Adelanto: El otoño de las ansias [Alejandro Rozas]

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*Extracto de El otoño de las ansias (Los perros románticos, 2017)

I


 

Luego de otra de nuestras discusiones, Ofelia se durmió apoyada en su incómoda panza de casi ocho meses de embarazo. Aprovecho esta calma momentánea y me siento en el escritorio a pensar en qué haré para poder escribir esa novela.

Saco una foto del cajón. Luego de mirarla un instante, los dedos de mi mano izquierda comienzan a temblar. Como esas cosas inexplicables que uno simplemente acepta, la guardo, suponiendo que se trata de un repentino ataque de nostalgia o un espasmo involuntario, fruto del complejo momento que atravesamos estos días. No es fácil sentarse a escudriñar el pasado buscando respuestas, en medio de una crisis económica. Tampoco lo es, tras varios intentos, no poder comenzar a escribir.

Camino por la casa buscando algo. Corro la cortina, abro y cierro cajones, ordeno unos papeles. No tengo claro qué diablos es lo que busco. Hace mucho calor, pero por la ventana sopla una brisa tenue. Los visillos se sacuden suavemente cerca del cuerpo de Ofelia. La miro de reojo cada cinco minutos. Saco unos hielos del viejo refrigerador blanco y la vuelvo a mirar. Me sirvo un vaso de coca cola sin azúcar, miro el computador portátil esbozando la vaga idea de comenzar a trabajar en algo, lo que sea, pero estoy indefectiblemente nervioso. Me siento presionado por el hecho inminente de que ella, en un momento, despierte.

Gran parte de la zona central del país ha entrado en una ola de calor histórica, superando los 35 grados a la sombra. La gente en las calles se ve agobiada, doblegada por un sol que ilumina las escenas en un tono pajizo, donde las cosas a comienzan a agitarse a lo lejos; como si toda la comunidad estuviera sobre una gran sartén. El clima, insoportable, me empuja con frecuencia a procrastinar y eso ha colaborado con la frustrante situación de no avanzar ni comenzar ninguno de mis proyectos. Mientras más problemas conlleva el calor, más postergo todo pensando lo haré cuando pase el calor, o esto quedaría mejor si lo hago un día nublado. O simplemente no hago nada, bloqueado, caminando por la casa intentando hacer algo, secretamente horrorizado.

Van dos meses de este clima, pero es muy difícil percibirlo así. Para mí ha sido una eternidad. Los días de frío y lluvia me parecen una especie de imagen implantada en el cerebro de algo que nunca viví. Olvidé haber sentido frío alguna vez.

Hace dos meses nos cambiamos a esta casa. Cuando recién llegamos estaba muy a mal traer y tuve que arreglarla pintando las paredes, que tenían un color bermejo gastado, además de reparar instalaciones eléctricas (cosa que no había hecho antes y profundamente detesto). He trabajado todo este tiempo en mejoras pero aún hay muchísimas tareas, como revisar la cañería del gas que a veces libera un poco de olor, instalar repisas y una larga lista de pendientes. Las labores de una casa son infinitas y esa eternidad agobia con solo imaginarlo. Mi papel de dueño de casa y pronto padre de familia requiere competencias que estoy tratando de tener para hacerme acreedor del cargo. Ahora la casa luce más bonita, con colores damasco que la iluminan cálidamente, además de cortinas verdes con sus respectivos visillos blancos. Sobre las mesas y muebles hay pequeños manteles circulares, como mandalas de mimbre teñido de colores ocre y en el centro de cada una de ellas, hay miniaturas de arreglos florales. Hay un horno eléctrico para calentar el pan, hervidor y vajillas de colores traídos desde los más populares retails. En el medio de la alfombra, la gata ronronea, pasea un rato y se estira para finalmente volver a dormirse. Después de mirar el hogar que hemos creado, me veo de pié, a un costado (o sumido) en todo esto. Mi papel en esta escena es reparar detalles de la casa, proveer la mitad de las cuentas que genera y cuidar de la mujer de tez blanca que duerme plácidamente en el living.

