Extracciones: Caja de resonancia [Constanza Anabalón Tohá]

2 Portada Caja (1).jpg

Fragmentos extraídos de Caja de resonancia (La Calabaza del Diablo, 2016)

2. 


* 

Un verano nos fuimos todos en caravana hacia el sur. Era la época en que mis padres se separaron y todo se solucionaba viajando. Cuando fue el primer quiebre nos mandaron junto con mi hermano un par de semanas a Temuco. Con el quiebre definitivo comenzamos esta caravana, cuyo destino final era Chiloé. Tenía siete años. Comenzaba a sospechar que los adultos a veces tenían buenas ideas.

Iba mi tía con sus cinco hijos, sus nietos, mi madre, mi hermano y yo. Ah, y el marido de mi tía, un filósofo loco que solía hacer puré en tetera y se encerraba por las tardes en la pieza del planchado a ver el canal ARTV.

Fue un viaje de risas, de goce. Las primeras cabañas donde nos quedamos se llamaban “La Viuda Alegre”. Eso nos dio material para un par de días. Allí conocimos a Patricia, la cabra de monte que se creía perro. Corría para todas partes con el Dog (el perro ovejero-madre postiza). Hacía unos sonidos que emulaban un ladrido. Te pedía cariño, y si tenías la mala ocurrencia de dárselo se montaba en sus dos patas traseras. Seguramente sería una anécdota para un tipo de uno ochenta. Cuando tienes un metro veinte de vida, estas cosas asustan.

Lo de Patricia fue gracioso hasta el día en que debíamos continuar el viaje: se subió al portamaletas y nos demoramos más de media hora en bajarla. ¿Cómo bajas a una cabra que se cree perro del portamaletas de un auto?

También conocí a mi primer amor. Se llamaba Felipe, era hijo de los dueños de las cabañas. Intenté conquistarlo haciendo una coreografía que vi en Los Simpsons, con música de la Pantera Rosa. Esa onda. Lo peor es que me resultó.
 

*

Todas las noches nos quedábamos jugando cartas hasta entrada la madrugada. Con siete años, “entrada la madrugada” era cualquier horario después de medianoche. Jugábamos Carioca o Black Jack, no había muchas más opciones. Considerando que era la época en que el cable aún no se masificaba, y sumado a la mirada fulminante de nuestra madre si osábamos sugerir durante un viaje “prender-la-tele-sólo-un-poquito”, las cartas eran una muy buena opción. Así que con mi gorro chilote puesto, hice crujir los dedos, y mientras el mate corría, jugábamos a las cartas y comíamos papas fritas con ramitas.

Recuerdo que la última noche el juego se extendió bastante más. Yo iba ganando todas las partidas y mis primos me decían que “si tienes buena suerte en el juego, tendrás mala suerte en el amor”. Con la literalidad que acompaña a la primera infancia, no pude dejar de pensar en Felipe, el hijo de los dueños de las cabañas, en que me había ido demasiado bien con las cartas, en que ya no lo volvería a ver más, y un asco me invadió por completo. Me llevaron azul verdosa hasta la cama. Le pedí a mi mamá que se quedara conmigo, pero me dijo que más ratito.

Desperté a una hora incierta, con el golpeteo de copas y descorches. Me acerqué un poco a la puerta, y sólo pude escuchar las voces de mi mamá y mi tía. La de mi madre se escuchaba entrecortada y ya imaginaba su aliento avinagrado. Mi tía le hablaba suave, como convenciéndola de algo. Entonces nos iremos a Antonio Varas, dijo mi madre después de beber el último trago de vino. En zigzag se fue a la cama.

 


 

 

No lo olvides,

yo escribo mirándote a los ojos

 

  


3. 


*

—Ale, dame fuego porfa.

Mi prima aspiró profundamente el humo del cigarro. Estaba sentada en un pequeño piso de madera en el balcón de su departamento, mientras fumaba y se sacaba las cejas con ayuda de un espejo de bolsillo. El por qué se estaba sacando las cejas una madrugada de Año Nuevo ni siquiera me lo cuestioné.

—¿Sabís qué, Ale? Si yo hiciera alguna vez stand up, hablaría del “Triángulo de las Bermudas Emocional”, de los ocho días más terribles —y temidos— por el hombre. Y por la mujer, ¡hay que decirlo!

—¿Cuáles serían esos? —pregunté divertida, dándole una piteada a su cigarro.

