Evento de lanzamiento: ‘Un perfecto inútil’ de Marcelo Vizcaíno (Librosdementira, 2017)


INFORMACIÓN DEL EVENTO


Un perfecto inútil (Librosdementira, 2017) se presentará en la Biblioteca del Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM) el próximo 7 de septiembre a las 19.30 horas. Además del autor, se contará con la presencia de la escritora Mónica Drouilly y del arquitecto y comunicador Federico Sánchez.

 

 


RESEÑA


“Los siete cuentos que componen Un perfecto inútil están poblados de personajes solitarios, huérfanos emocionales e individualidades trizadas que observamos desde una rendija mientras exploramos a hurtadillas sus vidas, de la mano de una prosa que sugiere mucho más de lo que muestra.

Vizcaíno escucha con cuidado e invita a poner atención a un conjunto de voces que conforman un universo de diversas intimidades, de siluetas, de contornos que, desde estos relatos, van configurando pequeños mundos siempre en riesgo de caer en un caos que acabe con la estabilidad que han logrado conseguir, una estabilidad que muchas veces no satisface a los personajes aunque les permita seguir adelante.

 

Cubierta

UN PERFECTO INÚTIL
Marcelo Vizcaíno
Editorial Librosdementira, 2017
91 páginas
$8.000

 

 


ADELANTO


 

ARABESCOS ANARANJADOS

Cuento extraído de Un perfecto inútil (Librosdementira, 2017)

 

 

Marcia movió uno a uno los juguetes, demorándose a propósito, hasta que dejó vacías las alacenas más altas de la despensa. Cuando terminó de embalar esos plásticos descoloridos que ya no le interesaban a nadie, se sentó y concluyó que no, no quería ir. No le gustaba la casa de la niña Marita, pero la señora había insistido tanto y con un apuro tan sorpresivo que no encontró excusa para quedarse. Terminó yendo a regañadientes, apretujada en el asiento trasero del Jeep, acomodándose entre las cajas de juguetes olvidados y la ventanilla hermética.

—Sí, yo sé que tenías que preparar la dichosa causa con pulpo, pero mis nietas me insistieron en que les llevara los juguetes.

—Sí, señora.

—¡Justo hoy! Porque mañana irán a donarlos a no sé qué institución de san Juan de Lurigancho. Me vas a tener que ayudar a bajarlos, Marcia, ¿ya?

A pesar de llevar la cabeza inmovilizada por el manubrio de un triciclo, con sus ojos muy juntitos, Marcia pudo distinguir en una vidriera, y de refilón, un vestido con arabescos anaranjados.

—Y después acomódenlos con la Érika en la cochera de la Marita y yo, mientras tanto, me la llevo a la tienda nueva en Barranco para que se pruebe unos tailleurs que trajeron de Buenos Aires. ¡Ay, mi pobre Marita! Apenas si logra salir con esas niñitas endemoniadas. ¿Ya? Así puedo aprovechar con ella el rato que las malcriadas están en el colegio.

Fue en un local. En una calle que apenas divisó. Incompleto, leyó un 28 y siguió oyendo en su eterna resignación a la señora Ceci justificar la salida repentina:

—Siempre fue tan indecisa mi Marita linda que, cómo no, justo hoy quiso que la acompañara a elegir qué comprar para el matrimonio del sábado.

La mirada de Marcia iba flanqueada por las veredas del barrio de Miraflores resbalándole por el costado.

—Sí, señora, como usted diga —replicó automáticamente.

En ese mismo instante, Marcia calculó que no alcanzaría a ver la telenovela de las cuatro. Se perdería la cara de Victoria Paz Bascuñán cuando el joven Raúl Salaverry se decidiera por fin a dejarla y anunciarle, ahí seguido, que se casaría con su verdadera enamorada. En su pose inerte, aprisionada en el Jeep y ensimismada en tales pensamientos, Marcia continuaba oyendo a la señora Ceci, pero la voz le sonaba a lo lejos y cada tanto repetía un “sí, señora” para no adormecerse: solo el rostro del protagonista de la telenovela y el vestido de la calle veintiocho se dibujaban en su mente.

