Extracciones: Tierra de aves acuáticas [Simón Ergas]

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Fragmento extraído de Tierra de aves acuáticas (Oxímoron, 2016)

 

Que? seri?as capaz de cantar tu? a alguna de nosotras, oh, Diosa, plagio de divinidad, invento suplementario al hecho de narrar. Nosotras somos la e?gida de un planeta, la tormenta previa al rayo, la urraca capaz de romper las piedras con su voz. Que? van a cantar ustedes de nosotras: Cli?o, mentirosa, Cali?ope, traicionera, y Urania, siempre equivocada. Somos la co?lera de la verdad, el mundo por completo que escapa a la languidez de vuestras liras. Somos el oce?ano, el cielo, sus vestigios, el eje?rcito de la tierra y el mar violado por hombres y mujeres que trocaron por inteligencia el valor i?gneo de su compasio?n. Nuestros graznidos hara?n temblar los pilares de la Tierra. Derribara?n vuestras certezas infecundas. La depredacio?n quedara? sepultada bajo el peso de mazmorras abismantes pobladas so?lo de agua y de sal. Incluso alli?, tan lejos de la vida como de la muerte, nos oira?n gritar.

(Nosotras seremos la alarma que despierte a lamentables satisfechos de su siesta concebida luego de un festi?n en el que el oprobio no tuvo lugar. Lar- go rato dormitaron co?modos en un coji?n de plumas olvidando que alguna vez aquel relleno fue la piel de un animal, olvidando incluso que otro hombre debio? mancharse y destruirlo para su fabricacio?n).

Como usted dice, hermana mi?a, escogieron pun- tos del planeta para sacar de alli? todo lo que hay. De- formaron la Tierra para arrebatarle ma?s de lo que ella quiso dar. Luego se levantaron sin recoger la mesa y abandonaron los huesos del banquete, los restos de su alimentacio?n. (¡No fuimos para ellos ma?s que el adorno del lugar! ¡Un cuadro bonito! ¡El trofeo de su recoleccio?n!).

Los hemos visto en nuestro vuelo. (¡Hordas!). Hombres. (¡Vimos hordas seguras de que las cosas debi?an ser asi?!). Los vimos en las orillas de los ma- res intentando explicar a los peces por que? dejar de vivir y servirles de alimento, convenciendo al a?rbol que en vez de crecer y colorearse, mejor ser madera, ser vendida, ser dinero. (¡Nuestros glaciares perfora- dos! ¡Bebimos del aceite marro?n que en las aguas fue vaciado!). Los conocemos. Los oi?mos cada di?a. Tra- bajan y trabajan, alaban su inteligencia, pero toda esa energi?a abultada por millones de an?os en el prodigio de sus conexiones ele?ctricas, damos fe, sirve hoy nada ma?s que a la acumulacio?n.

Aguardamos un monto?n para convivir, pero so?lo hubo lucha y competencia, lucha y desgarro, mientras esperamos y esperamos y les dimos la oportunidad. Compartir el aire en el que respiran, en el que nos sos- tenemos con las alas, no fue favorable para nosotras ni suficiente para ellos. Crei?mos que todos seri?amos todo y ese es un punto que, a merced de los beneficios inmediatos, el durmiente satisfecho, rey de los cargos de consciencia, opto? por esquivar. (¡Ya no ma?s! ¡Nunca ma?s!). Rompieron un li?mite. (¡Paciencia!). Super- vivencia. Cruzaron la raya. (¡Es nuestro turno! ¡Los haremos devolver!). ¡Di?galo usted, hermana alada!

