Extracciones: Escombros [Lucas Peralta]

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Poemas extraídos de Escombros (Barnacle, 2017)

 


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                                       A Francisco Madariaga

 

Cúspide a tiento y tajo, o como el obrero que cruje en la cuantía del suplicio. Así va la poesía amontonada de tanta humanidad. En la andadura del todo labor quedan las páginas del silabario a cuestas, el silencio indómito de la desmadre y el cerrado nudo rajado de la hechura.

Una mano en la tierra, como estuche en demasía, obra en palabras hacinadas de imposibilidad. Pacto o pieza repartida, labor que allana las luces de diecisiete convergentes marjales en el paraíso de la barriada. Rusticidad bella, manera de esquina grabada en el vértice del hambre.

Un año más de contar el desaire en el tupido lomo macizo a cuestas, en la aradura tosca de un año más transeúnte a caña. Canto chueco de los cazadores, laúd para estos heridos, palabras para estos hombres.

Modo y hallazgo para escudarse, materia verbal de la tierra. Integración vocálica del mundo como repertorio léxico, como funcionamiento considerado a texto y razón de ser.

Interrupción a lonja y mostrador, o como cuando, elípticamente, te arrancás de un tirón el inventario de todo aquello posible en el lenguaje. Así va la palabra por medio del barullo en desnivel. El pelaje del modelo y el pellejo de sus materiales señalan formas que realizan el patrón sintáctico de palabrota raída, la dificultad como caracterización del poema, y el rumor al ras por el camposanto de los hombres del hambre.

 

 


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Cuando digo lo que digo, es porque me ha vencido lo que digo

  1. Porchia

Habrá que masticar al mundo y así agotar toda obsesión o cómo hacer versos y masticar

piedras y elementos de origen. Nuevamente, la materia es fuente, lenguaje y horizonte que reclama. No basta con aquello que las palabras significan, sino con lo que callan. La falta de forma busca su ser, su estrépito. La tarea delimita caminos que encierran este enjambre de la poesía y su imposibilidad.

En torno a las palabras de enlace, a las cuevas

displicentes del verso, habrá que vallejear

en empeño diligente todo denuedo y cruce mutuo.

Persistencia y derredor en la tregua, tantear el complot vencedor cuando se dice. Si verbo y hambre no vivencian en yunta, la imposibilidad del lenguaje gana o parece reducir la emergencia estruendosa gramatical, semigramatical o agramatical. Persistencia y derredor en la tregua, tantear el complot vencedor cuando se dice.

Habla seca, inconclusa. O ese lugar erial en el lenguaje donde toda segunda lectura denota y reconstruye esquemas indicadores y niveles en recluso de ser.

Si la escritura o el mensaje escrito fingen decir, la poesía, así, no tendrá ni tiempo ni espacio propio, sino componentes sintácticos que se engendran en base de rótulos. Esta complejidad y su nivelación sanea y reubica nuevos diálogos, descolla sueños, cobija sacrificios y reformula componentes de producción en profundos signos antagónicos.

Entonces, la página en blanco continuará siéndolo. En demasía, a rabiar, en un raudal de palabras al pedo como rasgos hartos ya de cualidades y opciones sonoras en la refriega.

Dificultad. Conflicto. Esto es lo que suplementa todo hecho poético.

 

 


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Sobre la piel urbana, los masticadores ardidos por el ansia, arrojan los pedazos.

Ni alusión a la imagen, ni similitud simbólica posible; el combate obstinado roe toda elocución literal y conspira en el empleo innato de causante en jerarquía.

Frente a trece veces de silencio, como acogotar y verse, el rumbo disonante se desmanda en erratas de sujeción.

No basta con lo que las palabras significan. Tajeada ya la guarida en seca voz, repitiendo las hojas ya caídas, el apacible y tenaz encuentro alumbra el descampado de los rezagados.

Mi silencio y todo lo que nos han quitado: la palabra del todo caída, asumir la desdicha enredada, intervenir la infamia en concreción, y ese murmullo como silencio sospechoso.

Habrá que compendiar todo inicio embarrado, reponer la obstinación del vertedero en pugna y guerrear con el trabajo a mano y con el nudo nítido y templado del tajo a cuestas.

Si algo todavía no tiene palabra, la imitación será motivo para erigir los sonidos de limites lastimeros y abruptos baldíos. Giba como manojo de textos; miseria. Traer al poema alegórico como agravio y hundirlo en la gamberrada.

