Inéditos: Charles Muton y Albert Caster [Daniel Rojas Pachas]

Muton comenzó sus andadas en el mundo del cómic en los sesenta —en pleno auge de la carrera espacial— como accionista de un pequeño sello de California llamado Boundaries Press, dedicado a publicar historias sobre la conquista de otras galaxias, forajidos y mercenarios vagando en naves espaciales en busca de aventuras junto a razas extrañas y coloridas. Usualmente, los héroes en las historias de Muton eran hombres fornidos y rubios, recreaciones de ‘Flash Gordon’ aún más estilizadas y americanas que el modelo del cual tomaban su inspiración. Lo interesante de estas publicaciones menores, perdidas dentro del gran catálogo de revistas que surgieron en Estados Unidos dentro de la llamada Silver Age de los comics (pensemos que los sesenta vieron nacer a personajes como ‘Los Cuatro Fantásticos’ en Marvel y que en DC se dio el relanzamiento de ‘Linterna Verde’ con un nuevo origen y reinterpretación de los elementos de su universo), cuyos constituyentes destacaban por el tono adulto, sombrío y con elementos de “explotation”, que se adelanta a cintas como ‘Super Vixens’ de Russ Meyer o ‘They Call Her One Eye, Hooker’s Revenge’ de Bo Arne Vibenius.

Muton se jactaba de ser la mente maestra detrás de todas estas ideas de vanguardia que superaban —en profundidad— a todas esas burdas historias de policías espaciales con anillos fluorescentes y una familia con ridículos superpoderes peleando con hombres topo y monstruos devora-planetas. En numerosas ocasiones, se atrevía incluso a señalar ante los medios que sus personajes —sobre todo uno de sus favoritos, ‘Jango el cazafortunas’—, las mujeres que usualmente lo rodeaban (matizado siempre por un tono bastante lisérgico y sicodélico) serían la inspiración para el autor francés Jean-Claude Forest, creador de ‘Barbarella’, pues los primeros cómics de Boundaries son de mayo del sesenta, mientras que la heroína vería la luz uno o dos años después) y todo lo establecido por su sello en el apartado estético, fue sin duda plagiado y llevado a la pantalla con Jane Fonda a la cabeza, al menos ocho años más tarde. Asimismo, acusaba complots por parte de Hollywood, maldiciendo a Dino de Laurentis por financiar el timo y a Paco Rabanne por robarle sus diseños.

En una en una entrevista, cuatro años antes de su misteriosa muerte, Muton señaló que pretendía demandar a David Bowie por plagiar parte de la estética glam usada para ‘Space Oddity’. Un pequeño medio de prensa de California cubrió la noticia y, en ella, se puede apreciar una foto de un indignado Muton, sosteniendo en sus manos el vinilo del cantante inglés junto a tres números del primer arco argumental de ‘Steam Warriors’, una saga en que selenitas cruzaban el universo en busca de algo asimilable a un grial que revitalizaría a su moribundo planeta. Asimismo, en otra del 78’, dio cuenta de su odio declarado a los italianos y franceses por copiarle con descaro sus creaciones.

Los medios en realidad jamás lo tomaron en serio, sólo realizaban estas notas para llenar páginas y/o por el morbo y ridículo que significaban. El socio de Muton, Albert Caster, lo acompañaba siempre, pero no tomaba parte en estas acciones. De hecho, a pesar de no confraternizar con sus declaraciones, tampoco las frenaba, pues consideraba que la publicidad para el sello no era mala del todo.

Los ataques a los guionistas europeos, fueron a propósito del personaje ‘Django’ de Sergio Corbucci. A juicio de Muton, al igual que con ‘Barbarella’, el robo en esta ocasión había sido mucho más descarado, ya que al personaje de ‘Spaghetti Western’ tan sólo se le habría agregado una silente “D”, antecediendo el nombre del audaz ‘Jango, el cazafortunas’. Si bien las aventuras del rubio héroe eran en el espacio, el engendro de Muton era en esencia un pistolero, un outsider y un incomprendido que vagaba por las fronteras de la galaxia imponiendo la justicia con sus armas.