(A trave?s de nuestro graznido, letani?a de horror suspendida en los cielos patagones, las gaviotas hemos confabulado este ritual. Desde el mediodi?a volamos junto a toda la bandada a la altura de las nubes. Llevamos horas agitando nuestras alas hacia el infinito del universo y al secreto que lo refleja en el agua. Se oira?, se escuchara? fuerte nuestro llamado a otro ser ma?s grande, ma?s antiguo y fastuoso que nos ayudara? a liberar para siempre nuestro hogar de la suciedad que el hombre cree que no le pertenece y arroja al mar). Cui?dese de las rimas, por favor, compan?era. No suena nada de bien. (Me gustan, ¿tiene algu?n problema con eso?). No se moleste. Seguire? yo. No quiero que sus vicios arruinen la descripcio?n que hare? de este momento ma?gico. (Pero me gustan. ¿A usted no?).

¡No diga ma?s! Ya es de noche. Las cosas parecen darse. El horizonte esta? cambiando ante nuestro pedido de auxilio. La bandada no ha cesado su aleteo con la esperanza de que algo ocurra. Desde donde estamos, aqui?, en el campanario de la iglesia del pueblo, somos capaces de ver co?mo, lentamente, todo se transforma y se levanta gruesa a la distancia la ola de la fatalidad. Huelo el miedo de los hombres, (¡no saben lo que pasa!), siento los centenares de aleteos de gaviotas insistentes, (¡aves que vuelan desde hace horas!). Como dije, es de noche al n. El pa?lido intenso de la luna se adivina entre la abrumadora cantidad de pa?jaros que tapa el cielo y se funde con el color verde bioluminiscente que mana desde el mar. (¡Nos hemos preparado durante todo el di?a para esto! ¡Lo esperaba pero no lo creo: las aguas de la bahi?a han cambiado de color!). Por eso hay humanos asustados. (¡Y deben temer! ¡Este halo, nuestro vuelo de pa?jaros, son la aurora que guiara? a nuestro protector!).

Particularmente nosotras dos, yo y esta gaviota, mi amiga, estamos desgastadas. Ha pasado tiempo de esas primeras acrobacias en las que la jovialidad nos permiti?a planear ma?s alla? de los enormes troncos de los primeros a?rboles hacia otros sectores en busca de comida. (¡Si?, sen?or!). De no ser asi?, ambas estari?amos flotando en medio de la noche con nuestras hermanas. (¡Apoya?ndolas en esa bella danza de invocacio?n!). Que no quepa duda. Pero se nos hace fi?sicamente im- posible. Creo que somos las aves acua?ticas ma?s viejas de este pueblo. Despue?s de cortos desplazamientos, al menos a mi?, ya me pesa el cuerpo bajo las alas y debo detenerme a reposar. (¡Por eso estamos aqui?!). Si?, gaviota, por eso estamos aqui?, en la torre de la iglesia de Hornopire?n, observando esta gran esta en la que se ha convertido nuestro rito: aves obstruyendo el cielo y las aguas del mar adquiriendo tonos incandescentes sin aparente explicacio?n. (¡Hombres y mujeres, acostumbrados a su razo?n, desarmados y despavoridos!). No deja de ser algo hermoso para una que conoce el pueblo y ha visto, an?o a an?o, lento lento, co?mo ha sido manipulado por las fuerzas de arrogantes que creyeron tener algu?n control. (¡Hoy lo hemos cambiado nosotras: el mundo tambie?n es capaz de incidir! ¡El mundo, la naturaleza, las gaviotas! ¡Libertad a los pe- ces del mar!).

Pa?rese ahi?, ave porfiada, le pido orden, por favor. ¿Co?mo vamos a hacer esto si usted me interrumpe constantemente? ¿Co?mo vamos a contar una historia si usted me grita en el oi?do? Ya llegara? su turno en el relato. (¿Pronto sera??). De?jeme, primero, al menos comenzar.

