Adelanto: El otoño de las ansias [Alejandro Rozas]

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*Extracto de El otoño de las ansias (Los perros románticos, 2017)

I


 

Luego de otra de nuestras discusiones, Ofelia se durmio? apoyada en su inco?moda panza de casi ocho meses de embarazo. Aprovecho esta calma momenta?nea y me siento en el escritorio a pensar en que? hare? para poder escribir esa novela.

Saco una foto del cajo?n. Luego de mirarla un instante, los dedos de mi mano izquierda comienzan a temblar. Como esas cosas inexplicables que uno simplemente acepta, la guardo, suponiendo que se trata de un repentino ataque de nostalgia o un espasmo involuntario, fruto del complejo momento que atravesamos estos di?as. No es fa?cil sentarse a escudrin?ar el pasado buscando respuestas, en medio de una crisis econo?mica. Tampoco lo es, tras varios intentos, no poder comenzar a escribir.

Camino por la casa buscando algo. Corro la cortina, abro y cierro cajones, ordeno unos papeles. No tengo claro que? diablos es lo que busco. Hace mucho calor, pero por la ventana sopla una brisa tenue. Los visillos se sacuden suavemente cerca del cuerpo de Ofelia. La miro de reojo cada cinco minutos. Saco unos hielos del viejo refrigerador blanco y la vuelvo a mirar. Me sirvo un vaso de coca cola sin azu?car, miro el computador porta?til esbozando la vaga idea de comenzar a trabajar en algo, lo que sea, pero estoy indefectiblemente nervioso. Me siento presionado por el hecho inminente de que ella, en un momento, despierte.

Gran parte de la zona central del pai?s ha entrado en una ola de calor histo?rica, superando los 35 grados a la sombra. La gente en las calles se ve agobiada, doblegada por un sol que ilumina las escenas en un tono pajizo, donde las cosas a comienzan a agitarse a lo lejos; como si toda la comunidad estuviera sobre una gran sarte?n. El clima, insoportable, me empuja con frecuencia a procrastinar y eso ha colaborado con la frustrante situacio?n de no avanzar ni comenzar ninguno de mis proyectos. Mientras ma?s problemas conlleva el calor, ma?s postergo todo pensando lo hare? cuando pase el calor, o esto quedari?a mejor si lo hago un di?a nublado. O simplemente no hago nada, bloqueado, caminando por la casa intentando hacer algo, secretamente horrorizado.

Van dos meses de este clima, pero es muy difi?cil percibirlo asi?. Para mi? ha sido una eternidad. Los di?as de fri?o y lluvia me parecen una especie de imagen implantada en el cerebro de algo que nunca vivi?. Olvide? haber sentido fri?o alguna vez.

Hace dos meses nos cambiamos a esta casa. Cuando recie?n llegamos estaba muy a mal traer y tuve que arreglarla pintando las paredes, que teni?an un color bermejo gastado, adema?s de reparar instalaciones ele?ctricas (cosa que no habi?a hecho antes y profundamente detesto). He trabajado todo este tiempo en mejoras pero au?n hay muchi?simas tareas, como revisar la can?eri?a del gas que a veces libera un poco de olor, instalar repisas y una larga lista de pendientes. Las labores de una casa son infinitas y esa eternidad agobia con solo imaginarlo. Mi papel de duen?o de casa y pronto padre de familia requiere competencias que estoy tratando de tener para hacerme acreedor del cargo. Ahora la casa luce ma?s bonita, con colores damasco que la iluminan ca?lidamente, adema?s de cortinas verdes con sus respectivos visillos blancos. Sobre las mesas y muebles hay pequen?os manteles circulares, como mandalas de mimbre ten?ido de colores ocre y en el centro de cada una de ellas, hay miniaturas de arreglos florales. Hay un horno ele?ctrico para calentar el pan, hervidor y vajillas de colores trai?dos desde los ma?s populares retails. En el medio de la alfombra, la gata ronronea, pasea un rato y se estira para finalmente volver a dormirse. Despue?s de mirar el hogar que hemos creado, me veo de pie?, a un costado (o sumido) en todo esto. Mi papel en esta escena es reparar detalles de la casa, proveer la mitad de las cuentas que genera y cuidar de la mujer de tez blanca que duerme pla?cidamente en el living.

