Inéditos: El síndrome de Bujara [Alejandro Espinosa Fuentes]

         El grito de los cuervos se parece a veces
al llanto de un niño; otras, las más, al
grito de un ahorcado.

Sergio Pitol

 

………Lo cierto es que no me pregunté por qué el doctor me llamó, sin embargo, acudí al hospital en cuanto me enteré de la noticia. A mi amigo, el poeta Damián Moreh, lo encontraron inconsciente en el Parque de los Venados envuelto en una sábana blanca y con el cuerpo surcado por heridas a medio coagular. Eran grietas perforadas de arriba a abajo, como mordeduras o picotazos de tonalidades granate o acaso bermellón; aunque pensé que Damián, más ducho con los adjetivos, quizá las habría relacionado con el azul petróleo, o con el púrpura de Tiro, pero preferí no mencionar el tema a pesar de que a mi llegada lo encontré despierto.

………Al principio se dedicó a mirarme sin responder a las incómodas preguntas que me vi obligado a formular. Nunca nos habíamos encontrado en una situación semejante. Cuando el cuarto quedó libre de extraños, me pidió que cerrara la puerta. «Fermez la porte». Me habló en la lengua de Balzac aunque el mensaje tuvo más que ver con un poema de Francis Picabia. Me dijo que los cuervos serían estrellas negras y señaló la ventana para hablarme de unos espejos boquiabiertos y de la tristeza ancestral que, según él, habíamos heredado los mexicanos. Sin duda deliraba, pero su discurso ganó claridad cuando me repitió por lo menos treinta veces la misma frase imperativa. «Tienes que encontrar la cura». Su voz se fue recortando en sílabas roncas y me pidió que le alcanzara tinta y papel. Creí que iba a esgrimir un último verso como quien firma un cheque para clausurar su testamento literario, pero sólo escribió el nombre «Emilio Bazán».

………Por supuesto que sabía quién era el filólogo Emilio Bazán, mi tesis de licenciatura tenía una deuda insaldable con su Retórica cósmica y, sobre todo, con la antología de teoría literaria Los avatares de la deconstrucción. Por las redes sociales me enteré de que el doctor asistiría a un evento esa misma tarde en la Casa del Poeta. No sé si irónicamente el evento se anunciaba como una recaudación benéfica de fondos para las víctimas del Mal de Stendhal.

………Desafortunadamente, mi falta de precaución me hizo irrumpir con una indumentaria casual en una ceremonia a la que todos los asistentes iban de gala, por no decir de luto, pues aun los vestidos de las mujeres convenían el negro riguroso. Tras un brindis generalizado, me acerqué al doctor con el título de mi tesis como carta de presentación. A Bazán no pareció interesarle el tema y entendió que me había acercado para ofrecerle una donación en persona. «Los cheques tienen que estar a la orden de la “Fundación Babieca”», me dijo, «los detalles de la cuenta aparecen en este folleto», y me extendió un tríptico que fingí leer con atención.

………«En realidad», precisé, «vengo a hablarle a usted del poeta Damián Moreh, a quien encontraron hoy en la vía pública envuelto en una sábana blanca y con heridas similares a picotazos por todo el cuerpo». El filólogo esbozó una cara de espanto. «Le digo que a Moreh lo encontraron inconsciente, ahora mismo está en el hospital», dije.

………El terror dibujado en su rostro fue sustituido por un gesto de irritación. Antes de que pudiera agregar otro detalle, Bazán me espetó: «Le aseguro que el Mal de Stendhal no es ninguna broma, sus síntomas victimizan a un sector invaluable de la población ¡Qué descaro! ¡Si viene usted en plan de sorna lo conmino a retirarse!».

………Me señaló la puerta con el brazo extendido y yo, sin comprender qué nervio había exaltado, le juré que hablaba en serio. «¡A otro perro con ese hueso!», me interrumpió Bazán, «si vuelvo a oír una palabra más sobre el llamado Síndrome de Bujara juro que suprimiré el nombre de Sergio Pitol del resto de mis estudios académicos». No sé si lo dijo en serio o sólo para apabullar a los entusiastas, los cuales se escandalizaron y me excluyeron de la conversación para suplicarle que reconsiderara su postura.

