Especulaciones: El sentido del contacto [Ángela Segovia]

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Nota: El sentido del contacto fue leído en la librería Melior de Madrid el 14 de octubre de 2015 dentro de los encuentros Sin ánimo generacional. Un poco después se imprimió en papelitos rosas que acompañan al libro La curva se volvió barricada (La uña rota, 2016).

Límite, he estado pensando en esta palabra. He estado pensando que el/lo límite es un buen sitio para la poesía. He estado pensando en qué clases de límites hay en la poesía, o qué clase de límite puede ser la poesía. He pensado por ejemplo en el límite entre lo que se ve y lo que no se ve, o más bien entre lo que se deja ver y lo que se esconde. Fueron apareciendo varias preguntas y algo así como una lista abierta de posibles referencias al límite en el verso o en la poesía:

¿Cuál es el límite del verso? ¿Hablamos de límite como acabamiento? Pero acabamiento respecto a qué. ¿En qué momento deja de ser verso el verso al mezclarse con otras cosas, otras artes, o cómo sigue siéndolo? En realidad el límite del verso como acabamiento es precisamente la naturaleza de lo versal, el corte, el encabalgamiento, lo que, por otro lado, posibilita la multiplicación de los sentidos. Así que este es un tipo de límite que, aún por acabamiento, prevé continuidades múltiples. Es un borde que desborda. Esto me interesa, me interesa mucho cuando lo poco muta en más.

El otro día estaba escuchando unas entrevistas a J. Teillier y él habló de un poeta amigo suyo llamado Eduardo Anguita. El primer texto suyo que apareció en la búsqueda en internet era “El poliedro y el mar”, en él habla de un poliedro que le regalan frente al mar, describe el poliedro que es transparente y aristado y cómo se desplaza por sus caras llegando a sus límites que dice “no eran nada”, la nada que forman dos caras del poliedro besándose. Yo había estado pensando en el límite más bien como una piel, una membrana que corta a un tiempo que posibilita una relación entre dos ámbitos diferentes, una relación particular, mediada por esa membrana. Luego hice un traslado en mi cabeza, para pensarlo no sólo en la dimensión espacial, que me parecía cojear, y ponerle tiempo, un momento límite, eso también me parecía cercano a lo poético. El instante en que una cara y otra del poliedro se besan. Es posible que el poema ocurra en ese instante.

Piel o membrana entonces, lo liminar poético que como tal permite el contacto entre diversas materialidades. ¿Qué es lo que tactea esta piel? ¿Qué es lo que a través de ella se conecta? ¿Cuáles son los choques que permite? De hecho, una dinámica comunicativa común de la poesía, la connotativa, tiene mucho de tacto, de membrana: los significados estallan al entrar en con/tacto elementos que no estaban gramaticalmente unidos. Ahí sucede una especie de momento límite, ese beso que podría ser el momento poético. Dos o más elementos que normalmente no estarían juntos se ponen en relación y esto amplía las posibilidades significativas de la trama lingüística. De nuevo lo poco muta en más.

Luego tenemos las estrechas relaciones táctiles entre los distintos universos artísticos que durante siglos se habían mantenido relativamente separados, y que a partir del siglo XX, sobre todo a partir de las vanguardias, comienzan a agilizar roces. Comienza a suceder, por ejemplo, que el límite del papel resulta poco convincente o altamente asaltable. Por eso surgen prácticas poéticas corporales y escénicas; o directamente se saca la escritura de la página para situarla, por ejemplo, en el cielo, como es el caso del poema de Raúl Zurita humeado por un avión en el cielo de NY. Estas relaciones que generan una línea de convivencia me parece que son fácilmente asimilables para lo poético si pensamos en este lenguaje como muy cercano a lo liminar, debido a sus propias dinámicas y procesos. Y esto ya no apunta a una pregunta sino a una propuesta, una propuesta que creo que algunas personas llevamos tiempo haciéndonos: qué pasa si aquí, ahora, tomando nuestro contexto histórico y su correspondiente historia del arte y de la literatura, nos inventamos de nuevo esa conversación inacabada entre géneros y modos de hacer. ¿Qué pasa si la poesía de hoy, en 2016, precisa ir a buscar formas actuales de expresión a otras artes (por ejemplo, las escénicas) o incluso a otros quehaceres (por ejemplo, el activismo) que sí han hecho un trabajo de actualización?