Sentado aferrado al vaso de coca cola miro sus pecas y sus ojos almendrados y olvido por un instante nuestras dificultades. Su frente me recuerda una actriz nacional que ame? plato?nicamente durante mi infancia y cuyo nombre no recuerdo. Me parece que es algo asi? como Carmen Disa. Cuando nin?o segui? por an?os los insufribles roles de esa actriz en el a?rea drama?tica de TVN, aunque pensa?ndolo bien, tal vez solo segui?a esa frente. Cuando una teleserie de la Disa iba a terminar, sufri?a en silencio al saber que no volveri?a a verla en ese personaje y dejari?a de admirar por un tiempo esa frente preciosa, ese semici?rculo pa?lido, pleto?rico de dulzura. Ofelia, por un capricho de la suerte tiene la misma frente de esa actriz. Definitivamente Carmen Disa es su nombre. Ofelia tiene, por la gracia de los Dioses, la inconmensurable frente de Carmen Disa.

Trabaja como profesora de educacio?n ba?sica. O mejor dicho, trabajaba como tal hasta su licencia prenatal. A veces su humor cambia de golpe tal vez porque extran?a el ambiente del colegio. Estando en esta casa donde los u?ltimos meses hablamos poco, le queda el vaci?o de los nin?os gritando en los recreos, los almuerzos efi?meros con los colegas y el estar rodeada de gente en esa ele?ctrica sintoni?a educacional. Ella representa un inmenso misterio para mi?, sobre todo con detalles absurdos, como que le guste comprar un gran trozo de zapallo donde quiera que lo vea, supermercado o feria, elige el ma?s coloradito como dice su madre, lo compra impulsivamente con una expresio?n de satisfaccio?n, aunque no coma zapallo y odie su sabor y lo congele picado en bolsitas pla?sticas, para siempre. Hay otros detalles que son ma?s complejos, como su manera de decirme cosas con la mirada. Cosas que creo interpretar a veces y que, en ocasiones, no logro comprender y me parecen revelaciones enormes de cosas que provienen de otra dimensio?n comunicativa. Cosas en ella que evito, con la sensacio?n de que pueden hacerme perder la razo?n.

Me instalo a regar los arbustos y ficus que hemos plantado en el antejardi?n. Ahora hay tiempo de regar. Durante los u?ltimos meses como publicista independiente he tenido cada vez menos trabajo, asi? que hay tiempo para cuidar de Ofelia con sus dolores y bochornos y ayudarla, preparando de vez en cuando el almuerzo y cuidando el aseo de la casa. Ahora hay tiempo, pero a finales del an?o pasado tuve mucho trabajo y esa cantidad de tiempo libre era algo impensado. Tuve varios encargos en una pequen?a agencia de publicidad que levante?, orientada a las pequen?as empresas cercanas para quienes desarrolle? algunas acciones de marketing. Logre? que esto funcionara por varios meses pagando las cuentas. Pero desde hace un tiempo el volumen de encargos ha bajado y los clientes han ido frenando de a poco la inversio?n, temiendo como dicen ellos, que los empresarios vuelvan a parar la economi?a por los cambios que esta? haciendo el gobierno. No quiero impacientarme por esto. Tengo algo de dinero guardado del peri?odo fecundo para aguantar al menos un mes ma?s, asi? que, riego, con el chorro de agua muy delgado, provocando una lluvia que ban?e suavemente toda la vegetacio?n del antejardi?n.

Ofelia gira su cabeza en gesto de incomodidad y despierta. Se pone de pie? lentamente y pasa por mi lado directo a lavar algunos platos. Comienza a ir de un lado para otro y no la puedo retener. Se mueve por toda la casa haciendo sonar sus pies descalzos contra el piso. La miro y espero el momento adecuado y el lenguaje preciso para volver a hablar despue?s de haber discutido. La veo. La sigo y finalmente ese momento no se genera. Enrollo la manguera en silencio, la cuelgo del gancho para que estile y me seco las manos con un trapo. Veo que se sienta en el sofa? y enciende la televisio?n. Me lavo las manos, le preparo una limonada fri?a y le pongo el ventilador. El embarazo sobre todo en su u?ltima etapa es algo complejo. En estos casos el hombre a veces esta? condenado a mirar sin poder hacer mucho por mejorar la situacio?n. Le aviso que la comida esta? lista. Me mira con enormes ojos esperando que le diga que? es lo que prepare?. Revisa el horno y ve dos zapallitos italianos rellenos. No mueve ningu?n mu?sculo de la cara y comienza a acomodar en la mesa los individuales, vasos, servilletas y cubiertos. Veo que no esta? contenta y se? que es porque no le gusta el menu?, o al menos no es de sus favoritos. El hambre se me desaparece y para que ella no lo note, salgo a la puerta.