Sentado aferrado al vaso de coca cola miro sus pecas y sus ojos almendrados y olvido por un instante nuestras dificultades. Su frente me recuerda una actriz nacional que amé platónicamente durante mi infancia y cuyo nombre no recuerdo. Me parece que es algo así como Carmen Disa. Cuando niño seguí por años los insufribles roles de esa actriz en el área dramática de TVN, aunque pensándolo bien, tal vez solo seguía esa frente. Cuando una teleserie de la Disa iba a terminar, sufría en silencio al saber que no volvería a verla en ese personaje y dejaría de admirar por un tiempo esa frente preciosa, ese semicírculo pálido, pletórico de dulzura. Ofelia, por un capricho de la suerte tiene la misma frente de esa actriz. Definitivamente Carmen Disa es su nombre. Ofelia tiene, por la gracia de los Dioses, la inconmensurable frente de Carmen Disa.

Trabaja como profesora de educación básica. O mejor dicho, trabajaba como tal hasta su licencia prenatal. A veces su humor cambia de golpe tal vez porque extraña el ambiente del colegio. Estando en esta casa donde los últimos meses hablamos poco, le queda el vacío de los niños gritando en los recreos, los almuerzos efímeros con los colegas y el estar rodeada de gente en esa eléctrica sintonía educacional. Ella representa un inmenso misterio para mí, sobre todo con detalles absurdos, como que le guste comprar un gran trozo de zapallo donde quiera que lo vea, supermercado o feria, elige el más coloradito como dice su madre, lo compra impulsivamente con una expresión de satisfacción, aunque no coma zapallo y odie su sabor y lo congele picado en bolsitas plásticas, para siempre. Hay otros detalles que son más complejos, como su manera de decirme cosas con la mirada. Cosas que creo interpretar a veces y que, en ocasiones, no logro comprender y me parecen revelaciones enormes de cosas que provienen de otra dimensión comunicativa. Cosas en ella que evito, con la sensación de que pueden hacerme perder la razón.

Me instalo a regar los arbustos y ficus que hemos plantado en el antejardín. Ahora hay tiempo de regar. Durante los últimos meses como publicista independiente he tenido cada vez menos trabajo, así que hay tiempo para cuidar de Ofelia con sus dolores y bochornos y ayudarla, preparando de vez en cuando el almuerzo y cuidando el aseo de la casa. Ahora hay tiempo, pero a finales del año pasado tuve mucho trabajo y esa cantidad de tiempo libre era algo impensado. Tuve varios encargos en una pequeña agencia de publicidad que levanté, orientada a las pequeñas empresas cercanas para quienes desarrollé algunas acciones de marketing. Logré que esto funcionara por varios meses pagando las cuentas. Pero desde hace un tiempo el volumen de encargos ha bajado y los clientes han ido frenando de a poco la inversión, temiendo como dicen ellos, que los empresarios vuelvan a parar la economía por los cambios que está haciendo el gobierno. No quiero impacientarme por esto. Tengo algo de dinero guardado del período fecundo para aguantar al menos un mes más, así que, riego, con el chorro de agua muy delgado, provocando una lluvia que bañe suavemente toda la vegetación del antejardín.

Ofelia gira su cabeza en gesto de incomodidad y despierta. Se pone de pié lentamente y pasa por mi lado directo a lavar algunos platos. Comienza a ir de un lado para otro y no la puedo retener. Se mueve por toda la casa haciendo sonar sus pies descalzos contra el piso. La miro y espero el momento adecuado y el lenguaje preciso para volver a hablar después de haber discutido. La veo. La sigo y finalmente ese momento no se genera. Enrollo la manguera en silencio, la cuelgo del gancho para que estile y me seco las manos con un trapo. Veo que se sienta en el sofá y enciende la televisión. Me lavo las manos, le preparo una limonada fría y le pongo el ventilador. El embarazo sobre todo en su última etapa es algo complejo. En estos casos el hombre a veces está condenado a mirar sin poder hacer mucho por mejorar la situación. Le aviso que la comida está lista. Me mira con enormes ojos esperando que le diga qué es lo que preparé. Revisa el horno y ve dos zapallitos italianos rellenos. No mueve ningún músculo de la cara y comienza a acomodar en la mesa los individuales, vasos, servilletas y cubiertos. Veo que no está contenta y sé que es porque no le gusta el menú, o al menos no es de sus favoritos. El hambre se me desaparece y para que ella no lo note, salgo a la puerta.

