Inéditos: Las cintas [Nicolás Campos Farfán]

 

Matías, mi tercer hijo, murió por una picadura de insecto.

Fue en nuestras vacaciones en Caldera. Allí pasamos un buen tiempo, no maravilloso, pero andábamos bien. Nos reíamos, aunque esas risas de a poco se disipaban. Era marzo, y los veraneantes ya volvían a sus ciudades y sus trabajos. Pasábamos las tardes en la playa; yo nadaba un rato o dormía bajo el quitasol y mi marido Miguel jugaba con Matías, el hijo que más alcanzamos a disfrutar. A nuestros dos primeros niños los di a luz muertos y, cuando lo recuerdo, aparece una sensación ambigua, como si nunca los hubiera tenido. Parir un niño sin pulso, inerte, fue como parir un grito o un ruido blanco, o como vaciarse. Un ahogo nos acometía a Miguel y a mí al recordarlos.

Entonces nos abrazábamos; yo lo abrazaba.

Lo de Matías fue de noche. Alojábamos en una cabaña arrendada. Veíamos tele en la cama: Miguel al lado derecho, yo al izquierdo y Matías al medio. Transmitían una Teletón y una brisa tórrida hacía espesos nuestros movimientos. Apenas tapados con una sábana, sudábamos. Tuvimos que dejar las ventanas abiertas.

Para hacer reír a Matías hacíamos juegos. En uno mi esposo gritaba ¡sándwich! y saltábamos sobre Matías a darle besos. Se reía, pataleaba y le hacíamos más cosquillas.

Ya a oscuras, con la tele encendida, Miguel dio un grito de espanto. ¡Mónica, hay un pájaro en el dormitorio!, dijo, hay un pájaro, o un bicho grande, un ratón… me tocó. Creo que lo aplasté. Lo sentí patalear.

Escuché cerca un ruidito que no reconocí. Me apuré a presionar el interruptor de la luz junto a la puerta. Primero vi a Matías dormir y una fracción de segundo después vi un insecto enorme, succionando su sangre con una especie de tubo o sonda clavada en su cuello. ¡Quítaselo!, le grité a Miguel. Atinó a darle un manotazo al insecto, y éste cayó sobre el lado derecho de la cama, dejando en las sabanas unos salpicones rojos, pataleando. Agarré una revista y lo empujé al suelo. Miguel lo aplastó con un zapato, causando ese ruido entre crujiente y jugoso que emiten los bichos al ser molidos, terrible si lo que sonaba así, espeso, venía de mi hijo.

Revisamos a Matías. Dormía, pero notamos que no era por sueño. Lo agité y no respondió. Veía llegar la muerte de otro hijo, y comencé a desesperarme. Miguel entró en un trance similar. Lo zamarreábamos otra vez, y no respondía. Lo llevamos en nuestra camioneta al hospital más cercano. Debo reconocer que en el camino ya me resigné. Lloraba y, dejándolo recostado en el asiento trasero, le di a Matías los besos que pude. Miguel lloraba y gritó cosas que no comprendí. Pisó más fuerte el acelerador.

A pocas cuadras del hospital le pedí a Miguel que frenara. Estacionó la camioneta a un lado del camino y nos miró por el retrovisor. Sus manos quedaron al volante. Sus ojos lucían hinchados. Se sentó a nuestro lado y me abrazó. Debí consolarlo, pero no pude. Nos acomodamos y empezamos a acariciar a Matías. Miguel lo retuvo en sus brazos. Luego hizo algo patético: intentó moverlo, balanceándolo. Apenas percibíamos las luces de los autos adelantándonos en la avenida principal de Caldera.

Cuando me entregó al niño, volvió a sollozar. Lo recibí y tapé su cara con un chal. Miguel volvió conducir, lento hacia el hospital. Allí llegamos a la mesa de recepción. Dos enfermeras se llevaron al niño. No nos atrevimos a entrar a los pabellones.