Respiro hondo olvida?ndome del almuerzo por un instante. Miro los departamentos al interior del block, paseo por sus colores y decoraciones pensando en otra cosa. Las sen?oras del barrio esta?n haciendo cosas de sen?oras de barrio: sacudiendo felpudos o caminando a dejar nin?os al colegio. En las puertas de dos de los hogares hay sen?oras hablando y mirando de reojo cada cierto tiempo. Una nin?a pasa pedaleando veloz sobre su bicicleta, gritando. Viendo a las sen?oras conversar de mil cosas y entre ellas tal vez sobre esta nueva familia en la comunidad: La pareja del hombre que riega y trabaja en su casa o esta? cesante (o un poco de las dos cosas) junto a su mujer a punto de dar a luz. Y e?se es quiza? el gran ve?rtigo de esta historia. Una historia que habla de un joven preocupado y su mujer embarazada. Una historia que cae hacia algo que es la normalidad. E?l cae en picada a la urgencia de que surjan trabajos y lograr que un plato de zapallos italianos sea algo excelente o tratar de lograr excelencia en algo versus so?lo regar y cocinar. Quiza? las sen?oras ni remotamente se juntan a hablar de eso. Se apoyan en un escobillo?n frente a otra duen?a de casa apoyada en otro escobillo?n de otro color o tal vez del mismo a hablar de otras duen?as de casa que no califican en los esta?ndares de duen?a de casa y jama?s hablan de seres ano?nimos en bu?squeda de la excelencia, en picada hacia algo. Somos algo que las duen?as de casa ignoran y tal vez nunca sabra?n y por eso conversan a menudo, tratando de dar con ello a partir del aroma de los zapallos italianos hornea?ndose. Las nin?as pasan de vuelta en la bicicleta, gritando ma?s fuerte.
Para los zapallitos rellenos de hoy lo que hago primero es saltear la cebolla hasta que este? transparente, luego agrego la carne, le pongo especias y vino blanco. Evito el eneldo y el romero, enemigos del paladar de Ofelia. Luego agrego el zapallo cocido, colado previamente para sacarle el agua que trae, y cuando esta? casi listo agrego un pun?ado de arroz y una pizca de curry. Tapo los zapallos con queso y los pongo al horno. Y justo ahi?, busco algo ma?s, y en pos de esa excelencia les pongo papas fritas al lado y las ban?o con un poco de salsa de yogurt ciboulette. Es absurdo pero persigo alguna forma de excelencia, un reconocimiento en las cosas que hago, siempre. Es algo a lo que seri?a mejor renunciar, pero secretamente quiero que cuando Ofelia se lleve un bocado a la boca, cierre los ojos y experimente un placer, al menos, importante. Incluso con un menu? que no es de su agrado. Quiero que me diga Rodrigo ¿co?mo lo hiciste? Aunque todo quede en el terreno de la fantasi?a y en realidad cuando mucho me diga estaba bueno despue?s de que le haya preguntado varias veces. Insisto en esta idea pueril de que alguna vez cruzare? un umbral horneando zapallos italianos o escribiendo un poema o la novela que tengo en mente. Pero llego a un tope. Por ma?s que intente siempre llego hasta un techo sobrenatural, en el que nada es excelente. Y creo que las sen?oras que se juntan a hablar apoyadas en la escoba, lo saben. Por eso hablan, por eso observan. Y tal vez secretean, nada es excelente en el vecino. Nunca escribira? y no hace ma?s que estar regando y cocinando y preocupa?ndose, en el marco de la puerta, sin poder hacer nada al respecto. Las nin?as pasan lentamente en la bicicleta, mira?ndome mudas.

Cuando miro hacia el lado veo que la Sen?ora Luci?a, mi vecina esta? apoyada en la divisio?n de ambos departamentos. Me saluda y me pregunta por su medidor de agua, que esta? ubicado en mi antejardi?n. Cree que esta? malo porque sale mucho dinero en la cuenta del agua, fundamentando que es una anciana que vive sola y no puede pagar esas cantidades abusivas. Quiere pasar a verlo para comparar las cifras. Cuando entra a mi jardi?n, a pesar de ser una anciana, le miro las tetas. Le sugiero que llame a la compan?i?a. Ella se retira sonriendo de gusto por la disposicio?n que tuvo el vecino. Cuando se retira le miro el culo. El hambre ya ha aparecido otra vez.

