Extracciones: La cacería [Marina Porcelli]

Cuento extraído de La cacería (Cuadrivio, 2016)


TRES PARA UN PAR PERFECTO

Tan arbitrario, va a pensar Heredia, cuando su mujer entre a la sala con las tazas de café, como estar acá, en este barrio de Temperley, sin haberme ido todavía. Arbitrario que el Mendocino se haya disparado en el lado derecho, casi en el hombro para variar, amortiguando el tiro hasta lo exagerado con una campera gruesa y una bufanda. A ver si encima no se muere. Pero el hombre queda ahí, tirado, y todo esto después de hablar de la pensión en Mendoza, un relato extraño que acabó girándose para decir (para decirme, en realidad) que la policía va a llegar en dos horas. Quizá por esto, entonces, Heredia se pregunta por las uñas. El Mendocino las tiene cuadradas, sucias, y como si se las arrancara con los dientes en vez de cortárselas. Las uñas siguen creciendo después de muerto, pero cuánto, durante cuánto tiempo, quiero decir. Y aunque suene raro, eso se pregunta Heredia. Se queda estudiando las uñas y el pelo del Mendocino porque prefiere no escuchar a su mujer, que entrará a la sala con las tazas de café, y la mirada algo asustada por el disparo y la voz brusca, que preguntará, que necesitará hablar y hablar, y hacer un gesto. Un gesto que delata desconfianza, un gesto ansioso que sin embargo reinventará el mundo de Heredia, y le hará sentir, entender paulatinamente y por fin, que algo se acomoda y vence el cansancio de los últimos días y la estupidez. Pero antes no. Ahora no. Ahora las cosas son todavía gratuitas, arbitrarias. Heredia está harto. Pensó en abandonarla, en el proceder apolillado de meterse en el baño para darse una ducha y salir por la ventana como un ladrón común. Total, en esas tres cuadras pasando San José nadie va a meterse con nadie. Nadie ve nada. Porque no hay nada que ver. Y él está harto, harto de la voz. No soportar la voz de alguien es no aguantar muchas cosas del otro, iba a pensar Heredia ese mediodía, cuando entraron a la casa. Ella había dejado los bolsos sobre la única silla de la sala, encontró la cocina y volvió con un tenedor de plástico y una cuchara. Le alcanzó uno de los paquetes, se sentó en el suelo, empezó a comer.

No fue tan difícil, dijo ella.

No se acabó, dijo él.

Ya casi, dijo ella.

No terminé, dijo él.

No seas cínico, cortó ella. Yo también hice el trabajo.

………..Fue entonces cuando Heredia no pudo soportar la voz. Cuando cayó en la cuenta de que no podía aguantar ese sonido ávido, intenso, agigantado por cierta euforia próxima. No era demasiado aguda, no era demasiado rápida ni demasiado lenta, era la voz de ella. Por eso él se quedó ahí, rehusando los mates durante toda la tarde, mirando de costado a su mujer, domado por la necesidad de abortar ese optimismo y ese bienestar en la actitud de ella, esperando el timbre para que los saquen, y todo termine de una vez.

………..A eso de las cinco, antes de que se clausurara el día, sonó el timbre y le abrieron al Mendocino. Heredia descubrió casi enseguida que no era el hombre que esperaban. El Mendocino dijo de dónde venía, y que buscaba al señor y la señora Nerval. Los nombres, en cambio, eran los de ellos. La mujer de Heredia se metió en la cocina para hacer café. De hecho, el Mendocino esperó a que ella se fuera para empezar. Le contó una historia rápida, sobre una pareja porteña que era bastante más joven que ellos dos, y que ocho años atrás había alquilado un cuarto en la pensión regenteada por su madre. No bien los conoció, el Mendocino les pidió que no entraran a la habitación del fondo. Ellos, al principio, fueron amigables, se quedaban conversando después del desayuno, ayudaban a la vieja con las compras. Pero una noche, el Mendocino descubrió que la joven dormía sola. Y esa es, quizá, una de las causas que lo trajeron acá.

Acá, adónde, dijo Heredia.

A Temperley. A usted.

………..Agregó que el café lo dejaban para después, que mejor le sirviera de esa botella. Y antes de que Heredia se la alcanzara del aparador, el Mendocino comentó lo de la policía. Entonces Heredia se enderezó muy lentamente, con los ojos atentos al arma ya fuera de la campera, y a la parábola rápida del brazo del Mendocino que la calzó sobre su propio hombro. Y disparó.

………..Así, todo pareció extrañarse para Heredia, todo fue arbitrario, y absurdo. Algo, de raíz, se había desacomodado. Como si las cosas de golpe perdieran peso, como si se vaciaran de realidad. Ahora, solo la voz saturada de su mujer viniendo desde la cocina, el tono insoportable al preguntar.

Qué pasó, qué pasó, dice ella, y deja las tazas en el suelo.

………..Él no contesta. No contesta porque le resulta evidente. Después hace una concesión.

Me estiré para alcanzar la botella, se giró apenas, se disparó.

En el lado derecho, dice ella. Nadie se pega un tiro ahí.

Heredia la mira.

No me lo digas a mí, dice después.

…………¿Lo conocías?, dice ella. Vos naciste en Mendoza. Y agrega: pero qué te contó.

………..Él recuerda una frase ambigua, un comentario intencional del Mendocino. La pareja era más joven que ellos, cierto, pero lo de la pensión sucedió ocho años atrás.

………..Habló de unos caballos, dice finalmente Heredia. De las ginebras que se tomó para venir.

………..No quiere mencionar lo de la policía. No quiere hacerle ese favor.

………..Sin embargo, ella no lo oye, no lo mira. Se ha inclinado sobre el cuerpo, ha dado vuelta el arma y la ha dejado otra vez en el piso. Después, lentamente, su brazo imita la parábola de colocar el revólver sobre su hombro.

………..Esto pasó, dice ella. Esto pasó. Desconfía. Heredia sin verla lo sabe, sabe que ella no le cree, y él se queda ahí, con los ojos prendidos a las uñas del muerto, sin ver a su mujer que ahora se pone de pie.

Qué vamos a hacer, dice ella.

Heredia la mira, la mira con intensidad.

Vos tocaste el arma, piensa.

………..Entonces calcula y hace un gesto para que no hable, para no escuchar de nuevo la voz. Si es cierto lo que dijo el Mendocino, en cualquier momento el timbre va a sonar, alguien va a entrar a la casa, y no precisamente para rescatarlos. Heredia coloca los dedos sobre el cuadrante de su reloj, después mira por la ventana, al día que se clausura afuera.

………..Veinte para las siete, le dice a su mujer. Voy a darme una ducha.


Marina PorcelliMARINA PORCELLI (Buenos Aires, 1978). Narradora y ensayista. Cursó estudios de Historia en la UBA. Ha publicado los volúmenes de cuentos De la noche rota (Universidad Nacional de La Plata, 2009) y La cacería (Cuadrivio, 2016), y ha sido antologada en diversas publicaciones de Hispanoamérica. Entre sus reconocimientos destacan el haber sido seleccionada Fonca/Conaculta para participar del Programa de Residencias Artísticas para Iberoamérica y Haití (2010), el ser galardonada con el premio Edmundo Valadés de cuento (2016) y el haber obtenido una residencia en Québec, Canadá (2016).