Evento de lanzamiento: ‘Canciones punk para señoritas autodestructivas’ de Daniel Hidalgo


INFORMACIÓN DEL EVENTO


 

 

Gráfica presentación.jpeg

 

 


CUENTO PROMOCIONAL


 

 

ELLA ERA UNA CHICA INDIE

All the times when we were close I’ll remember these things the most.
The Clash, Train in vain (stand by me)

 

Ella era una chica indie. Y parecía que nunca me necesitaba. Que para todo se las arreglaba sola y sin el menor grado de urgencia asociativa. Una de esas mujeres que se compraron de una sola vez el rollo de la posmodernidad literaria de Paul Auster, de la postizquierda con tendencia al neoliberalismo, del feminismo separatista, de la Sheila Jeffreys, y hasta de la Nelly Richard y la huevá. De los vestidos verdes y los aros de plástico eléctrico y de todo lo proveniente de Euromoda, del mercado persa y de la feria de las pulgas. De los inciensos de la India, la comida rara preparada por gente que habla un español más raro que lo que prepara, del tarot por luca en la plaza, del cultivo in door e hidropónico, de los hongos, de las sesiones de yoga por dos semanas de inconstancia, de las noches de sábado en discotecas ínfimas y exclusivas y del iPod el resto de la semana.

Lo usaba con unos audífonos gigantescos que encontró botados en la casa de una tía del sur, probablemente adquiridos por esta a mediados de los ochenta para escuchar cosas como «Filo Contigo» de Miguelo o el casete Buscando Petróleo de Engrupo, pero jamás para que Robert Smith o Ian Curtis pasaran una sola onda por aquellas concavidades forradas de esponja, como imaginaba ella en sus reflexiones imposibles.

Esta niña tenía una pena y nadie me quita eso de la cabeza, aunque parecía ser la más alegre de todas e irradiaba un aura solar, justamente porque no requería de nada, no demandaba nada, no exigía nada y por todo te mandaba a la punta del cerro. No te pongái cuático, no me gusta que me paqueen, era el tono de sus defensas lingüísticas e independentistas.

La primera vez que hicimos el amor fue escuchando el homónimo de Clap Your Hands Say Yeah. Ella fue quien lo propuso o impuso. No duré más allá del tema «Let The Cool Goddess Rust Away», pero nos quedamos escuchando el disco, con repeat infinito, desnudos, el resto de la noche, abrazados, iluminados solo por la luz azulosa que salía de su equipo de música Philips —let’s make things better— mientras nos fumábamos unos cigarrillos Indy, y fue lindo y fue rico. Pero después, con el tiempo, empezamos a tirar con The Killers, The Libertines, Bloc Party, con los Arctic Monkeys recién bajados de internet, y era demasiado indie junto en nuestra cama como para soportarlo, aunque sea con seis Mitjans con Coca Cola tras la garganta.

Es que yo soy un huevón tan mainstream. Siempre me lo decía. Cero sensibilidad. Un tipo simple y bruto que se queda con lo que entregan los grandes medios de comunicación, o mass media, como decían los profes progres en la universidad, y le ofendía demasiado que yo no hubiese leído a la Naomi Klein. En realidad debió pensar cualquier cosa de mí. Pero lo resumía todo en la idea de que yo era tan mainstream para mis huevás. Eso —entiendo ahora— era un insulto de los peores.

Ella había vacacionado en Londres, Barcelona, Buenos Aires y el D.F. en distintas ocasiones, e incluso hizo un breve paso por La Paz —porque lo encontraba necesario—, de donde trajo la más extravagante temporada otoño- invierno basada en gorritos típicos del norte pero en tonos fucsias y fosforescentes, lo mismo con los vestidos y las chalas; estudiaba diseño en la universidad donde yo estudiaba pedagogía; tenía dos gatos con los peores nombres imaginables: Belle y Sebastian, sin acento, como gringo. Le cuidaban la casa que le alquilaban sus padres para poder estudiar tranquila y sentirse libres mutuamente. Una casa para ella sola que era más grande que la que me vio crecer junto a las nueve personas que conformaban mi familia.