Ofelia me llama a comer. Servimos los zapallos. Se enciende la televisio?n con el noticiario de la hora de almuerzo. Me parece que el queso se horneo? ma?s de la cuenta, pero Ofelia no lo nota y entre cada bocado, mira la tele, toma jugo, me mira sin expresio?n y come otra vez. Entonces suena la alerta de chat en mi celular. Ofelia detiene su masticar y mira el celular. Sabe que es chat de Facebook por el tono. Yo aguanto la curiosidad y no lo reviso. Para disimular trato de sacar a la gata que, man?osamente, se sube a la mesa una y otra vez. Saboreo el arroz con curry que rellena el zapallo. Otra vez suena la alerta de chat. Ofelia toma el tele?fono en sus manos, me mira con desapruebo y lo deja encima. Le pregunto por que? revisa mi celular si yo no me meto en el suyo. No dice nada y despue?s de otro bocado, mira la tele y toma ma?s jugo de naranja.

—Es Marti?n –me dice.
—De ahi? le contesto. Tranquila.
—Pero dile que esta?s almorzando y ya esta?.
—No te preocupes, ya casi no queda comida.

Ofelia revuelve un rato sus sobras con el tenedor. Mira la televisio?n y se queda perdida, con la cabeza reposando sobre su brazo. Cruzo los cubiertos sobre el plato y tomo el tele?fono para responderle al amigo pintor. Se? que e?l se hace un tiempo para conversar conmigo, a pesar de estar haciendo encargos para el ayuntamiento de Andaluci?a, en el viejo continente. Me levanto y doy las gracias. Ofelia empieza a ordenar la mesa.
Abro mi computador y me conecto. Abro una ventana del chat que es, en este caso, como si se abriera una ventana a la rutina.

 

Marti?n Lorca
Rodrigo como va

Rodrigo Tapia
Hola Marti?n
oye ayer me tome? una siesta de dos horas Y en la noche tuve insomnio

Marti?n Lorca
Aprovecha y duerme
Despue?s que Consuelo nazca eso sera? un recuerdo

Rodrigo Tapia
Eso es lo de menos
lo que me preocupa es que no hay trabajo
Dada mi condicio?n creo q pronto pedire? plata en la calle

Marti?n Lorca
Dada mi crucifixio?n

Rodrigo Tapia
Hablando de crucifixio?n
No seri?a mala idea q me crucifiquen en el barrio
Con un letrero que diga necesito plata o trabajo
y que alguien grabara las reacciones
Es frustrante no ser capaz de tener un ingreso y ser un padre de familia
Pero sobre todo el estar asi? esta?tico
Suspendido en la nada
Me siento chato, digo,
sabiendo que pudiste haber tocado las estrellas

Marti?n Lorca
Rodrigo amigo
no es la primera vez que te lo sugiero
Empieza a escribir la novela q hablamos
A ti te han pasado cosas ma?gicas
Tu destino es la verdadera obra de arte
Escri?belo
Hay pasajes increi?bles
Escri?belo

Rodrigo Tapia
Ya tengo algunos apuntes
sobre cosas simples
que me pasaron antes de los 30
pero es complicado sentarse a escribir sin pega sin lucas
co?mo se lo explico a ella

Marti?n Lorca
Escri?belo
Despue?s ves lo dema?s
Escri?belo

Rodrigo Tapia
Sabes, tienes razo?n
Ya lo habi?a pensado
Voy a empezar ahora
Seri?a una buena manera de estirar las piernas
Me va a traer un infierno pero
La voy a escribir

Marti?n Lorca
Empa?pelo de verdad

Rodrigo Tapia
Gracias Marti?n

El emprender la escritura de una novela es casi un suicidio, en mi situacio?n. Pero hace que las cosas empiecen a moverse ma?s dina?micamente. Le da a todo un nuevo sentido. Me siento a ver una teleserie junto a Ofelia. Un hombre toma a una mujer y se la aferra violentamente al cuerpo. Le dice que no importa lo que haga, siempre sera? de su propiedad. Ofelia no me mira. Me ofrezco ir al supermercado por algunas cosas que faltan y ella elabora una lista donde anota pan, paltas, fideos y te?.