La conductora aminoró la velocidad hasta frenar y Marcia sintió ganas de pedirle que se fueran prontito, una vez acomodados los juguetes y ya, sin embargo, jamás contradecía a su patrona y nunca decía que no le gustaba venir a lo de la niña Marita, donde también trabajaba Érika, “otra mocosa arrogante de la sierra”. Esta vez debía aguantarse como las veces anteriores y se convenció de que, si se concentraba en el vestido con arabescos anaranjados, soportaría la telenovela de las cuatro en una casa ajena.

Érika entró a la cochera vestida igual que Marcia. Una frente a la otra parecía como si estuvieran distorsionadas ante un espejo mágico, ambas uniformadas con el mismo guardapolvo gris y llenitas de esas insignificantes puntillas. Mascullaron un saludo monosilábico. La que había llegado, apenas le rozó los ojos con los suyos. La otra, más joven, le sostuvo la mirada por unos segundos. Entonces la madre y la hija huyeron a la tienda y, sin decirse nada, las dos sirvientas bajaron y comenzaron a apilar las cajas con los juguetes.

Cuando estuvo todo acomodado, cuando los juguetes estuvieron ordenados y arrimados, el paso siguiente era simplemente esperar a que las señoras regresaran: “Me quedaré en la cocina y no me moveré”, decidió Marcia. Érika aprovechó el silencio de la casa para levantar la voz:

—Me enteré de una cosa —dijo, pero Marcia la ignoró por completo—. ¿Mmm? Tú no te llamas Marcia. ¡Yo sé cuál es tu verdadero nombre!

Marcia levantó las cejas dibujando un volcán, sus ojos se veían más juntos y su nariz se ensanchó. Un gesto silencioso, mezcla de ignorancia y rabia.

—Tú te llamas… Mar… cia… ¡na! —dijo Érika.

—¿Y quién te lo dijo? —preguntó con furia.

—Lo escuché en una comida. La niña Marita le contó a sus invitados que a su mamá Ceci le sonaba más chic llamarte Marcia y por eso te lo acortó: para darte más clase.

—Pero para no asustar a las niñas también… —dijo Marcia tímidamente.

—Siempre tan buena tú, Mar… cia… na…

Marcia atinó a encoger los hombros y buscó una excusa para pasar el tiempo ocupada en el borde del delantal, manoseando un tramo de puntilla que requería un zurcido urgente.

*

—¿En qué piensas, Marciana, que hoy estás tan pa´dentro?

—Medio volá ando, pensando en un vestido.

—¿Que te compraste?

—Nooo, qué va… reciencito lo vi en una vitrina mientras veníamos pa´quí.

—¿Dónde, pues?

—No sé… en una calle, algo con veintiocho…

—28 de julio, acá nomás —dijo entusiasmada la joven.

—Sí, puede ser. —Marcia alzó los hombros sin saber qué otra cosa decir.

—¡Vamos a verlo! Debe ser cerca —la animó Érika.

—Tengo que esperar a que la señora Ceci vuelva. ¿Y si no me encuentra aquí? No. No podemos dejar sola la casa de la niña Marita.

—¿Y para qué están las alarmas, pues?

*

Marcia no lo pensó más y se apuró a escapar de la casa. Algo, una fuerza extraña la alentaba, y respiró aliviada cuando llegó hasta la vereda. Esperó a Érika que demoraba su salida digitando la clave de las alarmas. Entonces Marcia levantó la cabeza y miró alrededor y pensó que le gustaban los árboles de ese barrio por el color amarillo apagado. A esa hora precisa, con esa luz. Érika salió transformada en otra chola, reemplazó su uniforme por ropa sport. “¿Y son tuyas, acaso?”, quiso averiguar Marcia. Pero no se atrevió. Por más bien que le quedaran las prendas, con su silencio, entendió que no las había tomado prestadas.

