Adelanto: El oficio [Sergéi Dovlátov]

RECORTE-TAPA-201x300

El oficio [de Sergéi Dovlátov. Traducido por Irina Bogdaschevski y revisado por Fulvio Franchi] (Añosluz Editora, 2017)

…..


PRÓLOGO

Con cierta inquietud comienzo a escribir. ¿A quién le pueden interesar las confidencias de un escritor fracasado? ¿Qué hay de instructivo en sus confesiones?
Mi vida tampoco tiene rasgos trágicos exteriores. Soy una persona absolutamente sana. Tengo parientes que me aman. Siempre consigo trabajo que me asegura una existencia biológica normal.
Más aún, poseo ciertas ventajas. No me cuesta nada conseguir que la gente esté bien dispuesta hacia mí. Cometí una decena de actos criminalmente punibles que quedaron impunes.
Me casé dos veces, y las dos veces fui feliz.
Por último, tengo un perro. Y eso ya es un exceso.
Entonces, ¿por qué me siento al borde de una catástrofe física? ¿De dónde me viene esta sensación de desesperanzada ineptitud para la vida? ¿Cuál es la causa de mi angustia?
Quiero comprenderlo. Pienso en esto todo el tiempo. Sueño y deseo hacer aparecer el fantasma de la felicidad…
Lamento haber pronunciado esa palabra. Porque las ideas que ella genera son ilimitadas, llegan hasta el cero.
Conocí a un hombre que afirmaba que se sentiría absolutamente feliz si la administración de su edificio le cambiara las cañerías de desagüe…
Un sentimiento de vanidad me está inquietando: “¡ah —pensarán—, presume de ser un genio no reconocido!”
¡Pero no es así! ¡Es justamente lo contrario! Escuché cientos, miles de comentarios sobre mis relatos. Y nunca, en ningún grupo literario de Petersburgo, ni en el más mediocre ni en el más fantástico, me anunciaron como a un genio. Ni siquiera cuando llamaban así a Goretski y a Jaritonenko.
(Les explicaré: Goretski es el autor de una novela que consiste de nueve hojas de papel fotográfico velado. Y el protagonista de la novela más madura de Jaritonenko es un preservativo).
Hace trece años que empecé a escribir. Escribí una novela, siete relatos y cuatrocientos cuentos cortos. (¡A simple vista — más que Gógol!) Estoy convencido de que con Gógol tenemos los mismos derechos de autor. (Son diferentes las obligaciones.) Como mínimo —un derecho imprescriptible. El derecho de publicar lo escrito. Quiero decir— el derecho a la inmortalidad o al fracaso.
Entonces, ¿por qué mi más común, honesta y única inclinación es reprimida por las innumerables autoridades, personas, instituciones del gran estado?
Debo comprenderlo.
No voy a tomarme la molestia de mejorar la composición de mi escrito. Caóticamente, de manera larga y no muy clara trataré de exponer mi biografía “creativa”. Serán las aventuras de mis manuscritos. Retratos de los conocidos. Documentos… ¿Qué título le daré a todo esto — “Dossier”? ¿”Apuntes de un escritor”? ¿“Composición sobre tema libre”? ¿Acaso importa? Si el libro será invisible…
Detrás de la ventana se ven los techos de Leningrado, las antenas, el pálido cielo. Katia hace los deberes. La fox terrier Glafira, que parece un leño de abedul, está sentada junto a sus pies y piensa en mí.
Y delante de mí tengo una hoja de papel. Y yo atravieso esta blanca planicie nevada — solo.
Una hoja de papel — ¡la dicha y la maldición! Una hoja de papel — mi castigo…
Sin embargo, el prólogo se extendió demasiado. Comencemos. Aunque sea con esto.

…..


El primer crítico

Antes de la revolución, Agnia Frántsevna May fue venereóloga de la corte. Pasaron sesenta años. Agnia Frántsevna conservó para siempre el orgulloso aplomo cortesano y la rectitud de un médico clínico. Fue May quien le dijo al apoderado de nuestro edificio, el coronel Tijomírov, después que este le pisó la pata a su perrita faldera:
—¡Usted es una tremenda mierda, mi coronel, discúlpeme!
Tijomírov vivía enfrente, metido en una repugnante kommunalka a causa de su desinterés partidario. Él aspiraba al poder y odiaba a May por su origen aristocrático (el propio Tijomírov carecía de origen. Lo engendraron las directivas).
—¡Bruja! —tronaba él— ¡Fascista! ¡Ni a cagar me sentaría en el mismo banco que ella!…
La vieja levantaba la cabeza con un movimiento tan brusco, que su minúsculo medallón de oro salía volando:
—¿Acaso es tan gran honor cagar a su lado?
Las opacas plumas de su sombrero se estremecían coléricas… Para Tijomírov yo era demasiado refinado. Para May — desesperanzadamente vulgar. Pero contra Agnia Frántsevna tenía un arma fuerte: la cortesía. En tanto que a Tijomírov la cortesía lo ponía en guardia. Él sabía que la cortesía enmascaraba los vicios.
Una vez, yo estaba hablando por el teléfono de la kommunalka. Esa conversación irritaba tremendamente a Tijomírov por su exuberancia intelectual. Tijomírov pasó por el angosto corredor comunal diez veces. Tres veces fue al baño. Se preparó té. Lustró sus zapatos carentes de toda personalidad hasta sacarles un brillo polar. Hasta llevó su ciclomotor a la cocina, ida y vuelta.
Mientras tanto yo seguía conversando. Decía que Lev Tolstói era en realidad un pequeñoburgués. Que Dostoievski estaba ligado al postimpresionismo. Que en Balzac la apercepción era inorgánica. Que Liuda Fedoséienko había abortado. Que a la prosa norteamericana le faltaba el fermento cosmopolita…
Y Tijomírov no aguantó más.
Empujándome a propósito con su vientre playo, gritó:
—¡El escritor! ¡Mírenlo, al escritor! ¡Qué escritor! ¡Habría que fusilar a semejantes escritores!…
Si yo hubiese sabido entonces que ese grito del apoderado del edificio, debilitado por su sobrecarga mental, determinaría mi vida por largos años…
“¡Habría que fusilar a semejantes escritores!”
Parece que estoy cometiendo un error. Es necesaria cierta coherencia. Por ejemplo — cronológica.
El primer impulso literario —con eso voy a comenzar.
Fue en octubre de 1941. Bashkiria. La ciudad de Ufá, la evacuación, yo tenía tres semanas de vida.
En algún momento escribí sobre ese acontecimiento…

