Adelanto: Retrovisor [Mónica Drouilly]

DOMÉSTICOS

*Cuento extraído de Retrovisor, a publicarse durante 2017 por Editorial Librosdementira.

I

El cartel decía “Se busca” y estaba pegado con muchísimo scotch en un poste de luz medio anónimo a una cuadra del río. Casi plastificado, se podría decir. Será para que no se destruya con la lluvia ni se arrugue ni pierda los colores, pensó Lucas, mientras seguía caminando con las manos en los bolsillos. Con el rabillo del ojo alcanzó a distinguir “Se ofrece recompensa” en letras grandes y rojas. No se detuvo a leerlo y apuró el paso sabiendo que, de todos modos, tendría que esperar un rato hasta que cambiara la luz en el semáforo de la esquina.

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No era falta de solidaridad, indiferencia o un enorme desapego por las pérdidas de los demás. Lucas no quería ver la foto de frente, de manera clara. No era de carácter melodramático pero hacía un tiempo había notado que ese tipo de cosas le rompían el corazón.

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Llegando al río, Lucas se volvió a encontrar con el cartel, esta vez, pegado en el fierro del semáforo. Quiso ignorarlo unos segundos pero cedió más rápido de lo que hubiese imaginado. No supo si fueron los colores, el cariño puesto al escoger una tipografía que no fuera Times New Román o la certeza de saber que en la siguiente cuadra habría otro igual. Mientras lo leía tocó la foto del perrito con su mano izquierda; el frío del metal le llegó a través del papel húmedo. Al tacto se dio cuenta de que había sacado la mano del bolsillo y que al leer se ayudaba con los labios, sobre todo al pasar por las palabras marcadas en negrita. “Me llamo Samy, collar grueso, plaquita verde”, se descubrió leyendo muy bajito, como si fuese un secreto que alguien le acababa de revelar.

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En la vida de Lucas no hay mascotas. No al menos esas mascotas que aparecen en fotos familiares, llevan un collar con su nombre y ameritan carteles de búsqueda en caso de secuestro o extravío. En la casa de sus padres ya causaba suficiente caos la coexistencia con niños: no era deseable ni necesario disponer de más pelos que lavar, bocas que servir o cacas que limpiar.

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Me llamo Samy, collar grueso, color beige. Se ofrece recompensa… Lucas volvió a leer las señas del perro perdido mientras cambiaban las luces del semáforo. Cortó un flequito con los datos del dueño de Samy y se apresuró a cruzar la calle.

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Lucas recuerda con cariño unos pollitos que ganó en un tiro al blanco cuando iba en cuarto básico. Al poco andar, los pollitos desaparecieron. Cuando Lucas los echó de menos, sus papás le dijeron que se habían ido a vivir al campo y convertido en gallinas. Las veces en que preguntaba mucho por las gallinas, el papá aparecía con unos huevos celestes y le decía que los habían puesto sus pollos, preparaban omelet dos días seguidos y felicitaban a Lucas por su buena puntería.

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Mientras revisaba los bolsillos de su chaqueta, Lucas encontró el flequito que había desprendido del aviso. Lo sostuvo en sus manos unos segundos mientras consideraba si tirarlo al basurero o guardarlo en la cajonera. Algo interrumpió su pensamiento y lo dejó sobre su escritorio de trabajo, casi sin proponérselo. Cada vez que se distraía o perdía la atención, su mirada terminaba sobre el papel.

Esa tarde resultó ser especialmente lenta. Sin quererlo, Lucas se encontraba una y otra vez con los ojos fijos en los datos de los dueños de Samy: teléfono, correo, Facebook. Sonrió al pensar qué podría pasar si llamaba. Minutos después se descubrió, celular en mano, marcando el número. Antes de escuchar el primer tono, cortó la llamada: no quería que reconocieran su línea. Ese intento fallido le devolvió una excitación que no esperaba. Agarró el teléfono de la oficina y marcó desde allí. Esta vez esperó a que sonara varias veces y, cuando le contestó una voz de mujer, dijo, casi sin pensar, que llamaba por el perrito perdido, que lo había visto en la calle, que le había resultado extraño ver a un perro tan bonito solo y abandonado, que quiso revisar la plaquita, pero que el bichito se había escapado antes de que él, atento y comedido, alcanzara a ver los datos. Que lo reconoció altiro al ver la foto del cartel y que creía que estaba viviendo con una manada de perros salvajes cerca de la antigua bomba de bencina a un costado del río. Cuando la mujer al otro lado de la línea empezó a hacerle preguntas, dijo que ya no tenía tiempo, que la llamaría más tarde y colgó.

