Extracciones: Pretextos implícitos [Carlos Ariel Vega]

Pretextos Implícitos [Portada]

Cuento extraído de Pretextos implícitos (Barnacle, 2016)

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LOS FUNDAMENTALISTAS DE LA TRADICIÓN

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida?
Una ilusión, una sombra, una ficción;
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Pedro Calderón de la Barca

En la calle Elía al cuatrocientos en el barrio porteño de Parque Patricios, existía una vieja casona que albergaba a los llamados Fundamentalistas de la Tradición.

Este lugar estaba compuesto de cinco casas dispuestas a lo largo de un pasillo que casi atravesaba la manzana. La entrada era un vieja puerta de madera bastante lastimada por los años, las pedradas y alguno que otro botellazo. La cerradura estaba completamente rota y por las noches, entre las cero y las seis, se trababa desde adentro con un viejo sillón de cuero rojo donde dormía Tronador, el perro de Los Fundamentalistas. Este animal se llamaba primitivamente Boby, pero debido a sus constantes desgraciamientos intestinales, se ganó el apodo mencionado.

Cuando alguno llegaba (muy pocas veces) antes de las seis, debía silbarle a Tronador (de manera impecable y sin equivocar una nota) la marcha peronista. De esta manera el perro se despertaba, empujaba el sillón y el inquilino entraba sigilosamente para no despertar a sus vecinos.

A partir de las catorce, los Fundamentalistas de la Tradición dictaban cursos anuales y semestrales. La única manera de tomar conocimiento de estos, era haber mantenido una charla con uno de ellos en algún bodegón pasadas las cuatro copas de vino. Paso a detallar vida y pasión de los cursos que se dictaban en cada una de las casas:

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TIMBRE 1: EL MATE SE TOMA AMARGO, SI NO TOMATE UN TÉ

Este curso anual era dictado por el Negro Quiroga, un antiguo camionero, quién llegó a altos puestos gremialistas; pero un día, sin dar demasiadas explicaciones, se exilió de las rutas.

Las clases eran dictadas una vez por semana, los días martes de quince a dieciséis. En ellas, Quiroga enseñaba a los curiosos alumnos los secretos de la bebida nacional. El curso comenzaba, obviamente, con la curación del mate. Según palabras del propio Negro “mate bien curado, mate sagrado”. La técnica para el ilustre profesor era sólo una y ninguna más. Consistía en llenar el mate con yerba nueva, colocar el agua casi hirviendo y dejarlo reposar unos tres días, según si se trataba de madera o calabaza.

La asignatura continuaba con metódicos tratados acerca de la cantidad exacta de yerba, la temperatura del agua, la colocación de la bombilla y, lo más importante, el sentido de la ronda a la hora de cebar. Al final de la cursada, revelaba los secretos ocultos del mate. Por ejemplo, contaba que a su suegra le ofrecía siempre el mate con la bombilla apuntando en sentido opuesto a la cara de la mujer, en clara alusión al desprecio que sentía por ella.

Una vez, uno de sus alumnos en el primer día de clases le dijo a Quiroga que su madre curaba el mate con aceite y que nunca se le había podrido alguna calabaza. El Negro Quiroga inmediatamente expulsó al alumno y cerró por tiempo indeterminado el curso. Se fue de la casa llevándose todas sus pertenencias. Solamente dejó su equipo de mate con una nota que decía: “pónganle azúcar”.

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TIMBRE 2: QUE SE CAIGA UNA IGLESIA PERO NUNCA EL VINO

Este curso semestral era dictado por Lucas Mateo Juan, al que apodaban El Apóstol, un tipo que se dedicaba a pegar etiquetas en las botellas de vino artesanal, hasta que un día se quedó sin saliva y lo despidieron. Las clases tenían cita dos veces por semana, los viernes y los domingos a las veinte. En ellas, los alumnos aprendían a disfrutar del vino de manera única. Durante las primeras lecciones, aumentaban sus saberes acerca de la procedencia de las uvas y todo lo relacionado con la historia de la noble bebida. Ya a la mitad, El Apóstol comenzaba a intensificar la enseñanza e introducía a sus pupilos en los primeros trabajos de campo. Todas las clases terminaban a la hora de empezar, ya que todos estaban bailando sobre los pupitres o besuqueándose con la compañera de turno.

Los principales postulados eran los siguientes:

a) Para la gripe, lo mejor es una taza de vino caliente.
b) No importa el corte de la uva, total el vino es vino y, luego de dos copas, nadie le siente el sabor.
c) Al caer un poco de vino, se debe mojar el dedo con el mismo y cantar ¡Alegría, Alegría! de manera tal, que el accidente quede tapado ante semejante expresión.
d) El vino es tinto. El blanco, es un experimento fallido.
de algún científico que buscaba la cura contra la resaca.
e) Solamente se debe poner soda al vino cuando se necesita de un eructo salvador ante la demanda de un estómago lleno.

