Punto de partida: Carreteras escénicas [acerca de ‘El Impala rojo’ de Antonio León]

En el prólogo, Ángel Ortuño nos dice: “Tú querías un libro de poesía —les podemos decir aquí a todos los lectores— pero El Impala rojo no es eso, sino su propio folleto explicativo o un storyboard de película punk”. Ahora bien, cuando todos quieran un libro de no-poesía (y quizá no estemos lejos), El Impala rojo seguirá sabiendo dar frutos a los lectores. Podríamos decir que su propuesta va más allá de cuestionar una estética gastada y alcanza a poner en foco otros aspectos de la forma de percibir una época.

Leight Bowery, artista de performance y diseñador australiano, conoció a Lucian Freud en Londres (1988) y se convirtió en su modelo. La serie “Postales” con que inicia el libro de Antonio León toma a estos personajes como figuras que pueden atravesar la plasticidad de toda corrosión sin titubeos:

y dijeron que en las postales

fue utilizado

el photoshop

que la carretera parece un bagre al fondo

con gaviotas difíciles de eviscerar

El Impala rojo agujerea carreteras de un cuerpo niño (que lee y choca contra las palabras), una sombra que va quedando lejos; formas de la muerte, con esa “marea roja” que amenaza en la ceguera continua de un sistema habituado.

La idea de “Road poetry”, término que subtitula la segunda parte, contiene de manera eficaz a la escritura de León. No por abordar pasajes de ruta sino por tajear el lienzo a modo de trayecto. Lo que comienza en textos iniciales no se detiene, apostando por una perpetua resignificación de cada tramo recorrido:

En el camino aparecen ciertos paredones que parecen

fantasmas. Leigh Bowery ha guardado piedras negras para

incrustarles ojos ficticios.

Las incrustaciones van alterándolo todo. El propio Leigh es una incrustación que descoloca un paisaje-con-otras-normas. El “mundo” pasa a formar parte de su mirada y no viceversa (“el artista mira hacia el sur / mientras se introduce piedras en el ombligo”).

En las últimas series leemos: “Los ancianos no son turistas”, he allí la “frontera verbal” de este tour; ellos son los testigos preferenciales de una transformación destructiva. El espacio es la mercancía del progreso y la vejez resulta atropellada por esa lógica. De un modo similar, la lógica de la escritura organiza bloques de sentido  para resistir la ocupación, con sus edificaciones siniestras, de cierto territorio:

No estamos huyendo si es una ciudad la que espera al final de los bloques que conocemos. Bloques de significado. Piezas únicas de la exhibición de autorretratos.

El recorte es este viaje que nunca llega a destino. Antonio León sabe que en ese suspenso está la zona en la que el relato de un partido de beisbol puede conectarse con los videos de spanking de la reina Isabel. Como decíamos al inicio, la fuerza de esta escritura arrastra a capas más profundas otros elementos menos evidentes: los muertos personales y los de todos, la erosión del tiempo, cierto esmalte de violencia que recubre cada aceleración.

Huir por “la carretera escénica” con un cielo naranja y un automóvil del ’65, con fotografías de la costa y selfies con “muertos a juego”; huir así desde y hacia ninguna parte. Sólo por dar movimiento a las cenizas, por remover la mugre que ocultamos bajo las publicidades para turistas.

 


diego-l-garciaDIEGO L. GARCÍA (Berazategui – Buenos Aires, 1983). Profesor en Letras, egresado de la Universidad Nacional de La Plata. Escribe poesía y crítica literaria. Entre sus publicaciones se encuentran: Fin del enigma (Editorial Municipal de Berazategui, 2011), Hiedra (La Luna Que, 2014), Ruido invierno (La Luna Que, 2015) y Esa trampa de ver (Añosluz Editora, 2016).

Su blog es: http://margendelpoema.blogspot.com.