Inéditos: Casas de tránsito [Felipe Cares]

Se habían acostumbrado a la idea: ella se iría y él se quedaría viviendo en la casa. Uno de los principales acuerdos era que el cambio no fuera demasiado lejano. Lo mejor sería que ambos hogares quedasen a una distancia relativamente cercana, así no tendrían problemas con los traslados del niño y podrían llegar en pocos minutos si se presentaba alguna emergencia.

─Una semana contigo y otra conmigo ─dijo Silvia, de una manera muy civilizada para no tener que entrar a pelear ni a meter abogados o jueces en el asunto. De esa manera, además, no estresarían tanto a su hijo y su enfermedad no empeoraría.

─Me parece bien ─respondió Héctor, con la vista fija en el camino y atento a que el cadáver del animal que llevaban en el asiento trasero, dentro de una bolsa de basura, no se cayera cada vez que frenaba.

─En la noche hablamos con Miguelito ─sentenció Silvia y le subió el volumen a la radio.

Miguelito había cumplido siete años y hablaba muy poco. Asperger, autismo, psicosis infantil. Esos eran los posibles nombres de su estado, pero los psiquiatras y neurólogos preferían no etiquetarlo de manera definitiva. “Puede cambiar, puede evolucionar, esto pasa siempre con las enfermedades mentales en las primeras etapas de crecimiento”, les decían, pero ellos no notaban que hubiera cambio alguno a pesar de los medicamentos y la terapia. Les preocupaba muchísimo el hecho de que no pudiera hacer amigos ni conversar con nadie más que no fueran sus padres. Y, claro, también estaba el otro asunto. Ellos le decían así: “el asunto”, porque no podían nombrarlo de otra manera. Preferían ni siquiera contárselo a los médicos. Era algo muy raro, vergonzoso, macabro. Además que ni siquiera podían explicarlo bien, no entendían qué era realmente lo que pasaba. De alguna manera se sentían culpables de ello.

Desde su entrada al preescolar, a Miguelito le fueron regalando una serie de mascotas. Lo hacían porque los médicos dijeron que ese podía ser un buen comienzo para relacionarse con otros. Le daría la oportunidad de cuidar a alguien, de mostrar sus afectos. Tres perros, cuatro gatos y cinco hámsteres pasaron por la casa durante dos años, pero ni uno de ellos vivió más de un mes. Silvia y Héctor no entendían bien qué pasaba, si los cuidaban tanto, incluso les compraban un alimento especial, le ponían las vacunas correspondientes, a los perros los sacaban a pasear de dos a tres veces por semana. Y aun así, todos terminaban en una bolsa de basura, igual que el gato que llevaban en el asiento de atrás, el cual iría a parar al lugar al que suelen ir siempre que les ocurre esto. Tenían su cementerio propio, cerca del cerro. Después de tantas muertes, llegaron a la conclusión que lo mejor era llevarse lejos a los cadáveres, así su hijo no tendría que ver tantos entierros en el patio. A Miguelito le decían que se los llevaban a un lugar especial, un lugar a donde van los animales cuando se duermen y ya no se pueden despertar. No le decían “muerto”, ni “fallecido”. Le decían que se dormía y punto. Envolvían los cuerpos en una bolsa de basura una vez que el niño se había dormido.

La pareja seguía preguntándose lo mismo en el trayecto al cementerio: ¿Cómo era posible que siguieran muriéndose todas y cada una de las mascotas? Una vez que llegaban a la casa, y con el transcurso de las semanas, cada uno de los animales se iba apagando. Como un envejecimiento prematuro. Demasiado prematuro. Tenían calculada con exactitud la duración de los animales en la casa. Sabían que a la cuarta semana todos comenzaban a apagarse. Se movían lento, dormían mucho, dejaban de comer, hasta que un día simplemente dejaban de levantarse y se quedaban tirados en un rincón. No se ponían duros, ni se pudrían, simplemente cerraban los ojos y se quedaban inmovilizados. Recién a los diez o doce días, la carne comenzaba a descomponerse y ahí entendían que no había vuelta atrás. Miguelito pasaba mucho tiempo con ellos durante esos treinta días de vida. Extrañamente les hablaba, no mucho, pero algunas palabras les dirigía a sus mascotas. Y eso era lo que ponía triste a la pareja, que su hijo fuera perdiendo aquello que le permitía ir mejorándose de su enfermedad. Les gustaba tanto escucharlo conversar con ellos.

