Adelanto: Mujer colgando de una cuerda [Fe Orellana]

Mujer colgando de una cuerda

Capítulo extraído de la novela Mujer colgando de una cuerda, a editarse próximamente por PorNos Ediciones.

 


 

¿CÍRCULO O CUADRADO?

 

El exceso de luz pervierte las formas: entra por el pequeño agujero en la pared, desbordándolo. Beatriz ya no reconoce si es esto o aquello, solo una habitación oscura interrumpida por un punto. Un punto brillante. Un punto confuso. Dura situación la suya. Amordazada y amarrada -pies y manos a la espalda-, está en una posición invertida idéntica al Colgado del tarot.

Beatriz pensó, atada de forma parecida hace algunas semanas, que el bondage hecho por un principiante dejaba de ser excitante y pasaba a ser una perfecta forma de tortura. Se lo dijo a Fabián en ese momento y él, con una sonrisita impúdica entre los labios, le puso un trozo de tela en la boca y continuó tensando las cuerdas. Ahora no está en esas: no hay espacio para bromas. Su cuerpo se ve comprimido por la gravedad y así, la sangre emprende un viaje de vuelta al corazón que lo bombea en bajada hasta agolparse en la nuca, dejándola chueca, aturdida y con la visión nublada.

Recuerda un golpe, la imagen de una mujer y retazos de cierta cabellera vasta, pulposa y tentacular que hacían de aquella sombra la sombra de un mito. Y es el mito el que aparece cargando el aire con su espesor. A Beatriz, entonces, le empieza a importar una mierda el bendito agujero en la pared, el punto brillante, los círculos o cuadrados… No ve los cuerpos aproximándose -la luz que pervierte el agujero no alcanza siquiera para entrever la figura de la mujer y al par de formas difusas que la acompañan-, pero siente una silla siendo arrastrada justo frente a su rostro. Tapan el círculo o el cuadrado.

Es el mito quien habla:

Disculpa, Beatriz, que te tengamos de esta forma, pero debes saber que somos adictos al drama. Aunque antes del final, de que el telón se cierre, es importante que nos escuches. ¿Me entiendes, Beatriz? Es necesario que me escuches, a mí y a nuestra historia.

*

Beatriz se reclinó en el asiento de su escritorio y cuando el envión del respaldo la regresó a su lugar, se quedó con la vista fija en la pantalla del computador. Luego actualizó varias veces la web de tribunales. Nada nuevo. Miró los cubículo vecinos: los de izquierda y derecha se encontraban vacíos, al igual que los del frente y los de seis o siete puestos más allá. Ya eran pasada las cinco de la tarde y en el diario penaban las ánimas ya que, al parecer, el país entero había planificado sucesos noticiosos para el mismo día: un temblor que derrumbó una iglesia patrimonial, la próxima final una copa del fútbol europeo o el destape de mails entre diputados y los gerentes de una minera se llevaban toda la atención, pero esa noticia, la que a Beatriz le interesaba de sobremanera, aún no aparecía.

¿Alguna novedad con el juicio?, le preguntó el editor, pasando con un tazón de café en su mano y con cara de no haber dormido hace varias noches.

Actualizo la página cada cinco segundos pero aún nada.

No sé por qué no quisiste ir. Podría haberte conseguido una credencial.

Al principio quería y después me arrepentí. Ahora me arrepiento de mi arrepentimiento, dijo Beatriz, encogiéndose de hombros.

El editor saludó el gesto alzando el tazón vaporoso antes de regresar a su oficina.

Beatriz, aún tensa y expectante, volvió a echarse hacia atrás en el asiento, dejando colgar su cabeza, viendo todo patas arriba. Calculó que ya habían pasado meses desde que uno de sus trabajos acaparó dos páginas en la edición sabatina del diario, comprometiéndose con ese largo proceso judicial que terminaría de un momento a otro. La investigación, al comienzo, giraba en torno a Los Guatones, unos narcos de la Zona Norte de Santiago quienes, claramente, merecían el mote; los hermanos al mando de la banda acarreaban con una severa obesidad que iba en aumento al mismo tiempo que el territorio que controlaban.

Beatriz llegó al caso sin demasiadas expectativas, con la idea de llenar un par de páginas con un artículo sensacionalista de esos tan abundantes en el diario. Durante semanas siguió los pasos de aquellas bolas sudorosas que se paseaban en camionetas 4×4 por su reino de casas pareadas, pastelones de cementos, dílers esquineros y zombies de pasta base, pero luego de un período que podríamos considerar razonable, no tenía más pistas que los datos entregados por carabineros y la PDI, lo que tampoco era mucho. Es que Los Guatones eran un grupo difícil de penetrar, con una reputación y poder forjado en su capacidad para evadir la justicia. Si bien eran conocidos su organigrama, sus negocios, sus excesos y lujos, cuando un miembro caía en las manos de las policías era imposible que soltara cualquier cosa sobre sus superiores. ¿Acaso Los Guatones pagaban tan bien ese silencio o habían adoptado un código mafioso como los canonizados en las películas gringas? Difícil de saber. Sus bocas eran candados fríos que llegarían a oxidarse antes de ceder un mínimo de información.