 

 


42

Como raíces salvajes. Sin fruto,
sin semillas. Así
se pudren las palabras.
Y sólo un vago hedor o aliento
sobrevive. Así
perduran las palabras.
Como un salmo sin dios en el vacío.
Guillermo Boido

En el murmullo de las piedras habitan los muchos de muros y tiempo, la traducción de plurales y los caminos en instrumento.

Hagamos la representación del destino evidente y mínimo –como el carácter verbal dador de campos de significado- en suposición de respiro, campo y muestra del lenguaje en proceso.

De toda página y agua en rostros, la forma de la palabra –en intemperie de caídas- arrastra sombras en la inobservancia móvil del mosaico acre y corriente.

En este incalculable amasijo de términos macilentos y depuestos, se decomisa el habla infecunda y voraz, las infringidas y desharrapadas unidades léxicas, o los tropiezos incurables y semánticos.

Aquí, desde las orillas del lenguaje, las cicatrices se doblegan por los caminos de escombros en perspectiva y altibajos; por componentes sintácticos que, en misión empecinada, desenvuelven contenidos utilizados en verificables procedimientos. Eso, solo contenidos.

Los niveles de poeticidad -o definición de lenguaje poético recíproco- rechazan mensaje y ciencia en cualquier manifestación metódica imprevista. Ciertos textos, a decir verdad, acercan su sitio en el discurso del recambio de esquemas.

Mimesis, o lugar poético hallable, en esta fricción de opciones teóricas y resabios semánticos buscadores de poesía. Cuando el lenguaje ejemplifique que nada sea cierto, la palabra arrancará mil hojas en blanco de pura imposibilidad, y licuará -en fronda- todo alfabeto de mensaje y comunicación virgen de propósitos inconciliables.

En resabio o grúa novicia de frases como posibilidad de lenguaje hurgan los salmos en el entreacto como noción impar a cualquier dependencia. Si el primer momento decodifica un mensaje, el segundo –disímil y en enojo- informa del silencio y manifiesta las traducciones y probabilidades de organización.

Volver, ahí, en medio del vórtice del diccionario barrizal terco. Sucedieron así palabras.

 

 


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I

Ni siquiera quedará el encapotado lenocinio de bravura y brea frecuente. Las versiones de la soledad -y zanja- ladean por el indebido tumulto de voces no cerebrales de intuición e instinto que glosa este linaje más allá de ciertos poemas que crecen en el anverso, y que rajan la cara.

Por dónde empezar en estos días de resultado abolido.

Origen. Pacto forzoso atinado. ¿Habrá acaso que flaquear en la desrauda e insondable quietud de las primeras palabras?

Por favor, alguien que plasme estos derrames.

 

II

Escribir como con ruido. A gritos. A pedradas de fusta apariencia en el departir tácito del pregón en el cogote. Por lo oscuro, son voces las que ensayan al reparo de la sombra de las palabras y, al cobijo bebido del río, el atolondrado pedazo textual considerado.

¿Los dos versos de Comentario XVII? Sencillo el intervalo en medio de la turba. No obstante, el intervenir la limosna hará reponer la recaída, bailotear en óbice yunta, y, en posible yunta, abrigar aquellos párpados que el baldío mujeril fechó.

 

III

¿La página sesenta y seis de Trilce? Sí, y toda la pobreza atardecida bajo vinos y versos interminables como alhaja digna plausible en los desatinados decesos de mesas y preguntas. Ánimo y lenguaje previo para regular el habla como instrumento y laburo comunicativo.

Encauzar y emitir con descaro la palabra desencajada en bloques léxicos y visión de totalidad. Así, como fragmentos aislados latentes, o esquemas e intuiciones agotadas rigen las bases que, a los ponchazos, comunican la densidad única e irrepetible de toda obra que sueña explotar por ahí.

 

IV

Métrica, estructura sonora, ritmo, imagen o propósitos desestimados de jerarquías en impío orden, coso este, o resabio guacho de escuelas.

En este incalculable amasijo de términos macilentos y depuestos, se decomisa el habla infecunda y voraz, las infringidas y desharrapadas unidades léxicas, o los tropiezos incurables y semánticos.

¿Y todo esto? Ecos descocidos o roturas cargantes en árido papel frente a palabras ya ajadas por el color y el dolor de la grieta; solo un puñado de significados al ras que, en preces, se debaten el signo, los límites en acto y carga; vestigios que por falta de tiempo –aunque cautos- recapitulan toda esta sarta de palabras al pedo arrojadas como imagen; sobras, nómina precisa de sombras.