Como el hecho venía sucediendo desde hace dos años y no se detenía, Silvia pensó al comienzo que podía haber un virus o una bacteria dando vueltas, pero luego se le metió la idea de que el lugar estaba maldito, que había algún espíritu o algo así que le traía una muerte temprana a las mascotas.

─Hace dos años que debimos hacerlo ─dijo ella, mientras Héctor se estacionaba en un espacio polvoriento, cerca de un montón de basura.

─No empieces con eso ─respondió Héctor, sacando del asiento trasero el cuerpo del gato muerto. A él no le parecía una razón válida que la casa estuviera maldita o que estuviera habitada por espíritus. “Puras tonteras”, decía cuando Silvia intentaba explicarle el funcionamiento de estos males. Claro que entendía que no era precisamente eso de lo que ella estaba hablando en ese momento.

Una vez que dejó el cuerpo del gato en un cerro de basura, se subió al auto y partió de regreso a casa, su casa, donde viviría solo con Miguelito una semana por medio.

***

Silvia quiso asegurarse. En cuanto encontró la casa nueva, a tan solo quince minutos en auto de la anterior, lo primero que hizo fue llamar a un curandero que hacía limpiezas. Lo hizo un jueves en la tarde. El hombre llegó y se paseó por todas las piezas, quemando incienso y recitando plegarias para que cualquier cosa que anduviera dando vueltas por ahí se fuera y encontrara su camino a la otra vida. Una vez finalizado el rito, le aseguró que la purga había sido efectiva, que había detectado solo una entidad, pero que había conseguido irse, por lo tanto no tendría que preocuparse por nada. Era un habitante bueno, le dijo. Silvia se sintió tranquila después de eso y, como una manera de probar que el asunto era efectivo, esperó a Miguelito a la semana siguiente con un perro. Una nueva mascota.

Miguelito se encariñó enseguida. Pasaba siempre con los animales que le regalaban, andaba con ellos para todos lados. Incluso tuvieron que comprarle una jaula, porque no soportaba pasar demasiado tiempo lejos de él. La primera semana que le tocó pasar con su padre lloró y lloró y lloró. Héctor no consiguió entender lo que le pasaba. Le mostró una foto de su madre, pero no era eso. Le preguntó si no le gustaba estar solo con él, si no le gustaba su antigua pieza, si no le gustaba cómo cocinaba, si tenía frío, si tenía calor; pero el niño respondía a todo que no con la cabeza y lloraba inconsolablemente. Hasta que le preguntó por el perro y ahí sí, Miguelito asintió con la cabeza y detuvo las lágrimas. Silvia tuvo que llegar al día siguiente con el animal para que se calmara de verdad. Con eso se tranquilizó la semana completa. Así que cada vez que le tocaba cambiarse, los metían a los dos al auto y se iban todos juntos.

Pero este animal no fue la excepción. El perro duró, al igual que el resto, solo un mes. A la cuarta semana comenzó a deteriorarse. Lo llamaban para jugar, pero no quería levantarse. Prefería dormir en un rincón, como si cargara con toda una vida de juegos y saltos, tal y como le pasa a los perros viejos. Hasta que llegó el día en que no se levantó más. Silvia lo tocó y lo sacudió, pero el animal no respondió.

Aterrorizada, pensó que el problema seguía estando en la antigua casa. Algún mal tenía que haber allí que seguía contagiando a las mascotas de su hijo. Y se lo dijo a Héctor muy seriamente: O haces una limpieza de energía o no llevo más a las mascotas de Miguelito. Y tuvo que aceptar. Así que llamaron al curandero para que hiciera el mismo rito en la casa vieja. Incienso y rezos toda una tarde.