Nunca supimos qué tipo de bicho mató a Matías, pero era enorme y tenía antenas largas. Hinchado con la sangre succionada, tenía el tamaño de un puño. Parecía un globo transparente, lleno de agua. Volteado, sus patas se agitaban. Supongo que era una vinchuca.

Al día siguiente realizamos la serie de trámites que conlleva la muerte de un ser querido. A la noche retornamos a Valparaíso. Los funerales fueron allá. Pasamos por un viaje muy largo, nueve horas en camioneta.

Antes de ser enterrado, Matías lucía amarillo. Ni con maquillaje se pudo disimular el tono que cobró su piel.

Previo a la misa fúnebre, con Miguel nos quedamos a la entrada de la capilla. Recibimos a quienes llegaran, su compañía y sus pésames. Vimos acercarse a mi suegro, y sucedió algo inesperado: iba con una sonrisa dibujada en la boca. Era como si no pudiera ocultarlo, y peor aún, su alegría iba en aumento. Viejo de mierda, pensé, incrédula.

Lo siento tanto, nos dijo, y le faltó poco para la carcajada. Lo siento, es una lástima, insistió y se alejó apurado. Se cubrió la boca para disimular su risa. Un frío me traspasó. No supe qué decir, ni entendí si se burlaba o pensaba en algún chiste.

Mi marido también se sorprendió, pero dijo: Perdónalo, es así.

¿Así de estúpido?, repliqué.

Él es así, me dijo Miguel, no puede sufrir mucho. No sabe ser ceremonioso.

¿Acaso se la vive enfiestado?, alegué.

Lloró por el Matías, dijo Miguel, me lo contó mi mamá. Es distinto para enfrentar las cosas. Incluso, cuando supera una crisis es como si la borrara y ya no tuviera nada con él. A mí también me costó entenderlo.

Se alegra como por magia, dije.

Exacto, respondió él, cansado de justificar lo absurdo.

Me fijé en mi suegro. Junto a la caseta de confesiones, en una de las bancas de la capilla, no lucía apenado. Al sentirse observado, volteó para evitarme. Su esposa notó lo ocurrido y le dio un manotazo. Le pidió que se contuviera para ir a despedirse de Matías. Entonces pasó lo más curioso. Cuando el viejo llegó ante el féretro blanco su cara se transformó. De sólo ver tan amarillo a Matías, de blanco y con sus brazos cruzados, quedó devastado, y su mandíbula cayó poco menos que al suelo. Deprimido, salió de la capilla. Creo que me hizo sonreír. Ignoro si fue obra de su absurdo, pero me sentí algo aliviada, aunque por decencia conservé esa vergüenza de cuando se vuelve a la risa después de sufrir.

Ahora me tocaba a mí esconder ese alivio, que a su vez me hizo advertir mi cansancio. Oí la misa sin alterarme por la sarta de estupideces del sacerdote. A mi lado Miguel lloraba, con su cara hinchada. Tuve sentimientos encontrados, pero al menos la misa no fue el trauma que esperé, que ya viví con mis hijos anteriores.

Avanzado el cortejo, volvió mi tristeza al despedir a Matías. Puse en su pecho un ramo de crisantemos. Cuando rompí en llanto, hundido ya el féretro, los empleados del cementerio arrojaron tierra al ataúd. Estiraron una alfombra de pasto sintético sobre la tumba y la ceremonia terminó. Nos retiramos, escoltados por los empleados y sus palas. Mi suegro había enmudecido. En tanto, oí a unos desconocidos detrás. Eran compañeros de oficina de Miguel. Uno de los ellos, viejo, le dijo al otro más joven que la infancia es el momento ideal para morir, si se desea morir feliz. Y el joven, apático, le dio la razón. Aunque nunca tan joven como el hijo de Miguel, añadió, ¿viste su foto al lado del ataúd? El viejo siguió: La edad ideal para morir sería los doce años, en mi opinión.

Aunque la charla era de nivel más bien bajo, no se equivocaban. Tuve dos niños mortinatos y otro que murió sin conocer alguna felicidad, pensé. Eso se parece mucho a no haber tenido hijos. Eso equivale a no tener ya ningún nexo con Miguel, concluí.