………Ya estaba a punto de abandonar el sitio cuando Aldo Nájera, el mago de la Cibeles, me llamó con discreción y me dirigió a un pasillo apartado de la marabunta. Al mago lo conocí en la Alameda del Sur donde solía presentar un repertorio de trucos de connotación literaria que en la adolescencia me habían dejado boquiabierto. Su acto más aplaudido era un homenaje a “El Horla” en el cual, al igual que la presencia invisible del relato de Maupassant, doblaba, cortaba y le ofrecía una rosa a un miembro del público sin siquiera tocarla. Su acto fue prohibido por las autoridades cuando un grupo ecologista protestó que su magia atentara contra la naturaleza. Abatido, el mago probó utilizar flores artificiales y fue ese el principio de su ruina. Aunque el hilo telequinético que transportaba los objetos era el mismo, nadie lo atestiguó con igual asombro, como si el plástico evidenciara la factura del engaño. Poco después anunció su retiro de los escenarios y se volvió un parásito de las tertulias.

………«Disculpa mi impertinencia», susurró en mi oído oscilando los ojos en busca de un posible espía, «alcancé a oír tu charla con el doctor Bazán y hay algo que debes saber: el Síndrome de Bujara es real. Lo padeció uno de mis colegas hace unos años e hicimos todo lo que estuvo en nuestro poder para salvarlo, no escatimamos recurso alguno, lo juro, incluso me trasladé a Xalapa para solicitar el consejo de Pitol, pero fue en vano. Él estaba lidiando con una enfermedad igual de temible o peor que la de mi colega, la afasia, la ironía más cruel que puede sufrir un escritor, sobre todo uno políglota». Nájera renegó llevándose el pulgar y el índice a las glándulas lacrimales. «Pitol nada me pudo decir sobre la cura del Síndrome de Bujara y a mí no me quedó otra que acudir a la bibliografía», dijo.

………Apenas calló, decidí cortar de una vez su teatrillo. «¿Me puedes decir de una vez qué demonios es el Síndrome de Bujara?» El mago me rogó que bajara la voz. «Se trata de un cruel padecimiento», renegó otra vez. «Comienza con un horror a la fragmentación, un pánico al artificio muy similar al Trastorno de Montesinos, exceptuando los aspectos grotescos, claro». ¿Qué Trastorno de Montesinos?, me pregunté, ¿el de la cueva de El Quijote? ¿Acaso Damián había descendido a los terrenos literales de la imaginación donde la musa era un vulgar instinto y la belleza un orden de formas preestablecidas?

………«¿Y qué fue de él?», dije entonces, «¿de tu colega?»

………Nájera me contó que agotaron las opciones: resonancias magnéticas, vitaminas, terapia, homeopatía, hipnosis, hasta que un buen día su amigo se levantó de la cama y murmuró que ya todo estaba bien, o que todo estaría bien y se arrojó por la ventana de su departamento.

………«Entonces, ¿no hay cura?», dije.

………«Si existe algún remedio», concluyó el mago de la Cibeles, «quizá lo encuentres en los libros, espero que no sea demasiado tarde».

………Damián Moreh defendía aquella máxima de Roland Barthes de que quien no relee estará condenado a siempre leer el mismo libro, en cambio, yo nunca había sido partidario de la relectura, la consideraba una contaminación de la experiencia literaria que por fuerza corrompía la pureza del imaginario. Por mala suerte, tuve que hacer una excepción a mi regla, pese a mi radical purismo, para buscar la cura de mi amigo. Acudí a la biblioteca de la universidad y consulté la primera edición de Nocturno de Bujara, donde aparece el cuento homónimo, y me imbuí otra vez en eso que en una primera lectura me pareció un charco de plumas negras y que al reencuentro asimilé como una orquesta milimétrica de gritos.