─No se imaginan la cantidad de habitantes que tenía este lugar, ─dijo el hombre─, algunos eran bastante malos y me costó expulsarlos, pero ya se fueron todos, ya no tendrán problemas con ellos.

─¿Contenta? ─preguntó Héctor una vez que el hombre se fue, con el mismo tono de reproche que usa para sacarle en cara algún asunto.

─Sí ─respondió ella.

***

A diferencia de todos los cadáveres que le había tocado envolver, esto no le había pasado antes. Justo cuando Silvia estaba metiendo al animal en la bolsa, Miguelito entró a la cocina. Se había despertado por un mal sueño. El niño abrió los ojos en su máxima expresión sin soltar una sola palabra y se quedó inmóvil ante la cruda escena. El único movimiento que hizo fue el de alzar el brazo e indicar con el dedo al perro que estaba siendo envuelto en ese oscuro envoltorio. Silvia no supo muy bien cómo abordar el asunto. Le pidió que tomara asiento.

─Hijo, mira, el perrito se quedó dormido, ¿te acuerdas que te conté que cuando se duermen los llevamos a un lugar donde pueden seguir durmiendo todo lo que ellos quieran? ─le explicó nerviosa.

Miguelito se incorporó y tomó el cuerpo del animal envuelto. Le hizo un gesto demostrándole que entendía lo que estaba pasando. Y eso era bastante novedoso, muy pocas veces daba señales de comprender lo que la mamá o el papá decían. Con un sonido gutural y con el mentón indicando hacia la salida, el niño pidió salir con ella. Silvia no dijo nada y le preguntó si estaba seguro, si realmente quería acompañarla. El niño asintió con la cabeza y partió arrastrando la bolsa hacia la puerta de entrada de la casa. Lo hizo tan tranquilo y contento como cuando el perro estaba vivo.

─Ahora no, Miguelito. ─le explicó─ Vamos a ir mañana, cuando sea de día. Vamos a llamar a tu papá para que nos pase a buscar.

***

El auto avanzaba firme por el camino. Nadie decía nada. Los dos adultos iban con la vista fija al frente y Miguelito miraba por la ventana, viendo cómo las casas comenzaban a distanciarse cada vez más, dando paso a un sector lleno de terrenos baldíos y algunos árboles secos, producto de la ola de calor que había llegado hace un par de semanas a la ciudad.

─El perrito ahora va a descansar ─dijo Silvia─, se va a ir al cielo donde viven todos los otros animalitos que has tenido.

El padre no dijo nada y Miguelito quedó atento, expectante ante el resto de la explicación.

─ Llega un momento en que los animalitos y las personas se duermen y no se despiertan más. Y lo que pasa con ellos es que se van al cielo y se quedan viviendo allá, entre las nubes, jugando todo el día. Es como una casa nueva muy bonita a la que llega todo el mundo cuando ya no se pueden despertar más.

Miguelito miró por la ventana hacia arriba. Vio el azul del cielo y las nubes que había allí. Pero no logró ver nada, por más que se esforzó.

Una vez que llegaron al lugar de siempre, se bajaron del auto y sacaron la bolsa con el cuerpo del perro. Héctor sacó una pala de la parte trasera del auto y comenzó a cavar un hoyo. Cuando logró una profundidad suficiente, dejó ahí el cadáver y lo tapó con la misma tierra que había removido.

─Ya se fue el perrito ─dijo Silvia─, ya está en el cielo.

El niño miró la tierra, luego el cielo y finalmente a sus padres. Sonrió a pesar de no entender muy bien qué es lo que estaba pasando.

─Vámonos a casa ─dijo Héctor, dándole unos pequeños golpes con la pala a la tumba para que la tierra quede firme. Y puso unas flores que habían arrancado del jardín de la casa para que no se viera tan feo.