Días después los papás de Miguel nos invitaron a su casa. A la reunión fueron otros parientes de mi esposo, quienes intentaron distraernos. Por el contrario, a Miguel lo deprimían. Su luto iba a ser largo. Por mi parte conversé y hasta me divertí, conteniéndome. Comencé a acercarme mi suegro, quizá por curiosidad, y charlamos un rato. Pidió disculpas por la escena del cementerio y naturalmente lo perdoné. Hablamos, y hasta llegó a parecerme que nunca habíamos hablado en serio, apenas saludos y frases de cortesía. Quiso saber si aún pintaba. Al decirle que llevaba años sin siquiera dibujar, opinó, al parecer sincero, que era una pena. Había visto unas acuarelas mías y le agradaron. Dio una descripción certera de lo que intenté con esos trabajos y seguimos juntos hasta el final de la fiesta. Le cobré simpatía por su pequeño show, cosa que le hice saber. Pronto nos tuvimos confianza como para hablar nuestros asuntos.

Lo siguiente quizá sea previsible. Me hice amante de mi suegro. Nos llamábamos por teléfono y nos citamos cinco veces. Mientras Miguel insistía en su luto, con Leopoldo nos encamamos en los moteles cercanos a Concón. Hablábamos horas, y era mejor amante que su hijo. Leopoldo fue un aliado en los días venideros, que fueron malos.

Miguel comenzó a hartarse de mí, como si sospechara. No teníamos ya ninguna relación real. Tomaba tranquilizantes, y aunque eso podía justificarlo para no darme atención, ni siquiera fingía quererme. Me culpaba por nuestros hijos perdidos, y lo cierto es que una vez fue mi culpa. A nuestro primer niño, Manuel, lo perdí en un accidente. Tendría siete meses de embarazo, iba a todas partes en la camioneta y no me cuidé. El segundo salió a la luz estrangulado con el cordón umbilical.

La diferencia era que entonces nos apoyábamos. Ahora llegó a detestarme. Una vez lo oí desahogarse. Creyó que estaba fuera. En el patio, entre garabatos, gritó mi nombre y reventó contra la muralla unas botellas de pisco. Asustada, salí a dar un paseo. Quiso y pudo golpearme, pero se abstuvo. Mi actitud era odiosa; muchas veces lo hice sufrir.

Pese a todo, nos acercamos una noche. Llegó sin aviso Karen, su hermana, con comida de un restaurante y una botella de vino blanco. Logró animarnos, como no ocurría desde la noche en Caldera. Bebimos entre nosotras. Miguel no bebió, por temor a algún efecto secundario de sus pastillas. Como sea, Karen restituyó por un rato nuestra vida social. Tuvimos una charla grata, aunque nostálgica, en la cual anidaba un tono que insinuaba que para Miguel y yo estaba todo perdido. Y a su vez contenía otro tono menor, una suerte de eco entrelíneas que negaba lo anterior y nos indujo a creer que la relación dependía de nosotros. Sé que Miguel también lo pensó así.

Karen se fue. Con Miguel seguimos en la mesa, sorprendidos de estar uno frente a otro, forzados a charlar. Y nos llevamos bien, casi como convencidos de que el otro era alguien nuevo, alguien seductor. Asuntos de la necesidad, supongo, mentiras piadosas que una se cuenta. Le pedí una de sus pastillas y la tomé. Quedaba vino, le propuse que se bebiera el resto y lo hizo. Una última oportunidad, pensamos.