Luego de muchas y exitosas versiones de la cátedra, un día asistió a clase un enólogo del barrio de Palermo. Este le hizo una pregunta que nadie se había atrevido a hacerle a Lucas. El enólogo pregunto ¿Cuál es el vino perfecto? El Apóstol respondió solemnemente El vino perfecto es aquél que nunca habrá de ser bebido.

Esa noche fue la última noche que se vio a Lucas en la casona de los Fundamentalistas.

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TIMBRE 3 – YO NO JUEGO AL FÚTBOL, JUEGO A LA PELOTA

Este curso anual era el más prolífico en la casona de los Fundamentalistas de la Tradición. Personas de todo el mundo se anotaban y había listas de espera hasta el año del arquero.

El encargado de llevar adelante esta cursada era el Zurdo Guevara, un viejo wing izquierdo que se jactaba de haber jugado en Piraña con el Chirola Yazalde. Se dictaban clases los días lunes y miércoles de veinte a veintidós.

El Zurdo instaba a sus alumnos a ir al aula con ropa deportiva y sin bañarse, de esta manera él sentía que estaba dando una charla técnica antes de un partido. Como el fútbol es pasión de multitudes según los antropólogos del mundo, el Zurdo terminaba todas las clases encajándole insultos en demasía a cada concurrente que no acertara a sus preguntas.

Las clases se dividían temáticamente entre el lunes y el miércoles. Los lunes, el profesor daba táctica y estrategia; y los miércoles, práctica. Ya que la casa de Guevara era pequeña, la práctica se efectuaba en majestuosos partidos de fútbol sobre mesa. Esto consistía en dos jugadores por equipo: uno formaba un arco sus manos y utilizaba el dedo índice a modo de arquero; y, el otro, soplaba fuertemente una pelotita de papel intentando meterla en el arco rival. Cabe aclarar que las medidas de la pelota oscilaban entre uno y uno y medio centímetros de diámetro. Aunque lo que sí era un factor decisivo, era la hoja que se utilizaba para la formación del esférico: si la hoja era Rivadavia, la pelota era más pesada y los partidos se volvían muy friccionados; si la hoja era Gloria, los partidos eran fluidos y con muchos goles.

En el curso, Guevara enseñaba a las personas secretos y condiciones indispensables para que el fútbol siga existiendo. Entre sus pensamientos más famosos se encuentran los siguientes: “El que se viste con toda la ropa de un equipo es un tronco”, “El arquero es una persona con trastornos de sueño”, “Al cinco, dásela redonda sino no te arriesgues” y su frase más famosa, a la que él sentía casi una filosofía de vida, era “El tipo que juega con pantalones largos merece las peores miserias futbolísticas”.

Durante mucho tiempo este curso fue la sensación barrial, nadie quería perdérselo. Llegaron a poner un parlante en la calle que trasmitía la clase para quienes se quedaban afuera. Todo marchaba sobre ruedas, hasta que un día el Zurdo Guevara fue tentado con una propuesta millonaria para dar charlas alrededor del mundo. Esa noche el hombre de la zurda mágica cerró el curso y desapareció de la casa. En el sillón donde dormía Tronador dejó escrito: “mientras se pueda seguir jugando con una pelota hecha con medias, el fútbol no dejará de ser un deporte”.

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TIMBRE 4 – AL ASADOR NO VA A PARAR NINGÚN BICHO

Este curso semestral se dictaba los sábados entre las quince y las diecinueve. Era el que más horas duraba dado que su profesor Miguel —el Ruso— Bevilaqua, se dormía una siestita en el medio. El Ruso fue en sus años mozos un gran chef internacional, recorrió el mundo atendiendo a los más refinados comensales y llegó a preparar banquetes para la realeza de Inglaterra y para grandes fiestas hollywoodenses. Un día se cansó de todo eso y se dedicó a hacer asados para sus amigos, quienes lo convencieron de que se mudara a la casona de los Fundamentalistas para que dictara un curso.

En él, los alumnos aprendían los secretos para hacer un buen asado, pero también adquirían conocimientos acerca de todo lo que rodea a este ritual tan argentino.

Al final del semestre, entregaba a los alumnos una hoja de diario en la cual escribía los diez mandamientos para que el asado sea un éxito. Paso a trascribirlos:

1) No tirarás alcohol o kerosene al fuego.
2) No apurarás el vacío, aunque las presiones del público sean inclementes y amenazantes.
3) Designarás a un y sólo un asistente que te provea de todo lo que necesites (cigarrillos, cerveza, ir a comprar más carbón, etcétera).
4) Propinarás un insulto a quién ose darte signos que refieran a las partes pudendas de su madre, hermana o tía.
5) No desearás el chimichurri de la mujer de un amigo. Utiliza el que haga tu amada así sea espantoso.
6) No expondrás a la parrilla al terrible pecado de cocinar verduras.
7) No te bañarás hasta que el último comensal esté satisfecho.
8) Dejarás a las mujeres y sólo a las mujeres, el duro trabajo de condimentar la ensalada.
9) Recibirás los aplausos con la humildad de los grandes.
10) Darás por concluido el asado cuando se juegue la última mano de truco.

