Extracciones: La extravía [Nina Avellaneda]

 

 

Existe la creencia (errada) de que en Chile y en Latinoamérica en general, las narradoras son escasas; más aún si se trata de cuentistas.

 

Para desmitificar aquello, nos hemos propuesto publicar a las nuevas voces femeninas que nos parezcan más interesantes y que no están en el mainstream (como lo podría ser Nona Fernández en Chile, Mariana Enríquez en Argentina o Guadalupe Nettel en México, por nombrar sólo algunas). Bajo esta premisa, hemos hallado a las chilenas Mónica Drouilly, Constanza Anabalón y Daniela Acosta (aunque las dos últimas, en realidad, nos hallaron ellas a nosotros), y a las argentinas Marina Porcelli y Carolina Rack.

 

Sabemos que nos queda mucho por encontrar, sobre todo porque hay varias que han estado ahí sin que nos diésemos cuenta. Este es el caso de Nina Avellaneda, cuentista que con una narrativa directa y cruda (y en la que su desborde emocional característico se contiene en el formato breve de su prosa), juega permanentemente con la percepción y la psique, haciéndonos cuestionar qué es lo verdaderamente real en todo lo que respecta a la experiencia de vivir.

 

Sin mas preámbulos, les dejamos con el cuento que cierra el volumen La extravía (Ediciones del Desierto, 2015), libro que nunca es tarde para descubrir.

 

 


 

NO AMARÁS A SOLEDAD


Cuento extraído de La extravía (Ediciones del Desierto, 2015)

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Velábamos su cuerpo alrededor de una represa sin agua —en realidad era un acto simbólico porque no había cuerpo—. Por todo el rededor, había un espacio pequeño encementado en donde podíamos pararnos sin caernos adentro. Habían alumnos y familiares de ella; muchas mujeres, casi todas muy delgadas y con cabellos largos y rubios. Hablaban entre ellos, yo los miraba de vez en cuando.

 

 

I

 

 

Soledad era profesora de religión y yo de alguna asignatura que no recuerdo. El día de su muerte, yo no había alcanzado a llegar a clases y estaba angustiada desde temprano por ese motivo. Me había quedado dormida, me resistía a levantarme como la mayoría de las veces. Algunos días terminaba de arreglarme en el bus, desayunaba y hasta preparaba los últimos detalles de las clases allí, pero en este día los tiempos definitivamente no me alcanzaban; recién tomaba el bus a la hora en que debía estar entrando. Es así que cuando llegué a la sala de clases no había nadie. En la sala de al lado tendría que estar Soledad, pero tampoco estaba. Alguien me dijo que ella me había dejado una nota el día anterior y que estaba en un sobre cerrado. Al abrirlo me di cuenta de que el mensaje lo había recortado de una revista, por lo que no era precisamente una nota. El mensaje decía lo siguiente:

No amarás a la mujer de tu prójimo.

Primero lo encontré divertido, luego pensé que la palabra más importante en el mandato no era prójimo, sino mujer. Había hecho calzar alguna de las prohibiciones católicas con nuestra situación, aunque no fuera del todo justa.

Pero también pensé, porque yo conozco a Soledad, yo la conocí, que esta era su primera respuesta a mi declaración. Que vendrían más, que ella actuaba con la rectitud de un dios, pero que sentía de manera humana. Era generosa, discreta y se enternecía con mucho disimulo.

Yo a Soledad le dije muy pocas cosas. Tuve que haber hablado sí de la imposibilidad de contenerme más, del gozo que sentía al ver su rostro blanco-violáceo, no tuve que haber dicho nada de su porte ni de sus ángulos porque los dedos tienen que habérseme tentado y seguramente la toqué; la toqué con ambas manos y seguramente también le dije: Soledad, estoy enamorada de ti.

 

 

II

 

 

Entonces ella no dijo nada, simplemente se fue retirando despacio con gesto de reprobación. Yo me quedé de pie en el mismo lugar, incapaz de avanzar. Cuando al otro día leo la nota, ese recorte de decálogo, pienso que se comporta de acuerdo a un rol, no de acuerdo a alguien que siente y desea. Había que ver cómo vestía para darse cuenta, si hubiera podido ponerse un uniforme se lo habría puesto, pero como este colegio exigía tan solo un delantal azul, allí iba ella, delantal puesto desde su auto, zapatos negros, pantalón oscuro. Un cabello abundante y rubio muy cuidado, largo pero tomado, hermoso, hermoso como el de una niña. Cero maquillaje.

Esto tuvo que haber ocurrido unos tres días antes de la nota. Cuando me avisan que ella ha faltado, pero que me ha dejado un sobre desde el día anterior, yo no sospecho nada. No tengo el presentimiento de que algo le pasó ni intuyo nada, no soy así, simplemente me da risa lo pedagógico de su respuesta, lo lúdico del recorte, la gran tipografía con que está escrito. No, ni siquiera imagino la radicalidad de su marido, ni la tragedia que provocaría mi torpe declaración de admiración y deseo.

 

 

III

 

 

Soledad murió asesinada, y ni siquiera se sabe en dónde enterró el cuerpo su marido. Fue él quien la mató. Estaba la sospecha de que fuera bajo cierto árbol, pero no sé por qué no cavaban de una vez. Por eso la velaban en el patio del colegio, alrededor de esa gran fosa que era la represa vacía. Recuerdo que yo tenía que apoyar la espalda en una pared para no resbalar y caer adentro.