Nuestro pueblo, Hornopire?n, desde siempre nos ha entregado sus cielos amplios y ligeros de recorrer. Junto a nosotras, bajo el extenso firmamento, son acogidos bosques impenetrables que lindan con entradas de mar agitadas, ge?lidas y llenas de vida. (Adema?s, no lo olvide, gaviota, inmediatamente detra?s se levan- tan verticales cordilleras cubiertas por un manto de una suave nevazo?n). Es increi?ble co?mo aquellos monumentos de los pliegues milenarios de la tierra caen directamente al mar. (Alli? esta? nuestro volca?n Hornopire?n, ¿no?, llamado asi? por gente muy antigua que necesito?, probablemente, de alguna manera que ignoro, a ese gran horno de nieve para sobrevivir).

Muy bonito, mi ave, gracias por el dato histo?rico, pero ya estuvo bien. ¿No ve que complica las cosas? Una de las dos debe guiar esta narracio?n y conceder la palabra, sino estaremos atropella?ndonos toda la noche. Yo la conozco, amiga mi?a, usted es impaciente, revolcada y capaz de revelar un final antes de lo debido. (¡Jama?s!). Por eso le pido, compan?era, en el registro que haremos de lo que suceda esta noche en Hornopire?n, mucha calma. (¡La tengo!). No se? de do?nde pero busque dentro suyo la templanza del silencio y el fuego del arrojo cuando la historia mande o, mejor, cuando yo se lo indique. (¡Lo hare?! ¡Asi? lo hare?! ¡Me dejare? guiar! ¡Aprendere? de usted! ¡Sera? el farol en la oscuridad del relato que nos espera impaciente como un tu?nel abierto! ¡Usted, hermana, so?lo usted evitara? que mi lengua pierda el rumbo en las desconcertantes profundidades de este oce?ano inquieto!).

Bien, retomemos. ¿Do?nde i?bamos? (¡Hornopire?n! ¡El volca?n, sus aires, tierras y aguas!). No, eso ya lo dije. ¡Bah! ¿En que? queri?a centrarme? ¿El magnetismo de la marea? ¿El metamorfismo de la naturaleza que por milenios se ha reparado a si? misma sin ayuda? (¡La equivocada nocio?n de lo que es un equilibrio!). ¿Tambie?n hablamos de eso? ¿Del equilibrio? Pa?jaro estulto, metio? tantas palabras entre las mi?as que corto? el hilo. Por ma?s que intento seguir, mi mente se confunde. Se salio? con la suya. Continu?e usted, termine esta introduccio?n. Ya retomare? cuando sea necesario.

(¡Gracias! ¡Eso! ¡Sigo yo! ¡Lo deci?a recie?n mi com- pan?era! ¡Llevamos toda una vida aca?! ¡Conocemos el pueblo como el patro?n mismo de nuestras plumas! Son cuatro de?cadas recorrie?ndolo, por dentro, por fuera, por el aire. Estamos viejas, si?, maltrechas tambie?n, pero podri?a apostar que cualquier habitante de Hornopire?n nos contempla como parte de su ciudad. Somos las dos gaviotas que siempre navegaron en la lancha del capita?n Sologu?ren cuando, antiguamente, el viejo pescador no era viejo y todavi?a sali?a a navegar). ¡Alto! Aquella historia ya se contara?. No se adelante. Ya lo hablamos: no se apure. (Somos las dos gaviotas que cualquiera reconoceri?a porque descansamos la mayor parte del di?a sobre el campanario de la iglesia). Donde estamos ahora mismo esperando al gran ser que rompera? las cadenas que nos atan al progreso y la contaminacio?n. (Somos tambie?n, con muchas otras, las gaviotas que a veces vamos a merodear las balsas salmoneras, la ca?rcel en medio del mar, y recibimos palazos de los hombres a cambio de las sobras de lo que llaman comida gourmet de exportacio?n).

Recuerde, estimada, que esta historia no trata ni de usted ni de mi?. Evite esa tendencia, no se desordene, no pierda nuestro foco: el gran misterio que hemos solicitado con nuestro vuelo en masa para que se desenvuelva bajo el velo salado del mar.