Lo limítrofe que posibilita el verso podría consistir también en la veladura, que a menudo se ejecuta en la poesía. Estoy pensando en la poesía como falla de la lengua, ya que va más allá de sus propias construcciones, sus técnicas y tecnologías; de alguna manera la poesía sirve para hacer un lenguaje que complica, abre, entorpece, y amplía la comunicación. Es veladura cuando nubla, corta, desordena y embrolla los procedimientos normales de la comunicación verbal, de modo que aumenta el peso que adquieren, en su lectura, cada uno de sus elementos y sus distintos modos de relación, que ya no son solamente sintagmáticos sino que son además paradigmáticos y simbólicos y etc. Y es veladura, o hablo de un límite de densidad del velo, porque el ejercicio es precisamente tapar para mostrar lo que de otro modo no se ve. Es entonces velo que vela para desvelar, y ese es su ejercicio limítrofe, su tiempo de límite y sus espacios en con/tacto, el juego poético, su intrínseco pestañeo, como la hoja de un chopo, que provoca lo que no es, un espejeo, gracias a la convivencia de las caras. Limítrofe también como forma a caballo entre lo comunicable y lo incomunicable, y quizás porque rastrea asuntos que sólo en aproximaciones como roces pueden notarse, lo que se oculta, lo que va volando, lo que falta, lo que es confuso, etc.

Y por último, limítrofe, diría, porque permite cierta insurgencia del sentido. Desde los lenguajes poéticos se puede hacer una política formal insurgente que consistiría en evitar volcarse sobre binarismos reductores, o rigideces de sentido. La tecnología poética prevé modos de hacer que la lengua respire y engendre. Permite descomponer la visión saussureana de signo, y este es un modo de cabalgar el borde, la línea, la que me parece de más alta responsabilidad poética y política, la línea del deseo, la línea que mantiene los mundos abiertos y en contacto y que, como en el poliedro, genera volúmenes, nos permite escapar de la bidimensionalidad del plano.

El poema de Anguita terminaba cuando el poliedro y sus volúmenes y sus aristas entraban a relacionarse con los volúmenes del mar y sus horizontes, más poliedro al cabo, y finalmente el objeto era arrojado al mar. La imagen del poliedro sumergiéndose en el agua, multiplicando caras y reflejos, haciendo bordes y aristas con las ondas, me parecía linda para terminar, algo así me parece que podría ser la poesía.

Imagen: Il Canal Grande con la chiesa della Salute sotto la neve de Ippolito Caffi, intervenido por Alexander Mueller.


Ángela SegoviaÁNGELA SEGOVIA (Ávila, 1987). Poeta e investigadora. Ha publicado los libros ¿Te duele? (V Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande, 2009); de paso a la ya tan (ártese quien pueda ed., 2013) y La curva se volvió barricada (La uña rota, 2016). Ha investigado conexiones escénico-poéticas en varias piezas: El muro esta noche el río eclíptico, para el ciclo de poesía Zírculo Inestable de Tiza (zctz) en La Tabacalera (Madrid, 2011); Ganas dan decirte muchas de, para el Festival Intersecciones Poéticas en el Teatro Juan de la Encina (Salamanca, 2015); Archiva vía metalada, en las Picnic Sessions del CA2M (Móstoles, 2015); Lo normal normal: un proyecto que encuentre el pensamiento en los desvíos del cuerpo que siente, junto a Óscar Villegas y Luciana Pereyra (BNE, 2017). Actualmente trabaja junto a la compositora Irene Galindo Quero en la realización de una pieza texto-sonora. Desde septiembre de 2014 a septiembre de 2016 fue becaria de creación en la Residencia de Estudiantes. Forma parte del Seminario Euraca y escribe una tesis doctoral sobre formas de insurgencia en la poesía chilena postgolpe.