Escena: su habitación. La cama desecha. Restos de botellas de ron y bebida en cada esquina. Ropa en el suelo. La luz plomiza de su Mac destellando sobre nuestros desnudos cuerpos, regándose con la punta del órgano móvil situado en el interior de la boca —como se define lengua en la Wikipedia—, y no sé si es con el disco Galope de Suárez o con el Infame de Babasónicos que, sobre su espalda, entro en ella como los gigas en su iPod. Le pongo el pendrive y libero toda mi información en el puerto usb de sus más bellas emociones. Al acabar la transacción le digo por primera vez que la amo más que nada en este mundo, como decía una canción de Juan Antonio Labra. Ella sonríe, me besa la frente y enciende un cigarrillo que aguardaba en su velador para ser consumido entre sus labios diminutos.

Pero no responde palabra alguna.

Me doy cuenta de que recuerdo solo momentos de calentura. Es que los dos andábamos tan calientes y encantados con la novedad del encuentro con el otro al principio, que nos rompíamos por completo en cada reunión. No le veo lo malo. Debo confesar que, para mí, el sexo es la única comunión posible entre dos seres que se aman. El resto es pura imposición fascistoide socio-cultural. Es más. El sexo es el mejor de los lenguajes porque no requiere de ningún análisis semiótico, solo entrar y salir, dar y recibir.

Siempre tirábamos con música, porque hacer el amor sin música es como masticar un pedazo de carne sin tragarlo nunca. Me logré percatar de que, según la canción, el estilo, género o época, no lo sé, aumentaba o disminuía la performance sexual. A mí, Morrisey me lo dejaba como estaca. Sé que puede parecer algo gay, pero así era. Bastaba con escuchar a The Smiths y me volvía la más salvaje de las bestias —bestia heterosexual, ¿eh?—.

A mí me gustaba la tontera literaria. Pienso que lo hacía bien, aunque eso ella nunca llegó a entenderlo del todo. Gané algunos premios que me hicieron sentir genial por un rato —porque pertenezco a una cultura exitista—, y si bien me acompañó muchas veces a las premiaciones y me besó locamente cuando gané el Concurso de la Junta de Vecinos, el de Micro Relatos del Nuevo Envase de Sedal Plus o, el mejor de todos, Santiago En Una Palabra; nunca fue capaz de leerse un párrafo de mis escritos, salvo el de Santiago En Una Palabra, que fue publicado en una pared del escenario del matinal de TVN, como parte del premio.

En esos tiempos estudiaba Pedagogía en Castellano porque me gustaba Manuel Rojas, Pedro Prado y Carlos Droguett, y pensaba que el mejor libro de todos era El Socio, de Jenaro Prieto. Pero en la Universidad estaba, por un lado, lleno de ahuevonados que no sabían nada de nada y veían a la pedagogía como se debía: la carrera de los que no sirven para algo importante, los aspirantes a profesionales de segunda categoría, lo mejorcito de la educación municipalizada o los porros de la particular, que se metían a las Juventudes Comunistas para sentirse validados moralmente o por moda, o en su defecto para llegar a ser dirigentes y agarrarse a una que otra mechona recién llegadita y fácil de administrar, sin las tontas aspiraciones literarias de tarados anarquistas funcionales como yo; y por otra parte, estaban los engrupidos y elitistas que se creían súper-distintos-a-todos porque hablaban de los nuevos grandes clásicos instantáneos, de los autores ingleses y norteamericanos contemporáneos —que al final son de lo más comercial que hay, porque los publican las más gigantescas editoriales intergalácticas— que ni siquiera se habían leído, los desgraciados. Eso lo descubrí con los años. Pelotudos buenos para vender la pomada por infomerciales improvisados a modo de stand up comedy, para que les digan lo especiales y alternativos que son. Más encima, miraban en menos porque uno era marginal y le gustaba la narrativa chilena del veinte al cincuenta, porque era lo único bueno que le había dado su educación municipalizada y porque, además, aunque conociera a los otros autores, no tendría la plata para comprar libros realmente interesantes, y como no me enloquece Roberto Bolaño, ni siquiera tendría la valentía de robar uno de la Marcela Serrano abandonado en el stand de libros del Jumbo.