Las polémicas jamás cosecharon respuesta alguna de los implicados y, según lo veía Caster, ni siquiera llegaron a proyectarse más allá de los límites de California. Además, el sello contaba con problemas más reales como el rechazo unánime —primero— por parte de las Asociaciones en pro de la familia y luego, entrados los setenta, por parte de grupos en favor de los derechos de la mujer y la igualdad de los derechos civiles.

‘Jango el cazafortunas’ fue uno de los títulos que mayor éxito tuvo en Boundaries, principalmente en su segunda etapa, en la cual la revista pasó a llamarse tan sólo ‘Jango’, siguiendo la política de Muton de relanzar las historias sin importarle mucho la fidelidad de los seguidores en pos de la continuidad. En esos relanzamientos, muchas veces se alteraba el origen de los personajes, se eliminaban enemigos, ayudantes e incluso llegaba a modificarse el diseño del protagonista (y desde luego, se eliminaba todo el equipo creativo que había estado a cargo del título hasta ese punto: dibujante, entintador y colorista daban paso a un nuevo grupo de artistas). Si bien ‘Jango’ en su segunda etapa  conservó su look usual de prototipo ario con mallas, jetpack y sus acostumbrados rayos laser, se le dieron nuevas habilidades y su compañero ‘Mindorf’ —una especie de oso biónico que era su mascota y soporte cómico— fue eliminado, lo cual retiró los elementos “camp” de la historieta, adquiriendo una dimensión más violenta y sexualizada.

En ese momento, a pesar de que la revista se vendiera como un “pulp” para adultos, logró sortear los sellos de control parental, pues gran parte de la distribución de este título (con otros tres más de Boundaries), se realizaba en tiendas especializadas de magazines e incluso en tiendas para adultos (y no en los kioscos, como otras revistas del sello que sí tenían una estricta sujeción a las normas impuestas luego del escándalo que produjo el ensayo “La seducción del inocente” y el correspondiente Comics Code Authority).

Esta segunda etapa de ‘Jango’ fue dibujada por Jon Texeira, un joven dibujante de Minneapolis que gozaba de gran talento y capacidad para diseñar maquinarias y que traía un refrescante estilo muy ligado al cartoon. De hecho, había trabajado por un corto periodo en los nacientes estudios de animación de la Paramount y MGM, por lo que tenía una capacidad increíble para narrar escenas de acción y generar una sensación de movimiento no antes vista en occidente hasta la llegada de los mangas. Estudiante de arquitectura, Texeira se había retirado de la carrera para luego cursar “Teoría del arte” lo que lo dotaba de un conocimiento que aplicaba tanto para el diseño de estructuras y ambientes muy complejos, ideales para impensados mundos de fantasía que matizaba con técnicas mixtas que tiempo después serían elogiadas y puestas en comparación, con lo que por su parte haría Jim Steranko en ‘Nick Fury’. Las historias que Muton trabajó para ‘Jango’ —en conjunto con un par de anónimos guionistas que tan sólo se dedicaban a dar rienda a las excentricidades y solapada propaganda que gustaba filtrar al editor californiano—, entorpecían la creatividad de Texeira, lo que no impidió que el dibujante se luciera durante este periodo y —muchas veces— optará por desafiar al dueño de la empresa y controlador guionista, presentando originales en los cuales no eran tan necesaria la palabra sino más bien la secuencia visual, los juegos que rompían las viñetas y el fluir de las imágenes para construir una historia, lo que produjo serios roces entre Muton y Texeira. De hecho, el primero persistía en sus afanes panfletarios. No obstante, Caster terminaba siempre abogando en favor del dibujante, pues las ventas desde su ingreso a la compañía se habían triplicado, de modo que para el número quince de la serie, Texeira ya había cosechado un extenso fandom que aseveraba en las cientos de cartas que recibía a diario en la redacción de la editorial. Fuera de las insulsas aventuras que el personaje debía enfrentar, la revista era comprada tan solo para ver a las atractivas féminas que dibujaba Texeira, además de esos extraños mundos que muchos recién volverían a recordar años después. Ejemplos hay varios, como el apartado comercial Star Wars, las animaciones y dibujos de Roland Topor (en una línea más intelectual, por supuesto), e incluso el arte de Moebius, pues —hasta la fecha— los lectores no habían tenido la chance de explorar otra forma de concebir el espacio que no fuera kitsch y llena de humanoides ridículos con objetos que parecían artefactos de cocina de la época,  atestados de luces de navidad o tableros de aluminio llenos de estridentes y parpadeantes botones.