Luego de varios años intensos de asados y cursadas, El Ruso un día fue invitado por uno de sus alumnos (según el mismo Bevilaqua, el mejor que tuvo) a un asado en homenaje. Esa noche comió y bebió de manera desmedida. Estaba desbordado de alegría, jamás nadie había cocinado para él. Su corazón no aguantó y tuvieron que llamar una ambulancia para que lo llevara al hospital.

Cuando sus estudiantes llegaron a la guardia, les dijeron que Bevilaqua se había bajado de la ambulancia camino al hospital, y despidiéndose de los paramédicos con lágrimas en los ojos, espetó:

—Voy a gastar mi jubilación en restaurantes.

Nunca volvió a su casa ni se supo más de él.
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TIMBRE 5 – EL TONO OSCURO DE CALLEJÓN NO LO TOMÉ EN LA INFANCIA

Sin dudas este curso anual era el más profundo y poético de los que promulgaban los Fundamentalistas. La cátedra era dictada por la hermosa María Eva González, una virtuosa cantante de tangos que supo compartir escenario con grandes glorias de nuestro país. Ella consideraba que este género, era un aire viciado que contaminaba nuestros cuerpos con poesía, música y tristeza. Debido a una pena de amor, se excluyó de los escenarios y se fue a vivir a la última casa disponible en la casona de los Fundamentalistas. Allí, decidió encarar este curso que dictaría los días jueves de diecinueve a veintidós.

Quienes concurrían debían formular todas las preguntas —así como también, responder a su profesora—, en forma de verso. Para María, corría la misma suerte.

Este condimento daba una sonoridad a las clases que pocas veces podrá repetirse en la historia. Algunos de los concurrentes dejaban el curso al verse incapacitados de mantener esta faena.

María Eva disponía las clases de manera tal, que en la primera mitad, exponía sus vivencias amorosas; y en la segunda, sus encuentros con la muerte. Algunos Fundamentalistas la acusaban de tenderles trampas a sus alumnos, ya que —según ellos— el amor y la muerte eran la misma cosa.
Entre las clases más importantes, se encontraba la que hablaba de su frustrado casamiento. Al final del relato, ella realizaba unas preguntas que nunca obtenían respuesta, hasta que un día un alumno respondió. Se generó un contrapunto tal, que quedó en la historia. Paso a trascribirlo:

—¿Quién ha vivido algo parecido?
¿Quién está presente en el olvido?
—Yo no he sido abandonado,
mas me he desilusionado.
—El amor es sólo ambición y tristeza.
No es desilusión ni proeza.
—Si el amor es ambición
y sin ser mal pensado
le digo a usted
con respeto
que usted no ha amado.
—He amado alumno mío
y así de rápido va mi suerte.
Estuve y lo lamento
cara a cara con la muerte.
—Con la muerte he jugado
y con ella me visto.
Solo sé que he penado
y que por amor ya no existo.
—¿Por qué dices que has jugado?
¿Por qué dices que no existes?
¿Será que tú te has vengado
y hoy tienes los ojos tristes?
—La venganza no es mi estilo
pero sí
el equivocarme.
He venido vacío
y sin ti
no he de marcharme.

María Eva González por primera vez —en muchos años— se quedó sin respuesta. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Tomó su abrigo y se fue de la mano de aquél para jamás volver. Nadie está muy seguro, pero lo más probable, es que ese alumno haya sido el amor o tal vez —quizás—, la muerte.

Hoy en día, la vieja casona está completamente abandonada y seguramente pasó a manos del Estado, ya que nunca tuvo un dueño. Por las madrugadas, se escucha silbar la marcha peronista y desde las terrazas linderas, se puede vislumbrar un sillón rojo en donde duerme un perro. Los más incrédulos atribuyen estos ruidos y visiones, a las palomas y a la basura que habría acumulada en aquél pasillo.

Es difícil determinar la veracidad de esta historia, pero si alguna vez existió gente capaz de lograr enseñar que la vida es más que oro y gloria, entonces vale la pena seguir contándola.
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Carlos Ariel VegaCARLOS ARIEL VEGA (Buenos Aires, 1984) Es oriundo del barrio de Parque de los Patricios. Varios de sus cuentos han aparecido en diversas antologías. Pretextos implícitos es su primer libro publicado.