Extracciones: Fábulas [Christian Kent]

 

 

Como sitio, hemos contraído varias deudas. Entre ellas, está la que tenemos con la literatura paraguaya y, más aún, con su narrativa. Por eso les traemos estos relatos de Christian Kent contenidos en su libro Fábulas, el cual fue  editado recientemente por el sello chileno Libros del Perro Negro.

 

 

A pesar de su conformación sintética, estos micromundos en que se superponen varias dimensiones (en lo que respecta a las creencias humanas), logran proyectarse fractalmente a partir de las conexiones propiciadas por la referencialidad adrede, lo que hace obligatoria la racionalización de estas por parte del lector, para que la decodificación de estos ‘pequeños universos’ sea satisfactoria.

 

 

A ver si se la pueden.

 

 


Fábulas

Relatos extraídos de Fábulas (Libros del Perro Negro, 2017)

EL DOCTOR Y EL PERICO

El doctor Armando Voland y el perico Rigoberto son un ejemplo clásico de opuestos que no se repelen; aunque, en verdad, tampoco se atraen. Digamos –para ser justos– que se suponen, que si bien no son santos de devoción el uno para el otro, tampoco pueden despegarse. Esa correspondencia los ha transformado, físicamente, al punto que se han vuelto similares en aspecto y composición, como pudiera parecerse una señora de sociedad a su caniche gigante francés, o como pudiera asemejarse un largo y solitario empleado bancario a su galgo, o bien, como esos matrimonios que de tanto ajustar sus voluntades al otro dan la impresión de ser un indisimulado caso de incesto.

El doctor Voland, a través del inexorable decurso del tiempo, fue acercándose a la figura de su antagonista; se abrieron las puntas de sus pies hacia fuera, le creció una nariz ganchuda –sobre la cual equilibraba un par de diminutos lentes con los cristales rotos–, y ya no abría la boca más que para graznar su odio a todas las cosas: a la política, a la humedad, a sus hijos, a los vendedores de escobas largas y a los mormones; pero, sobre todo, al loro.

Carl Jung asegura que el hombre y la mujer, cada uno, se conduce en la vejez hacia el género contrario: a la vieja le crecen bigotes y el viejo se torna suave y mujeril. Veamos nosotros cómo también el loro Rigoberto se aleja de su condición avícola para acercarse sin remedio al polo de doctor jubilado, veamos cómo rechaza las bananas maduras y prefiere las pirecas de empanadas y cómo picotea pensativo las colillas de cigarrillo, veámoslo frente a la radio hacer uso del escaso y reiterativo léxico castellano que aprendió para despotricar contra concejales e intendentes, y cómo, contra toda lógica, su pico va ganando la extraña apariencia de una nariz.

Tiene que ser una de esas bromas que nos juegan los dioses. No los que sabemos compasivos y misericordiosos, sino esos otros que imaginaron los griegos; viciosos, sardónicos, que pusieron a Orión y a su verdugo, el escorpión, en los extremos opuestos de la bóveda galáctica por la eternidad.

Mientras más se maldicen, el destino más insiste en unificarlos, no sólo en un mismo espacio, sino también en una sola figura, en un decaído ejemplar de hipogrifo: mitad jubilado, mitad pajarraco.

Los reúne en sus últimos años de vida el drama del tiempo. El tiempo que los olvidó en una casa sobre la calle O’Leary, junto a otros objetos igualmente caducos: campanillas de viento, pantuflas con dientes de conejo, un tocadiscos inservible, la casa del perro muerto, álbumes que guardan la nieve y las playas y los ojos arrogantes de la juventud. ¡Ah, cuán cortos eran los días para alcanzar tantos anhelos! Pero ahora que el uno encaneció y el otro se queda sin plumas, ahora que solo queda barrer las hojas marrones contra la terquedad del viento, las horas se juntan y acumulan como libros viejos que sólo sirven para criar ácaros y polvo.