Un par de mujeres sí salvaban. Siempre hay minas que salvan en todos lados, pero eso es porque uno es tan bueno para enamorarse y caerse rendido frente a la primera mujer de ojos negros grandes o de bonito físico, como dice mi madre, o de piernas flexibles y buena para calentar el consomé de pavo que fui durante mi época universitaria y que tal vez sigo siendo.

Con ella nunca hablamos sobre mis intereses y pronósticos para con el destino inmediato o a largo plazo. Sí me emocioné mucho cuando noté, ya un poco más crecido, mientras hacía mi tesis —o relato testimonial tras cinco años de cárcel académica—, que le gustó el libro Proyecto de Obras Completas, de Rodrigo Lira, que estaba sobre mi repisa, tanto como para llenar las paredes de su pieza —a modo de graffiti— con los versos del Loco Lira, con un plumón rojo. Fue bonito, y me emocionó verlo, aunque en realidad era medio tenebroso y recordaba la escena en que a la Jennifer Love Hewitt le escriben I know, no recuerdo si con rouge o con sangre, en las paredes de toda su casa, en «I Know What You Did Last Summer», o «Sé lo que Hicieron el Verano Pasado», como se le llamó en Latinoamérica, en lo que fue el mejor trabajo de traducción de títulos de películas jamás observado en la historia del doblaje al español.

La Jennifer Love Hewitt es lo mejor que puede existir, porque tiene cara de niñita bien y unas tetas como dos planetas en colisión.

Le cargaban mis comentarios misóginos y sexópatas. Me acusaba de ser un hipertemperado y un masturbador compulsivo, pero esto no era así del todo: siempre fui un fanático enfermo de la belleza femenina, partiendo por las actrices, las compositoras, cantantes pop, siguiendo con las modelos de belleza de segunda categoría como profesionales universitarias, sicólogas, columnistas de medios, políticas de derecha, animadoras de televisión, niñas del Team Mekano, y terminando con otras más comunes y eléctricas como mis compañeras de Universidad, sus compañeras, la vecina, las amigas de mi hermana mayor; su hermana menor, mis primas del sur y la chica que atendía el bar al que iba con mis amigos los fines de semana. Pero todo el epicentro de admiración caía sobre ella. Sin ella, la belleza no existía. Ella era la inventora y la compartía, solo un poco, con las demás, por esas huevás de solidaridad de género, supongo.

En realidad la belleza sigue existiendo sin ella. Pero de forma distinta.

Me carga la música indie y toda su parada, eso debo reconocerlo. Lo considero onanismo de niños ricos y mecanismo aspiracional de cierta clase media, hijos de profesores, por ejemplo, medianos empresarios o padres sacrificados que se desconcharon por sacar una familia adelante para que el niñito escuche y se crea indie tranquilo. Sin embargo, no puedo negar que amo cada una de esas canciones que escuché a su lado, es algo que va más allá de la etiqueta indie. Es que eso es lo lindo de la música. Que encierra los recuerdos y las sensaciones como el ataúd criogénico que mantiene intacto a Walt Disney. Por eso Pete Doherty no me cae tan mal y puedo bailar de principio a fin el primer disco de los Yeah Yeah Yeahs. Y además, seamos honestos, el indie es más oreja que toda la beatlemanía junta. Y aunque fueron poquitas cosas, porque su gusto indie era autoritarista in extremis, logré colar algunas de las canciones que a mí me gustaban en ese soundtrack apasionado que fuimos alimentando día a día, a punta de ron-clase-media con Coca Cola y pitillos de mariguana de nuestra cosecha personal, la que al final decidió expropiarme por completo.

La conocí en una fiesta.

El cumpleaños número veintidós de Roswell se realizó en su casa, ubicada en la zona céntrica de Viña del Mar. Una casa antigua, húmeda, oscura, con una distancia abismal entre el suelo y el techo que me hacían sentir más diminuto de lo que la naturaleza me había hecho sentir otorgándome un metro sesentaicinco de estatura; llena de habitaciones y laberintos disfrazados de pasillos para almacenar recuerdos en sus costados. Elefante blanco ubicado entre pequeñas tiendas comerciales que cambiaban de nombre y rubro cada año, al igual que el resto del barrio, que se dejó trastornar por las perversiones del tiempo hasta convertirse en un epicentro de miseria.

