Extracciones: ¡Oh, qué lugar más bello! [Germán Arens]

¡Oh, qué lugar más bello!

Poemas extraídos de ¡Oh, qué lugar más bello! (Barnacle, 2017)

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Ayer, después de muchos años volví al pueblo.
Las casas conocidas están deterioradas.
En la ruta, como todo lo que queda expuesto,
había notado el abandono de las estaciones
de servicio de Gaviotas y Algarrobo.
Así pasé el día buscándome en lugares que no existen,
o quizás existan como la historia,
debajo de los lugares que ocupa el presente.
Entrada la tarde pasé por el puente viejo
y me reconocí en un chico que pescaba en el lugar
donde van a parar los apósitos del hospital.
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Los generadores de dolor están por todos lados. No hace falta más que un atisbo de solidaridad en nuestras mentes para que el sufrimiento nos envuelva. Los hombres nunca destacamos por nuestra inteligencia, sí por la facultad innata de ser sensibles a lo que nos rodea. Por eso, entre otras tantas medidas, el gobierno en su afán de disciplinar a la ciudadanía, ha ordenado la cauterización de la conciencia a todo niño nacido a partir del año 2018.

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En Facebook
una chica que no conozco
dice que en el mar hace frío.
También que el mes de enero debería durar seis meses.

Carina, me cuenta que murió el hijo del rector,
que estaba por ir a velarlo y una tormenta
fue la excusa perfecta para no salir.

Arturo, notifica la detención de una dirigente social.
Agrega que no debe ser ninguna santa,
pero que los ciudadanos, ante la situación actual,
deberíamos saber dividir los tantos
y no permitir que un árbol nos tape el bosque.

Un amigo no puede dormir…
Su novia no lo tiene en la cabeza.

Un poeta me ofrece su libro:
“Cada tribu tiene sus propios rituales para enfrentar el misterio…
La nuestra, la de los poetas solitarios, no es una excepción.

Cuando los poemas se guardan en un libro se vuelven definitivos,
nuestro rito es compartirlos.
No hacerlo puede provocar la furia de las musas y
condenarnos al eterno silencio”.
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Los misterios no son más que la ausencia de datos.
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Días después de la desaparición de Mariano, su madre me preguntó si quería tener conmigo algunas fotografías. Una de ellas, agregó, está tomada en un pueblo que no es el nuestro; los dos estamos bajo la lluvia y se nos ve contentos. A continuación, hizo una pausa y dijo que la imagen es un testimonio de nuestro pasado; que ella nunca había tenido conciencia de la perdida, pero que Mariano, por algunas actitudes, pudo haber presentido su futuro. Mientras estuvo en la Tierra no hizo más que contemplar la realidad entre su existencia y el más allá. Siempre solo, nada ni nadie pudo con su aislamiento. Siendo como fue ¿quién querría apropiarse de su lugar?

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El mar estaba empecinado en tragarnos. Volví a pedirle a mi hermano que pise el acelerador. No hagas caso, me dijo, no hay mar, es solo una cristalización de tu mente; el día está hermoso. Sin insistir, en un acto reflejo, abrí la puerta de la camioneta. Al dar contra el suelo sentí dolor, no puedo expresarlo de otra manera: dolor. Mi codo derecho se desarticuló por completo y salvo movimientos del hombro mi brazo quedó inutilizado. Fue entonces que giré la cabeza, y otra vez el mar, perdiendo su liquidez, levantándose ante mí como una cobra gigante.
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Los seres vivos somos excepciones.
El universo tiende a expulsarnos.
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El tren se detuvo a las tres de la mañana. Nos pusimos las escafandras y subimos a un vagón de clase turista. Un guarda simuló no vernos y se metió en el baño. Un niño rubio despertó a su madre. En el portaequipajes dormían tres hombres jóvenes. Les ordené abrir los ojos, uno de ellos estaba desdentado. A través de algunas ventanas semiabiertas se podía ver el mar. A esas horas el agua parece aceite. Le pedí a mi compañero que registre a todos los pasajeros. Prendí un cigarrillo. Me dirigía hacia la puerta opuesta cuando mi pie derecho tropezó con algo. De inmediato alguien apartó una mochila de mi camino. Ella tenía el pelo rojo y unos ojos dignos de ser idealizados (El amor no es más que un proceso de selección de pareja). Le dije que no le haría daño, que rastreábamos alienígenas, que todos los pasajeros estaban sospechados. Le pedí que levantara su brazo izquierdo. La temperatura media de los invasores está cinco grados por debajo de la nuestra. En el interior de su bolso, además de ropa llevaba una pistola.
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Se esconden en las bardas.
En nuestro pueblo se los considera plaga primaria.
Las hembras pueden llegar a poner hasta siete huevos
que dependiendo de la temperatura
eclosionan entre los noventa y ciento diez días.
Es entonces que asoman sus cabezas y dicen:
¡Oh, qué lugar más bello!
¡Oh, qué lugar más bello!
¡Oh, qué lugar más bello!
Y así resuena la frase, una y otra vez,
como un mantra que aunque cesa parece interminable…
¡Oh, qué lugar más bello!
¡Oh, qué lugar más bello!
¡Oh, qué lugar más bello!
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Germán ArensGERMÁN ARENS (Bahía Blanca, 1967) Ha publicado En una nave comandada por Enrique unos pocos hombres abandonamos la Tierra (Vox — Ediciones Cinosargo, 2012 y 2013), Siempre creí que los zombis eran los protagonistas de un subgénero del cine de terror clase B (Vox – 2013), Sin más compañía que una linterna (Borde Perdido Editora, 2014), Cagliero (El Ojo de mármol, 2015) y Desiderio (Club Hem, 2015).