Cuando yo quería ir a ese patio, a ese árbol, a desenterrar el cuerpo de Soledad, sentía dos cuerpos persiguiéndome en la noche. Era tarde y yo caminaba cerca de una cancha de fútbol y allí estaban esos hombres: uno era un tío mío, el otro era su marido. No llegaban a atraparme, pero yo tampoco llegaba al lugar en donde estaba Soledad.

En la mañana cuando nos habían informado de su muerte, yo aún sostenía conmigo el sobre y vi cómo de pronto su imagen se iba distanciando cada vez más de nuestro aire, de la atmósfera de este mundo, para quedar en nada, nada, porque eso era en lo que yo creía, en nada, en la muerte como una descomposición de la carne, al igual que los perros y los gatos, y las plantas secas o podridas. Eso, en un pasar a formar parte de la tierra y en una ausencia horrorosa. En nunca más ver. Un desmoronamiento de gestos. Los gestos de Soledad, cayendo como un edificio antiguo, sólo que este estaba intacto y lo forzaron a desaparecer.

Yo no pensaba en matar a nadie. Yo no pensaba en encontrar a su marido y partirle la cabeza o degollarlo. Pensaba en la vida, la de ella.

Después de unos días, mientras yo seguía marchando como en una procesión —en donde la única devota era yo— a desenterrar su cuerpo, comencé a pensar en las razones del asesinato. Estaba mi declaración. Estaba la respuesta de Soledad, pero ¿cómo iba a enterarse tan rápido? Y además, la respuesta de Soledad era clara, aunque yo creyera otra cosa. Era clara. Y si ella le hubiera contado todo, ¿no tendría que haberme buscado a mí? ¿Por qué descargarse cuarenta y ocho horas después con su propia mujer? Era absurdo.

En la noche cuando iba a su patio cargando la pala y el chuzo, mi tío amenazaba, sin mostrar su rostro y sin hablar, con sujetarme y saciar sus deseos. Siempre estaba allí tras un árbol mirando con un puro lado de la cara. El marido de Soledad, ese hijo de puta, me rondaba sin querer acercarse a mí, al contrario, era yo quien lo seguía a pesar del terror, pero él trataba de perderme, parecían en alianza para asustarme y confundirme, pero no tenían ninguna cosa que quitarme y el terror de pronto se marchó por completo.

Si bien yo podría haberme aliado con mi tío para que me ayudara a deshacerme del marido a cambio de que hiciera lo que quisiera conmigo, éste no escuchaba, estaba aliado desde antes con el asesino, sin conocerse eran el mismo horror y no iba a negociar con mi evidente desprecio. Yo no soy confiable, y si hubiera podido los hubiera asesinado a ambos perforándoles el pecho con el chuzo.

 

 

IV

 

 

Pero el terror desapareció y los dos hombres lo olieron.

Las sombras se unieron en una gran oscuridad inmóvil. Allí estaba, todo el mal a mi costado, pero no podía hacerme nada. Corrí al patio de la casa de Soledad y empecé a cavar junto al árbol más grande del jardín. Estaba húmedo, el chuzo se enterró fácil y la pala levantaba sin mucho esfuerzo la tierra suelta. Temía romper su cuerpo con el filo de la pala, por lo que fui sacando la tierra de a poco. La habían dejado a un metro de la superficie, ya no había dudas. Lo primero que asomó fue la punta de un zapato, ella estaba ahí. Soledad estaba en el patio de su casa y nadie había hecho nada por sacarla. Empecé a abrir la tierra con las manos, con los brazos, con todo el tronco. Y de pronto su rostro. Pude verlo tan bien, a pesar de que estaba oscuro. Creo que le tomé el pulso y la llamé, le limpié la cara, el pelo embarrado. Se reunió el frío bajo ese árbol y la abracé para darle calor, el calor que sentía por cavar. Recuerdo que le lamí los párpados, quería que volviera la otra, le lamí la boca, la nariz y me tragué el barro como si fuera su sangre. Cuando su cabeza era totalmente reconocible comencé a tirar su cuerpo completo para sacarla de allí, entonces fue cuando en su pecho pude ver un sobre afirmado con los brazos. Me lo guardé en el bolsillo doblado y terminé por tenderla completamente en la superficie. Me senté a su lado y leí el contenido: Soledad me había escrito otro mensaje, una nota mucho más larga que la que yo recibí en el colegio. Era una carta vaga, narraciones largas de cosas que no entiendo qué quieren decir y opiniones sobre ella, sobre mí, y sobre su marido. No hablaba con demasiada pasión de su marido ni con demasiado amor de mí, pero había una línea, una última línea que abría una puerta y llenaba la página de esperanza.

 

 


Nina Avellaneda.pngNINA AVELLANEDA (Limache, 1989). Licenciada en Literatura Hispánica y Pedagogía en Lenguaje y Comunicación en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Magíster en Arte, Pensamiento y Cultura Latinoamericana en la Universidad de Santiago de Chile. Ha publicado los volúmenes de cuentos Heroína (Hebra Editorial, 2010) y La Extravía (Ediciones del Desierto, 2015).