………Lo demás fue un centelleo de ideas vagas, pálpitos hermenéuticos semejantes a la migraña. Por un momento llegué a imaginar que estaba frente al libro tralfamadoriano del que alguna vez habló Kurt Vonnegut: un telegrama de símbolos separados por estrellas, los cuales representaban situaciones y escenas que debían leerse a un mismo tiempo, sin principio, intermedio ni final, sin suspenso ni moral, sin causas ni efectos.

………Leí una y otra vez la cita al Breve tratado de erotismo de Jan Kott que aparece en el cuento: «En la oscuridad el cuerpo estalla en fragmentos, que se convierten en objetos separados». Creí entender que esa oscuridad podía referirse a una ceguera del espíritu o de la memoria, la cual debía ceder a una reconstrucción táctil e intermitente de la realidad. Fue una suerte que se apareciera alguien para disipar mis necias conjeturas.

………A través del cristal que da al patio interno de la biblioteca, distinguí a la profesora Carmen Villagrán, Miss Daisy (le decíamos de cariño), dialogando con unos alumnos. Recordé que en su clase de Metodología Crítica solía presumir de su estrecha amistad con Sergio Pitol y se jactaba de cada uno de sus encuentros; que si lo había acompañado a la Feria del Libro de Guadalajara, que si lo había llevado a probarse unas corbatas a Sears. A veces los alumnos bromeábamos porque, más que una amiga, parecía ser su chofer ya que en sus anécdotas ella siempre iba al volante y por eso le pusimos el inexacto apodo de Miss Daisy.

………Me acerqué a saludarla y sin mayor preámbulo le conté del mal que aquejaba a mi amigo. Miss Daisy era algo excéntrica, poseía la rígida amabilidad de los catedráticos y el ingenuo entusiasmo de la generación setentera, el aroma a pachuli que la escoltaba le añadía un talante de mamá hippie a sus rasgos longevos. «Ay querido ¿y qué quieres que haga yo?», me dijo acariciándome el brazo, como si a pesar de considerarme un embustero no pudiera dejar de sentir pena por la condición de mi amigo. «Me encantaría ayudarte, de veras, pero no estamos hablando de una novelita de Corín Tellado, para entender el Nocturno de Bujara debes sumergirte en la polifonía. Si a mí me lo preguntas, te diría que lo que sufre tu amigo es un típico caso de desamor, quizá un desamor muy intertextual, pero acuérdate querido, ¿por qué en el cuento la pintora se va a Bujara? Para olvidar al amante patán que ni la pela, ¿no crees? Debe andar en desamor tu amiguito».

………Me encantaba el tono medio fresa de la profesora Villagrán, lo que en una jovencita hubiera resultado irritante, con su timbre cincuentón emulaba un diáfano convite de coquetería. «Maestra, lo que en verdad quería pedirle es el contacto de Sergio Pitol, quizá su dirección o su correo electrónico para hacerle llegar un mensaje». Ya sabía lo que me iba a responder —envíala a la editorial y ellos se harán cargo— cuando añadí una cláusula infalible: «Es un asunto urgentísimo y preferiría mantenerlo en secreto».

………Ligeramente nerviosa, la profesora se llevó una mano al bolso del que sacó una pluma y un post-it. «Mira llevo muchísima prisa, voy tarde a clase… A ver, te voy a dar el número de Sergio y tú le escribes. No se lo vayas a dar a nadie más porque me muero de pena. ¿Estamos? Tú dile que le escribes de mi parte y no creo que haya inconveniente. Chao». Miss Daisy se alejó dando brinquitos como un duendecillo deambulando por la curvatura del arcoíris.

………Agregué el número a mis contactos y reflejado en la pantalla del celular me sentí ridículo. «Le estoy mandando un SMS a Sergio Pitol», pensé, «lo que sea que me responda (si responde) formará parte de su obra inédita, una prosa que sólo yo apreciaré y que sólo para mí tendrá sentido». Envié el mensaje. En seguida me arrepentí.