Sedados, nos gustamos un rato. Entramos al dormitorio y sólo alcanzamos a darnos unas breves caricias. Justo al desnudarnos, se nos apareció una alucinación. En la penumbra, una pareja idéntica a nosotros, digamos una Mónica B y un Miguel B, se acariciaba y hacía el amor en la cama. El Miguel B desvistió y penetró con vehemencia a mi doble, que se corría varias veces, unas corridas interminables. Nos dejaron perplejos. Cuando nos miramos Miguel sonrió, creo, feliz por verlos. Como si esa visión también nos sugiriera seguir juntos. Yo pensé lo contrario. La alucinación era burda, la consideré una parodia. Y esa felicidad repentina suya cambió drásticamente. Vi asombro y repugnancia en su cara cuando, acabado el coito, la Mónica B se tendió sobre la cama y el Miguel B comenzó a estrangularla despacio. Entretanto, ella se reía, como si le dijera que sabía que terminaría así porque era un cobarde.

La Mónica B cayó, no sé si muerta o dormida.

Quedé entusiasmada de un modo retorcido por esa imagen a semejanza mía. Aunque juzgué que la Mónica B no se me parecía. O no tanto, como cuando una aparece en una grabación y es sorpresivo oírse como si fuera otra.

Miguel palideció. Se vistió y se fue casi corriendo. No puedo estar más aquí, alcanzó a decir y subió a la camioneta. La alucinación se esfumó. Quedé sola, alterada, atenta a los ruidos de la calle, ladridos, ambulancias. Intenté dormir y no pude. Tampoco articulé ideas coherentes sobre lo sucedido. Al rato llegó el amanecer, iluminando el dormitorio, revelándolo. Al mirar ese avance gradual hice algunas reflexiones un poco erráticas. Fue una vigilia complicada. Recién dormí a las once de la mañana.

No supe qué hacer ni a quién acudir.

Tenía a Leopoldo solamente.

Estuve cuatro días sola. Aún con miedo, Miguel no volvía, y yo no lograba explicarme nada. Incluso creí que pudo suicidarse. Di paseos, al cerro Panteón para ver a Matías, caminé por la Avenida Alemania, comí en restaurantes ridículamente caros en el cerro Alegre.

Conozco Valparaíso. Allí no iba a divertirme sola, y busqué a Miguel. Telefoneé a su familia y amigos, y no respondían. Al llamarlo al trabajo supe que se tomó unos días libres. Sin embargo coincidí en avenida Uruguay con Mellado, un amigo suyo. Él, dubitativo, me contó que Miguel alojaba donde un amigo en común y parecía enfermo de los nervios. Quise visitarlo, pero Mellado me pidió no hacerlo. Dijo que supo lo ocurrido. Le pregunté qué sabía.

Lo de las imágenes, me dijo. Me lo contó como secreto a mí y a Álvaro, con quien está alojando. Dice que le da miedo hacerte daño.

Insistió en que no lo visitara hasta que él lo quisiera. Y le cumplí a Mellado. Seguí sin saber de Miguel hasta la noche en que volvió.

Esa vez llegó exaltado. Yo miraba la tele recostada en el sofá. Oí las llaves girando en la cerradura. Entró y se sentó en la mesa frente a mí. La falta de sueño había desfigurado sus facciones. Apaga eso, dijo y de su bolsillo sacó una caja con balas cobrizas. Sacó una pistola, la cargó sólo con dos balas e hizo rodar el cargador. Tembló al hacerlo. Le pregunté qué quería. Sólo vamos a hablar, contestó en voz alta. Parecía sobrio aunque no lo estaba. Vi su mirada como suspendida. Le dije que lo sentía pero no iba a hablarle si me amenazaba. Bota esas balas, le dije. Se irritó, soltó una especie de gruñido y enseguida se calmó.

Extrajo las balas del cargador. Las dejó sobre la mesa. Las tomé y las guardé en un bolsillo de mi chaqueta. ¿Por qué no habías venido?, dije. Su respuesta fue un sinsentido. Explicó que me amaba, pero no me soportaba. Dijo que la culpa era mía, pero me daría otra oportunidad. Llegó a pedirme que volviéramos. Ansiaba ser perdonado y recibido. Aproveché ese momento para tirar sus balas por la ventana. Dijo que quería confesar algo. Asentí levantando las cejas. Siempre te odié en secreto, dijo. La verdad, eso me irritó. Su patetismo era demasiado. Intenté responderle sin ser hiriente, pero no pude no tratarlo de mierda, de cobarde.