—¿Por acá? ¿Es aquí? ¿Allá? —instigaba Érika caminando ágilmente a la delantera, en una sola línea y por la vereda soleada de 28 de julio. Atrás, Marcia trataba de seguir el ritmo de las zancadas de su colega. Lentamente lograba apurar el paso pendulando su cuerpo como si caminara en su montaña. El resplandor la enceguecía impidiéndole distinguir dónde, en qué tienda había visto el vestido. Se sintió mareada intentando adivinar cuál era la boutique entre las que se sucedían. Se detuvo un momento. Achicó más los ojos y con su mano de visera avistó la figura relampagueante de Érika. Observó a su guía y se sorprendió por cómo había aprendido a mover el culo en los pocos meses que llevaba trabajando para la niña Marita. “Debió ser imitando a las ricachonas del barrio”, se dijo. Y a ella ¡cuánto le costaba salir! Su físico se había acostumbrado a moverse solo en la casa de la señora Ceci. Decía que se le resentía la osamenta cuando se alejaba de su pequeño escenario, porque ella estaba solamente para la cocina y todo lo demás eran “favores que una regala” y ojalá que nunca ocurran a la hora de la telenovela de la siesta.

A las siete cuadras se paró ante la vidriera. Clavó la vista azorada y el mareo desapareció de golpe. Ahí estaba. Hermoso. El vestido. Marcia fue acercándose, segura, ahora sí, de que no había sido el corte lo que había atrapado su atención desde el Jeep. Viendo su propia sonrisa en el vidrio hasta achatar su nariz, lo descubrió: ¡Los arabescos anaranjados! Instantáneamente sintió una brisa que avivó su pasado. Se imbuyó en las curvas irregulares del estampado y revivió las tareas escolares en el pueblo. Su paisaje montañoso sobrepuesto a su lápiz preferido —el del color de las naranjas— y se dejó llevar por esas líneas ondulantes, psicodélicas, igualitas a las que ella trazaba en el tercer grado, bajo el cariñoso apoyo de Específico Sánchez, maestro sin ningún honor. Recordó que aquellos dibujos fueron los últimos, porque no volvió a necesitar nunca más el cuaderno, tampoco tuvo que volver a la escuela. Hubo que salir a trabajar en la siembra. Ahí bastaba con saber sumar y algo de lectura. Ella había atesorado aquel cuaderno y lo evocó con tristeza. Sintió el impulso de salir corriendo e ir a buscarlo, pero Érika interrumpió sus recuerdos:

—Te gusta mucho, ¿no?

Marcia se alejó del vidrio y, como era su costumbre, encogió otra vez los hombros. Giró sobre sus pies cansados y enfrentó muda a la jovencita agachando su cabeza. Érika notó la espalda de Marcia reflejada en la vidriera rebasando por mucho los contornos del maniquí. Pero no importaba.

—Voy a preguntar por tu talla. Si tienen, te lo compraré —fanfarroneó Érika.

—¡Ni modo! Debe ser muy caro y no tienes por qué meterme en una vaina semejante.

—¿Acaso no te gusta?

—Ya, pero ¿y eso qué?

—Tú sabes. Voy a entrar y no te quedes aquí afuera que no eres mi mascota.

Sin escapatoria, Marcia aceptó. Sería su vestido. Todo el significado que de ese estampado se desprendía era demasiado valioso para negarse a tenerlo y de inmediato tuvo la sospecha de que, pasando el umbral de la tienda, lo que continuaría más tarde no iba a acabar bien.

Desde la sorprendente audacia de Érika frente a la fina vendedora que buscó una talla afín, hasta el pago con una tarjeta de crédito “vaya a saber una de quién sea”, Marcia se sintió incómoda, pero protegida por la joven. Olvidó por un momento su pequeño mundo de cacerolas, horno y fregadero. Sin cuotas, dijo Érika. Entonces Marcia experimentó dichosa la satisfacción de merecer esa prenda, a pesar de ser quizá cómplice de un delito. Y de repente, consciente de todo, un escalofrío le recorrió la nuca y delató la culpa. Supo que no saldría triunfal de esta aventura. Tomó la bolsa de papel y la aferró a su cuerpo instigando a su colega a retornar cuanto antes a la casa de Marita.

—Ahora sí, Marciana —dijo Érika lento al ritmo de sus pasos—: Cuando tienes tu premio, eres la apurada. Pues déjame que vuelva a la casa sin sudarme, que la señora de la tienda puede sospechar y nos manda a las dos ya sabes pa´dónde.