Nada más. Palabras, nada más, o sombra de palabras como faca y canto. O versos raptados y emitidos como bastón siquiera.

 

V

Alboroto aprensivo y puntilloso en discurso repetido subyacente, mensaje y objeto que deriva y funda todo lenguaje aislado como resonancia poética y razón de ser en ambos planos de abolida petición. Los golpes reclaman imposibilidad, creación y comentarios de lo que casi logramos. Exégeta por los resquicios; las rendijas de una voz que comienza.

O pedazos de pura prosa que basan el secreto áspero y descreído de la intemperie en la sola explosión de un lenguaje ajado y harto ya de docilidades, obedientes al tanteo, embrolladas. Seres sin palabra, acá. Afuera se constituye la tentativa de secuencias que hombres deshablados tienen como opción.

 

VI

Desmembrados. En páramos sémicos se adquiere el relieve por la mitad del poema que chilla. Entonces escombros. Y el color de la intemperie y el hambre que ocluye la posibilidad de comunicar. Ir por los bordes, rescatar los pedazos en el equilibrio de un corpus ya abatido. Solo humanos, insignificantes fragmentos de lo que nos queda.

Deshechos como sustancia sonora más allá de toda escucha posible en la recurrencia de engendrar signos.

 

 


37 bis

 

I

En descenso andamos; abajo y más abajo mis semanas. Siempre nuestro polvo, secreto en un instante, frondoso en el compromiso de la lengua, se jacta allá de pertenecer a cualquier cosa.

En torna punta umbral andamos, y con vaina en existencia personal. Primero la naturaleza como lenguaje evidente, como dato y opción teórica, o como conductor obsesivo terco. Luego, anda a saber qué aspectos de comunicación común o actualización temporal política.

Y si el silencio es también una narración, la silueta puede ser un grito. O lo que organiza y constituye las secuencias y procedimientos en atavío armario rajado Un movimiento, rítmico, no importa, verso libre o provocar el manotazo que la poesía distingue. Algo. Cualquier cosa no, sino algo que muestre la superación; o la negación de la negación en la potencialidad de una palabra.

 

II

En montones de hambre andamos. Errantes, ahí. En la vereda embarrada nos vamos poniendo y así, con la pasión de dos que saben mirarse, volvemos a describir el límite original. Suerte de representación o un rasgo que, como modo de preceder, enchastre la inobservancia de tanto pinta de por ahí.

Fragmentos de lo que nos queda. Macizos, gruesos hoyendía que hermanan la pertenencia profunda de clase límite sobrepujada. El hambre no es simbolizable, el mundo tampoco. ¿Qué hacer? ¿Bastará aclarar un propósito?

 

III

… y entonces harapos. Noveles, vedados a la absoluta constitución de pretextos tan precisos como imprevistos. Marcha de acentos, cañonazos en la función del texto o simplemente ritmo.

Al corroborar un discurso, o derrota en sentido sepultada surge siempre la esquinera con carroña a cada paso, como variable y constante, como excesiva y baldón.

 

IV

He tratado de decir.

 

V                                                                                  

Estoy hablando, aunque entiendo que esto nada signifique.

 

 


39

 

Miríada de escombros, pedazos de tanta cosa que queda por ahí.

O solamente huellas, restos de momentos y lugares; datos empíricos.

Por recodos de compases, desparramar ausencias como semillas de toda soledad abatidas.

Inoíbles montañas de rezos se sumergen como embriones de piedra.

Presa de la intemperie la penumbra del lenguaje; restos, palabras sin significante.

O un rincón vacío que la lengua agrieta, o solamente un vacío lleno de rostros.

¿De qué se ríe mi generación? ¿De qué se acuerda? ¿A qué le está cantando?

 

 


Lucas Peralta.pngLUCAS PERALTA (Avellaneda, provincia de Buenos Aires, 1977). Alfabetizador, Docente de Literatura, periodista y miembro del colectivo de educadores populares del Bachillerato Popular Roca Negra. Becario del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini en el Departamento de Literatura y Sociedad. Entre sus publicaciones, destacan Orígenes de una literatura militante. Historia del primer movimiento cultural de la izquierda argentina (CCC Ediciones, 2007) y Escombros (Barnacle, 2017)