Le decían Roswell por la forma de sus ojos, por su delgadez y palidez. Por una supuesta similitud con la idea que tenemos en la actualidad de los seres extraterrestres, en particular con el de la autopsia apócrifa que aparentemente se le realizó a un alien, cuya nave espacial se había quedado sin gasolina y se terminó estrellando en Roswell, Nuevo México, y que en teoría unos doctores habían registrado a modo de filme snuff científico a fines de los cuarenta, pero solo revelado decenas de años después. El video dio que hablar, lo recuerdo de niño; incluso salió a la venta junto a un ejemplar de la revista Muy Interesante o alguna mierda como esa la misma semana en que se dijo que era todo una mentira. Pasó a la historia dejando como única marca un nuevo nombre para este amigo flaco y paliducho, de ojos grandes y con forma de almendras, y se unió a las grandes farsas mediáticas que nos marcaron como país junto al atentado contra el Cóndor Rojas en el Maracaná, la campaña electoral del «NO» a Pinochet, el matrimonio de Gonzalo Cáceres y Sarita Vásquez, el talento de los giles de «Rojo, Fama contra Fama», los quesitos mágicos de Madame Gil y una larga lista de nuestra propia historia local de la infamia.

Ella estaba sentada en una esquina conversando con un tipo y otro, disfrutando ser el centro de atención de una sala que se iluminaba con un foco celestial solo por donde ella pasaba, como si se tratara de la Myriam Hernández en concierto. Se reía fuerte, y me encantaron sus facciones y gestos de inmediato. Fantaseé con la idea de que en medio de esas cerca de veinte personas ella me eligiera justo a mí para llevar a cabo una conversación sobre lo que fuera, total no le pondría atención, solo me dejaría encandilar con sus facciones en primer plano.

A veces la vida es rara. Y la mala cueva deja de existir para darte una oportunidad de volver a creer en que las cosas pueden salir como tú quieres, o al menos no tan mal como suelen ocurrir. Ella llegó a mi lado mientras «John, I’m Only Dancing (Single Version)» de Bowie sonaba a todo volumen por los parlantes del computador instalado en el comedor para que los malditos deejay de winamp improvisados de la noche se lucieran poniendo lo mejor de su gusto e instinto. ¿Bailemos?, me dijo, no sé si me preguntó o me ordenó, porque me tomó de los brazos y me tironeó hasta el centro del comedor, entre sillas, velas y ceniceros y nos pusimos a saltar y a hacer algo parecido a bailar, y ahora pienso en lo ridículo que debo haberme visto moviéndome y tratando de seguir el pulso de la música luego de haber fumado unos cuatro paraguayos mezclados con comida para perros, dos vasos de Báltica, un vaso de piscola y cinco cañitas de un vino sin marca ni etiqueta que a alguien se le ocurrió arreglar con azúcar flor.

Me sentía como en las nubes.

A punto de estallar en felicidad.

¿Cómo te llamái?, le pregunté, fingiendo ser un huevón interesante. Me sorprendió el hecho de que pasaran veinte minutos ininterrumpidos de conversación con mi interlocutora. Normalmente no logro conversar más de veinte segundos. Pierdo el interés o me lleno de dudas. Siempre es lo mismo. Pero con ella no. Con ella todo era distinto. Debemos haber bailado y conversado cosas sin mucho sentido en la actualidad, pero que en ese contexto histórico eran una especie de cátedra —la única a la que le puse atención en toda mi vida—; estuvimos en eso unas dos horas, hasta que empezaron a tropezar los bailarines a nuestro alrededor y a caer de las formas más insólitas al suelo, como aterrizar de cabeza, por ejemplo. Cuando ya eran nueve los caídos, los que se dormían bailando o los que se resbalaban con los vómitos del piso, ella me dijo que fuéramos a otra parte, y aunque da para pensar que eso quiere decir ¿quieres ir por un polvo seguro y sin compromisos de ningún tipo e incluso me puedes practicar sexo por donde sea que se te ocurra?, eso ni siquiera pasó por mi cabeza. Le dije que sí, claro, que fuéramos donde ella quisiera. Y partimos de la mano por entre la gente y los muebles y las botellas y los vasos hasta llegar al patio y nos trepamos al techo ayudándonos de los marcos de la ventana. Y nos sentamos a mirar la luna mientras ella enrollaba un nuevo pito de mariguana y abajo volvía a sonar Bowie, ahora con «Drive-In Saturday», mientras me recomendaba escuchar a Franz Ferdinand antes de que se pongan de moda y puedan, incluso, venir al Festival de Viña. Hacía frío, recuerdo, pero estaba al borde de una taquicardia, la mejor de todas ellas.