Camino y fumo. Voy da?ndole forma a esta desquiciada iniciativa. Vuelvo a casa con una vaga idea de lo que hare?, esquemas de guiones y lineamiento. Defino cua?les sera?n los elementos que liberare? a trave?s de esto. Cua?les sera?n las perlas que escondere? detra?s de cada idea. Como hare? para lograr, como dijo Marti?n, empaparla de verdad. Se pueda o no, me traiga problemas o no, da lo mismo, tengo que hacerlo. Se acaba el dinero y no hay trabajos. Susurro ideas, anoto conceptos en papeles, servilletas, mientras boto la basura, mientras lavo mis dientes. Mis sentidos se han despertado desde el punto de vista creativo y esta?n ma?s atentos para escuchar. Oigo claramente esto que llaman los tambores del alma ahora que esta? asi? de inquieta. Ofelia sospecha que algo pasa, y no le gusta porque sabe que tiene que ver con el buen Marti?n Lorca. Me observa cada vez ma?s, de reojo, cuando anoto cosas, cuando estoy mirando la tele o comie?ndome las un?as y pensando en otra cosa.

Ordeno la habitacio?n al rinco?n del segundo piso, ideal para ser usada como estudio. Aspiro la alfombra y archivo papeles que no usare?. El escritorio donde empezare? a trabajar esta? tomando forma. Instalo una pizarra para anotar pendientes y cada idea se va ahi? con un post it. La estructura del pensamiento en general empieza a tomar la estructura de una colmena de post-its, pegados al interior del cra?neo.

Ojeo libros de mi biblioteca y estoy mirando la pa?gina par de un tomo que dice a las cuatro de la man?ana en verano / au?n dura el suen?o de amor. Por un instante Ofelia parece sentirse mejor. Viene subiendo las escaleras, y llega con un esfuerzo exa?nime hasta mi escritorio en el segundo piso. Se toma el pelo con un mon?o de nin?a, luego de haberse duchado, y se pone un buzo gris y zapatillas rosadas. Le digo que se ve linda. Sonri?e con mejor a?nimo y me cuenta que su mama? logro? un nuevo puesto en la fa?brica, por lo que recibira? un bono. La felicito, disimulando la congoja y la envidia que siento. Se abalanza sobre mi cara y comienza a buscar puntos negros y a pellizcarme la nariz y la frente. La dejo que continu?e, adolorido. Mientras frunce el cen?o y estira la boca reventa?ndome todo tipo de foli?culos faciales contaminados, me cuenta tres o cuatro ane?cdotas de sus colegas, de ex compan?eros del colegio y del trabajo de su mama?. La veo despreocupada e infantil y siento que ha olvidado por un rato los rencores. No puedo evitar que junto con el regocijo de verla asi? se me venga la pregunta a la mente: ¿Co?mo le explico que ahora, cuando falta tan poco para que Consuelo nazca, cuando llevo ma?s de un mes sin generar ingresos, pretendo sumergirme en un proyecto literario?¿Cua?ndo se lo dire??¿Co?mo lo tomara?? Empezar una novela es cometer un acto infantil de irresponsabilidad dada mi condicio?n actual. Lo tengo claro. Pero a medida que avanzo percibo de a poco todas estas cosas que se le ciernen a uno cuando echa a andar sus suen?os: Una forma de control invisible, un muro social, como miles de voces saliendo de la nada que esta?n dicie?ndote como debieras actuar. No es una sensacio?n sutil, es algo que te muerde los tobillos.

Todo el mundo es una gran secta cultural que te ordena secretamente: se? sumiso. No hagas estupideces, no te metas en problemas, no te hagas enemigos. Obedece en calma. ¿Co?mo es mi calma? Es algo imposible de asimilar. Es como estar en el hocico tibio de un enorme lobo que duerme, tratando de no despertarlo. Eso es mi calma. Mi calma es ide?ntica a mi desesperacio?n.

Tengo mucho miedo. Miedo de estar perplejo frente a todo, de encontrarme cosas que no me gusten cuando escarbe en mi pasado. Es lamentable, aunque honesto. Sigo adelante conciente de mis miedos. Creci? con ellos, los militares entraron en mi casa a patadas cuando nin?o y doblegaron la fuerza ma?s enorme que conoci?a, que era mi padre. Tal vez escribir es un viaje al origen de esos miedos o una aventura sin regreso al infierno de las palabras. Es simplemente otra bu?squeda de excelencia, a trave?s de un oficio tan apasionante como ingrato.
Ofelia deja de pellizcarme la cara y me pregunta:

—¿Amor, que vas a hacer la pro?xima semana?
—¿Por que?? –pregunto.
—Porque quiero que vamos a una comida con mis ex compan?eros de pedagogi?a.
—Vamos –le digo– pero igual tengo algo que contarte antes.
—¿Que? paso?? –me pregunta extran?ada.
—Voy a empezar a escribir una novela –le digo.