(¡Usted tambie?n se entromete! Predique con su ejemplo y cierre su pico hasta que termine mi intervencio?n. Somos las dos gaviotas ma?s antiguas de este pueblo: hemos visto desde la altura crecer a los nin?os, llegar a los nuevos, irse a los viejos y la transformacio?n que trajeron los sistemas econo?micos de los seres humanos, el fervor con el que amoldaron nuestras aguas para sacar de ellas ma?s de lo que ya estaba dado, instalando la inestabilidad, ye?ndose con la presa y deja?ndonos a todos en la miseria de su medio de produccio?n). ¿Medios de produccio?n? ¿Sistemas econo?micos, dice? (Si?, sen?ora, la compra y la venta). ¡Que? sabe usted, saco de plumas, de los artificios de los bi?pedos implumes! Deje la palabra que seguire? yo. Es tiempo de adentrar- nos un poco ma?s en esta historia, de alejarnos de este momento fantasmal, (¡luces verdes salen del mar!), y retroceder a las horas previas para que podamos en- tender por que? esta noche es asi?, silenciosa, asi?, res- guardada arriba por gaviotas, iluminada en el fondo por un fulgor sobrenatural. Atendamos al di?a de hoy y quiza?s reconozcamos el poder que impulsa desde los oce?anos a los seres del planeta para conservar lo que al menos nosotras, irracionales, llamamos hogar. (¿No hubo rima ahi??). ¡Escuchemos de los hombres el paso del tiempo y el error! Del viento y las mareas presenciemos el nacimiento de nuestro propio monstruo quien, enorme, iracundo, enfrentara? a un enemigo sin nombre que depreda nuestro derredor.

(Estoy asustada). ¡Por favor! ¡Deje que comience el relato! ¡La bestia no viene por usted: somos nosotras las que la estamos llamando!

Esta misma man?ana Hornopire?n no se vesti?a con el traje cao?tico que luce ahora de noche. Las aguas guardaban el color azul que refleja la base de las cordilleras, el cielo se ergui?a en su celeste a medida que un sol albo asomaba calentando apenas los a?rboles, mares y vientos, sin que el vuelo de ningu?n ave estorbara su luminosidad. Asi?, cada man?ana y hoy, esta maravillosa bahi?a se poni?a en pie y la gente haci?a lo suyo encendiendo los motores de sus botes y lanza?ndose mar adentro a experimentar, como en pocos lugares, la pureza del aire o del agua con sal. (Ha sido una suerte haber nacido aca?. Me imagino una gaviota de ri?o en medio de una ciudad. ¡Asco!). ¡Termine, pajarraco! ¡De?jeme arrancar la historia de una vez!

En medio de una oscuridad sin fin que podri?a ser un espacio navegable tan hondo como el oce?ano de la propia consciencia, habi?a un punto de color que culebreaba similar a un animal de agua y se vei?a, desde la distancia, gris, meta?lico pero completamente flexible. Aquella figura nadaba sin avanzar porque la rodeaba una gigantesca sombra que, entonces, comenzo? a hacerse ma?s pequen?a, ma?s pequen?a, hasta reducirse al mismo taman?o del animal que nadaba y retenerlo dentro de una especie de corral. No se podi?a mover. No podi?a siquiera girar hacia otra direccio?n. Fuera de ese reducto, no pareci?a haber nada. No pareci?a haber salida. Un gemido vibrante envolvio? todo como el lamento de un gigante haciendo tremolar los matices inexistentes y, de pronto, los cielos tambie?n negros comenzaron a abrirse en dos, realmente partidos por la mitad. Un brillo indefinido se fue posando sobre el paisaje invisible y la creatura. Poco a poco ma?s y ma?s luz se filtro? hasta que la bo?veda completamente abierta, que era los pa?rpados de Vi?ctor Corti?nez, lo obligo? a despertar sobresaltado. Estaba en una butaca junto al pasillo en un bus. No habi?a ma?s pasajeros en frente ni en los dema?s asientos. Junto a e?l, en el puesto de la ventanilla, miraba hacia afuera con la cara pegada al vidrio su padre quien, seguramente, disfrutaba de la mancha de humedad que creci?a y disminui?a cada vez que respiraba. El quejido que escucho? dormido, insistente en su vigilia, fue desvanecie?ndose en la lejani?a.