—La patrona Ceci con la Marita regresarán pronto. ¡Deberíamos apurarnos, pues! —presionó agitada.

—Relájate. Y no malogres la bolsa que te puede servir para tus paseos de domingo.

—Yo no tengo adónde ir los fines de semana —zanjó Marcia sin mirar a Érika.

—Vas a terminar convenciéndome de que eres marciana…

El regreso fue excitante. Encabezando, Marcia apretaba contra su pecho el vestido envuelto pensando en cómo eludir la deuda adquirida con Érika. Provocadora, Érika caminaba detrás con frialdad y en silencio, omitiendo las fachadas de Miraflores que parecían rendirle pleitesía en cada tranco.

El resplandor de las veredas perdió fuerza y, al desvanecerse de brillo, pareció acortar el camino de vuelta. Sin poder mirarla a los ojos desde que había comenzado la fechoría, ya se encontraban frente a la entrada de la casa y Marcia ansió que Érika desactivara la alarma lo más rápido posible. Al oír el último clic, la dueña del vestido arremetió por el pasillo hasta el baño de servicio, orientándose por los zócalos: una rata de laboratorio que busca un escape. Se encerró con llave y por fin pudo probárselo.

Lo encontró corto y advirtió que los arabescos se deformaban en su silueta regordeta, pero así y todo, al fijarse en el minúsculo espejo trizado del baño, su ceño dibujó un arco de satisfacción. A su juicio, el vestido seguía siendo precioso, pese a lo distinto que lucía en el lánguido maniquí.

—¿Y cómo te sienta? —preguntó Érika acercándose a la puerta, insistiendo en escuchar algún suspiro del otro lado y reteniendo las ansias por golpear.

No hubo respuesta inmediata. Marcia continuaba embobada frente al espejo posando de distintas maneras y posponiendo pensar en una escapatoria. Segundos después, gritó enérgicamente:

—¡La telenovela, Érika! ¡No debe haber terminado! ¡Corre a prender el televisor, pues!

Marcia aguardó callada, apoyando su espalda en la puerta para que no hubiese forma de que se abriera. Sentía la suavidad relajante del algodón del vestido. Se quedó así hasta que escuchó el sonido metálico del televisor: Raúl Salaverry discutía con Victoria Paz Bascuñán. “Ya le debe haber confesado que no la quiere”, aventuró emocionada. Recién ahí se atrevió a salir. No esperó la aprobación de Érika y acomodó una silla a su lado. Se sentía vestida para la ocasión, convertida en una elegante testigo de la más ansiada ruptura amorosa de la pantalla chica, aunque estuviese viéndola a oscuras en una pieza de servicio doméstico en Miraflores.

Marcia miraba obnubilada el gritoneado altercado entre los personajes, forzándose a pensar que las manos que comenzaban a acariciarla deformándole todavía más los arabescos eran las de Raúl Salaverry. No las de Érika.

Permaneció quieta, concentrada en la disputa televisiva, intentando negar o definitivamente entregándose a la escena real en la que le tocaba participar. Cuando comenzaron los comerciales cerró los ojos y se obligó a abrir la boca para recibir los labios que deseó fuesen de un hombre. Guapo. Un sabor a caída al vacío impregnó su paladar y tragó saliva hasta que el chirrido de las ruedas del Jeep entrando al garaje terminó con el beso. Érika se sobresaltó, de inmediato se acomodó el uniforme y huyó de la pieza para recibir a la señora Ceci y Marita que volvían con la ropa para el matrimonio. Marcia quedó desplomada frente al televisor, con sus ojos muy juntitos, ante el inmóvil anuncio que titilaba continuará.

 

 


Marcelo Vizcaíno.pngMARCELO VIZCAÍNO (San Juan, 1967). Ha cursado estudios de escritura creativa en la Universidad Diego Portales, participó en el taller de narrativa del crítico literario y escritor Camilo Marks. Entre otras distinciones, fue finalista en 2012 del Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet (Helsinki) y obtuvo en 2013 y 2016, la Beca de Creación Literaria del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Un perfecto inútil es su primera colección de cuentos.