………La respuesta tardó en llegar quizá debido al parafraseo al que lo obliga la enfermedad, pero el contenido la justificó con creces. Le había preguntado, tras mencionar mi amistad con Miss Daisy, cuál era exactamente el mal que aqujaba a su personaje de la pintora italiana en el cuento “Nocturno de Bujara”. La respuesta tuve que descifrarla palabra por palabra y a grandes rasgos me sugirió una brillante idea.

………«Lo dijo en letras en su dispositivo verbal de cómo se escriben el que Stalin liquidó cuando la expropiación petrolera», me respondió Pitol. Primero me confundí y pensé que podía referirse a Leon Trotsky, luego creí que a Isaak Babel, pero ambos habían sido asesinados en 1940 y aquel que «lo había dicho en letras» tenía que haber muerto en 1938, año de la expropiación petrolera en México. Tuve que emplear una de las computadoras de la biblioteca para descubrir que se refería a Boris Pilniak y, en particular, al cuento titulado “Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos” que el mismo Pitol tradujo. Este texto no lo conocía, así que no corrí el riesgo de quebrantar mi regla anti-relectura dos veces en un mismo día a la hora de imbuirme.

………Tras leerlo llegué a una conclusión inevitable: el Síndrome de Bujara debía ser un trastorno de degradación paulatina causada por la convivencia entre seres de carne y hueso y sus espejos ficcionales. En el cuento de Pilniak el personaje de Sofía Vasilievna no puede tolerar el hecho de que su marido japonés, a lo largo de años de matrimonio, la haya observado y estudiado para hacer de ella el personaje de una novela. Por eso, en cuanto asimila su doble función terrenal e ideal, pierde los estribos y decide abandonarlo. En el caso de Bujara ocurría algo semejante. Con la complicidad de una memoria inventada se construía un contexto bosquejado en la imaginación donde podía ser posible todo lo que antes había sido imaginado y era por eso que la ciudad manifestaba un choque de realidades, la oposición más vieja de la filosofía, la del idealismo y el materialismo, cuyo enfrentamiento podía derivar en locura al exacerbarse. Así que mi amigo Damián Moreh, a fin de cuentas, había sufrido un ataque de pánico perpetrado por las ánimas de sus ensueños, por una fuerza invisible como el Horla, por el peso de sus propias ficciones, es decir que se había auto-infligido el daño. Pero ¿por qué hablaba de cuervos?, ¿y por qué sus heridas tenían forma de picotazos?, me pregunté sin seguir ese tren de pensamientos ya que un miedo ancestral, como la tristeza de la que él me había hablado, me paralizó los músculos. Me di cuenta de que mi amigo aún no estaba curado y era posible que en cualquier momento, a penas recuperara la energía, lo volviera a intentar. Damián iba a reincidir. Recordé al colega del mago de la Cibeles que un día como cualquier otro dijo «ya está todo bien» o «todo estará bien» y se arrojó por la ventana de su departamento. Quizá Damián ya se habría arrojado por ese «espejo boquiabierto» que antes me había señalado y su cuerpo no sería más que una silueta inmóvil, recortada de vez en vez por mi memoria y más tarde ennegrecida en el sinsabor del olvido.

………Detuve un taxi y me dirigí a toda marcha de vuelta al hospital. De camino le mandé como sesenta mensajes de texto a Sergio Pitol preguntándole la cura para el Síndrome de Bujara, pero no obtuve respuesta. Frustrado, probé llamarle y al tercer intento me respondió una voz en el auricular, pero no era la voz de Sergio Pitol sino la de un señor, tal vez su enfermero, su chofer, o algún pariente, que, sin ánimos de negociar, me preguntó de dónde había sacado ese número y, sin esperar respuesta, me gritó que dejara de molestar y colgó.

………Al llegar al hospital me enteré de que Damián Moreh había sido dado de alta. El doctor me explicó que la mayoría de sus heridas eran superficiales y que mi amigo podía continuar su recuperación en casa. «¡Pero necesita tratamiento!», me oí decir, «¡Necesita ayuda psicológica, nada nos garantiza que el incidente no vaya a ocurrir de nuevo!».

