Tinder Tales #7

VERDAD

Es muy tarde. El perro duerme, los vecinos duermen, los niños duermen, Alejandro —a su lado—, también duerme. Ella es la única para quien la noche ya no es un descanso. El silencio nocturno es una superficie donde miles de películas se proyectan sin cesar en su cabeza, un drama que se viene repitiendo desde hace semanas.

—Alejandro, Alejandro…
—…
—Alejandro, necesito saber…
—¿Qué pasa, Aline?
—¿Cómo te la culiabas?
Él se despierta, se seca la espalda, hace calor, su mujer tiene los ojos inyectados, espera una respuesta.
—Aline, son las cuatro de la mañana.
—¿Te gustaba más culiártela a ella que a mí, era eso?
—Dios mío, pensé que ya habíamos superado esto.
—¿Era mejor en la cama?
—Aline, por favor. ¿Qué quieres de mí? ¿Qué quieres que te diga?
—¿Te la chupaba más rico?
—Basta, el psicólogo dijo que ya basta, que había que sanar heridas ¿recuerdas?
—Es que quiero saber, Alejandro, yo solo quiero saber. ¡Por qué no me dejas saber todo lo que hiciste con ella! ¡Quiero entender por qué lo hiciste!

Aline jadea como un coyote, tiene la mirada desencajada y está roja de rabia. Comienza a repetir a gritos que quiere saber, que sólo quiere saber. Alejandro intenta abrazarla, pero ella lo araña, le pega donde puede y él se deja golpear: piensa que tal vez así, se le quite el enojo. Sabe que se lo merece, que la cagó y que le toca despertar cada noche con las mismas preguntas encima. Sólo atina a insistir que la ama, que lo perdone, que nunca más, que es un hombre distinto y ruega en su interior por que los niños no se despierten.

Ella deja escapar un último alarido: ¡Ándate de mi casa, no quiero volver a verte! Su quejido logra despertarlos a todos. La más pequeña, aparece somnolienta en el cuarto y Aline le dice que se despida de su papito, que su papito se tiene que ir, que se va de la casa. Acto seguido, saca un bolso y empieza a guardarle ropa con una delicadeza tan cuidada que exuda odio. Arañado y descompuesto, Alejandro llora viendo a su hija. La niña, que no entiende nada, se le acerca, le da un beso y un abrazo y le dice “cuídate papito, ¿cuándo vamos a volver a verte?” y Aline entonces se tranquiliza, se acerca a la pequeña y la abraza y le dice que está jugando, que el papito no se va a ir. Al menos no esa noche. Y sale de la pieza para acostarla en su propia cama.
Cuando vuelve, Alejandro tiene una toalla con pequeñas manchas de sangre y está vestido para irse, con el bolso listo.

—¿Para dónde vas?, ¿te vas a ir donde esa maraca acaso?

Alejandro suspira. La culpa es suficiente como para aguantar toda esta locura. Se pone el piyama de nuevo, se acuesta e intenta darle un beso en la mejilla a su mujer, pero ella no lo permite. No se han acariciado en semanas. Al rato, se queda dormido y ronca.

Y Aline queda igual que antes, con sus ojos abiertos e inyectados. Repasa en su mente las fotografías y los mensajes que descubrió hace un tiempo en el celular de su esposo, el único hombre que ha tenido. A esas alturas, sólo queda esperar el amanecer porque la luz que aplaca esa aquellas imágenes en su cabeza: todas las formas en las que su marido se culiaba a esa weona, todas las cochinadas que tal vez esa mujer le dispensaba y de las cuales ella cree, es una total ignorante. Eso era todo.

Estaba cansada de imaginar. Quería saber con certeza si realmente se lo chupaba más rico, si era mejor en la cama, si le gustaba culiársela más que a ella. Realmente creía que era lo único que podía explicarlo todo, que era lo único que la salvaba de sentir que había fallado como mujer. Tenía que saber, de él nunca aprendería nada. Mira la apacible cara de su marido ya bañada por el primer rayo de luz, toma su celular, elige seis fotos y espera. No demoraría mucho tiempo más en saber cuál era la verdad.

 


Cayo Cactus (1984). Nadie lee las bios. Catrileo y La Calaquita Ediciones.