Vi?ctor se restrego? con fuerza los ojos, volviendo de suen?os ma?s profundos a los que estaba acostumbrado. Hace mucho no dormi?a bien. En realidad, desde que cuidaba a su padre no podi?a descansar sin preocupacio?n, pues el viejo, vi?ctima de pasiones desconocidas que la humanidad decidio? llamar enfermedad, tendi?a a realizar ciertos actos resultantes, en el peor de los casos, en un accidente: por ejemplo heroicos escapes en transporte pu?blico o intentos de prepararse infusiones con el evidente riesgo de una quemadura. An?os habi?an pasado desde el momento en que Vi?ctor dejo? su vida para encargarse de la de su padre. Estaba cansado. No podi?a ma?s viviendo de esa manera, sometido a las voliciones de me?dicos incapaces de dudar de sus propios criterios. Por eso iban en el bus donde despertaron esta man?ana. Vi?ctor tomo? decisiones y quiso enfrentar la enfermedad con sus causas o reconquistar, mediante la resucitacio?n de los sentimientos anestesiados en su papa?, la cordura. Basta de recetas: los cienti?ficos que a trave?s de pi?ldoras deci?an estabilizar las sustancias cerebrales indeseadas no pudieron, despue?s de cinco an?os, librarlo de su ambulatorio estado de introversio?n.

Para poder dormir la noche que viajaron desde Santiago, donde vivi?an, al pueblo de Hornopire?n, Vi?ctor decidio? probar e?l tambie?n las drogas que un me?dico le provei?a para intervenir el natural funcionamiento de las neuronas de su padre. Asi?, apenas arranco? la micro, antes de traspasar el opaco li?mite de la ciudad, ambos ya habi?an ingerido un pequen?o comprimido. Todo ocurrio? como Vi?ctor esperaba. Ambos roncaron ininterrumpidamente durante todo el viaje. Sin embargo, su padre cargaba con un organismo algunos an?os familiarizado a ese tipo de qui?micos, por lo que cuando desperto?, el viejo ya incorporado, manteni?a su cara pegada a la ventana. El bus detenido, los asientos vaci?os y ni siquiera el chofer estaba para darle los buenos di?as. Se habi?a quedado dormido de una manera enfermiza. Au?n senti?a delante de sus ojos al pez atrapado en sus suen?os dando coletazos imposibles. El sollozo submarino lo habi?a abandonado pero lo guardo? en su memoria como el clamor de un animal inconcebible. Ya con esa experiencia, sintio? que haber venido al sur, dar ese pequen?o paso para escapar de esas mismas pastillas recetadas a su padre, era lo indicado. (¡Que? fuertes compuestos son capaces de tomar! ¡Manipulan su eterno mecanismo! ¿Y los designios naturales con que fueron fabricados sus cuerpos? ¡A nadie importan los designios!).

