Especulaciones: «Dilemas médicos: La desliteraturización. Contra el gigante egoísta» [Maurizio Medo]

Imagen: Mel Bochner, Measurement room (1969)

En el estupendo texto “La poesía de la normalidad”, el crítico español Vicente Luis Mora se refiere a la normativa que debía regir la conducta del joven poeta si es que éste se encontraba decidido a conquistar el “éxito” —se sobreentiende que dentro de la “escena literaria” de hace algunas décadas. Si bien Mora se refiere específicamente a la literatura española, creo que la normativa que nos presenta podría, muy bien, referirse a las diversas realidades de las diversas aldeas latinoamericanas. Por ejemplo, Mora advierte que “el camino para llegar al éxito requiere una especie de método ascético, de camino de perfección, rigurosa y colectivamente controlado por una pequeña serie de personas, y de cuyo seguimiento al pie de la letra depende ser recibido con todo tipo de parabienes por los mayores y aceptado dentro de los poetas del clan”. Del mismo modo señala que el joven poeta “no debe mostrar demasiada ambición” ni “contaminar la poesía con la teoría ni con otros géneros”. Mora indica también —lo cortés no quita lo valiente— que “el título del poemario será una especie de resumen de las claves estéticas de la obra, para que nadie se pierda” y que los poemas “cortos, no más de setenta y no menos de doce versos” y que en las “estructuras cerradas” de éstos quedan “prohibidas las ideas de flujo o torrente verbal o de conciencia, así como cualquier elemento de corte surrealista. Prohibidas las imágenes visionarias o muy bien atadas”. “Todos los poemas llevarán título”, acota, y el contenido del discurso “será comprensible, y deberá ser entendido de un solo vistazo”, y tanto mejor si tal discurso se realiza en “poemarios” que incluyan “dedicatorias amigables al resto de los miembros del clan y solicitantes mejor situados” y cuya extensión no tenga “menos de veinte ni más de sesenta poemas”.

Trato de imaginar la reacción de un escritor nacido, digamos en 1995, y muy probablemente éste sienta que tal normativa aplica sólo para el guión de algún filme de «sci-fi». Sin embargo, quienes lo padecimos —sobrevivimos, tal vez debí decir— sabemos que refleja los patrones de conducta de la “sociedad literaria”. Es cierto que con el transcurrir del tiempo, por ejemplo, buena parte de las dedicatorias dejaron de ser una estrategia de lobby, potenciado por la economía global del mercado y su filosofía competitiva y exitista; que las “estructuras cerradas” del poema, comprendido como un repositorio exclusivo de lo literario, se contaminaron de una serie de referencias provenientes de la física cuántica, la astrología, las artes gráficas e incluso de la genética, y que muchas de las escrituras que, antaño, se encontraban parceladas por los géneros, siempre tras el muro ideológico de esas “estructuras cerradas”, decidieron saltarlo y cruzar las “fronteras de lo literario”¹ con el único fin, de acuerdo con Ludmer, de “fabricar el presente” hasta que, por fin, ya, libres del encierro, estas “desestructuraciones” fueron encontrando en el fragmento a la unidad discursiva de nuevos textos que, ya “desgenerados”, aparecieron como fusiones, en las cuales los criterios puramente estéticos se fueron desplazando hacia otros espacios. La estética en la mayor parte de estas escrituras, y ya desde el albor del nuevo siglo, si aparecía, resultaba inseparable tanto de lo ético como de lo político. Es en ese sentido, creo, que podríamos decir que la escritura (de poemas y derivados) desde el tiempo retratado por Mora hasta el presente, se “desliteraturizó” —con respecto a la normativa estipulada por el canon— para convertirse en un ejercicio vinculante, y no sólo con las “diversas dinámicas de la cultura”, sino también con sus diversos espacios periféricos. El margen se constituyó en un centro alternativo y, así, la rosa de la espinela con su “intemperada natura” se perdió bajo esas nubes de smog a las que sobreviven los geranios limeños.

