Tinder Tales #6

Motel Real. Una sola foto, caderas de una mujer encuerada, treinta y tres años, sin descripción. Eso es todo lo que sé, te lo juro, es la misma información que tenís tú. Le pasó al Sebastián, tú lo conocís. Sí mi compañero, él fue el que hizo match con ella. Fue un viernes, estaba comenzando el verano, habíamos estado trabajando en una nota y queríamos terminar temprano para salir a webear. Me mostró el celular, ella le escribió al toque que estaba caliente, que si acaso se consideraba un hombre atrevido, que tenía una fantasía y cosas así. Tenís que puro hacerla, le dije. El Sebastián me respondió que sin fotos no pasaba na’, que podía ser pura mula. Le pidió el whatsapp, la loca le mando el whatsapp; le pidió fotos, la loca le mando fotos. Era rica, no era fake, yo también habría caído. Era tentador, sin duda alguna. De hecho, lo que uno anda buscando cuando anda en estas cosas ¿no?, un ciclón que destruya la rutina de dormir, despertar, cagar y trabajar; una historia entretenida que haga el contrapunto al resto de la semana. Y eso fue, de alguna forma. Nos miramos, le insistí y agarró viento ‘e cola. Me fui a hacer mis cosas y así pasó el fin de semana, sin más novedades del asunto.

Llegó el lunes. Le pregunté al Seba que qué onda. Me miró con careperro y no dijo nada, pa’ dentro estaba. Lo pillé solo y le dije weón era la mansa mina, cuenta qué wea pasó po y se enojó, se puso triste y me hizo callar. Me dijo que no hablara tan alto y repitió que nada, que nada había pasado y que ya me olvidara. Pero era claro que algo había pasado: en la oficina ya no hablaba con nadie, no salía a carretear con nosotros, no volvió a contarnos sus aventuras ni se volvió a meter más al tinder.

Pasó el tiempo y nos olvidamos del asunto hasta que llegó la noticia al diario: un muerto encontrado en su propio domicilio. Asfixia, crimen con connotaciones sexuales, indicios de BDSM, sin sospechosos. Ese mismo día llegaste preguntando si conocía casos similares, pero yo no tenía idea. La noticia me la asignaron a mí y al Seba, pero justo llegó tarde ese día. Yo ya estaba trabajando en ella y le pasé una copia apenas me saludó. Cuando leyó la carpeta, se puso a balbucear bajito fue ella.

No tuve que hacer mucho más, nos fuimos al bar más cercano. Estaba claro que Sebita necesitaba descargarse porque solito soltó la pepa:

Nos encontramos en un motel. Ella ya estaba en la pieza, me recibió enmascarada y me dio de beber una copa de alcohol. Era guapa, aún más guapa que en las fotos. Vestía ropa de encaje y traía un maletín lleno de juguetes sexuales: una fantasía encarnada, sabía exactamente lo que hacía. La dejé amarrarme los brazos a la espalda, yo seguía erguido. Comenzó a besarme lentamente, a darme pequeños golpes con una fusta de cuero por la espalda y el poto. Vertió sobre mis hombros la esperma de una vela encendida y yo, alucinando, me dejé llevar. Hablaba sucio mientras mordía alternadamente mis lóbulos y yo trataba de estar a la altura, disfrutando del momento. Caí solito cuando me mostró unas bolas chinas y me dijo que si me dejaba metérmelas por el culo, ella me dejaría hacerle lo que yo quisiera, sería mi esclava sexual. Lo pensé, pero no mucho la verdad, asentí y ella se mordió los labios. El amarre de mis brazos lo llevó hasta el techo: quedé inmovilizado y desnudo, a su merced. Me lubricó el pico y comenzó a masturbarme despacito. Después hizo lo mismo mi ano y comenzó a introducirme las bolas. Eran diez, cada una más grande que la anterior. Una a una me fueron llenando y el calor comenzó a apoderarse de mí y así, inmovilizado como estaba, desesperado por no poder controlar lo que estaba ocurriendo, me perdí en el placer que sentía y que me obligaba a acabar aunque no quisiera. No tan rápido: me estaban culiando, me estaban culiando rico y no podía hacer nada. La décima bola entró como si nada y sentí que el orgasmo era inevitable. En el mismo instante en que eyaculaba a metros de distancia, me sacó las bolas de un tirón… y me cagué. Lo que ocurrió después, pasó demasiado rápido. Me desamarró, se desnudó, se embetunó con toda la mierda desparramada y se acostó en la cama y me dijo: ‘soy tu esclava, puedes hacerme lo que quieras’. Yo tiritaba, me vestí y me fui.

¿Será tu sospechoso o sospechosa?, no lo sé. La voz ya se corrió y están saliendo un montón de historias anónimas en internet del mismo calibre. La aplicación es más popular que nunca. ¿Qué pasará con el Seba? No va a denunciar, creo que todavía no sabe qué hacer con la contradicción de sentirse humillado y asqueado, pero también de saber que lo disfrutó y que tal vez no vuelva a sentir algo parecido. Me lo confesó aliviado al quinto copete: el mejor orgasmo de mi vida, me hicieron cagar, literalmente.

Motel Real, viernes 16 de diciembre, el número de teléfono ya no funciona. No es mucho más lo que te puedo decir.

…..


Cayo Cactus (1984). Nadie lee las bios. Catrileo y La Calaquita Ediciones.