…..


EL DESTINO

Mi padre era el director de escena de un teatro dramático. Mi madre trabajaba de actriz en el mismo teatro. La guerra no los separó. Ellos se separaron mucho más tarde, cuando todo estaba bien…
Yo nací durante la evacuación, un cuatro de octubre. Pasaron tres semanas. Mi madre caminaba por el bulevar empujando el cochecito. Un hombre desconocido la detuvo.
Mi madre contó que su rostro era feo y triste. Pero lo más importante — era el rostro de una persona muy simple, como de un aldeano. Creo que además debe haber sido una cara muy significativa. No en vano mamá la recordó toda su vida.
Ese desconocido de civil parecía absolutamente sano.
—Discúlpeme —pronunció confuso pero decidido—, quisiera darle un pellizco a este niño.
Mamá se indignó.
—¡Lo nuevo! —dijo ella—, acaso también querrá pellizcarme a mí.
—No creo —la tranquilizó el desconocido.
Y luego agregó:
—Aunque un minuto atrás habría dudado antes de responder…
—Estamos en guerra —dijo mamá, ya no tan bruscamente—, ¡una guerra sagrada! Los hombres de verdad mueren en el frente bélico. Pero algunos pasean por el bulevar y hacen preguntas extrañas.
—Sí —asintió con tristeza el desconocido—, estamos en guerra. Ella está en el alma de cada uno de nosotros. Adiós.
Y agregó luego:
—Usted ha herido mi corazón.
Pasaron treinta y dos años. Y he aquí que estoy leyendo un artículo sobre Andréi Platónov. Resulta que Platónov vivió en Ufá. Es cierto que durante poco tiempo. Todo octubre de 1941. Y otra cosa — allí le sucedió una desgracia. Se le perdió la valija con todos sus manuscritos.
El hombre que quiso pellizcarme era Andréi Platónov.
Les conté a mis amigos sobre este encuentro. Personas melancólicas me dijeron que ese hombre pudo no haber sido Andréi Platónov. No son pocos los personajes enigmáticos que merodean por los bulevares…
¡Qué disparate! ¡En la historia contada hasta yo soy una figura indudable! ¡Y ni hablar de Andréi Platónov!
Pienso a menudo en el ladrón que robó la valija con los manuscritos. El ladrón seguramente se alegró al ver la valija de Platónov. Habría pensado que allí había una petaca con alcohol, una capa de cheviot y un gran pedazo de carne de vaca. Lo que encontró después era más fuerte que el alcohol, más valioso que la capa y más caro que toda la carne vacuna de nuestro planeta. Solo que el ladrón no lo sabía. Se ve que era un fracasado crónico. Quiso enriquecerse y se transformó en el propietario de una valija vacía. ¿Qué puede ser más lamentable?
El ratero debe haber tirado el manuscrito en alguna zanja, donde desapareció. Un manuscrito tirado en la zanja o abandonado en el cajón de un escritorio no se distingue de los diarios del año pasado.
No creo que Andréi Platónov haya lamentado demasiado la pérdida de su manuscrito. En estas ocasiones los verdaderos escritores reflexionan de la siguiente manera:
“Hasta quizás sea bueno que se perdieran mis manuscritos viejos, ellos eran muy imperfectos. Ahora estoy obligado a escribir de nuevo esos relatos, y serán mejores…”
¿Sucedió todo así, en realidad? ¿Acaso eso importa? Creo que vamos a prescindir de escribano. Mi alma exige que haya existido aquel encuentro. No en vano he soñado con la literatura desde mi niñez. Y he aquí que trataré de encontrar las palabras…

…..


Sergéi Donátovich DovlátovSERGÉI DONÁTOVICH DOVLÁTOV (3 de septiembre de 1941, Ufá – 24 de agosto de 1990, Nueva York). Sin posibilidades de editar en la Unión Soviética emigró tardíamente a Estados Unidos donde trabajó como periodista y publicó varios relatos. Algunos de sus libros son El libro invisible (1977), El compromiso (1981), La zona: notas de un guardián de prisión (1982), La marcha de los solitarios (1983), Los nuestros (1983), La extranjera (1986), La maleta (1986). La Reserva Nacional Pushkin seguido de los cuentos Ariel y La uva fue publicado por Añosluz editora.