Pero el paso de la “normalidad” descrita por Mora a nuestra “anormalidad” no es tan simple, requiere detenerse para intentar una aproximación a las diversas reglas en juego, sin ser aún del todo conscientes de su devenir, pues el cambio en la ideología del autor —ya no del canon, pues ya no existe; no puede existir un canon ni una normativa como la de antaño— amén de haberse desplazado en pos de una ética que, en sí misma, constituya una estética —a veces paranoide frente a la utopía— trajo consigo la gradual devaluación de la “cosa bien escrita” (para seducir al antiguo canon, como observaba Eduardo Milán) sustituyéndola por la necesidad de rematerializar cada percepción particular de la realidad partiendo, aunque esto resulte paradójico, de una antinomia implícita del autor con esa realidad, llegando incluso a establecer una nueva relación con la tradición. La escritura del autor, “parricida” durante las épocas del soliloquio efebolátrico, pareció transformarse en “regresiva”, fundamentalmente por el auge del remixeo, manifiesto a través de la reescritura, de la remasterización, el tuneo e incluso del patchwriting. “Si esto antes situarse significaba un “lastre”, “el de tener que huir siempre hacia un pasado en búsqueda de tierra firme”, ya en el nuevo milenio el poeta vuelve a la tradición ya no como el hijo pródigo buscando reconciliarse sino, más bien, como un ser dialogante, quien desde su experiencia, original y única, regresaba en búsqueda de nuevas revelaciones dentro de un discurso ya interpretado. Desde esta relación de encuentro y pertenencia es que se llegaron a establecer distintas relaciones, y nociones, de intertextualidad. Una donde el poema aparece como la transmutación de una identidad y que, a la larga, genera el arrasamiento del concepto autoral”². Es decir, hablamos de una escritura que hoy puede surgir incluso dando cuenta de una noticia leída “en los periódicos” para, luego, presentarse como un puzle, en donde los datos de la tradición literaria son profanados a través de un desmantelamiento transformativo, que Genette denomina “literatura en segundo grado” y que, conforme se desarrolla, “va dejando abandonadas en el camino infinidad de categorías tradicionales y modernas, las cuales sirvieron a varias generaciones para provocar preguntas, edificar obras de gran valor histórico. A la poesía la asaltan —como a todo el arte actual— los síntomas de los géneros clip, la explosión de sus regímenes lingüísticos, el paso de la expresión subjetiva —los romanticismos vanguardistas— al de programación procesual, manifiesta en las estéticas de las interconexiones contemporáneas. Estas mutaciones se asumen sin carga de culpabilidad y sin drama, pues es otra sensibilidad la que las lleva a cabo, otras voces las que las ejecutan”³.

Mientras, la poesía, entendida como género literario, como observa Jorge Fernández Granados, “se hunde en su propio lastre de contradicciones y aparece ante el público —el poco que queda— muchas veces como un galimatías, una interminable discusión de modos y una querella de procedimientos”. No pretendo refutar esta idea; desde mi modo de ver, surge de la sublimación de anacronismos como los del prestigio de lo literario y también el del poeta. En cambio, sí preguntarme si alguna vez existió realmente un “público”, tal si se estuviera en un espectáculo, y señalar que, de existir, la atención del mismo se concentra en la poesía que “podría hacer cualquier chico de bachiller”, dijo acertadamente Chus Visor, como si se negara a aceptar y comprender que “el papel de la poesía es desmontar las prácticas de la lengua dominante, ponerlas en crisis con el objetivo de proveer una crítica cultural”⁴. En el presente hay obras como La trama invisible, de Cristian Briceño, o Los salmos fosforitos, de Berta García Faet, cuyas reflexiones sobre “lo literario” son posibles en la medida en que se encuentran o en otro ámbito o en una posición de offside, fuera de juego, y sin ser sancionado por el referí. Otros ejemplos de ello, antes de que los escépticos aduzcan que me restrinjo únicamente a los autores más recientes, podríamos encontrarlos, entre otros, en los libros constitución y MELTEMI, de Marcos Canteli y Ángel Cerviño respectivamente. Los autores citados escriben desde la incertidumbre, tan perjudicial para la salud de Valverde, Yrigoyen o Lanseros.