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Un día, hace años, de visita en la casa de unos compañeros de colegio, Lucas escucha una frase que lo trastorna. Tiene que ver con una gallina y unos pollos. La mamá de sus amigos habla de sí misma como si fuese una gallina y trata de pollos a los niños. Tú también eres mi pollito, le dice a Lucas. Esta imagen, en combinación con la pesca milagrosa, lo ha perseguido hasta hoy.

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Lucas se descubrió colgando el teléfono y preguntándose de dónde sacó la palabra “bichito”. Nunca había tratado a los animales de bichos, mucho menos de bichitos. Le sonaba muy artificioso, medio amanerado. Bichito. Sobre el hecho de haber inventado toda una relación con un perro llamado Samy que nunca había visto, casi ni reflexionó. Se felicitó por decir “una manada de perros salvajes” en vez de “jauría”. Eso sí que le parecía falso, prefabricado, como si estuviese mintiendo y hubiese encontrado la palabra en un diccionario.

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Cuando Lucas cumplió quince años, consideró adecuado pedirle a sus padres que dejaran de preocuparse por los huevos celestes que habían puesto sus pollitos.

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Lucas ya no se desgasta sosteniendo conversaciones innecesarias. No tiene tiempo para cosas que no le interesan. Esperó a quedarse solo en la oficina para llamar de nuevo a la dueña del perrito. Esa segunda vez hablaron largo y tendido, más pausado, con más detalles. La voz al otro lado del teléfono parecía tomar notas mientras él hablaba de Samy, de haberlo visto nuevamente a la hora de almuerzo, siempre cerca del río. Andaba acompañado esta vez. Por eso no se acercó. Muchos perros juntos, no todos con la misma educación. Aún llevaba su plaquita, verde, sí, aunque de lejos no se podía leer lo que decía. Si ella quería, podía acompañarla a la zona de la antigua bencinera. No, no había que preocuparse por la recompensa. Si a él se le hubiese perdido su perro, desearía que lo ayudaran por camaradería y no por dinero. No era momento de ser mercenario. Le dijo que se cuidara. Que entendía que no quisiera su ayuda, pero que no se le ocurriera salir muy tarde a buscar al Samy. Que tuviera cuidado con las manadas. Sí, con las manadas de personas también.

II

El día en que Samy salió corriendo en medio de los autos, Ana trotaba a su lado y sostenía la correa con la mano derecha. En la muñeca izquierda llevaba un reloj con pulsómetro y verificaba cada cien metros el avance de su entrenamiento. No le molestaba la garúa, de hecho, era una de sus opciones climatológicas preferidas. Faltaban dos minutos para volver a casa cuando una luz roja detuvo el trote. Ana dio unos saltitos en la esquina para no bajar el ritmo mientras esperaban. Samy estaba inquieto, iba frenético de un lado para otro. Hasta un par de ladridos soltó. Cuando cambiaron las luces, Ana se dispuso a cruzar la calle, pero Samy dio unos brincos y corrió hacia el otro extremo, entremedio de los autos que ya habían reanudado la marcha. Ana agarró la correa con las dos manos y tiró con fuerza. Samy insistió con una potencia desconocida en él hasta ese momento y rompió la costura que unía la correa con el collar. Ella cayó al piso mientras Samy hizo un eslalon perfecto entre los autos. Perro hueón, pensó Ana, se puso de pie, se sacudió el pantalón, estiró el cuello primero a la derecha y luego a la izquierda, miró el reloj un instante y se decidió a salir corriendo detrás de su perro cuando ya no se podía cruzar: el tráfico estaba denso y rápido al mismo tiempo. Sin saber muy bien qué hacer, unos bocinazos llamaron su atención y vio cómo Samy se escapaba hacia la vereda de enfrente, corriendo hacia el río, a la siga de una camioneta que llevaba dos pastores alemanes muy indiferentes en la parte de atrás.