Sin moverse de su asiento, sin haber regresado completamente de su letargo, Vi?ctor Corti?nez se giro? para poder visualizar la situacio?n. A trave?s del cristal empan?ado, aprecio? una plaza rectangular llena de pasto largo con algunos objetos u?tiles y otros dispuestos como decoracio?n: bancas de madera, una carreta vieja, un mapa de la zona pintado en tablas y expuesto bajo un techo para los turistas, varios ma?stiles de banderas que, en ese momento, estaban desnudos; a los costados de la plaza ningu?n edificio llamaba la atencio?n ma?s que un almace?n, un hospedaje o una casucha donde se intercambiaba ropa usada por dinero. Al estirar la mano por encima de su padre sin que este se molestara, luego de frotar la ventana y quitar el vapor que escapaba de los pulmones del viejo para anidar en los vidrios, distinguio? con claridad una alta iglesia de tejuelas bermejas cuyo campanario terminaba en una punta de lato?n verde. Alli?, sobre todo lo dema?s, algunas gaviotas observaban. (¡E?ramos nosotras! ¡A esa hora de la man?ana au?n no volaba la bandada!). Desde la micro, Vi?ctor identifico? una calle que bajaba hacia el mar junto a la iglesia. Por ahi? debi?an ir. Seguramente alla? los podri?a recoger la lancha.

Consiguiendo la energi?a necesaria, es decir, apropia?ndose del descanso de la noche y dejando atra?s la resaca de las pastillas que lo hicieron dormir, se paro? del asiento para tomar su chaqueta y un bolso pequen?o que teni?a entre los pies. Estaba listo. Trai?a todo lo necesario. So?lo faltaba su padre. Vi?ctor Corti?nez lo miro?, como desde hace un tiempo, propenso a la melancoli?a. Penso? fugazmente en el pasado. Se vio a si? mismo indefenso dentro de un cuerpo ma?s pequen?o y una mente incapaz de manejar ninguno de los hi- los de la marioneta mundo, cuando su padre estaba en perfecto estado de salud. Viajaban mucho juntos. Por el trabajo de Vi?ctor Corti?nez, padre, Vi?ctor Corti?nez, hijo, conocio? de pequen?o ma?s de un continente. (¿Se llamaban igual?). Asi? es, una pra?ctica frecuente en ciertas e?pocas, en ciertas latitudes. (Y recorrieron muchos pai?ses tomados de la mano). Pero hoy en la man?ana, con los roles invertidos, era el hijo, ya no tan joven, quien debi?a velar por su padre las veinticuatro horas del di?a desde el accidente que lo habi?a trastornado. Lo miraba y dudaba si el viejo sabi?a do?nde estaban. Por sobre la bufanda con que lo envolvio? hasta su barbilla, de la que naci?an breves vellos grises, sus ojos pareci?an atravesar el cristal de la micro, las estructuras de la plaza y las construcciones, para depositarse como un ave que amariza dulce en el pie?lago, ma?s alla? de la bahi?a de Hornopire?n. Era probable, habi?a planeado Vi?ctor, que su padre pudiera recibir el olor a sal, la humedad. Lo miraba y dudaba si el viejo sabi?a do?nde estaban.

Seguramente algo ocurriri?a en su interior cuando sintiera otra vez el mar junto a e?l. (¡Y eso que todavi?a no nos alza?bamos las gaviotas, comadre!).

¡Por todos los peces del mar! ¡Me esta? sacando plumas de colores, gaviota! ¡Que?dese callada de una vez! Aprenda a escuchar, que asi? le va a ser ma?s fa?cil tomar el ritmo cuando me atreva a cederle la palabra.

 


simon_ergas-150x150.pngSIMÓN ERGAS (Santiago, 1983) Escritor y editor en La Pollera Ediciones desde sus inicios. En 2005 ganó el Premio Caja de Pandora en cuento que da la Universidad de Deusto en Bilbao, España, y el 2010 obtuvo el primer lugar en cuento del Festival de Bicicultura. El 2011 publica como un proyecto familiar su primera y quizás única novela de no ficción De una rara belleza, que fue reeditada en 2016. El 2015 su cuento ‘Eco’ es incluido en la antología Relatos del Capitán Yáber. El año 2016, su novela Tierra de aves acuáticas recibe una mención honrosa en el Premio de Narrativa Francisco Coloane y es publicada por Editorial Oxímoron.  Actualmente, prepara la edición de su libro de cuentos cortos Delitos de poca envergadura, ilustrado por Rafael Edwards.