lado. Me dijo que si? y le respondi? ok, que? bien, y fingi? no extran?arme frente a una llamada que llego? tres an?os tarde.

Yo quise llamarla cuando me toco? el momento de gloria: uno de mis alumnos quedo? en la Universidad. Pero ya no teni?a el valor para contactarla. Y escribirle un mail era algo demasiado parecido a jugar a la ouija o mirar esas fotos de familiares muertos durante tu infancia.

Asisti? un par de veces a fiestas en lugares a los que le gustaba ir y me dedicaba a emborracharme y a mirar a las chicas por un rato mientras bailaban Death Cab for Cutie, Camera Obscura y Klaxons. En realidad, no solo las miraba, sino que tambie?n las rozaba cada cierto tiempo, pero eso no era de pervertido sino por la exclusividad de los locales, que no les permiti?a ser ma?s grandes que el ban?o de una casa. Y algunas veces tuve suerte y logre? besarme con alguna y a otras, incluso, lleva?rmelas a la cama y disfrutar aunque fuera por una noche alcoholizada del pubis sensual de una chica indie y todo lo que hay bajo e?l.

Open your eyes /abre los ojos, deci?a la Pene?lope Cruz en Vanilla Sky / Abre los Ojos, y ya sabi?as que la peli?cula se iba a poner cua?tica. Pero no solo eso, sino que adema?s la actriz lo deci?a con una voz tan rica y suavecita, como de mina tierna y huevona pero coqueta a su manera, que me derreti?a entero. Pero no es eso lo que quiero decir, sino que cuando la Pene?lope Cruz lo deci?a y lo analizabas semio?ticamente te dabas cuenta de que, en realidad, lo que queri?a decir era que no puedes dejar que tu felicidad este? en los otros. No se? co?mo cresta llegue? a esa conclusio?n, pero lo descifre? un di?a que me habi?a fumado un paraguayo mezclado con naftalina que me vendio?, en una esquina, el mismo tipo que te la chupaba por cinco lucas a la vuelta.

Y asi? es.

Creo que la felicidad es una invencio?n del capitalismo con el fin de que la compremos a toda costa, sin importar el esfuerzo ni las condiciones laborales a las que te sometas para conseguir el dinero para ello. Para que la adquiramos tambie?n en dosis cinematogra?ficas, televisivas, novelescas, en prendas de vestir, en comida. Y, como si fuera poco, formemos una linda familia para seguir consumiendo felicidad en co?modas cuotas el resto de la vida.

La felicidad.

Yo deje? de buscarla.

Comence? a vivir los distintos momentos de la vida, sin ponerles nombre, sin exigirles nada.

Pero eso me tomo? tiempo.

No se? por que? recuerdo cada cierto tiempo a esa chica que solo estuvo de paso por esta vida extran?a que es la mi?a, pero lo hago. Y la recuerdo con carin?o. Y hasta puedo escribirme un cuento entero sobre ella, aunque ma?s me interesari?a disfrazarlo de Ensayo sobre la hembra chilena moderna, al menos para sentir que hago alguna cosa relevante que a la gente inteligente le pueda llegar a interesar. Nunca entendi? que? cresta era el indie, y para mi? solo significa acordarme de ella: la chica indie que me robo? el corazo?n para luego dejarlo escondido bajo mi propia cama antes de partir.

Dejare? su nombre en el anonimato, por el bien de ella, el mi?o y el de todos aquellos que puedan sospechar habe?rsela encontrado alguna vez rebotando por sus vidas.

Ella fue mi chica indie. Y aunque nunca me necesito?, quedo? registrada como ciertos tatuajes que uno esconde bajo la polera.

 


Daniel Hidalgo.pngDANIEL HIDALGO (Valparaíso, 1983). Autor de la novelita breve Barrio Miseria 221, publicada por editorial Animita Cartonera (2007), y del libro de cuentos Canciones Punk para Señoritas Autodestructivas, publicado por Ediciones Das Kapital (2011) y recientemente reeditado por Estruendomudo y Manual para robar en el supermercado por Hueders (2015). Textos suyos han aparecido en algunas antologías de Valparaíso y Santiago. He colaborado con medios como Ciudad Invisible, Paniko.cl, Indie.cl, Disorder.cl, 60watts.net, Zona de Contacto de El Mercurio, El Mostrador y El Dínamo, entre otros, con columnas, reseñas y entrevistas de cultura (principalmente rock y literatura).