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Un buen aviso de búsqueda de animales perdidos debe incluir el nombre de la mascota, una fotografía reciente, la raza, el sexo y la edad del animal, así como también alguna seña particular, la fecha y el lugar del extravío, los datos de contacto del dueño y, solo si corresponde, la recompensa. En caso de no contar con fotografías, es buena idea incluir una de un animal parecido. En esta tarea, la sección de imágenes de Google es de gran utilidad para perros de raza definida, no así para las mezclas. Si se consideran todos estos elementos, es posible que la búsqueda resulte rápida, económica y efectiva.

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Ana tiene capacidad para la empatía y decide no ejercerla. Elige con cuidado, casi con precaución, las relaciones que mantiene a lo largo del tiempo. A Samy lo escogieron para ella y ella pareció adaptarse muy rápido a vivir con él. Compró dos libros sobre los cuidados del perro y un set de higiene y alimentación. Al poco tiempo, lo incorporó en sus relatos y en sus fotos. Una mascota constituía una excelente estrategia para rellenar conversaciones sin necesidad de recurrir al clima o a una pasión compulsiva por los viajes, que entiende que debiese sentir, debido a su edad, su clase social y su nivel de estudios, pero que efectivamente no siente.

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Samy no lleva microchip, pensó Ana de vuelta en su casa después de buscarlo por más de una hora. Imaginó la ruta que habría seguido el perrito tras la camioneta de los pastores alemanes y consultó a todos los suplementeros y vendedores ambulantes que encontró en el camino. Dejó la búsqueda solo cuando se le hizo demasiado tarde para una reunión que tenía planificada hacía tiempo y volvió trotando, más por un afán deportivo que por prisa.

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La función del cartel es llamar la atención más allá de la voluntad del observador. Al diseñarlo, es importante tener en cuenta que muchas de las personas que van a cruzarse con él van en auto: es crucial que la foto sea grande y el tamaño de la letra sea, al menos, de 72 puntos.

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Después de su reunión, Ana se dispuso a diseñar un cartelito para buscar a Samy. Todavía no se acostumbraba por completo a vivir con él, pero eso de dejarlo partir sin buscarlo, tampoco le parecía una idea adecuada. Siguió al pie de la letra todos los consejos: buscó en su celular alguna foto reciente del animal, una foto de frente, sin poses raras, divertidas o haciendo una pirueta, ese tipo de fotos no sirven para identificar a la mascota perdida. Intentó varias versiones del cartel. Todas incluían su teléfono, un correo creado especialmente para estos fines, así como cuentas de Facebook y Twitter. Se quedó con una versión con flecos desprendióles que remarcaba con rojo las letras del “Se busca” e incluía una foto grande y a todo color de Samy. Puso lo de la recompensa al final, sin pensar en cuánto sería una recompensa promedio, mucho menos una recompensa aceptable, lo hizo solo por si acaso, esperando que la promesa de la retribución aumentara el tiempo de atención de los lectores.

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Al diseñar un cartel, es crucial la información de contacto: esta debe ser legible y es muy importante que si se incluye un teléfono sea uno que se vaya a contestar sin importar la hora.

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Ocho correos nuevos. Cinco llamadas perdidas. Diecisiete mensajes de Whatsapp. Ana revisó su teléfono y se decepcionó por la escasa respuesta que sus avisos habían causado. Al mismo tiempo sintió alivio. Ya había hecho todo lo que podía, ahora solo le quedaba esperar, aunque no tenía claro qué era lo que debía esperar.

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Ana pensó en la recompensa en términos de sueldos mínimos. Había un perro perdido dando vueltas por ahí que pagaba cuatro sueldos mínimos. Había visto los carteles por toda la ciudad. En revistas, en Facebook también. Le parecía una cantidad excesiva, casi grosera, muchas veces ofensiva además de poco práctica. Era demasiado. Ella, a lo más, estaba dispuesta a dar medio sueldo mínimo. No porque sus lazos con Samy aún no se hubieran establecido por completo, sino por respeto a las otras personas. Se arrepintió de haber puesto lo de la recompensa. Pensó que estaba tratando a la gente de mercenarios. Se había inventado un problema que no tenía: además de revisar con detalle todos los correos y mensajes que le habían llegado, necesitaba analizar si calificaban o no para recompensa.