Roswell era su compañero en la Universidad, por eso la había invitado a su cumpleaños. Y aunque se sentía atraído por ella y a veces se masturbaba

pensando en su desnudez infinita, no le dio demasiada importancia al hecho de que nos hayamos enganchado a partir de su celebración. Además esa noche pudo probar la pasión de Érica Escudero, una chica medianamente linda, capaz de beber hasta quedar inconsciente no sin antes haber practicado el sexo más salvaje con el primero que se le haya cruzado. Sin embargo, Roswell y yo nos distanciamos. En la Universidad, él se unió a un colectivo anarquista que le robó todos sus intereses personales y su tiempo y lo terminó convirtiendo en un pequeño monstruo lleno de rabia. Todo el que alguna vez lo conoció comenzó a sentirse extrañado de lo distinto que era estar con él, ir a verlo a su casa o llamarlo por celular para invitarlo a salir. Nadie entendió tampoco en qué momento decidió transformarse en el primer hombre bomba de Chile, el día en que caminó rumbo al Congreso con la intención de hacer volar a todo el que estuviera adentro, en misión kamikaze. No alcanzó a llegar, algo sucedió que la bomba estalló antes. Un intento fallido de atentado y un solo muerto: él. Aún me llena de orgullo haber sido su amigo y aunque todos ahora se jactan de eso, nadie aprobó lo que intentaba hacer y prefieren no referirse al tema, salvo cuando vienen programas como Informe Especial o Contacto para recordar el incidente.

No recuerdo en qué momento descubrí que aquella niña-mujer tenía el comportamiento de un animal salvaje y herido. Imposible de controlar o cautivar o dominar o incluso soportar por muchos días seguidos. Sin embargo, yo estaba siempre ahí, esperando que algún día se dejara emancipar y me permitiera darle la felicidad que tanto reservé para ella sola.

Logramos crear una relación ilusoria e imperfecta, llena de camotes en el camino, durante casi un año, o tal vez fui solo yo el que logró creer eso, que teníamos una relación. No niego que me arrancó mil sonrisas y me hacía sentir el tarado más suertudo de todos, pero siempre supe que en algún momento todo eso se iba a ir con ella.

Y así fue.

Partió de la misma manera en que llegó a mi vida. Sin ningún tipo de aviso. De la noche a la mañana. O de la mañana a la noche. Un día llegué a su casa y nadie abrió la puerta. Al siguiente la llamé a su celular y el número ya no existía. No hice nada de lo que hacen los novios despechados. No contacté a su familia ni a sus amigos, no le mandé mails eternos y desesperados a las tres de la madrugada, no intenté quitarme la vida, no lloré mientras escuchaba y veía «November Rain» de Guns N’ Roses, no me fui de viaje. La borré de Messenger —la forma más efectiva de borrar personas de mi existencia— y decidí seguir con mi vida y esforzarme por no volver a pensar en ella nunca más.

Seis meses después conocí a una mujer bastante más tranquila y fácil de querer. Salimos. Supongo que nos fuimos enamorando comiendo en restaurantes chinos y hablando de películas. Tenemos un hijo cuyo nombre es Ian desde hace dos años y planes de hacer una vida juntos, aunque de eso no hemos hablado

como corresponde. Creo. Empecé a trabajar como profesor en un liceo municipal, resignándome a que eso sería la vida por el resto de los días. Dejé de escribir —e incluso de leer— metódicamente. Solo lo hago de vez en cuando, por cosas muy puntuales, para redactar los discursos del día del alumno, por ejemplo. Sonrío a menudo y me afeito tres veces por semana.

De la chica indie no volví a saber.

Salvo en aquella ocasión en que estaba tan feliz por haber hecho su primer trabajo como diseñadora del cartelito de Welcome to Combarbalá que me llamó eufórica. Yo la escuché en silencio y luego le pregunté cómo estaba. Me dijo que bien. Luego le pregunté si alguna vez fue feliz a mi lado. Me dijo que sí y le respondí ok, qué bien, y fingí no extrañarme frente a una llamada que llegó tres años tarde.

