Inéditos: Cinco poemas de Horacio Fiebelkorn

REMO

Remar, donde se retira el agua, el golpe
del remo a cuchillo, compás
detrás del músculo, atrás, adelante. Remar
sin amarre, a lo que dé, porque los mapas
ya se achicaron, cada cual se hace cargo
de su metro cuadrado, como si nadie
jamás remado hubiere. Remar en lo que
redobla el movimiento, sin otro rumbo
que el precio vil del tiempo: el reloj del remo,
una aguja que se clava en el agua otra vez,
repite su juego sin duración, sin roña posible.
¿Sin peso se rema mejor? Un alivio en la carga
no hará el verbo más liviano: remar, y así.
Por mucho que mire el lastre que ahora flota,
antes de hundirse, antes de irse a pique,
sólo el mar por delante, sin derecho a queja,
remar con el solo objeto de seguir remando,
en círculos rotos, ya sin reflejo en el agua,
bajo la sombra de los buitres: callate.




UN DÍA

El día en que la lluvia murió bajo la lluvia, el agua
cayó bajo el agua y nada sucedió encima de nada.
Fue el día en que las cosas subieron al hundirse,
el día en que su peso flotó como una palabra que
no pudo leerse. Ni una cosa, ni un sueño pudo
verse tras la cortina ciega: los metales murieron
entre tejidos podridos y lámparas oscuras, fotos
deshechas en las ruedas, pasta de los caños: nadar,
contra toda respiración, todo calambre. Nada, atrás,
donde volver. El agua borró el camino, todos fuimos
perros al garete sin luna que alumbre. Nadie volvió
a ser quien era, durante un tiempo ni un bicho
se animó a decir algo, porque hasta los grillos
daban miedo. Nada fue posible, salvo las manos,
para levantar lo que queda y colar lo que se va,
poner lo que hace falta, despedirse. La ciudad
tuvo las manos arrugadas de un viejo, la boca
tapada por las hojas el día en que la lluvia murió.




EL PANTANO

“Que quede bien claro: el alma, como le dicen, es, pareciera, no cristalina sino pantanosa” (Saer)

De barro hasta el cogote, el lugar
donde todo se atranca, sea la voz, el
recuerdo traído de los pelos por
una foto casual, inoportuna. El pantano
donde todo atasca su marcha, porque
está poblado de ropa, enseres de cocina,
sonrisas, lujurias galantes que se lleva
el río y su máquina de frotar piedras.
Palabras empozadas donde nadie sabe,
donde nadie escucha, salvo el viento,
salvo las cañas. Artefactos del parecer,
música de los bichos que dialogan
bajo una foto de la luna, o un
intercambio de calambres, mudos
en la torsión del desencuentro, el beso
de los malos entendidos que chapotean,
van y vienen para chocar otra vez
y moverse quietos en eso que parece
más pantanoso que cristalino, más
resbaladizo que cierto, la esquina
de dos paralelas donde se trenza un
capricho en mal estado: la memoria
gaseosa, evaporada al calor de un
metal ardiente, un cuchillo amable
para dibujar en un lienzo vegetal
todos los signos del tiempo y su tránsito,
las preguntas posibles en los límites
donde la tierra no sabe de goces
pero deja asomar el hocico
para respirar y tomar de un saque
lo que deja el oleaje cuando se va.
Porque la innombrable fue ya
demasiado nombrada desde afuera
como si no fuese parte de la
carraspera, o de lo que mañana será
evocación de un roce, surco entre
las plantas donde yace una frase
que gotea y supura, respira por
los agujeros de su error. Nada es
cristalino, nada está quieto ni se
transparenta, todo es barroso y parental.
No me hables de ella sin fluidos, no
sin sangre, no sin flujos ni lechazos,
no sin tierra, no la nada sin nada
que no sabe respirar ni ahogarse.




LA RUEDA

Podría empezar por el final: un colchón
que se pudre en la vereda, los timbrazos
del que afila tijeras o pide ropa usada,
o las bicicletas que madrugan y se dejan ver
desde el balcón. Hay una nube en puntas de pie,
y calles que se pierden. Hay paredes
ropa tendida, y voces que se cruzan.
Hay pasos apurados, cuellos que giran,
cabelleras como melodías que el aire
intenta detener. Hay un nombre que tiene
los ojos abiertos. Así es como escucho
la gran rueda del mundo, en sus palabras
que se demoran en el perfume que
la estación esparce, o el deseo
de terminar donde todo recomienza.




CIUDADES

Las ciudades chicas tienen amplias zonas con casas chatas. Por eso se puede ver el horizonte, apenas tocado por siluetas de árboles y construcciones.
La presencia continua del horizonte en las ciudades chicas, invita a la libertad y por lo mismo genera angustia, con una carga de terror y encierro que no puede nombrarse. Sus habitantes no saben ser libres.
En las urbes, la ausencia de horizonte visible permite una libertad moderada y anónima, sin color ni expectativa alguna.
Cuando las ciudades chicas aprendan a ser libres, las ciudades grandes van a desaparecer.




horacio-fiebelkornHORACIO FIEBELKORN (La Plata, 1958). Actualmente reside en Buenos Aires. Es poeta y periodista. Fue coeditor del tabloide de poesía La Novia de Tyson en los años 90′. Publicó, entre otros, los libros Elegías (2008), Tolosa (Eloísa Cartonera, Buenos Aires 2010), Elegías (2a. edición, Determinado Rumor, Buenos Aires, 2011), Pájaro en el palo. Antología personal (Civiles Iletrados, Montevideo, 2012), El sueño de las antenas (Ediciones Vox, Bahía Blanca, 2013). En el 2016 vieron la luz La patada del chancho (Zindo & Gafuri) y el libro de prosa Cerrá cuando te vayas (Club Hem Editores).