Estas propuestas, como lo señalo en el prólogo del libro inédito 13 mujeres⁵, “representan, al mismo tiempo, una reflexión frente al lenguaje —todas muestran actitudes arriesgadas en terrenos sintácticos, rítmicos, conceptuales o discursivos—, frente a la tradición —con la que se dialoga, y a la que se le fagocita a través de la reescritura y otras estrategias de apropiación— y también frente a la constitución social de la subjetividad en relación a la literatura, a la tradición, a la ciudad y también frente a los medios de comunicación masiva —a través de poemas, es cierto, pero comprendidos como espacios de transmutación de la identidad, y ya no como unidad”. ¿Con lo expresado estoy queriendo decir que la “normativa” retratada por Vicente Luis Mora hoy es una tabula rasa en la cual sólo permaneció grabado el eslogan de «hacer borrón y cuenta nueva»? Nada más falso. Estas disrupturas heterotípicas, en la medida que yuxtaponen en un lugar real, varios espacios que normalmente serían incompatibles y que tienen “un sistema de apertura y cierre que las aísla del espacio que las rodea o que son pura apertura”⁶, representan las de una minoría de acuerdo con los resultados estadísticos que arrojan los censos organizados ya no por el canon —dijimos que éste ya no existía—, pero sí a través de la “escena literaria” oficial, un espacio en el que los poetas jóvenes “con ambiciones de éxito” —los ejemplos abundan— ya no aparecen timoratos, sino más bien sumisos frente a todos sus predecesores y todas sus obras —intocables ante la posibilidad de un remixeo debido a la entropía de las mismas—, y no sólo, condenados a un discurso que “deberá ser entendido de un solo vistazo”, a estructurar “poemarios” cuya extensión no tenga “menos de veinte ni más de sesenta poemas” (de lo contrario, se les considerará “injustificadamente extensos”).

La desliteraturización se desarrolla enfrentada al gusto de los adalides de una “escena literaria” cuya ignorancia hace que interpreten un discurso teórico sólo como la manifestación “de una jerga inextricable y esotérica”. En oposición a las heterotipias discursivas, la escena se ha “reliteraturizado”: si antes era reaccionaria, hoy, por sus propias limitaciones, se convirtió en absolutista, amparándose para ello en la popularidad que le brindan los medios de comunicación masiva —hoy hablamos de televisión, de Youtube, y ya no sólo de reseñas. Lo que ha cambiado es que hoy cuando se cierra una puerta (contra las narices de las propuestas disidentes), para así mantener un estilo en boga —la de los “poemas literarios”, como los denomina Riechmann—, gracias al desarrollo tecnológico se abre una ventana y aparecen espacios como Kokoro, Eterna Cadencia, Jámpster o Pájaros Lanzallamas, en donde los escriborroteos se echaron abajo la torre del molino quijotesco de la Literatura. Ese gigante egoísta que observa de reojo la pantalla mientras susurra: “Bah, es sólo producción digital”.

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¹ Josefina Ludmer. “Literaturas postautónomas”. Ver: http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v17/ludmer.htm
² País imaginario: escrituras y transtextos poesía en América Latina 1960-1979. Ediciones Amargord. Madrid. Colección: Once. 2014.
³ Carlos Fajardo Fajardo. Espéculo. 2003. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid.
⁴ Marjorie Perloff. “El desafío del lenguaje. Entrevista con Enrique Mallén”. Ver: https://transtierros.org/2015/05/30/el-desafio-del-lenguaje-entrevista-con-marjorie-perloff-por-enrique-mallen/
⁵ Éste es sólo un título referencial para el segundo volumen de la serie País imaginario que aparecerá en el invierno madrileño.
⁶ Michel Foucault. “Utopías y heterotopías”. Un epílogo. Ver en: http://www.mxfractal.org/RevistaFractal48MichelFoucault.html


maurizio-medoMAURIZIO MEDO (Lima, 1965) es autor de Manicomio (2005) y Dime novel (2014), entre otros libros, y parte de su obra reunida fue publicada en España por Ediciones Liliputienses el año 2015, con el título Cuando el destino dejó de ser víspera. Editó también las antologías: La letra en que nació la pena: muestra de poesía peruana 1970-2004 (2004), con el poeta Raúl Zurita, y País imaginario, escrituras y transtextos. Poesía latinoamericana 1960-1979, con el poeta español Benito Del Pliego (2013), el diálogo Escribir contra la pobreza, con el poeta Eduardo Milán (2007), y el volumen Backstage. 18 entrevistas (y algunas notas) alrededor de la poesía contemporánea (2017). Su obra poética (parcialmente traducida al inglés, francés, checo, croata, portugués e italiano) aparece en antologías como: Pulir huesos: Veintitrés poetas latinoamericanos (2007), La mitad del cuerpo sonríe. Antología de la poesía peruana contemporánea, de Víctor Manuel Mendiola (2005), Festivas formas. Poesía peruana contemporánea, de Eduardo Espina (2009), e Intersecciones. Doce poetas peruanos, de Ernesto Lumbreras (2010). Obtuvo reconocimientos como el Premio Nacional de Poesía “Martín Adán” 1986, en el Perú, y el Premio Internacional de Poesía “José María Eguren” 2005, organizado por el Instituto de Cultura Peruana y el Latin American Write Institute en la ciudad de New York.