Yo quise llamarla cuando me tocó el momento de gloria: uno de mis alumnos quedó en la Universidad. Pero ya no tenía el valor para contactarla. Y escribirle un mail era algo demasiado parecido a jugar a la ouija o mirar esas fotos de familiares muertos durante tu infancia.

Asistí un par de veces a fiestas en lugares a los que le gustaba ir y me dedicaba a emborracharme y a mirar a las chicas por un rato mientras bailaban Death Cab for Cutie, Camera Obscura y Klaxons. En realidad, no solo las miraba, sino que también las rozaba cada cierto tiempo, pero eso no era de pervertido sino por la exclusividad de los locales, que no les permitía ser más grandes que el baño de una casa. Y algunas veces tuve suerte y logré besarme con alguna y a otras, incluso, llevármelas a la cama y disfrutar aunque fuera por una noche alcoholizada del pubis sensual de una chica indie y todo lo que hay bajo él.

Open your eyes /abre los ojos, decía la Penélope Cruz en Vanilla Sky / Abre los Ojos, y ya sabías que la película se iba a poner cuática. Pero no solo eso, sino que además la actriz lo decía con una voz tan rica y suavecita, como de mina tierna y huevona pero coqueta a su manera, que me derretía entero. Pero no es eso lo que quiero decir, sino que cuando la Penélope Cruz lo decía y lo analizabas semióticamente te dabas cuenta de que, en realidad, lo que quería decir era que no puedes dejar que tu felicidad esté en los otros. No sé cómo cresta llegué a esa conclusión, pero lo descifré un día que me había fumado un paraguayo mezclado con naftalina que me vendió, en una esquina, el mismo tipo que te la chupaba por cinco lucas a la vuelta.

Y así es.

Creo que la felicidad es una invención del capitalismo con el fin de que la compremos a toda costa, sin importar el esfuerzo ni las condiciones laborales a las que te sometas para conseguir el dinero para ello. Para que la adquiramos también en dosis cinematográficas, televisivas, novelescas, en prendas de vestir, en comida. Y, como si fuera poco, formemos una linda familia para seguir consumiendo felicidad en cómodas cuotas el resto de la vida.

La felicidad.

Yo dejé de buscarla.

Comencé a vivir los distintos momentos de la vida, sin ponerles nombre, sin exigirles nada.

Pero eso me tomó tiempo.

No sé por qué recuerdo cada cierto tiempo a esa chica que solo estuvo de paso por esta vida extraña que es la mía, pero lo hago. Y la recuerdo con cariño. Y hasta puedo escribirme un cuento entero sobre ella, aunque más me interesaría disfrazarlo de Ensayo sobre la hembra chilena moderna, al menos para sentir que hago alguna cosa relevante que a la gente inteligente le pueda llegar a interesar. Nunca entendí qué cresta era el indie, y para mí solo significa acordarme de ella: la chica indie que me robó el corazón para luego dejarlo escondido bajo mi propia cama antes de partir.

Dejaré su nombre en el anonimato, por el bien de ella, el mío y el de todos aquellos que puedan sospechar habérsela encontrado alguna vez rebotando por sus vidas.

Ella fue mi chica indie. Y aunque nunca me necesitó, quedó registrada como ciertos tatuajes que uno esconde bajo la polera.

 


Daniel Hidalgo.pngDANIEL HIDALGO (Valparaíso, 1983). Autor de la novelita breve Barrio Miseria 221, publicada por editorial Animita Cartonera (2007), y del libro de cuentos Canciones Punk para Señoritas Autodestructivas, publicado por Ediciones Das Kapital (2011) y recientemente reeditado por Estruendomudo y Manual para robar en el supermercado por Hueders (2015). Textos suyos han aparecido en algunas antologías de Valparaíso y Santiago. He colaborado con medios como Ciudad Invisible, Paniko.cl, Indie.cl, Disorder.cl, 60watts.net, Zona de Contacto de El Mercurio, El Mostrador y El Dínamo, entre otros, con columnas, reseñas y entrevistas de cultura (principalmente rock y literatura).