Miguelito se soltó de la mano de su madre y se acercó a la montaña de basura donde tantas otras veces la pareja había tirado cuerpos muertos de animales. Inspeccionó el lugar como lo haría un perito en busca de las pistas de un homicidio. Miró cada detalle, cada objeto que componía esa maravillosa montaña de basura. Y ahí, entre medio de muchos objetos inútiles, rotos y bolsas de plástico, encontró varias partes cercenadas de las que habían sido sus mascotas: pelos y huesos de distintos colores y tamaños. El niño vio una calavera y pudo reconocer al que había sido el último de los gatos que había estado con él, solo que ya no lo cubría el pelaje. Lo único que quedaba era un trozo óseo con ojos vacíos, sangre, gusanos y otros insectos caminando sobre él, semejante a un mundo pequeño viviendo a los pies de un cerro. Miguelito se acercó lo suficiente como para que el olor a podrido lo golpeara. El calor y el paso de las semanas habían descompuesto completamente el cuerpo.

─¡Miguelito! ─gritó Silvia desde lejos, corriendo hacia él para que no toque nada y no se ensucie ni se infectase con la carne en descomposición.

Sin asustarse ni espantarse por el asqueroso aroma, el niño estiró la mano hacia el montón de basura, intentado alcanzar algo, aferrarse a eso que conocía y que ahora descansaba entre esos escombros. La madre llegó a tiempo para tomarlo en brazos y rescatarlo de alguna posible enfermedad.

─Sucio, caca. ─dijo ella y se lo llevó de vuelta al auto.─ Dile “chao” al perrito.

Y así lo hizo el niño al subirse en el asiento trasero. Miró por la ventana hacia el montoncito de tierra removida y se despidió con su mano izquierda. Era su primera tumba, su primer entierro. Héctor encendió el motor. El vehículo inició la marcha casi al mismo tiempo en que el sol ya comenzaba a esconderse.

─Pasemos a comernos una hamburguesa ─dijo el padre, sonriéndole a su hijo a través del espejo retrovisor.

─¡Qué rico! ─dijo Silvia y le subió el volumen a la música, igual que en esos veranos en los que solían viajar juntos los tres al sur, cuando aún vivían todos en la misma casa. Miguelito sonrió de vuelta y se puso a pensar en cómo será el cielo. Se imaginó un lugar hermoso, agradable, una muy bonita casa a la que habían llegado a parar todos sus animales. Sin que ni uno de los dos adultos se diera cuenta, el niño abrió la mano derecha, la cual estaba empuñada desde su expedición a la montaña de escombros. En la extensión de su palma apareció una araña, no muy grande, que exhibía un pelaje marrón. La había sacado de una de las cuencas vacías de lo que fue alguna vez su gato. Se quedó mirándola, atento y satisfecho, porque ahora se iría con ella a casa, a ese lugar previo en el que le tocaría estar antes de iniciar el viaje al cielo con el resto de sus mascotas. “Y para ese viaje, ¿cómo será la partida a un lugar tan lejos y tan arriba?”, se preguntó. Si tan solo hubiera sabido que era hacia ese lugar a dónde todos se iban. Pero al ver a la araña pensó que tal vez ella debía tener algunas respuestas, después de todo había salido del ojo vacío del gato. Algo debía saber, algo debía haber visto de ese lugar a donde van los animales cuando se duermen. Miguelito volvió a empuñar la mano, sin apretar a su nueva amiga, para dejarla libre en alguna de sus dos casas más tarde. Tendría otro mes más, otros treinta días para conversar con alguien antes de que se duerma para siempre y que inicie su viaje a un lugar tan lindo como el cielo, pudriéndose en una montaña de basura.





felipe-caresFELIPE CARES (Punta Arenas, 1986). Licenciado en Teoría e Historia del Arte por la Universidad de Chile. Postitulado en Arte Terapia por la misma casa de estudios. Actualmente trabaja en el Programa de Acceso Inclusivo a la Educación Superior (PACE) de la Universidad de Santiago. Obtuvo una beca de creación literaria en la convocatoria 2016 del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes para finalizar su primer libro de cuentos aún inédito.