Respiro hondo olvidándome del almuerzo por un instante. Miro los departamentos al interior del block, paseo por sus colores y decoraciones pensando en otra cosa. Las señoras del barrio están haciendo cosas de señoras de barrio: sacudiendo felpudos o caminando a dejar niños al colegio. En las puertas de dos de los hogares hay señoras hablando y mirando de reojo cada cierto tiempo. Una niña pasa pedaleando veloz sobre su bicicleta, gritando. Viendo a las señoras conversar de mil cosas y entre ellas tal vez sobre esta nueva familia en la comunidad: La pareja del hombre que riega y trabaja en su casa o está cesante (o un poco de las dos cosas) junto a su mujer a punto de dar a luz. Y ése es quizá el gran vértigo de esta historia. Una historia que habla de un joven preocupado y su mujer embarazada. Una historia que cae hacia algo que es la normalidad. Él cae en picada a la urgencia de que surjan trabajos y lograr que un plato de zapallos italianos sea algo excelente o tratar de lograr excelencia en algo versus sólo regar y cocinar. Quizá las señoras ni remotamente se juntan a hablar de eso. Se apoyan en un escobillón frente a otra dueña de casa apoyada en otro escobillón de otro color o tal vez del mismo a hablar de otras dueñas de casa que no califican en los estándares de dueña de casa y jamás hablan de seres anónimos en búsqueda de la excelencia, en picada hacia algo. Somos algo que las dueñas de casa ignoran y tal vez nunca sabrán y por eso conversan a menudo, tratando de dar con ello a partir del aroma de los zapallos italianos horneándose. Las niñas pasan de vuelta en la bicicleta, gritando más fuerte.
Para los zapallitos rellenos de hoy lo que hago primero es saltear la cebolla hasta que esté transparente, luego agrego la carne, le pongo especias y vino blanco. Evito el eneldo y el romero, enemigos del paladar de Ofelia. Luego agrego el zapallo cocido, colado previamente para sacarle el agua que trae, y cuando está casi listo agrego un puñado de arroz y una pizca de curry. Tapo los zapallos con queso y los pongo al horno. Y justo ahí, busco algo más, y en pos de esa excelencia les pongo papas fritas al lado y las baño con un poco de salsa de yogurt ciboulette. Es absurdo pero persigo alguna forma de excelencia, un reconocimiento en las cosas que hago, siempre. Es algo a lo que sería mejor renunciar, pero secretamente quiero que cuando Ofelia se lleve un bocado a la boca, cierre los ojos y experimente un placer, al menos, importante. Incluso con un menú que no es de su agrado. Quiero que me diga Rodrigo ¿cómo lo hiciste? Aunque todo quede en el terreno de la fantasía y en realidad cuando mucho me diga estaba bueno después de que le haya preguntado varias veces. Insisto en esta idea pueril de que alguna vez cruzaré un umbral horneando zapallos italianos o escribiendo un poema o la novela que tengo en mente. Pero llego a un tope. Por más que intente siempre llego hasta un techo sobrenatural, en el que nada es excelente. Y creo que las señoras que se juntan a hablar apoyadas en la escoba, lo saben. Por eso hablan, por eso observan. Y tal vez secretean, nada es excelente en el vecino. Nunca escribirá y no hace más que estar regando y cocinando y preocupándose, en el marco de la puerta, sin poder hacer nada al respecto. Las niñas pasan lentamente en la bicicleta, mirándome mudas.

Cuando miro hacia el lado veo que la Señora Lucía, mi vecina está apoyada en la división de ambos departamentos. Me saluda y me pregunta por su medidor de agua, que está ubicado en mi antejardín. Cree que está malo porque sale mucho dinero en la cuenta del agua, fundamentando que es una anciana que vive sola y no puede pagar esas cantidades abusivas. Quiere pasar a verlo para comparar las cifras. Cuando entra a mi jardín, a pesar de ser una anciana, le miro las tetas. Le sugiero que llame a la compañía. Ella se retira sonriendo de gusto por la disposición que tuvo el vecino. Cuando se retira le miro el culo. El hambre ya ha aparecido otra vez.

