En sociedad: La doble lógica de aceptación/rechazo y la figura del lector en ‘Oquei, gracias’ [por Leonardo Lugo]

Oquei, gracias [Portada]

Oquei, gracias (Barnacle, 2017)

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El libro de Alberto Cisnero Oquei, gracias se abre con un título que instaura algunos de los núcleos de sentido que atraviesan la propuesta poética. Pareciera que hay una doble lógica en ese “Oquei, gracias” de aceptación/rechazo, y que juega a varios niveles. Paso a enumerar algunos de ellos.

En principio, se podría decir que hay un gesto de aceptación y agradecimiento respecto del drama que vincula al sujeto que habla a una pérdida o un desengaño amoroso: se dice “Oquei, gracias” como quien dice “entiendo”, “acepto este estado de cosas”, “lo agradezco”; sin embargo, a lo largo del libro, se muestra esperanzado por recobrar su objeto perdido o por restaurar el tipo de lazo que los unía. Es así que enuncia: “negué, pero estoy cortejado, tuyo/en concreto. y alego lo hermoso del mundo”, o “he conocido el amor y he traído una sola cosa./un recuerdo de sol harto. pareció alejarse,/alejarse muchísimo. pero llevo su imagen/límpida en mi corazón”.

 El lector asiste, entonces, a un drama escenificado en situaciones que muestran distintos estados del alma, pero que no se resuelven sino en un sentimiento paradojal. El poema 25 se abre y se cierra con las siguientes frases: “que al recibir éstas, las elegidas de mí,/te encuentres con vida, quedando aquí/de igual modo”; “cuando llegués/a destino y abras tu valija, yo voy a salir de ahí”. Ese estado “entre”, de indefinición, abre una llaga en la voz poética que no puede dejar de testimoniar el “largo crepúsculo” por el que atraviesa. El arte de Cisnero desata los “nudos negros” de ideas que se tensionan entre sí y no se concilian; es el lector quien debe atar cabos para reconstruir la imagen polifacética del drama amoroso al que asiste.

Del mismo modo, en relación a la lengua existe esta doble lógica de aceptación/rechazo. El título nuevamente nos puede guiar al respecto. La ortografía de la palabra “Oquei” castellanizada –O-Q-U-E-I—, su no-acentuación y la puntuación del enunciado con la coma entre ambas palabras, también muestran un modo ambivalente de referir las cosas. Aquí se perfila la problemática acerca de la corrección de la lengua, de la propiedad. Conecto lo antedicho con un pasaje del poema 11: “signos especiales para marcar/la propiedad. Habrá quien volverá/a replicarlos palabra por palabra”. Por momentos, es como si no alcanzaran las normas lingüísticas para referir ciertos desgarramientos, por eso se amplía el espectro de la lengua; se distorsiona, se crea una gramática dentro de la gramática. Para nombrar lo propio de las cosas del mundo, a veces el lenguaje necesita volverse impropio.

Esto se evidencia sobre todo en el uso de la puntuación, uno de los principales recursos para otorgar un ritmo específico a los enunciados. El uso del punto y seguido que lleva a cabo el poemario pone en entredicho los usos correctos de las normas de puntuación: “cortajea” las frases, las sentencias, y genera un efecto de vaivén, de vacilación discursiva que se mimetiza con las vacilaciones del sujeto respecto de lo que dice: “no sé cuál es el proceso/exactamente”, “escribí desesperado algo/que ahora no recuerdo y no se basaba/en un recuerdo corrompido por los copistas”. El poema 17 comienza diciendo algo que resulta clave para pensar el valor que posee la puntuación en esta propuesta: “si dudás, que al salir, salga cortando”. El discurso cortado es el que con mayor precisión puede relevar las dudas, las tribulaciones interiores del sujeto.

Otro nivel en el que se reconoce esta doble lógica de aceptación/rechazo aparece en el “lugar” en que el poema se instala respecto de las tradiciones literarias. El segundo poema del libro comienza con la frase “y sí dije sí lo haré sí”, que es la frase con la que se cierra la novela Ulises, de James Joyce. Esta intertextualidad recoge las últimas palabras del célebre monólogo de Molly Bloom, el personaje femenino de la novela, monólogo que está construido sin puntuación que corte el discurrir de la palabra. La intertextualidad sirve, entonces, para echar raíces en un tipo de literatura vanguardista, experimental, que en su momento se opuso a los cánones reinantes durante siglos. Dicho gesto de comunión con formas experimentales se renueva en otros pasajes en los que se perciben ecos de poéticas como la de César Vallejo, por poner un ejemplo. Esto es así porque, como dice el poema 5, el objetivo aquí es “comunicarnos/no un mensaje en la forma clásica, sino la forma completa de un deseo”.

Sin embargo, esta operación que instala al poemario en una línea rupturista de la creación literaria, no niega la posibilidad de enriquecer la propuesta con elementos que provienen de estéticas más clásicas. A lo largo del libro aparecen imágenes, modos de decir, tópicos, etc., pertenecientes a poéticas de corte romántico o de estilo clásico. Pasajes como “será largo el crepúsculo”, “su contenido de frasco de tinta”; el sentimiento elegíaco que sobrevuela por momentos, las constantes apelaciones al corazón del yo poético, muestran que el vínculo con la poesía de estéticas ya “superadas” también es ambivalente: si bien se sostiene que “ya dieron su fin/los laberintos y meandros de un viejo río” y que “ya no caben necios alardes”, no se rechazan los aportes de estas estéticas que se resignifican en la medida en que están puestos en tensión con elementos de la poesía moderna.