—Del 24 al 31 de diciembre. Todos arrastrando los pies por las tiendas. Cansados, agotados y pegajosos. La gente corriendo desesperada por llegar primero a la caja. ¡Y todo por un mono de Dora La Exploradora, poh hueón! Para que lo único que aprenda a decir la cría sea “Mochila, mochila”. De verdad, Ale, yo no sé por qué la Corte Interamericana de Derechos Humanos aún no se ha pronunciado frente a esta tortura colectiva.

—La de Dora la Exploradora, me imagino.

—Jaja, también —respondió mi prima, llevándose el cigarro a los labios.

Le pregunté dónde había encontrado ese texto, el que leyó en reemplazo del horóscopo. Me contó que en una carpeta del computador de su mamá, en el período en que tuvieron que ordenar todo. Abrir clóset, cajones, cajoneras, sacar blusas, vestidos, collares, sentir el olor de tu mamá, qué haces cuando la presencia de tu madre inunda todo. Cuando todos te dicen que se fue, pero está más presente que nunca en todas sus cosas. Cuando tienes que botarlas. Imagínate, tienes que buscar bolsas de basura, abrirlas y depositar allí todo lo que pertenece a tu madre, todas las cosas que te la hacen presente, todo lo amado, lo querido, su olor, sus recuerdos, todo todo todo. ¿Cómo puede ser que se haya ido hace unos instantes y tú tengas que botar sus cosas? Si lo único que quieres es que se quede un rato más y todo indica que debes matarla por segunda vez. Una el cáncer, otra tú. Si a lo único que atinas es a tomar su ropa y dormirte en el piso abrazada a ella, de tanto llorar a gritos, cuando sólo puedes llorar desgarrada, llorar, llorar, llorar preparándote para lo peor. Te quedas dormida abrazada a ella. A lo que queda de ella.

En ese contexto le pregunté a mi prima si había otros textos. Me miró largo, dejó el espejo a un costado, apagó el pucho y me abrazó. ¿Quieres sus textos?, me preguntó al oído. Asentí.

*

Llegué a mi casa pasadas las dos de la mañana. Tiré las llaves sobre el arrimo, corrí a buscar el computador y puse el pendrive con los textos de mi tía. Más que Año Nuevo, me sentía de cumpleaños. Era como si ella volviera de la muerte y la tuviera aquí mismo, atrás de la silla tocándome el hombro y acercándose delicadamente a la pantalla. No puedo creer lo que leo. Voy hasta la cocina y me sirvo una copa de vino blanco. Leo y releo los textos. No puedo creer que mi tía se murió y nadie supo de la tremenda escritora que teníamos en la familia. Textos dolorosos y profundos, me remezco en la silla, voy, me sirvo otra copa, lloro un poco, sigo leyendo, me devoro cada texto, con sus muertes, recuerdos, cómo hacer para que todo esto no desaparezca, no se borre, cómo puede ser tan frágil la memoria. ¿Después de la muerte qué ocurrirá? ¿Simplemente habrá que resignarse a la erosión del tiempo? ¿Habrá algún heredero de la memoria?

En eso me llama la Dani. Que hay una fiesta buenísima, que por favor vayamos, que va a ser de lo mejor. Le dije que no, que estaba ocupada, que llamara a otra persona. Entre llamados que iban y venían pasaron por lo menos treinta minutos, quince llantos, siete portazos y cinco garabatos. No aguanté más, apagué el teléfono, lo tiré lejos y me fui a encerrar al baño. Sin computador ni copa de vino.

 


  4.


 *

Mi madre era del Partido Nacional y mi tía sólo era de izquierda. Sin militancia ni partido. Mi madre tenía 15 años cuando comenzó la dictadura. Mi tía, treinta y cinco. El tío regalón de mi madre era un latifundista del sur, español recio (o rancio, no sé), franquista hasta la médula. El tío regalón de mi tía (valga la redundancia y posible confusión) era ministro de Allende. Mi tía fue exonerada por las gestiones de un prestigioso académico de la Facultad de Estética de la P. Universidad Católica de Chile. Su único error fue haber asistido a una cena en casa de amigos, donde uno de los invitados era mirista. La DINA los siguió hasta la casa. Sus hijos dormían. Mi tía fue brutalmente torturada. Mi madre no se enteró. Mi tía fue exiliada. Mi madre quedó atónita. Mi tía regresó. Mi madre entendió todo. Una vez tomé un ramo con este prestigioso académico. Al ver la lista me preguntó si era pariente de ella. Frente a la afirmación, tembló. Les juro que lo vi temblar. En cambio, a ella se le oscureció la mirada, y me dijo que le enviara saludos. Dile que yo le envío saludos, me dijo seca. Por favor dile. Así lo hice. Nunca había visto cómo a alguien se le caía la cara de vergüenza, literalmente. Es como si su cara se hubiese transformado por unos pocos segundos en cera de vela, y hubiera comenzado a escurrir. Se derretían sus mejillas y sus manos nerviosas y sudorosas que no sabía dónde esconder. Vi cómo adelgazaba dentro de ese traje negro que solía usar, hasta hacerse polvo, nada. Una cucaracha disfrazada de académico. Kafka se revolcaría en su tumba. Boté su ramo de mierda.