Ofelia me llama a comer. Servimos los zapallos. Se enciende la televisión con el noticiario de la hora de almuerzo. Me parece que el queso se horneó más de la cuenta, pero Ofelia no lo nota y entre cada bocado, mira la tele, toma jugo, me mira sin expresión y come otra vez. Entonces suena la alerta de chat en mi celular. Ofelia detiene su masticar y mira el celular. Sabe que es chat de Facebook por el tono. Yo aguanto la curiosidad y no lo reviso. Para disimular trato de sacar a la gata que, mañosamente, se sube a la mesa una y otra vez. Saboreo el arroz con curry que rellena el zapallo. Otra vez suena la alerta de chat. Ofelia toma el teléfono en sus manos, me mira con desapruebo y lo deja encima. Le pregunto por qué revisa mi celular si yo no me meto en el suyo. No dice nada y después de otro bocado, mira la tele y toma más jugo de naranja.

—Es Martín –me dice.
—De ahí le contesto. Tranquila.
—Pero dile que estás almorzando y ya está.
—No te preocupes, ya casi no queda comida.

Ofelia revuelve un rato sus sobras con el tenedor. Mira la televisión y se queda perdida, con la cabeza reposando sobre su brazo. Cruzo los cubiertos sobre el plato y tomo el teléfono para responderle al amigo pintor. Sé que él se hace un tiempo para conversar conmigo, a pesar de estar haciendo encargos para el ayuntamiento de Andalucía, en el viejo continente. Me levanto y doy las gracias. Ofelia empieza a ordenar la mesa.
Abro mi computador y me conecto. Abro una ventana del chat que es, en este caso, como si se abriera una ventana a la rutina.

 

Martín Lorca
Rodrigo como va

Rodrigo Tapia
Hola Martín
oye ayer me tomé una siesta de dos horas Y en la noche tuve insomnio

Martín Lorca
Aprovecha y duerme
Después que Consuelo nazca eso será un recuerdo

Rodrigo Tapia
Eso es lo de menos
lo que me preocupa es que no hay trabajo
Dada mi condición creo q pronto pediré plata en la calle

Martín Lorca
Dada mi crucifixión

Rodrigo Tapia
Hablando de crucifixión
No sería mala idea q me crucifiquen en el barrio
Con un letrero que diga necesito plata o trabajo
y que alguien grabara las reacciones
Es frustrante no ser capaz de tener un ingreso y ser un padre de familia
Pero sobre todo el estar así estático
Suspendido en la nada
Me siento chato, digo,
sabiendo que pudiste haber tocado las estrellas

Martín Lorca
Rodrigo amigo
no es la primera vez que te lo sugiero
Empieza a escribir la novela q hablamos
A ti te han pasado cosas mágicas
Tu destino es la verdadera obra de arte
Escríbelo
Hay pasajes increíbles
Escríbelo

Rodrigo Tapia
Ya tengo algunos apuntes
sobre cosas simples
que me pasaron antes de los 30
pero es complicado sentarse a escribir sin pega sin lucas
cómo se lo explico a ella

Martín Lorca
Escríbelo
Después ves lo demás
Escríbelo

Rodrigo Tapia
Sabes, tienes razón
Ya lo había pensado
Voy a empezar ahora
Sería una buena manera de estirar las piernas
Me va a traer un infierno pero
La voy a escribir

Martín Lorca
Empápelo de verdad

Rodrigo Tapia
Gracias Martín

El emprender la escritura de una novela es casi un suicidio, en mi situación. Pero hace que las cosas empiecen a moverse más dinámicamente. Le da a todo un nuevo sentido. Me siento a ver una teleserie junto a Ofelia. Un hombre toma a una mujer y se la aferra violentamente al cuerpo. Le dice que no importa lo que haga, siempre será de su propiedad. Ofelia no me mira. Me ofrezco ir al supermercado por algunas cosas que faltan y ella elabora una lista donde anota pan, paltas, fideos y té.