Ningún colaborador de la banda estuvo nunca al alcance de Beatriz, así que el tiempo pasó sobre ella como una lenta y pesada carga, sin dejar un asomo de novedad en el camino.

Hasta que un dato le llegó del cielo, abriéndole un pequeño y brillante punto de luz.

Osvaldo Jin, hijo de inmigrantes coreanos, más que un hombre parecía una larga cuerda estirada que iba desde la punta de su cabeza a la plantilla de los zapatos. Tenía cincuenta y cinco años, de los que llevaba tres cuartas partes metido en su pequeño despacho de Independencia, trabajando como contador para dueños de comercios, un reducido conjunto de sus compatriotas del barrio de Patronato que no sabían más que su lengua madre y, claro está, para Los Guatones, a quienes asesoraba en el lavado de dinero.

Jin, a simple vista, parecía no tener más distracciones que hacer calzar en una docena de cuadernos contables los deberes con los haberes. Pocas veces cambiaba el recorrido que hacía para ir de su casa a la oficina, y eso que solo se trataba de las pocas cuadras que hay entre una estación del metro y la siguiente.

Beatriz y  Fabián, su compañero fotógrafo, ya saboreaban lo rutinario de aquellas jornadas y el retrogusto era tan amargo que, vigilando a Jin desde los asientos de un viejo Sedán propiedad del diario, llegaron a compadecerse de él. Era la quinta noche y el tedio los carcomía: pasadas las doce lo único que podían considerar anormal había sido un repartidor de pizza que llegó con diez cajas y varias botellas de Coca Cola.

Parece que al chino le gustan demasiado las pizzas, ¿no?, exclamó Fabián.

Es coreano, no chino, además debe estar preparando su fiesta.

Según lo que averiguaste es eso, pero ¿estás segura?

Fabián se acercó con un zoom a la casa del contador: puerta de madera, pilares de adobe, muros de ladrillos, todo visto a través del lente de su Canon.

Hay veces en que las cosas son exactamente lo que parecen, respondió Beatriz.

O sea que en este caso, si Jin se ve como un hombre solitario y triste, seguramente sea un pervertido. ¿Eso quieres decir?

Más o menos eso.

Después volvieron al aburrimiento de su guardia, de la espera, de la noche. La calle –un largo pasaje de casas altas y viejas- era un desierto silente: ausencia de personas y todo cubierto de bruma. Entonces, las luces de un Mazda encandilaron a la pareja. Beatriz y Fabián se acomodaron en sus puestos. El auto avanzó un par de metros, ralentizó su marcha y terminó deteniéndose junto a la puerta del contador. Del vehículo bajó un hombre con un abrigo negro y largo hasta el suelo e hizo descender a cuatro niños, no mayores de 13 años cada uno, que se quedaron esperando de pie, en la vereda, mientras los examinaba con ojos de juez antes de tocar el timbre. Al minuto apareció Jin con su pinta de gris divorciado e hizo pasar a los niños.  Habló un par de minutos más con el tipo del abrigo, le entregó un sobre color mostaza y volvió a entrar.

Nunca más desconfío de tus dateos, Bea. ¿Qué hacemos ahora?

Fabián revisaba las tomas recién sacadas: toda la transacción por los niños estaba ahí, en una larga secuencia de imágenes.

No tengo idea, nunca pensé que llegaríamos tan lejos…

Se quedaron con la vista fija y desconsolada en la puerta de Jin, mientras el hombre del abrigo volvía para recostarse en los asientos traseros. Pasó un par de horas hasta que, después de las dos de la mañana, los niños salieron de la casa emprendiendo la vuelta al Mazda, cada uno su caja de pizza correspondiente bajo el brazo.

 

 


Fe Orellana.pngFE ORELLANA (Santiago, 1991). Narrador. Ha recibido los premios Roberto Bolaño en novela, además del premio municipal Gabriela Mistral y la Beca de Creación Literaria. Desde el 2012 es coordinador del LEA (Laboratorio de Escritura de las Américas), proyecto de taller literario internacional que se realiza de manera simultánea en Argentina, Bolivia, Colombia y en diferentes ciudades de Chile, bajo el alero de Ediciones PorNos. Tiene una gata que se llama Angela Davis.