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De haber sido necesario, Ana hubiera podido pasar meses representando el papel de la mujer que ha perdido su perro y no cejará en sus intentos por recuperarlo. No era su intención causar pena, cariño o compasión con este comportamiento, pero al poco andar, después de la desaparición de Samy, notó cierta expectativa en su entorno con respecto a su actuar. No podía simplemente un día anunciar que se acababa la búsqueda del perro y que no adoptaría ni compraría uno nuevo. De a poco tentó terreno comentando que salir de la ciudad se le hacía más sencillo. De vuelta recibía palmaditas, abrazos comprensivos y algún Bon o Bon de regalo.

III

En la lista de pros y contras que Ana elaboró cuando Samy entró en su vida por la puerta de atrás, jamás pensó en incluir, en la parte de los contras, claro está, el temor a volver a encontrar al perro después de que se hubiese perdido. En los pros tenía su sonrisa perenne, su pelaje suavecito y la versatilidad que presentaba como calientacamas. A su vez, en los contras tenía todos los gastos, las visitas al veterinario y a la peluquería, el cuidado de las comidas, la limpieza de la caca y de los pelos, el olor que se apoderaría de la casa, el desgaste de los muebles y de la ropa —que nunca más volvería a lucir impecable—, el tiempo invertido, las enfermedades, los accidentes, las pérdidas y, por supuesto, la muerte del animal, fuera trágica o lenta, escandalosa, íntima, inesperada o inducida. Pero no estaba esa angustia oblicua que sentía con respecto a su potencial regreso un día cualquiera y sin previo aviso. Ana no se había decidido a finalizar la búsqueda. Tampoco había hecho un relanzamiento de campaña. Esperaba una señal pero no sabía bien cuál sería, eso sí, estaba convencida de que la reconocería apenas la viera.

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No tomar decisiones es una manera de tomar decisiones. El tiempo las toma. Ana ha usado esta técnica habitualmente a lo largo de su vida. Un buen ejemplo es su relación con Samy: fue un regalo y no supo si rechazarlo o aceptarlo. Un día se dio cuenta de que el perrito estaba instalado en su vida y ella ya estaba habituada o casi habituada a su presencia.

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Cada vez que puede, Lucas dibuja a Samy. Al principio, los bosquejos son muy parecidos a la foto que vio en el semáforo de la esquina que da al río. Luego de unos días, suelta la mano y Samy comienza a adoptar nuevas posturas, otras expresiones. Saca la lengua, levanta una patita delantera. Lucas dibuja con lápiz grafito, siempre en escala de grises. Le gusta usar lápices blandos y difuminar los contornos con los dedos o el borde exterior de la mano. Suele quedar muy sucio, a veces, incluso, se mancha la cara y los puños de la camisa quedan teñidos de un gris semimetálico. Cuando alguien le pregunta por sus dibujos, que son buenos y bastante realistas, él explica que se trata del perro perdido de una amiga, que está ayudando a buscarlo, que lo ha visto cerca del río, que al acercarse se escapa pero que, y en esto sí que confía, hoy sí que lo devuelve a casa.

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Si Ana hubiese conocido a Lucas, detectaría en él un aire de fragilidad, de vulnerabilidad estructural. Una persona capaz de desvanecerse con una brisa leve, como el recuerdo de los sueños poco después de despertar. Lucas parecía tener la respuesta a todas las preguntas, incluso aquellas que no se habían planteado de la manera adecuada. Al mismo tiempo, sería capaz de caer destruido frente a la primera pregunta incorrecta.