Entonces su humildad se fue y apareció lo que temió. En él, digamos, apareció el Miguel B. Diría que trató de estrangularme, como su duplicado. Pero era triste, su susto era claro. Gritó varias veces: Repite eso, repítelo. Pero su fuerza no me dañaba. Supe que no se atrevería a nada. Quizá lo peor fue que no sentí miedo y mi enojo estuvo cerca de volverse burla. Puse mis manos en sus brazos y los alejé, aunque ya no presionaban. Lo dejé sufrir. Quizá si me hubiera reído me habría matado. O peor hubiera sido si le confesara mi relación con su papá, aunque callé, por Leopoldo.

Volvió a irse en su camioneta. Quedé en el sillón cuando recordé que estaba armado. Fui a revisar la mesa. Se había llevado su revólver. En ningún momento noté que tomó el arma. Cuando lo insulté tuvo la pistola en su bolsillo. Entonces sentí pavor. Con un arma de fuego en medio imaginé cualquier cosa, y el único que podía ayudarme era Leopoldo. Ya no podía quedarme allí. Tomé un taxi y pedí que me dejaran a unas cuadras de su casa porque Miguel podría estar allí. Al bajar del taxi caminé sigilosa, esperando no encontrar la camioneta frente a la casa. Sólo encontré el Toyota de Leopoldo. Las luces del living estaban encendidas. Al tocar el timbre vi salir a la madre de Miguel, de pijama. Sorprendida, me hizo pasar y sentarme en el sillón. Le dije que necesitaba hablar con su marido algo urgente.

Leopoldo se asustó al verme con su esposa. Necesito su ayuda, le dije, ¿podemos ir a hablar afuera? Miró a su esposa como diciendo “quizá qué quiere la pobre”. Se abrigó y salimos a la calle. Quedó espantado cuando supo del incidente con Miguel. ¿Le contaste lo de nosotros, verdad?, dijo. Le aseguré que Miguel no lo sabía.

¿Y qué vas a hacer?, me dijo. Hay que sacarte de esa casa, Miguel va a volver. Podrías irte por unos días, mañana si se puede. Vamos a tu casa, busco unas cosas y vuelvo.

Hablaba de su hijo como de un desconocido, o como si le temiera. Entre ellos había afecto, pero no cercanía.

Yendo hacia mi casa, más serio, Leopoldo dijo: También tengo pistola, la traigo aquí. Si Miguel vuelve idiota a la casa, lo voy a encañonar. No voy a disparar, pero habrá que disparar al aire, o al piso.

Sonreía. Era clara su seguridad en que no vería a su hijo. Como es lógico, me aterró saber que estaba armado.

Cuando llegamos, la casa tenía las luces encendidas y la puerta estaba a medio abrir. Me aferré al brazo de Leopoldo y le pedí que nos fuéramos. Me dijo que esperara en el auto, y entró a revisar. Llevaba la pistola en su mano izquierda, apuntaba hacia el suelo. Era ya de noche. En la calle no se oía el menor ruido.

Se demoró, hasta que salió, relajado. Dijo que no vio nada anormal. Entramos juntos y noté que faltaban las cosas de Miguel. También faltaban otras pertenencias mutuas, entre ellas el equipo de música. Leopoldo revisó el patio mientras cerré la puerta delantera con llave. Más tarde, insistió en que debía irme, que empacara y que apenas despertáramos me llevaría al rodoviario. ¿Tienes dónde ir?, quiso saber. Le aseguré que sí. Él no quiso saber dónde iría. Mejor así, pensé. Empaqué mis cosas con cuidado, procurando llevar el máximo. Nada parecía sobrar en ese momento.