*

La noche en que se los llevaron, mi tía tocaba el piano. Habían regresado de la comida con mi tío filósofo. Él se preparó un whisky y fue a ver una película de Fellini, como todos los viernes. Se sentó en el sillón de la pieza del planchado, cruzó sus piernas dejando en evidencia los pantalones con la basta muchísimo más corta que los calcetines. Mi tía, en cambio, se sirvió una copa de vino blanco y se sentó frente al piano, que estaba en el living de la casa de Antonio Varas. Llevaba días obsesionada con una partitura. Sentía que no lograba sacarla del todo bien. Antes fue Rachmaninoff, ahora es Bach. LA – SI – DO – SI – LA– MI – SI – SI – MI – LA – LA – MI – LA – SOL#, solfeaba mientras rayaba el papel con lápiz mina. Estaba en eso, totalmente absorta en el tocar, en poder interpretar de forma perfecta la pieza, en cuál debía ser la presión justa que debía aplicar sobre las teclas. Justa, justa, no un sobajeo inútil con la tecla, tampoco hundirla sin piedad, debía llegar al punto justo, a la phronesis como le habría dicho su esposo riendo, mientras ella daba pequeños sorbos a la copa quedando su labial levemente marcado. Seguía rayando obnubilada, su largo pelo le tapaba a ratos la vista, sus rulos creaban un tejido alrededor de sus brazos, y ella los apartaba de igual forma como tocaba las teclas. Era maravilloso ver cómo se movía en su asiento, cómo era poseída por la felicidad misma, cómo era poseída por la música, por los movimientos, cómo la música y ella se hacían una sola. Imagínate, ella y la partitura una sola, cómo sus dedos se alargaban cada vez que se acercaba a la perfección de la interpretación, cuando golpearon fuertemente la puerta. Golpean con locura, suena, retumba, aparece mi tío con cara de espanto, su whisky está a medio tomar, pálido, no sabe qué hacer, es un niño que no tiene idea hacia dónde correr. Botan la puerta y entran cinco tipos, chaquetas de cuero, barrigas infladas, camisas blancas, jeans, brutales, pateando, destruyendo, mi tía corre a ver a los niños, a mi tío lo agarran de inmediato y lo botan al suelo entre tres, le amarran las manos y le 28 vendan los ojos, mi tía corre escaleras arriba, corre a ver a sus hijos, le dice a la mayor que cuide a sus hermanos, que se escondan debajo de la cama, que por favor no salgan, por favor mi vida no salgan no salgan no salgan de acá, no importa lo que escuchen, no salgan, no salgan, no salgan, mi tía desesperada da vueltas en el canto de la escalera, baja no baja, si baja suben, si no baja también suben, milésimas de segundos suben no suben, apenas siente que un pie hace el amague de subir ella se lanza a correr escaleras abajo, encontrándose de frente con el puño del que daba las instrucciones. Perdió el conocimiento. Más tarde sabría que se trataba de Basclay Zapata.

*

Diez días más tarde los fueron a botar a las cercanías del Estadio Nacional, en la calle Campo de Deportes. Estaba amaneciendo, había terminado el toque de queda hacía muy poco. Los obligaron a caminar sin mirar atrás, con las manos en la nuca. Ella tenía la mirada perdida, sentía que había llegado el final. Él no tenía expresión, sólo sudaba helado. Les gritaron que se arrodillaran. Lo hicieron. Esperaron en esa posición, él con los ojos apretados, ella con los ojos muy abiertos. Después de un rato él se volteó temblando, y los milicos ya no estaban. Se acercó hasta donde estaba su esposa, la tomó del brazo y caminaron hasta la casa. Él nunca más volvió a salir de la pieza del planchado. Se aferró a sus películas y a su canal ARTV. Ella, en cambio, se cortó el pelo a tijeretazos y nunca más volvió a tocar el piano de la casa de Antonio Varas.

 


5.