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Dos meses después de que Samy se escapara, Lucas montó una página web para buscarlo. No podía soportar la idea de que permaneciera perdido, sucio y hambriento. Pensaba que de tanto dibujarlo, había llegado a encariñarse con él. Armó la página él solo, usando una plataforma gratis y algunos tutoriales que encontró en YouTube. Pasó noche tras noche preparando el material: escribió su testimonio varias veces, tratando de encontrar el tono más adecuado. Narró historias antiguas: la llegada de Samy a su vida, las idas al veterinario, el primer chalequito que usó en invierno. Escaneó los dibujos que había hecho durante las últimas semanas y seleccionó los que a su juicio mejor representaban el carácter del perro.

Su página web no se volvió tendencia pero cada día tenía visitas. Había gente incluso que le dejaba comentarios alentadores, historias de perritos recobrados y, en general, relatos caninos un tanto melodramáticos. Cuando alguien le escribía algo que lo emocionaba, el mismo Lucas lo publicaba en la web explicando su importancia y dándole los créditos al autor. Alentado por los comentarios de sus amigos virtuales, hizo nuevos carteles de búsqueda para Samy. Los nuevos avisos eran muy parecidos a los de Ana, aunque incluían leves mejoras. La diferencia principal era el tamaño: los de Lucas estaban en doble carta e incluían, en una esquina que antes estaba desocupada, su dibujo favorito de Samy, levantando la patita derecha con una sonrisa sutil y la mirada confiada.

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Si Lucas hubiese conocido a Ana, pensaría que a ella no le importa tanto que la quieran como que la comprendan. No podría verla con claridad: como si la hubiesen escrito con tiza sobre una muralla hace mucho tiempo y solo quedase un trazo demasiado tenue, que habría que mirar con atención muy a pesar suyo.

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Un día, Ana se topó de frente con unos carteles enormes que buscaban a Samy. Llevaba un excelente ritmo cardiaco y velocidad constante, no quería arruinar las métricas, pero de todos modos se detuvo a mirarlo. Era casi igual a su cartel. Más grande, sí, el doble de grande. Y tenía un dibujito bastante naive de un Samy alegre y confiado que ella no recordaba haber conocido. A pesar de haber trotado cinco kilómetros, a Ana se le heló súbitamente el cuerpo mientras sentía calor en las mejillas. Se le instaló un tirón en el cuello. Alguien estaba buscando a Samy con mucho más ímpetu que ella. Si ese alguien insistía en su afán, era posible que el perro regresara a casa. A su casa. A su vida. Ana seguía el mismo recorrido todos los días, estaba segura de no haber visto el cartel el día anterior. Acababan de ser instalados. Sin reflexionar mucho, y con un certero movimiento, Ana sacó el cartel, lo arrugó y siguió trotando hasta encontrar un basurero, donde tiró con precisión la bolita que había hecho con el papel.

Esa misma noche se dedicó a quitar todos los carteles doble carta que encontró en su vecindario. Estuvo a punto de deshacerse de los avisos originales que aún permanecían donde ella misma los había pegado con exceso de scotch al principio del invierno, pero decidió dejarlos donde estaban, desgastados, compartiendo el sitio o detrás de algún gato perdido, un arriendo de estacionamiento o algún ofrecimiento de trabajo desde el celular.

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Poco después de terminado el invierno, pegado en el poste del semáforo al llegar al río, en el lugar que solía ocupar el aviso de Samy, Lucas ve un anuncio de clases de boxeo. Le sorprende que al cartel ya no le queden flecos. Pasa por ahí todos los días, tendría que haber notado antes que alguien había tapado a Samy con un aviso tan atlético. Cuando se acerca al poste y posa su mano —al igual que esa mañana en que el perrito perdido de collar grueso y plaquita verde había entrado en su vida—, el tacto de la superficie no le devuelve ni frío ni humedad. En ese instante, Lucas constata de súbito que en el parque junto al río ha llegado la primavera.


Mónica Drouilly

MÓNICA DROUILLY H. (Santiago, 1980). Es ingeniera civil y licenciada en estética. Cursó estudios de literatura y teatro. Participó del seminario de dramaturgia de Juan Radrigán y del taller de narrativa de Pablo Simonetti. Ha resultado finalista y ganadora del Concurso de Cuentos Paula con “Croquis estival con brisa leve” y “Cosmogonía invernal aún en tránsito”, respectivamente. Retrovisor es su primer libro.