………El doctor trató de tranquilizarme. «Salió en las noticias, ¿no se enteró?», dijo sin destensar una sonrisa prefabricada, «la policía ya arrestó a los agresores». A continuación, me explicó que había sido un grupo de vándalos que solía interceptar a los ciclistas para golpearlos brutalmente; no robaban ni violaban ni elegían víctimas en específico. Varias víctimas los habían denunciado y su modus operandi siempre era igual: tensaban un cable o un hilo de nylon para trompicar a los ciclistas y en el suelo los golpeaban con un bat o con herramientas caseras, un martillo, un desarmador. Supuse que en el caso de Damián habrían usado un machete o una hoz, pues pocos utensilios explicaban sus heridas en forma de pico.

………Le di las gracias al doctor y me dirigí al departamento de mi amigo. De camino pensé que el lado positivo de mi malentendido literario era el SMS que me había mandado Sergio Pitol, un registro único e inédito de la obra del más grande escritor mexicano que seguía con vida. Pero cuando busqué en mi celular no encontré por ningún lado su respuesta ni su contacto ni el post-it que me dio Miss Daisy.

………Sin dejar de buscar en mis archivos, llamé a la puerta de Damién Moreh. Me sorprendió que fuera él quien me abriera. Mi amigo había recuperado el color aunque aún tenía por todo el cuerpo vendajes y gasas. «Quiero dar un paseo », me dijo y no me dio tiempo para refrenarlo porque cerró la puerta tras de él y se encaminó escaleras abajo. Me escandalizó que decidiera deambular por el mismo parque donde lo habían atacado el día anterior. A pesar de un leve cojeo andaba a prisa como si cada paso le devolviera el coraje.

………Comenzó a dar vueltas alrededor de la fuente y, sin reducir la marcha, se dedicó a monologar. «Supongo que no te tomaste muy en serio lo que te dije hace unas horas. Sigo preguntándome por qué en el delirio de los calmantes me hice a la idea de que Emilio Bazán me había atacado, o que había sido él el autor intelectual del atentado en mi contra. Estaba sumergido en un océano lechoso de color estaño y no recordaba nada de lo ocurrido. Sigo sin recordarlo, fueron los policías los que me contaron lo que ocurrió. ¿Puedes creerlo? Llevaba en mi maletín una rarísima edición de Trilce que el mismo Cesar Vallejo imprimió en la cárcel, tiene el registro de la prisión y debe valer cientos de miles de dólares. También llevaba una computadora y este hiperbólico reloj que me heredó mi abuelo, pero a esos tipos sólo les interesaba mi sangre, el putrefacto licor lavanda de mis huesos», dijo sin dejar de andar en círculos y yo, entre respiros entrecortados, pensé en el extraño tono que había elegido para distinguir el color de su sangre, nada de granate o bermellón, ni azul petróleo ni púrpura de Tiro, para él, que decía poseer un ojo gongorino, el color de su sangre a medio coagular era lavanda.

………En una ocasión, me acordé, le había dicho en broma que su ojo gongorino se parecía mucho al de Luis Miguel y Damián me retiró la palabra por seis meses. «Antes», dijo, «antes sabía cómo defenderme. Antes conocía las reglas del respeto, la arquitectura del respeto y el peso de los nombres. Yo crecí en un barrio malo, lo sabes, y en mi barrio si no tenías dibujado en el rostro tu valía, tu sudor y coraje, no podías cruzar la calle sin un botellazo en el cráneo o un pico en el riñón. Pero en mi infancia el respeto era cuestión de identidad y de origen, ¿tú crees que mis atacantes me preguntaron quién era o de dónde venía? Por supuesto que no, ellos no deseaban otra cosa que la sangre. En cierta forma se puede decir que están democratizando la violencia o, al menos, los objetivos de la violencia. Vivimos en un país de sombras. Es ésta una época de anonimato e insignificancia. ¿Te acuerdas de esa invaluable regla de la ficción?, ¿la de que todo personaje siempre quiere algo aunque sea un vaso de agua? Eso quedó atrás hace tiempo», dijo Damián, «ahora lo único que se busca es universalizar el dolor; la miseria que engendra igualdad, según Balzac, y lo que pasa es que me siento en una nube de lágrimas, una jodida nube de lágrimas», dijo Damián Moreh.