Celoso de Texeira, Muton —en un arranque de ira— atacó al dibujante una tarde de junio y forzó a seguridad a echar al joven dibujante de la editorial, alegando que este lo había agredido (no sin antes darse el gusto de humillarlo, rompiéndole en su cara una página de Jango que estaba terminando, entre amenazas de que lo hundiría y que jamás podría conseguir otra oportunidad real de trabajo en todo el país, pues él —personalmente— se encargaría de eso). Texeira fue despedido y la revista inició —con un nuevo equipo creativo— su tercera era. Si bien mantuvo el tono de la fase anterior, volvió a fichar artistas tradicionales y mediocres que no opacaran los guiones propagandísticos de Muton.

Las ventas descendieron y el título tuvo que cancelarse en el número de cinco del rebautizado ‘Jango, Defensor de las razas’ para dar paso a otras series que funcionaban mejor. El último número de esa tercera tirada de ‘Jango’, fue sin duda el más criticado por lectores e incluso por especialistas del medio, motivadas principalmente por la salida de Texeira (lo cual se hizo sentir desde que la noticia se filtró y Texeira pasó a integrar sin problemas las filas de Marvel Comics). Los lectores sin poder dar crédito, se enfrentaron en la edición de julio de ‘Jango’, a un nuevo nombre y a una historia que nada tenía que ver con la última aventura, en la que el personaje había quedado al borde de la muerte en un planeta-prisión dominado por hormigas gigantes que tenían rasgos humanoides que los hacían parecer asiáticos deformes. Lo peor —en todo caso— era el nuevo artista, carente de talento y sello personal. El cómic que los “fan boys” habían aprendido a amar debido al dibujo y las innovaciones creativas que había impuesto, descendió a la medianería de los comics de Boundaries: texto excesivo, discurso extenuante y viñetas lineales mal ilustradas. Sólo el número cuatro de la serie tuvo ventas regulares aunque no por su calidad precisamente, sino por el morbo asociado a la polémica edición. Bajo la fachada de “space opera”, subyacía —en la portada e interiores— una imagen degradante de judíos y negros, además de una apología al héroe ario. Por su postura caricaturesca, los detractores señalaron que recordaba al espíritu grotesco y panfletario de James Gillray durante la revolución francesa.

Lo más notorio de las series de Boundaries para la atención reciente de críticos, son las constantes sublecturas de racismo y misoginia que Muton traficó como guionista y editor en jefe. De los dibujantes de Boundaries Press es muy poco lo que se puede reseñar, pues mayormente eran jóvenes aspirantes a forjar una carrera en el medio, aunque con escaso talento para conseguirlo. Sin embargo, sí servían para plasmar las historias delirantes de Muton y Caster, cuyo objetivo siempre fue hacer llegar su ácida respuesta al sueño americano a miles de jóvenes. Pese a ser un sello independiente, lo consiguieron a través de la importante la distribución que alcanzaron. Apoyado por una fortuna heredada por sus abuelos, Muton se destacó desde joven en el área de las publicaciones. Su especialidad eran revistas destinadas a las dueñas de casa, revistas con recetas de cocina y consejos para la limpieza del hogar. Algunos críticos interesados en elaborar estudios sobre el feminismo, la teoría de género y la simbología misógina en el arte popular, han indagado en las publicaciones auspiciadas por Muton y sugieren que el trabajar en ese medio exacerbó su desprecio hacia la mujer, la que luego aparecería denigrada y sometida de forma velada, en los más de seiscientos comics que llegó a publicar a través de los diez títulos de su futura casa editora los cuales tuvieron una variada aceptación entre el público. Ahora, si se quisiera profundizar dicho análisis, la continuidad de cada uno resulta muy difícil de rastrear, pues durante la década que duró el auge de Boundaries, hubo lapsos en que algunos de los títulos dejaban de circular para luego ser relanzados con una nueva numeración, como spin-offs o incluso, con otros títulos cuyo relación con la historia previa sólo podrían  reconstruir los más fieles seguidores del sello. Sin embargo, hubo tres títulos que lograron una mayor atención de los lectores y que sobrevivieron hasta la desaparición de la editorial, que se dio un año después de la muerte de Muton (quien fue asesinado en un estacionamiento de un Walmart, al ser arrollado por la camioneta del exesposo de su segunda pareja).