Quise saber qué le dijo Leo a su mujer para acompañarme. Mejor que no lo sepas, dijo. Curiosamente, también acepté esa respuesta. Socarrón e infantil, volvió a sonreírme. Se creía en medio de una travesura. De hecho, durante ese rato hizo amagos de seducirme y llevarme a la cama. Únicamente le permití tocarme y besarme un poco. Incluso lo dejé masturbarme o algo similar aunque más breve. Lo hizo con dificultad, sin mi ayuda. Me quedé inmóvil, y como pudo metió sus dedos entre mis piernas cerradas, incómodo entre la falda y las medias. Le dije: No va a pasar, no aquí. Preguntó si era por Miguel y lo negué, aunque tuvo razón. Debí imaginar que si lo hacíamos, llegaría Miguel, armado. Podría dispararnos a bocajarro. Era una idea con cierta gracia: morir como la Mónica B.

Pasadas las cuatro a.m. terminé de empacar. Entonces Leo volvió a insistir. Venga, acompáñeme, dijo. Tomó mi mano y me condujo a la cama. Se formó una situación incómoda. Volví a decirle que no sucedería. Está bien, tú sabes si quieres o no, me dijo, ¿pero no vas a dormir, aunque sea un poco? Dio un par de golpecitos en el colchón, a modo de invitación. Debía dormir, tenía razón en eso, pero no quería acostarme con él. Tampoco quería contarle que me inquietaba pensar en Miguel, menos rechazarlo ni hacerlo sentir mal. Me recosté a su lado sobre los cobertores y él comenzó a desnudarse. Se quitó primero la chaqueta, que cayó al suelo con un ruido pesado que reconocí como el de la pistola en su bolsillo. Pasó a quitarse los pantalones. Lo quedé mirando. Duermo así siempre, lo sabes, dijo. Como si cinco veces en un motel implicara una intimidad.

Estaba seguro de seducirme, cuando provocaba el efecto inverso. En esa cama que fue de su hijo él sólo podía ser mi suegro. Sentí vergüenza, deseos de remediarlo. De pronto me aproximé a él y comencé a tocarlo, a masturbarlo. Al comienzo quiso besarme, pero lo aparté. Se dejó hacer y se recostó. Lo que quería evitar era desnudarme. No dejaba de imaginar lo horrible que sería que Miguel me viera desnuda con él. Ignoro los motivos, pero en mis pensamientos lo malo estaba más en la desnudez que en el sexo, o que en el engaño. Lo masturbé apurada, quería que terminara ya. Intentó levantarse, otra vez besarme, y lo dejé besarme un poco y otra vez lo empujé a su posición. Esta vez comencé, además de masturbarlo, a practicarle un poco de sexo oral. Nada que no hubiéramos hecho ya, con la diferencia de que ahora dominé todo. Jamás me gustó eso, detesto dominar. Leopoldo estaba entregado, llegó a tener estertores. Nunca me pareció tan torpe y manipulable. Así era Miguel, no Leopoldo. Miré hacia el velador. En su cajón, dentro de una cajita, guardaba un consolador y mis cremas. Pensé: si lo usé para penetrar a su hijo, por qué no a él. Estiré mi mano hasta el velador. No lo saqué.

No conseguía hacerlo terminar. Más suave, oí. Le hice caso y lo hacía bien, aunque sin concentrarme. Y cuando lo logré, lo sentí temblar y también yo temblaba, así que sólo atiné a cerrar los ojos y a repetir mecánicamente ese movimiento. Hasta que terminó y me abordó una profunda calma. Apoyé mi cara sobre sus muslos. Enseguida sentí una picazón en mis pómulos. Tenía las mejillas irritadas, resecas. Noté que estuve llorando.

No lo entendí, pero no me afectó. Apenas nos iluminaba la luz que llegaba del living. Leopoldo no vio mis lágrimas. Le dije que iba al baño, aunque fui hacia la cocina. Tenía sed, necesitaba un vaso de agua, además de mojarme la cara, reseca. Lloré de miedo, o de pena por mí. O por Miguel, no lo sé. ¿Lo había ofendido acaso? Lo raro fue que no me desahogara antes. Todos esos días estuve apenas reaccionando, sin meditar ni sufrir. Ahora la lucidez me arrasó y creo que por eso lloré. A mi vida se acercaban cambios inmensos. No podía imaginarlos, menos dimensionarlos, y por lo mismo me intimidaban. Intentaba imaginarlos cuando me sorprendió otra cosa, algo que no pasaba desde mi niñez.