Así que, por más que el pajarraco, con su mediocre uso de la gramática repita todo el día viejo feo viejo feo, y por más que el otro, esa ave larga y escuálida a la que ya nadie plancha los trajes, sueñe con almorzar cualquier día de estos un caldo de loro, cuando el tiempo se acabe para uno, el otro perderá su reflejo.


KEREN-HAPUC Y EL BEHEMOT

Nació en la tierra de Uz, un día en que el sol arrojaba sobre el desierto su halo de irrealidad, la tercera hija de aquel hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, que la historia recuerda con el nombre de Job.

Ignorante de la doctrina de los ciclos, repitió el humorístico destino de su padre, que por obra del diablo perdió siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas y muchísimos criados; que fue carcomido por la sarna y que enterró a su mujer, a siete varones y tres hijas.

La juventud, como siempre, fue generosa y obsequió a Keren-hapuc una ardorosa cabellera escarlata y un par de senos firmes y punzantes que al amanecer apuntaban a la estrella lejana de los magos.

Su inefable belleza imantó a un edomita de mucho pelo y poca estatura, con una dote de oro, de esclavos y de animales que superaba en dimensión y peso al monte Seir. Además, era entre los idumeos y los zelotes un hombre de probidad moral e influencia política.

Para no inquietar la imaginación de los simples, la esposa de Esaú (en hebreo antiguo, “el peludo”) andaba siempre cubierta con velos y burkas por las sombras del palacio.

Siguiendo el ejemplo de su padre, celebraba diariamente holocaustos bajo los sicomoros, santificaba el vino que ofrecía a sus varones, y lavaba los pies de sus huéspedes con el ardor de su melena roja.

Veía Dios –y también aquel ángel conocido con el infame nombre de Shaitán– que Keren-hapuc vivía conforme a las leyes del cielo y que, por tanto, sus bienes aumentaban sobre la tierra.

Entre ambos, El Sin Nombre y Aquel Que Lleva La Luz, decidieron que había llegado el tiempo de pesar su fe en la infalible balanza de la calamidad. Y así fue como –sin conocer la ley del eterno regreso– la hija de Job replicó la fábula del padre: cayó el fuego de Dios sobre sus bueyes y sus asnos, el río Jordán arrastró en su cauce la llamarada de su pelo, los sabeos pasaron a sus criados por el filo de la espada, los caldeos raptaron a sus hijas y asaron sus camellos, Lucifer la hirió del pie hasta la coronilla con una maligna sarna, el edomita de la dote como el Seir la maldijo y expulsó –sin nada en los pies– a la arena caliente del desierto.

Las noches y los días de varios lustros borraron las huellas de aquel hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, que su tercera hija estaría pisando en el reiterativo sendero del karma.

Llamaba a Dios con todos los nombres que conocía: ¡Betel! ¡Shaddai! ¡Elyon! ¡Ehyé-Asher-Ehyé!

El Sin Nombre y el Príncipe de la Potestad del Aire la miraban desde lo alto y desde lo bajo de la rueda, en silencio.

La veían tomar el agua de los cactus, la sangre de sus labios, el poco orín que lograba sacar de entre sus piernas. Cuando el sol estaba en lo alto, se escondía, como una alimaña, en la boca de las cavernas. Cuando asomaban las estrellas, reanudaba los pasos con la esperanza de hallar algo más que sólo tierra, piedras y espejismos.

Dios y el ángel la vieron correr a los brazos de los fantasmas que pone el sol en el camino de los moribundos: al abrazo de Job, a las piscinas del palacio, a una larga mesa repleta de manjares y vino que no son sino arena en el viento.

Keren-hapuc comprendió que los ojos son el peor de los demonios y no le quedó más que echarse a esperar la muerte.

Tú que obras en los aires –le dijo a Shaitán, que escuchaba desde los mares de azufre del Nadir–, que anduviste en todos los tiempos, que sigues la corriente de este mundo, acúsame delante del Señor, pues estoy cansada, y esto que queda de mí, esta serpiente que se arrastra por los desiertos de Idumea, esta sabandija, abyecta, ahora se entrega al Adversario. Soy tuya pues Abbadón, la indigna hija de Job se entrega a ti como sierva y esposa. Devuélveme mi roja cabellera, devuelve a mis ojos su arrogancia, que mis senos apunten otra vez a la estrella de los magos, moja mis labios con azufre de tu reino, no me dejes aquí, ni un segundo más oh Luz Radiante, en este vil desierto…

Algo como el resoplido de una bestia la despertó del trance en que se hallaba y se puso de pie de un salto.

