Inéditos: Cinco poemas de Diego Brando

En su Autobiography, el poeta estadounidense William Carlos Williams define su trabajo como una búsqueda por «descubrir lo universal en lo particular». Dicha idea, que sintetiza de buena manera la poética del autor de Paterson, también sirve como línea de aproximación a toda una tradición poética cuyo interés se sitúa más que en el gran relato del mundo, en la observación de los fragmentos que constituyen la realidad. El trabajo del argentino Diego Brando se inscribe sin lugar a dudas en este segundo grupo y destaca particularmente por proponer un objetivismo de conurbano a contramano de lo que podríamos definir —muy desafortunadamente, de seguro— como «poesía porteña».

 

Sin más, los dejamos con estos poemas inéditos. Nosotros los volveremos a leer mientras suena Amigo piedra, de Él mató, de fondo.


No esperábamos tanto viento
pero aquí está,
cambiando todo de lugar.
También nosotros
que miramos con extrema quietud desde la ventana
de qué manera se mueven las hojas acumuladas
al fondo de la casa y la ropa que olvidamos colgada
en el tendedero de cemento.
En su soporte la inscripción de una fecha:
primero de diciembre de mil nueve noventa y dos.
Más allá del transcurso de los años
en los que no hemos aprendido nada
queda el suave paso de las hojas,
la virtud del movimiento.
Como seres ateridos por el frío
admiramos lo que no entendemos.


Detrás nuestro palomas blancas y negras
sobre los galpones abandonados
que antes conservaban intactos camiones de acero.
Volvos de todo tipo: Frontal, Titán y Deux.
Conmigo el electricista que instala en el fondo del patio
un farol restaurado para darle seguridad a mi familia.
Me dice – hay que pintar el techo, las paredes,
sacar el barro que se junta y que te agrieta la casa. –
Yo pienso que sí, que ya lo voy a hacer
mientras me acomodo el gorro polar sobre la cabeza.
Cuando termine y se vaya prenderé un cigarrillo
y esperaré la noche. Luego sentiré el arrullo de las palomas
y sabré finalmente cuánta pena valió
haber dado luz sobre el desastre.


Me pregunto si duermen en la madrugada
los pasajeros del tren que avanza
en las cercanías del barrio.
Dentro de la casa se mueven
los vidrios de las ventanas,
las botellas de vodka y whisky
y las cenizas amontonadas
en ceniceros de madera.
Eso sin contar nuestras pobres cabezas
quemadas por la voz de un noticiero
que habla de restos de aviones en un pantano.
Alguien canta y repite para sí
una canción de moda
y los mosquitos succionan nuestra sangre
sin perturbarse.
Después de todo
también nosotros viajamos a la velocidad de la luz
hacia el norte.
Aunque no lo tengamos.


La primera vez en el mar
me hundí en él
hasta el peligro.
Mientras me hacían señas
para que me acercara
o volviera
yo sonreía
con el agua al cuello,
los brazos en alto.
De esa temporada volví a salvo,
e incluso sobreviví
varios años.
Ahora me tapa la tierra
y no hay nadie en las costas.
Quedé en el mar
como en un reflejo.


Me moví hacia el sur del pueblo
mientras escapaba del calor de la tarde.
Los niños parados sobre los alambres
miraban de qué manera el tren arrasaba los rieles
de un punto cardinal a otro
y cómo los obreros construían un sendero con luces
para que la gente camine en un futuro.
Es el sonido de las retroexcavadoras lo que marca el ritmo
e incluso lo que suena por la noche en mi mente
cuando la temperatura baja y la helada hace su presencia.
Viajes a la velocidad de la luz,
ruidos y amplitud térmica:
de eso es de lo que estamos hechos,
aunque en el fondo no nos demos cuenta.
Cae la tarde y escribo febrilmente.


Diego BrandoDIEGO BRANDO (Leones, Argentina, 1987). Profesor en Lengua y Literatura. En 2016 publicó Frontera por Editorial Vilnius. Prepara su segundo libro mientras colabora en un laboratorio bioquímico.