A oscuras, con el vaso de agua en mi mano, desde el living vi unas estelas que cruzaban cada una de las habitaciones de la casa. Un número considerable de líneas o cintas o hilos entrecruzados. Una madeja de telarañas de colores brillantes. Recorrían toda la casa, desde la entrada hasta la cocina, incluso el patio. Me costó un poco, pero después, maravillada, entendí que eran esas estelas y me emocionó. Eran las trayectorias de cada  lugar por donde pasé, y de los que habitaron conmigo esa casa. Cada color representaba las partes por donde pasó alguien. La mayoría eran verdes, rojas y azules. Las verdes eran los trayectos de Matías, las rojas los de Miguel y las celestes los míos. Las vi y recordé claras las veces en que Miguel cambiaba las ampolletas o arreglaba el entretecho, así como su lugar en la cama y su sillón de mimbre en el patio. Vi las veces cuando Matías jugó debajo de la mesa, en el patio. Lloré otra vez al observar todo eso. Sin embargo, pronto descubrí que eran mis lágrimas las que, en parte, causaban esa visión.

No sé si esas imágenes fueron hermosas o tristes. Al menos habíamos creado algo bello con nuestro ir y venir a través de esa casa. Eso sí, había en la alucinación una cosa insidiosa, y es que mis recuerdos y mi tristeza se alimentaban entre sí. Mientras más recordaba al mirar esas cintas, esas telarañas, más lloraba, y viceversa. Ese proceso se repitió unas cuantas veces hasta que pude secarme las lágrimas. Las cintas se evaporaron. Volví a la pieza a hurtadillas.

Leopoldo dormía, y no roncaba, cosa inusual para un hombre viejo. Intenté hacer lo mismo, pero no pude. Llegué a sentirme sobresaltada y luego vacía. Pasadas las seis lo desperté para que partiéramos. Aún bebía su café cuando subí mis bultos al Toyota. La mañana era luminosa y fría. Al bostezar exhalábamos vapor. Desde que el auto partió estuvimos serios, ceremoniosos. Le hablé, pero sólo vaguedades para mantenerlo despierto. Avanzamos por Pedro Montt y la gente se dirigía a sus trabajos, subía a las micros, abría los negocios. El sol alargaba sus sombras, cosa habitual de esa calle.

Caminamos hasta las puertas del rodoviario. Hicimos un alto, un beso de despedida que me dio y acepté. Me entregó un fajo delgado de billetes que, tras un segundo de turbación, agradecí. Fue como abrazar a un padre. Le dije que hasta allí llegábamos; no quise que supiera el destino de mi pasaje. Mirándolo irse, me retiré casi arrastrando mis bolsos. Pagué el pasaje y subí al bus. Ya, puedo volver a ser como antes, debí pensar. Era lo que deseaba, si acaso deseaba algo. O al menos me ayudaba a creer que viajaba con un fin. Mi asiento daba al pasillo, contiguo al de una niña que me recordaba mucho a mí, que viajaba sola y tenía un semblante relajado. La niña miraba a veces por la ventana pero casi todo el tiempo se divertía con un aparato portátil de videojuegos. La quedé mirando, no me prestaba atención. Llevaba a cabo la partida de un juego en que no perdía nunca o, me temo, no se podía perder. En un paisaje abierto, su personaje deambulaba por prados, casas y castillos y hablaba con desconocidos, recolectando información, sin llegar a ninguna parte ni conseguir nada definido.

 

 


Nicolás Campos FarfánNICOLÁS CAMPOS FARFÁN (Santiago, 1983). Estudió filosofía. En 2013 publicó La distancia y publicará prontamente Aquí comienzas tú y termino yo, ambas novelas. Actualmente prepara un libro de cuentos, Te volverás un extraño, y otra novela, Cuatro fiestas.