*

Finalmente caí en el cliché lésbico: ir a una fiesta súper prendida llena de mujeres increíblemente guapas, pero ir con tu ex con quien has terminado al menos diez veces en el último año. Muy buena música, el ambiente prendidísimo, pero lesbian drama cada media hora. Qué por qué lo nuestro no resultó, que por qué bailan tan pegadas, que siempre supe que ella te gustaba, que esa hueona siempre te movió el poto mientras estuvimos juntas, que hace cuánto que estás con ella, que cuándo pensabas decirme, que claro sean felices y ten los perros y gatos y plantas que no tuviste conmigo. Y así. ¿Cómo podrá llamarse esto que me pasó? ¿Podría ser “GRAND CLICHÉ”? Fui a una fiesta de esas características, pero más encima en AÑO NUEVO. Una fecha en que todo el mundo se preocupa de hacer las cosas bien, de comprar uvas y lentejas ya que no se puede empezar de mala forma el año, yo la patuda hasta me preocupé de ir a comprarme calzones amarillos (por si las moscas). Pero a la primera de cambio, como dice mi abuela, me llama la Dani, me llora un poco, me estira la conversa, alude a los grandes momentos que pasamos juntas, llora otro poco, ella primero, luego yo, me dice que quizás las cosas podrían funcionar, que Año Nuevo es una fecha mágica, que ella conoció a su primer amor el año 2000 como en la teleserie Marparaíso con el beso del amor eterno, que estamos a 2009 entonces según la cábala de no sé quién chucha después de nueve años puedes volver a dar el beso del amor eterno. En realidad sólo le importaba que fuera porque tenía auto y la podría ir a dejar a su casa después. Por la absoluta dependencia emocional que tenía con ella cansancio me la ganó, así que partimos a la famosa fiesta.  

*

Hay ocasiones en que la intuición te avisa que las cosas pueden salir mal. Yo sentí un leve pitido en Año Nuevo, el estómago algo me avisaba. Fue tan fome todo que ni siquiera vale la pena entrar en muchos detalles. Basta con saber que después del lesbian drama, ires y venires, de intentar seducir de todas las formas posibles a la Dani, la llamó el hermano. Que andaba ebrio y chocó el auto de la mamá. Partimos a buscarlo. Entre la comisaría y el papeleo nos dieron las siete de la mañana. Fuimos a dejarlo a la casa y afuera de la puerta lo estaban esperando dos amigos: Diego y Miguel. Entramos los cinco a la casa del hermano de la Dani, nos tomamos unas cervezas y fumamos un poco. La Dani se prendió y quería seguir carreteando en otra parte. Ir a comprar una promo de ron con bebida, para seguir con el baile, los caños y celebra que celebra. Mientras decidíamos dónde íbamos a ir, Diego nos cuenta que para Navidad le regalaron un piano. Abrí los ojos de par en par, y ya nadie me sacó de la cabeza el querer ir a conocerlo. La Dani no quería, por ningún motivo, vamos a mi casa, decía. No la pesqué. Llegamos a la casa de Diego, dada mi insistencia en conocer su piano. Jamás aprendí a tocar y siempre quise hacerlo. En casa de mi tía, la gran casona de Antonio Varas, el piano dejó de escucharse después de Villa Grimaldi. Era un piano hermoso, de esos especiales para espacios pequeños: sin cola, pegado a la pared, con la longitud justa entre un órgano y un piano de concierto. Me senté a tocar las teclas buscando darle sentido a lo que salía. Diego se sentó a mi lado y comenzó a tocar algo que sonaba bonito e intelectual. Probablemente esa técnica de conquista le habría funcionado con alguien normal (chica x lo mira embobada, lo escucha quieta y calma, suspira por la sensibilidad del susodicho y se la lleva a la cama, que estaba justo detrás del piano). En cambio, se encontró conmigo: mientras él tocaba, yo apretaba algunas teclas tratando de acompañarlo, sin mucho éxito (según él). Diego trataba de 36 corretearme sutilmente, y yo hacía caso omiso. Ya cuando me dijo “déjame tocar, por favor”, perdí el interés. En ese instante dejé de creerme un Rachmaninoff versión femenina y fui a buscar a la Dani. El living estaba oscuro y en absoluto silencio. Fijé mi vista en el sillón y estaba ella sobre Miguel. Me pareció muy extraño. Hasta por un momento, estúpidamente, pensé que hablaban de algo íntimo y él la estaba consolando. Feliz Año Nuevo 2009.

 


Constanza AnabalónCONSTANZA ANABALÓN TOHÁ (Santiago, 1987). Estudió Sociología en la Universidad Católica de Chile. El 2015 contribuyó al libro Corazones Corruptos, desarrollado en el marco del Laboratorio de Escritura de las Américas (LEA). Obtuvo la beca de creación literaria del Fondo del Libro y la Lectura 2016. Caja de Resonancia es su primera novela.