Punto de partida: El ojo de la cucaracha [acerca de ‘Nocturna’ de Eduardo Rezzano]

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Nocturna (Zindo & Gafuri, 2016)

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En Nocturna (Zindo & Gafuri, 2016) Eduardo Rezzano nos presenta a sus criaturas y las conversaciones que estas mantienen en las zonas menos céntricas del discurso. Ya el primer poema nos da una clave: el encuentro del sujeto con una cucaracha culmina con esta pregunta: “si fueras un grillo / ¿sobre qué estaríamos / conversando?”.

Lejos de la compañía acartonada del grillo, en las series siguientes el sujeto desarrolla un lenguaje de la soledad. ¿De qué se trata esto? En poemas que comienzan así: “Hoy dormí / sobre la vereda helada”, o: “Se me cayeron / los pantalones”, se configura no una anécdota de la derrota sino una voz en ruinas: algo se dice desde el suelo y nada tiene que ver con la “música vana”. Personajes como el conductor abandonado por la lengua, la amada drogada y el amante azul, el solitario del café, la nocturna mujer deshabitada, Bianca la que se va, el hijo-Secreto parten el tiempo y arrojan las palabras –sus cuerpos- al vacío. El poema titulado “Secreto” (uno de los más hermosos del libro) podría ayudarnos a profundizar la idea:

 

Secreto

Viajaba en el baúl de un Chevy
entre una tarta de manzanas
un lemon pie y una pregunta
que me daba vueltas

¿se podrá fumar aquí?

Era noche cerrada
tanto adentro como afuera
sólo que afuera
hacía más frío y llovía

Era invierno o casi
y mi último cigarrillo
corría apagado
de dedo en dedo

con el riesgo de perderse
en la oscuridad pringosa
de mi ataúd de mermelada

¿Les hablé alguna vez de mi hijo?

Él dice ser
mi secreto mejor guardado

pero tengo otros que
son verdaderos agujeros
en el cielo negro

madrugada hecha jirones
sobre el camino perdido
río abajo entre las piedras

 

La voz se ubica en el encierro de un baúl, en el espacio hiperreducido del secreto (como en otros poemas el sofá cama, el probador, la cajita musical, el detrás de la heladera, el culo de Dios). El tiempo de adentro (lo entredicho) y el tiempo de afuera (el frío, la lluvia, lo evidente) se conjugan para trazar una línea que implica para el lector un trabajo de idas y venidas. La “madrugada hecha jirones” podría funcionar como una analogía de la escritura de Rezzano; los jirones de esas voces nocturnas, casi secretas como un hilo de humo que ondea para no ser apresado del todo. Lo conversacional ilumina intermitentemente una seña de ese interior. En este caso, el hijo que cruza hacia lo dicho para que el sujeto no se ahogue en su ataúd de mermelada y las preguntas que dan vueltas en soledad.

En esa lengua recluida la primera interrupción es el recorrido de la cámara. Para captar el ensimismamiento del sujeto el ojo irrumpe en un plano de sutiles movimientos: “Peina canas / sobre su pelo negro / sentada en el sofá cama / la camisa abierta / una mano sostiene / sobre el muslo desnudo / un vaso de vino”, o: “encendí la radio y / escuché las noticias // que sabían húmedas / como las galletas / caídas detrás de / la heladera // abandonadas / al olvido / a las criaturas / de la noche”. Y así podríamos seguir citando. El sujeto es descubierto en un tajo de su soledad (es decir, de la soledad de su lengua). Ese fragmento (y totalidad de su discurso) es resultado de un sigiloso enfoque que invita al lector a un interior alfombrado, frágil como la vida en una burbuja de jabón. Pasamos de un despertar a encender la radio y luego a arrastrarnos detrás de la heladera junto a las galletas húmedas: el deslizamiento va develando una escena donde lo ordinario se vuelve espejo de lo extraño al emerger de la soledad. Estamos siguiendo en este concepto a Jorge Alemán* quien, citando a Lacan, diferencia la soledad patética (el goce autoerótico, el delirio yoico, el individualismo capitalista, etc.) de la “soledad estructural u ontológica”. El planteo poético de Nocturna entabla un diálogo con la segunda configuración.

Cuando Ludwig Wittgenstein se recluyó en una cabaña en Skjolden (Noruega) en 1913 experimentó –quizá como pocas veces ha sucedido- la relación entre lenguaje y soledad. Tiempo después, en Investigaciones filosóficas, escribió: “Imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida”. Así decide Rezzano trabajar su escritura, lejos del mainstream del grillo poético. Allí están sus criaturas nocturnas, cucarachas que nos observan para descifrar una vida samsiana, desde el punto de vista más incomodante: el pequeño espacio de la poesía, ese lenguaje repulsivo para el sujeto alienado.

*Soledad: común. Políticas en Lacan. Buenos Aires: Clave Intelectual, 2012.


diego-l-garciaDIEGO L. GARCÍA (Berazategui – Buenos Aires, 1983). Profesor en Letras, egresado de la Universidad Nacional de La Plata. Escribe poesía y crítica literaria. Entre sus publicaciones se encuentran: Fin del enigma (Editorial Municipal de Berazategui, 2011), Hiedra (La Luna Que, 2014), Ruido invierno (La Luna Que, 2015) y Esa trampa de ver (Añosluz Editora, 2016). Su blog es: margendelpoema.blogspot.com.

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