Enfrente de sí, a pocos metros, divisó un estanque de agua turbia, bajo la sombra de olivos ancianos; por encima volaba en círculos una pandilla de cuervos. Se refregó la cara y volvió a mirar para comprobar que esta vez no estaba frente a una quimera. Se puso en cuclillas para alzar el agua fresca con las manos. Se mojó la cara y bebió hasta saciarse.

¡Otra vez el resoplido!

A mitad del estanque, lo que parecía un trozo de madera abrió su boca inmensa, dejando ver unos extraños dientes cuadrados y una lengua roja que podría alfombrar el infierno.

–Debes montarte sobre mi lomo, desdichada hija de Job –dijo la bestia con voz ronca y algo torpe. Movió el par de ridículas orejas y escupió agua por las narices.

–¡Ay de mí! ¡El propio Beelzebul ha venido a buscarme! ¡No me queda sino vergüenza de mí misma! –exclamó Keren, a quien le había vuelto a crecer la frondosa cabellera escarlata y cuyos senos apuntaban de nuevo a la estrella de los magos.

–No hay por qué halagarse tanto, fatua mujer, pues yo no soy el Maestro, sino apenas un servidor. Hete aquí a Behemot, llamado también hipopótamo, elefante o pez desaforado. He aquí que mi fuerza está en mis lomos, y mi vigor en los músculos de mi vientre. Mira, hija de Job: ¡tengo la cola como un cedro y mis huesos son duros como el bronce! Yo, Behemot, oculto entre las cañas, bajo los árboles sombríos, tranquilo aunque todo el Jordán se estrelle contra mi boca, soy el principio de los caminos de Dios. Quien se acerque a mí, puede hacerme su espada.

–Te saludo pues Behemot, guardián de los estanques y las cañas. Recuerdo a mi padre hablar de ti. Él te ha visto antes que yo retozar en estos desiertos. Dime por favor: ¿a qué has venido?

–No temas, dulce Keren-hapuc, y disculpa al indigno monstruo que osa clamar tu nombre, pues yo sólo soy un mensajero. En la fiebre del calor y de la sed, perdida y sin esperanzas, has invocado el nombre de Ecrón, el Señor de las Moscas. Bajo las aguas sucias de este estanque, desgraciada hija de Job, te espera el esposo al que te has prometido. ¡Súbete pues a mi lomo!

–¡Ay de mí, buen Behemot! ¿Recibiremos de Dios el bien y el mal no lo recibiremos? He pecado con mis labios, han pesado más los espejismos que mi fe; me subo pues, sin protestar, a tu lomo. Serás tú el barco que me lleve a mi destino.

Behemot se acercó a la orilla donde esperaba Kerenhapuc, tercera hija de aquel hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, vestida con telas de azufre, adornada con collares de cráneos y los ojos brillantes de arrogancia y juventud.

Con un gracioso salto escaló la espalda del monstruo y bajaron al fondo de las aguas.

Cuenta el autor del segundo libro de Job que el agua de este estanque contenía los secretos de las altas jerarquías oscuras, los delirios de la concupiscencia y el ardiente exceso de los placeres del infierno.


Christian Kent.pngCHRISTIAN KENT (Asunción, 1983). Publicó el poema Lieutenant en 2011 (La Calle Passy 061). En 2013 autoeditó el poema épico El conde Orloff (Okara Japu), colaboración con el artista Wolfgang Krauch. Desde la plaquette Cuatro cuentos, se inclina más al relato. En 2016 compuso dieciocho relatos de fantasía y ciencia ficción reunidos en el volumen El rey del planeta rojo. Trabaja paralelamente como comunicador de la gastronomía paraguaya.