Quisiera elaborar aquí una idea en torno del libro “Oquei, gracias”, esto es, que aquello que lo dignifica, si se me permite el término, es que, en pos de nombrar las contradicciones que desgarran a quien habla en el poema, toma una distancia crítica respecto de imaginarios supuestamente perimidos pero no renuncia a sus conquistas. Con ello, arriba a un nuevo concepto de la estética, a una idea de la belleza, a un compuesto que absorbe los elementos más productivos tanto de las poéticas clásicas como de las contemporáneas.

El poemario se abre a múltiples usos del lenguaje. Conviven en él arcaísmos, vulgarismos, cultismos, formas coloquiales, formas preciosistas, neologismos, latinismos, etc. Algunas frases nos guían respecto de esta idea de puesta en perspectiva pero no de renuncia. Cito: “agua lustral/hasta el agua de los caños”, “ahora te hablo y por consiguiente igual/que los grillos, de la basura me alimento/en cada palabra cifrada entre las manchas”, “y me remito a la fuente./aquello que todavía puedo abandonar”. Como decía Susana Thénon, “al poema le incumbe todo, aun la tierra más ingrata”.

Anteriormente hice referencia a la figura del lector como aquel que debe realizar ciertas operaciones que recogerían el desafío propuesto por el poemario. Vuelvo sobre esa idea y la amplío diciendo que el libro prevé instancias de recepción, reflexiona sobre el papel que le cabe al lector, da pautas o modelos de la lectura –incluso con “pistas falsas”-, llama la atención sobre elementos que influyen en la atribución de sentidos, etc. Transcribo algunos ejemplos: “leyendo al recluso de charenton con diccionario”, “te doy estas/señales. el rumor, luego lo abrupto. surgirán/ya las flores. si de eso hablábamos”, “y ese haber se omite en los libros”, “dejé las más simples para el final”, “en amor prometemos/todo y luego vamos viendo. en tal situación/el desocupado lector me ha encontrado al inicio/de este manuscrito”.

Tal vez el enunciado más relevante a este respecto sea ese en el que se habla irónicamente de “mi cómplice. mi infrascrito. mi divisa”. El lector tiene que ir más allá de ese “lector cómplice” postulado por propuestas estéticas que en su momento fueron “de avanzada”. Ya no basta con reponer sentidos que nunca van a estar muy lejos de la superficie. Es necesario otro tipo de lector, uno que pueda captar o acercarse lo más posible a “la forma/completa de un deseo”.

La propuesta de Oquei, gracias obliga al lector a hacer constantes conexiones para construir sistemas de lectura a fin de asignar sentidos a enunciados ambiguos y complejos, pero esos sistemas se ven constantemente desbaratados. Cada línea interpretativa, cada “entrada”  desde la cual intentemos acceder al texto, se ve defraudada por ideas que contradicen, amplían, distorsionan, borronean  las construcciones de sentidos que se erigen en la obra.

La riqueza del poemario reside en esa potestad de hacernos entrar en sistemas de los que luego se escapa. Toda idea tiene su reverso, su negativo (por ejemplo: antes dije que el segundo poema del libro comenzaba con el final del monólogo de Molly Bloom, monólogo que está escrito sin puntuación, pero los poemas de Cisnero están constantemente “cortados” por la puntuación). Toda operación de lectura, entonces, es limitada ante un mundo de muchas dimensiones y aristas. En esa continua evasión que evita un congelamiento del sentido, es en donde está viva la poesía, objeto vislumbrado pero inasible cuya potencia pervive exactamente en su capacidad de rehuir a lo cristalizado.

Hay un “lugar” irreductible al análisis. Toda teoría es precaria cuando un objeto artístico nos habla más allá de síntesis posibles. No hay dialéctica que reduzca a lenguaje lógico los mensajes poéticos de Oquei, gracias: hay solo una “región” sin gobierno en la que el lector se deja abrasar por un fuego indiscernible. Permítanme decir que el lector vive en una angustia feliz, la de sentirse interpelado por la traición amigable de la escritura.


Leonardo LugoLEONARDO LUGO (Quilmes – Buenos Aires, 1983). Es profesor de Lengua y Literatura por el Instituto Superior de Formación Docente Nº 50 de Berazategui. Ha cursado la Licenciatura en Enseñanza de Lengua y Literatura en la Universidad Nacional de San Martín. Ha publicado investigaciones que atañen al área de la didáctica de la literatura y ha sido ponente en congresos y jornadas de didáctica de la literatura. Ha participado de cursos y seminarios sobre poesía y otros géneros con escritores como Jorge Fondebrider o Leopoldo Brizuela. Actualmente se desempeña como profesor en diferentes instituciones del Nivel Terciario del sur del Gran Buenos Aires. Sus intereses se centran, sobre todo, en la narrativa y en la poesía modernas.