Camino y fumo. Voy dándole forma a esta desquiciada iniciativa. Vuelvo a casa con una vaga idea de lo que haré, esquemas de guiones y lineamiento. Defino cuáles serán los elementos que liberaré a través de esto. Cuáles serán las perlas que esconderé detrás de cada idea. Como haré para lograr, como dijo Martín, empaparla de verdad. Se pueda o no, me traiga problemas o no, da lo mismo, tengo que hacerlo. Se acaba el dinero y no hay trabajos. Susurro ideas, anoto conceptos en papeles, servilletas, mientras boto la basura, mientras lavo mis dientes. Mis sentidos se han despertado desde el punto de vista creativo y están más atentos para escuchar. Oigo claramente esto que llaman los tambores del alma ahora que está así de inquieta. Ofelia sospecha que algo pasa, y no le gusta porque sabe que tiene que ver con el buen Martín Lorca. Me observa cada vez más, de reojo, cuando anoto cosas, cuando estoy mirando la tele o comiéndome las uñas y pensando en otra cosa.

Ordeno la habitación al rincón del segundo piso, ideal para ser usada como estudio. Aspiro la alfombra y archivo papeles que no usaré. El escritorio donde empezaré a trabajar está tomando forma. Instalo una pizarra para anotar pendientes y cada idea se va ahí con un post it. La estructura del pensamiento en general empieza a tomar la estructura de una colmena de post-its, pegados al interior del cráneo.

Ojeo libros de mi biblioteca y estoy mirando la página par de un tomo que dice a las cuatro de la mañana en verano / aún dura el sueño de amor. Por un instante Ofelia parece sentirse mejor. Viene subiendo las escaleras, y llega con un esfuerzo exánime hasta mi escritorio en el segundo piso. Se toma el pelo con un moño de niña, luego de haberse duchado, y se pone un buzo gris y zapatillas rosadas. Le digo que se ve linda. Sonríe con mejor ánimo y me cuenta que su mamá logró un nuevo puesto en la fábrica, por lo que recibirá un bono. La felicito, disimulando la congoja y la envidia que siento. Se abalanza sobre mi cara y comienza a buscar puntos negros y a pellizcarme la nariz y la frente. La dejo que continúe, adolorido. Mientras frunce el ceño y estira la boca reventándome todo tipo de folículos faciales contaminados, me cuenta tres o cuatro anécdotas de sus colegas, de ex compañeros del colegio y del trabajo de su mamá. La veo despreocupada e infantil y siento que ha olvidado por un rato los rencores. No puedo evitar que junto con el regocijo de verla así se me venga la pregunta a la mente: ¿Cómo le explico que ahora, cuando falta tan poco para que Consuelo nazca, cuando llevo más de un mes sin generar ingresos, pretendo sumergirme en un proyecto literario?¿Cuándo se lo diré?¿Cómo lo tomará? Empezar una novela es cometer un acto infantil de irresponsabilidad dada mi condición actual. Lo tengo claro. Pero a medida que avanzo percibo de a poco todas estas cosas que se le ciernen a uno cuando echa a andar sus sueños: Una forma de control invisible, un muro social, como miles de voces saliendo de la nada que están diciéndote como debieras actuar. No es una sensación sutil, es algo que te muerde los tobillos.

Todo el mundo es una gran secta cultural que te ordena secretamente: sé sumiso. No hagas estupideces, no te metas en problemas, no te hagas enemigos. Obedece en calma. ¿Cómo es mi calma? Es algo imposible de asimilar. Es como estar en el hocico tibio de un enorme lobo que duerme, tratando de no despertarlo. Eso es mi calma. Mi calma es idéntica a mi desesperación.

Tengo mucho miedo. Miedo de estar perplejo frente a todo, de encontrarme cosas que no me gusten cuando escarbe en mi pasado. Es lamentable, aunque honesto. Sigo adelante conciente de mis miedos. Crecí con ellos, los militares entraron en mi casa a patadas cuando niño y doblegaron la fuerza más enorme que conocía, que era mi padre. Tal vez escribir es un viaje al origen de esos miedos o una aventura sin regreso al infierno de las palabras. Es simplemente otra búsqueda de excelencia, a través de un oficio tan apasionante como ingrato.
Ofelia deja de pellizcarme la cara y me pregunta:

—¿Amor, que vas a hacer la próxima semana?
—¿Por qué? –pregunto.
—Porque quiero que vamos a una comida con mis ex compañeros de pedagogía.
—Vamos –le digo– pero igual tengo algo que contarte antes.
—¿Qué pasó? –me pregunta extrañada.
—Voy a empezar a escribir una novela –le digo.