Hay tres segundos de silencio.

—Que? bueno –me dice.

No logro entender a cabalidad su reaccio?n, y no quiero darle vueltas tratando de entender. Me queda eso si?, la sensacio?n de que ha respondido desde la incredulidad o la ironi?a. Suspira, se baja de mis piernas y da unas vueltas por la habitacio?n mirando todo mientras que yo hago como que no la veo y desocupo el escritorio del computador de archivos que ya no uso. Al ver papeles y libros arrumbados empieza a ordenar todas las cosas que yo teni?a amontonadas. Se detiene antes de bajar la escalera. Veo su espalda y quiero decir algo simpa?tico antes de que baje. Ninguna palabra me es u?til en este momento y me quedo mudo. Ella pareciera percibirlo y baja los peldan?os sin decir nada. Algo me dice que ha comprendido todo y no le ha gustado.

Estoy mirando mi propia imagen en la silla pensando por que? necesito escribir. Es la imagen de un nin?o perdido de forma permanente, tratando de comprender lo incomprensible. Hay miedo, desesperacio?n y vergu?enza. Hay interrogantes feroces. Pero hay algo ma?s alla? de estos motivos evidentes. Algo que me mueve a hacer esto. Una vigilia que se suspendio?, una bu?squeda que se cancelo?. Hay fuerzas inexplicables que se movieron a trave?s de mi destino, que ya no esta?n ma?s. He cerrado este portal sin darme cuenta. He perdido la pista. Muchas veces en el caos de una juventud sin forma, tuve por decirlo asi?, la certeza de que cruzari?a un umbral ma?s alla? de lo mundano, para el que me senti?a listo. Era algo que ya, con el paso de los an?os no logro concebir y tal vez olvide? por completo. Pero recuerdo que estaba de alguna manera, acerca?ndome al momento de abandonar la consciencia, o al menos esta forma de consciencia. Quisiera retomar eso, justo hasta donde lo deje? en los noventa.

Hoy que estoy en el camino poli?ticamente correcto, cuando cuido de mi familia, y todo permanece estable mi entorno me dice que voy bien. Pero algo paso?, algo provoco? que ahora me encuentre en el punto en que esto se esfumo?. ¿Se acabo? la vigilia y ya nunca logre? atravesar esa cortina? ¿Do?nde se fue todo eso? Enfrentado a la vida cotidiana me encontre? con un muro que ha bloqueado estos accesos. Estos di?as la existencia se me limita en para?metros que debo describir en palabras simples. No me queda ma?s que encontrar estos retazos del pasado y exponerlos, como un na?ufrago liberando el mensaje en la botella. Debo decir claramente como la gente que te quiere a veces corta tus alas y como esta “normalidad” a mi? me ha ido cancelando los sentidos con el tiempo.

Suelto el la?piz. Lo empujo sobre la mesa, hasta perderlo de vista. Me levanto y camino por la habitacio?n. Empiezo a reordenar los muebles generando un entorno fi?sico adecuado para el pensamiento. Voy acomodando la silla, el escritorio, sacando lo que no me sirve y asegurando un espacio donde trabajar. Pongo un papelero con una bolsita de nylon adentro, para la basura. Todo es un sobrecogedor rito inicia?tico.

Mi conciencia me sugiere que sea realista y piense en los problemas econo?micos que se nos vienen encima. Insiste en mostrarme esta historia de un hombre desempleado que riega y su joven pareja embarazada evitando su neurosis. Me empuja a enfocarme en su esfuerzo por generar ingresos para pagar las cuentas y en hornear los zapallos italianos perfectos. En los vecinos del block y las tetas cai?das de la anciana de al lado. En Marti?n y su delgada luz de esperanza. En esta carniceri?a social que me hizo entusiasmarme y luego asquearme. Nacionalidad, profesio?n, estado civil, fono de contacto. Pago de arriendo, equipo de fu?tbol, previsio?n y salario. En el u?ltimo intento de un infeliz cualquiera por encontrar esta gloria perdida en su vida, antes de morir. Cierro las ventanas y empiezo a escribir el primer capi?tulo.

 


Alejandro RozasALEJANDRO ROZAS (Santiago de Chile, 1977) Publicista y escritor. En el 2008 con la colaboración del pintor Boris Correa crea el Colectivo/Editorial independiente “El Loco”. En el 2011 publicó el poemario Vuelo a ras de piso. Actualmente trabaja en Invierno en Nepal, segunda parte de su proyecto Las cuatro estaciones.