Caster, en los años siguientes a la muerte de su compañero, declararía que ambos eran pareja desde que se conocieron en la universidad, que su relación homosexual no era secreto para los más cercanos y que los dos matrimonios de Muton habían sido simplemente arreglos económicos y familiares en intento por mantener una imagen de estabilidad y recato ante la opinión pública. Ya a mediados de los setenta, se comenzaba a fustigar a Muton, aunque no tanto por su labor como editor de revistas (que sólo entraban en la categoría de pulps), sino por inversiones que estaba haciendo con su fortuna, en pos de generar propaganda contraria a los grupos que buscaban la integración racial. Uno de los comics más conflictivos que Boundaries llegó a publicar en este apartado, fue “Invasiones espaciales”, el cual no podía asociarse a ningún título anterior o serie publicada a la fecha por el sello. Lo presentaron como un anual de cincuenta y ocho páginas, un especial dedicado a las guerras intergalácticas y al análisis a las perversiones de la hibridación interespacial. El largo y confuso subtítulo en la portada, escrito con unas temblorosas letras amarillas resaltadas por un borde fucsia, ha sido leído como una especie de declaración de los guionistas en contra de las relaciones interraciales y una especie de propaganda que busca mostrar al hombre de color como una bestia sodomita y agresiva. En la imagen de portada, podía verse a dos criaturas: una especie de pie grande espacial con ojos de mosca jalando de las piernas a una joven astronauta que estaba de espaldas sobre sus rodillas. El monstruo peludo de color negro parecía querer dar una palmada en el trasero de la chica (cubierto tan solo por una malla platinada), mientras con la otra mano —cuyos dedos son tentáculos fálicos—  agarrababa sugerentemente a la mujer rasgando su atuendo. La mirada de horror del personaje femenino es acompañada por otra escena degradante, en que una araña mutante está tratando de introducir en la boca de la astronauta, una especie de tubo metálico que sale de su garganta. La araña (también de color negro), tiene rasgos humanoides asimilables a las caricaturas de los hombres negros con grandes labios y orejas inmensas nacidas durante los cuarenta. El cómic fue publicado unos meses antes del asesinato de Muton y trajo graves repercusiones para el sello. Una vez más, el editor se comunicó con la prensa para denunciar amenazas en su contra, cartas de odio y llamadas extrañas en la noche. Incluso señaló que él y Caster, fueron agredidos durante la gira de presentación de la revista en Chicago a la salida de un restaurant por un grupo que se hacía llamar los Defensores de los Derechos Civiles.

Tras la muerte de Muton, la familia del principal sostenedor de Boundaries decidió dar por terminado el episodio editorial, clausurando toda la línea de producción. Asimismo, remataron todos los excedentes en bodega y los originales que no estaban en poder de Caster, fueron destruidos. Mucho material se perdió. Finalmente, Caster fue desvinculado de la empresa en la cual trabajó por veinte años como contador y principal apoyo de las ideas de Muton. No se le concedió ningún derecho intelectual sobre las obras que coprodujeron y el excontador —simplemente— se mantuvo activo unos años más, exponiendo en pequeños medios y a través de un precario fanzine (que en ocasiones se acompañaba de viñetas que artistas y amigos que publicaron en las revistas de Boundaries le donaban para apoyarlo), su lucha por develar las conspiraciones detrás de la muerte de su socio y pareja, crimen encubierto según Caster como un  delito pasional, cuando en realidad fue todo una movida política orquestada por los grupos feministas y por las Panteras Negras, a quienes Caster y Muton atribuían las amenazas tras la publicación de “Invasión Espacial”.

 

 


Daniel Rojas Pachas.pngDANIEL ROJAS PACHAS (Lima, 1983). Escritor y Editor. Actualmente reside en México dedicado plenamente a la escritura y a cargo de la dirección del sello editorial Cinosargo. Ha publicado los poemarios Gramma, Carne, Soma y Cristo Barroco, y las novelas Tremor, Random y Video killed the radio star. Sus textos están incluidos en varias antologías –textuales y virtuales– de poesía, ensayo y narrativa chilena y latinoamericana. Más información en su blog: http://danielrojaspachas.blogspot.com.