Hay tres segundos de silencio.

—Qué bueno –me dice.

No logro entender a cabalidad su reacción, y no quiero darle vueltas tratando de entender. Me queda eso sí, la sensación de que ha respondido desde la incredulidad o la ironía. Suspira, se baja de mis piernas y da unas vueltas por la habitación mirando todo mientras que yo hago como que no la veo y desocupo el escritorio del computador de archivos que ya no uso. Al ver papeles y libros arrumbados empieza a ordenar todas las cosas que yo tenía amontonadas. Se detiene antes de bajar la escalera. Veo su espalda y quiero decir algo simpático antes de que baje. Ninguna palabra me es útil en este momento y me quedo mudo. Ella pareciera percibirlo y baja los peldaños sin decir nada. Algo me dice que ha comprendido todo y no le ha gustado.

Estoy mirando mi propia imagen en la silla pensando por qué necesito escribir. Es la imagen de un niño perdido de forma permanente, tratando de comprender lo incomprensible. Hay miedo, desesperación y vergüenza. Hay interrogantes feroces. Pero hay algo más allá de estos motivos evidentes. Algo que me mueve a hacer esto. Una vigilia que se suspendió, una búsqueda que se canceló. Hay fuerzas inexplicables que se movieron a través de mi destino, que ya no están más. He cerrado este portal sin darme cuenta. He perdido la pista. Muchas veces en el caos de una juventud sin forma, tuve por decirlo así, la certeza de que cruzaría un umbral más allá de lo mundano, para el que me sentía listo. Era algo que ya, con el paso de los años no logro concebir y tal vez olvidé por completo. Pero recuerdo que estaba de alguna manera, acercándome al momento de abandonar la consciencia, o al menos esta forma de consciencia. Quisiera retomar eso, justo hasta donde lo dejé en los noventa.

Hoy que estoy en el camino políticamente correcto, cuando cuido de mi familia, y todo permanece estable mi entorno me dice que voy bien. Pero algo pasó, algo provocó que ahora me encuentre en el punto en que esto se esfumó. ¿Se acabó la vigilia y ya nunca logré atravesar esa cortina? ¿Dónde se fue todo eso? Enfrentado a la vida cotidiana me encontré con un muro que ha bloqueado estos accesos. Estos días la existencia se me limita en parámetros que debo describir en palabras simples. No me queda más que encontrar estos retazos del pasado y exponerlos, como un náufrago liberando el mensaje en la botella. Debo decir claramente como la gente que te quiere a veces corta tus alas y como esta “normalidad” a mí me ha ido cancelando los sentidos con el tiempo.

Suelto el lápiz. Lo empujo sobre la mesa, hasta perderlo de vista. Me levanto y camino por la habitación. Empiezo a reordenar los muebles generando un entorno físico adecuado para el pensamiento. Voy acomodando la silla, el escritorio, sacando lo que no me sirve y asegurando un espacio donde trabajar. Pongo un papelero con una bolsita de nylon adentro, para la basura. Todo es un sobrecogedor rito iniciático.

Mi conciencia me sugiere que sea realista y piense en los problemas económicos que se nos vienen encima. Insiste en mostrarme esta historia de un hombre desempleado que riega y su joven pareja embarazada evitando su neurosis. Me empuja a enfocarme en su esfuerzo por generar ingresos para pagar las cuentas y en hornear los zapallos italianos perfectos. En los vecinos del block y las tetas caídas de la anciana de al lado. En Martín y su delgada luz de esperanza. En esta carnicería social que me hizo entusiasmarme y luego asquearme. Nacionalidad, profesión, estado civil, fono de contacto. Pago de arriendo, equipo de fútbol, previsión y salario. En el último intento de un infeliz cualquiera por encontrar esta gloria perdida en su vida, antes de morir. Cierro las ventanas y empiezo a escribir el primer capítulo.

 


Alejandro RozasALEJANDRO ROZAS (Santiago de Chile, 1977) Publicista y escritor. En el 2008 con la colaboración del pintor Boris Correa crea el Colectivo/Editorial independiente “El Loco”. En el 2011 publicó el poemario Vuelo a ras de piso. Actualmente trabaja en Invierno en Nepal, segunda parte de su proyecto Las cuatro estaciones.