………«Me queda sólo una interrogante», prosiguió y yo seguía detrás de su sombra alrededor de la fuente, «y esta interrogante tiene que ver, por supuesto, con la literatura. Lo que me intriga, dados los acontecimientos, es el maldito peso de la literatura», dijo mi amigo sin dejar de dar vueltas, «digo peso y me refiero a esas fuerzas gravitatorias que acentúan una carga en la Tierra. ¿Cuánto pesaría mi libro de Vallejo? Recuerdo que en mi época preparatoriana creía que la mejor arma en caso de un combate sería el Orlando Furioso de Ariosto, ese tabicón de poesía me hubiera bastado para descalabrar a tres o cuatro barbajanes. ¿Sabes que un cuaderno duplica e incluso triplica su peso luego de atiborrarlo de letras? He ahí el peso de una obra, nada más ni nada menos», dijo Damián y por primera vez le pedí que nos detuviéramos, que regresáramos a casa.

………Él optó por ignorarme. «¿Sabes que existe una enfermedad cuyos síntomas no nacen directamente del cuerpo sino de las estructuras?, ¿de las estructuras que relacionan la función entre los cuerpos? Son enfermedades que no tienen diagnóstico ni cura. Sí sí, el infierno es el otro, vaya lugar común me dirás, pero quiero precisarte sólo una cosa… Sólo una cosa déjame precisarte: si le antepones a la idea de Sartre la frase de Rimbaud yo soy un otro, entonces podrás comprender esta catástrofe que estamos sufriendo, el caos de la sangre y el apogeo de la insignificancia en este país. Y me duele, me duele muchísimo la memoria perdida, es un recuerdo roto que me habla de vez en cuando. En mi mente adquiere la forma de un niño que jamás existió ni existirá porque es el símbolo de una promesa de nuestra civilización. Tiene voz de niño, o a veces de niña, te digo, y por las noches me llora al oído y me dice que tiene hambre, que tiene frío, y me muerde la voz, los gritos, las carcajadas, y me dice que me voy a morir solo y que nadie se acordará de mí. Yo la apaciguo, la arrullo entre las sombras y cuando creo que ya se quedó dormida me lo repite: te vas a morir solo y a nadie va a importarle», dijo Damián, y yo sentí que no podría soportarlo un segundo más, intenté sacudirlo para que dejara de dar vueltas alrededor de la fuente y volviéramos a su departamento, pero me eludió con tal facilidad que pensé que uno de los dos tenía por fuerza que ser una sombra.

………«Nadie debe morir sin haber acariciado la niebla de un fantasma», continuó Damián sin dejar de dar vueltas, «y la voz del niño es a veces la que me arrulla a mí, me pide perdón, pero sé que no es en serio, quiere que le crea, que deposite mi fe en él para luego traicionarme, juega con mis ilusiones, juega con mi fiebre y no me da salida», dijo Damián Moreh y ya no lo resistí, me planté a la tangente de la monótona circunferencia de sus pasos y lo vi repetirse como lentas diapositivas, su voz también hacía eco en lentas diapositivas, y observé cómo daba vueltas sin cesar. Retrocedí un paso y otro más, aunque sabía que no tenía ningún sentido interponer distancia, pues era evidente que ya me había contagiado y que muy pronto se recrudecerían los síntomas de esta enfermedad.




espinosafuentes3ALEJANDRO ESPINOSA FUENTES es narrador, poeta y ensayista. Nació en la Ciudad de México en 1991. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM y se especializa en el estudio de la ironía narrativa. Ganó el Premio Nacional de Relato “Sergio Pitol” 2015 y el Premio Nacional de Novela Joven  “José Revueltas” con Nuestro mismo idioma (FETA, 2015). https://alejandroespinosafuentes.wordpress.com/