Punto de partida: Una mirada alrededor – El subsuelo es de la Corona de Andrés Azúa

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El subsuelo es de la corona (La Liga Ediciones, 2016)

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El título del primer poema, “Escenas de muerte de un lobo marino”, podría trasladarse al resto del libro a partir de esa partición narrativa: escenas. La poesía de Andrés Azúa (Punta Arenas, 1990) genera espacios con los ambientes y personajes precisos para dar un golpe de sentido, una perforación filosófica en torno a la muerte, a la identidad, al tiempo, es decir, a los grandes y viejos temas que no podemos evadir.

La escenografía lingüística plasma una época: “Escuchamos el canto de aves extranjeras / o la voz envasada de las estrellas del grunge / un día de viento con escasa señal de internet”. La elección de las referencias “grunge” e “internet” ambientan lo que Azúa desarrollará luego como política de la lengua: una posición generacional que confía en la reproducción de una realidad a modo de secuencia fílmica; es decir, el poeta no considera fracturar la comunicabilidad (social, racionalista) pues el efecto que desea alcanzar es el extrañamiento de la mirada de lo cotidiano, y dentro de ese terreno habrá de manejarse.

El poeta norteamericano Thomas Hulme, teorizador del imagismo, describió las bases de una línea que, con sus matices, atravesó el siglo XX y llegó hasta nuestros días: en el poema “cada palabra debe ser una imagen vista, no sólo una pieza” (Notes on Language and Style, 1929). De este mismo modo funciona el sistema de Andrés Azúa. En uno de los poemas escribe: “El ojo registra / la sucesión de las manzanas // (…) La ciudad desaparece / por el espejo retrovisor. // Creí verla en una esquina, / adosada a la pared de una casa contigua”; resulta llamativa la cantidad de referencias a la vista, y esto mismo podría rastrearse en otros poemas (por ejemplo “Vista desde el pabellón” o “Ver y volver a ver”). Trasponiendo la frase de Hulme, podríamos decir que las palabras de Azúa no son “piezas” (counter es el término con el cual H. refiere a las formas abstractas, variables cuasi matemáticas de una poética a la que se opone), porque su pensamiento es un reflejo de imágenes que, superpuestas, irruptivas, componen todo lo posible; no hay cálculo en un código autónomo de “lo real”, sino justamente “lo real” es generado en simultáneo con la palabra.

El enigmático título del libro corresponde a una legislación mexicana colonial a partir de la cual podía venderse la tierra, pero el “subsuelo” permanecía bajo dominio de la Corona. Así, aparece una serie de poemas conectados a partir de esta idea. Hay varios textos en los que se describe un ambiente de ruinas, insinuando un tiempo anterior de prosperidad. Por ejemplo, en el poema “Anuncio de inauguración de un parque”, se dice: “Los niños juegan a la escondida en oleoductos dados de baja / o escalan por el interior de una plataforma petrolera”; o en “Elegía del terreno baldío”: “No por nada todo este fierro / dado de baja en la ciudad, // metal oxidado que las olas arrojan a la orilla”. La sensación de decadencia, incluso la previsible decadencia de las metrópolis, nos lleva a pensar que no sólo el petróleo y los minerales pertenecen a la Corona, sino también los muertos que la maquinaria-civilización ha ido planificadamente dejando a su paso. Como en una discusión entre subsuelo y superficie, aquel hace brotar (a veces por medio del oleaje) lo que los actores del poder quisieran ver enterrado para siempre. Azúa se encarga de rastrear las huellas, los desechos, que a modo de punta de un ovillo nos sirven para sacar a la luz esas imágenes que somos aunque no queramos verlas.



diego-l-garciaDIEGO L. GARCÍA (Berazategui – Buenos Aires, 1983). Profesor en Letras, egresado de la Universidad Nacional de La Plata. Escribe poesía y crítica literaria. Entre sus publicaciones se encuentran: Fin del enigma (Editorial Municipal de Berazategui, 2011), Hiedra (La Luna Que, 2014), Ruido invierno (La Luna Que, 2015) y Esa trampa de ver (Añosluz Editora, 2016). Su blog es: www.margendelpoema.blogspot.com.

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