Futuro esplendor: Cinco poemas de Maximiliano Díaz Troncoso


CANCIONES DE CUNA

He escuchado que los hijos
son los primeros en enseñar a los padres.
A los míos, aunque inexpertos en la materia
era imposible enseñarles sobre rock.
No sabían mucho sobre cómo críar,
pero sí de cassettes y estaciones de radio.
Las canciones, recitadas con un inglés
mal pronunciado mientras se barría la casa
(la primera)
y se bailaba.
Rezos atendiendo a las dudas de la juventud
con un hijo descubriendo en el patio
el sabor de las hormigas.

A eso se sumaron los cassettes infantiles;
la búsqueda de los colegios
sin un personal stereo; esconder
la marihuana bajo la cama, terminar regalándola
al tío más joven.
Nosotros, mientras tanto, con nuestros primos
al fondo del parrón.

Estos muchachos no estaban preparados para tener hijos:

a La voz de los ’80 se le enredaba la cinta
entre la articulación binaria
de la cassetera, y las manos
de un niño sin dotes musicales.

Manada de chiquillos,

haciendo lo posible
por llegar temprano de las fiestas
y no volver a aceptar plata
de la mano de sus abuelos.

Recitando sus oraciones y sacando las cuentas
para comprar leche y conseguir
las primeras copias de lo nuevo de norteamérica (quién sabe qué)
de la mano de los amigos sin hijos.

Ya no se pudo tocar la guitarra
después de las diez.
Los niños,
arrebatos de un amor inmaduro,
ternuras irresponsables
debíamos dormir.


LIMONES

Entro peinado, impecable, a la escena
de los papás jóvenes peleando.

Dicen en algunos colegios
que lo mejor que pueden
hacer las personas
es rezar,

así que me dispongo,
de rodillas junto a la cama,
a invocar la voluntad divina

y cuando no encuentro respuesta
en el heroíco
viaje de la plegaria,
yo, que tampoco he comprendido
aún
los sagrados emblemas
ni el reglamento establecido del amor

me levanto, voy
a despertar a mi abuela
y salimos al patio
a recoger limones verdes
que madurarán en la cocina.


MIS ABUELOS PATERNOS VIVEN EN EL CAMPO

pero nacieron
en un campamento minero.
Compraron media hectárea
cuando mi abuelo jubiló
y terminaron de criar
a dos nietos.

Se sientan en su terraza
a mirar las hojas de los manzanos
reflejar la luz
después de que llueve,
o se cruzan de piernas
a pelar porotos verdes
con la calma impecable
que sólo logran / algunas piedras
o los mejor entrenados
samuráis.


LA GRAN OLA DE KANAGAWA

A los cuatro años no se recuerda mucho.
Pero:
1998
y la casa de mi bisabuela.
Pinturas japonesas
en la puerta de un mueble.

Solo eso. Pinturas
(el mueble, perdido
después de su muerte).
Hoy, me encuentro estas mismas imágenes
en internet,
y desde mi pieza, estudio con paciencia
las olas de Hokusai:
El patrón, las ondas del agua,
la historia del día
que se revolvió el mar.

No hay barcos
en la marea de Kanagawa.

Aunque detrás de las olas
podrían existir dos ancianos
recorriendo el brazo del pacífico,
cuando las manchas de sol
se cuelan a través de las nubes
y los navíos se convierten
en nostalgia por la aldea abandonada.
O tal vez no la aldea, quizás
ciudades más grandes,
podrían ser Kyoto
o incluso Hong Kong. Dicen que
un país completo
también se vuelve pueblo
cuando es abandonado.


COSAS QUE VALE CONTARLE A MIS HERMANOS

Chicos:
esto está escrito en Santiago, y aunque
en algún momento
deberá viajar a ese segmento
de la carretera al sur que es Rancagua
asumo que demorará mucho más
de lo que demora un correo
enviado por internet o compañías
de encomiendas
(capaces de dejar mensajes
en lugares como Brasil o México
a una velocidad impresionante)

procuraré ser breve, pero no por falta de tiempo
ni de ánimo (aunque éste no me sobre),
sino porque este es mi primer
año de marginarme voluntariamente
de ese subsidio maravilloso
al que las madres llaman mantención:

hagan lo posible
por no trabajar en una librería,
parecen lugares serenos y luminosos
pero están llenos de decepciones: divorcios hijos enfermos
pastillas con horarios
y muertes
que la gente intenta apalear con la lectura
de poemas o teoría antropológica
a pesar de la risa de las colegialas
en la vitrina

perdonen a los padres
(da igual si ellos no lo saben)
vayan al dentista
cuando lo necesiten
no hablo desde el mítico consejo del anciano
y las placas
a mis 23 años ya he perdido tres muelas.

sepan que el viaje a la costa
adquiere cada año un esquema nostálgico
que aumenta por verano.
Jueguen cartas con mi abuela escuchen
sus historias que tienen nombres como Menche
u Olga
mujeres increíbles
que fueron críadas en la pampa
o en la falda de la cordillera y sacrificaban
junto a sus padres a los caballos heridos
y cachorros sobrantes de la camada.
Da lo mismo si no entienden hacia dónde va. Cuando
alguien de la familia muera amplíen y enmarquen sus fotos
(son regalos excelentes).
Solo si pueden roben fotos viejas a las abuelas pero cuídenlas
y comprométanse a mirarlas dos
o tres veces por mes. Los escenarios evolucionan cada año

cocinen, pero aléjense
de los tallarines y rieguen bien las plantas.
Es terapéutico hacer cosas con las manos

no hablaré de estudios. Los bicicleteros crean máquinas de fierro goma y cadenas
sin conocer la teoría de la mecánica
fuera de la práctica

ni tampoco de los peligros de andar por la calle, ni siquiera lo intenten.
Solo tengan siempre claro que en todo
momento de la historia los cuchillos
han derrotado a la piel.


Maximiliano Díaz Troncoso.png
Fotografía: Pablo Vásquez

MAXIMILIANO DÍAZ TRONCOSO (Rancagua, 1994) Llega a vivir a Santiago en 2012 para estudiar Literatura en la Universidad Diego Portales. Fue becario de la Fundación Pablo Neruda durante el 2015, y a fines de ese mismo año terminó su pregrado. Actualmente trabaja en la librería Metales Pesados y está en conversaciones para la publicación de su primer libro.