[Especial de navidad #2] Un cuento de Rodrigo Torres Quezada

EL DISFRAZ DEL FRACASO

Una vez, el profesor de historia nos habló acerca de un joven que había sido alumno de nuestro liceo. Dijo que fue el mejor de su generación. Siempre levantaba la mano, siempre participaba en las distintas actividades y estaba muy involucrado con el centro de alumnos. El profesor se quedó en silencio, observó por la ventana. Abajo, en el patio, los niños jugaban fútbol en un mar de pelotazos y enredos de piernas. El joven tenía un futuro prometedor: sería el pilar que sacaría adelante a su familia; sería un científico o un abogado connotado; dejaría una huella indeleble en el mundo. Sería un aporte para la sociedad. El profesor nos observaba con tristeza. Sin embargo, dijo, se le ocurrió estudiar filosofía.

Un día, el profesor de historia había ido a la universidad en donde participaría en una conferencia. Entonces, lo vio: ahí estaba su exalumno, el joven promesa. Caminaba rodeado de personajes desgarbados que olían a marihuana y tenían hojas y pasto envuelto en el pelo enmarañado. Su vestimenta lo sorprendió: usaba una chistera, una levita o chaqué en la cual llevaba un prendedor que decía I love Nietzsche y en una mano enguantada ladeaba de un lado a otro un bastón oscuro. En su cuello un corbatín cerraba toda aquella secuencia visual. Si hubiese estado en el siglo XIX su vestuario no habría provocado el menor asomo de sorpresa. Sin embargo, era la primera década del siglo XXI. El joven tenía, por lo demás, veinte años. Al reconocer al profesor, se acercó a él y lo saludó de forma sofisticada:

—Bienvenido a mi campus universitario, es un honor recibirle— dijo el joven observando al profesor como si su trabajo fuese ser guía del establecimiento.

El profesor le dio un abrazo afectuoso. Quería preguntarle: ¿Qué te pasó? Al principio creyó que en el campus habría alguna especie de festejo y el joven estaría disfrazado para la ocasión. Pero no. Esa era su vestimenta habitual.

—¿Te ha ido bien?— preguntó el profesor. Se sentía incómodo.
—Por supuesto. La filosofía corre por mis venas como el pez que navega en la corriente dispuesto a desovar. Yo desovaré el conocimiento— contestó haciendo movimientos afectados.
—Oye… ¿Qué pasó?— la pregunta del profesor pasó desapercibida. El joven no hizo caso de ella.
—Estoy seguro que mi profesor de filosofía contemporánea me nombrará su ayudante. Me ha dicho que mis trabajos son excelentes y que el mundo estará muy favorecido de conocer mis ideas. He inventado teorías, ¿sabe?

El profesor lo escuchaba con el rostro desencajado. Luego, se despidieron. Él fue a su conferencia y el joven filósofo fue con sus amigos a sentarse en el pasto para reflexionar sobre la existencia, según fueron sus palabras.

Cuando acabó de contar la historia, el profesor observó la pizarra. Ahí, había una serie de anotaciones acerca de la globalización y el libre mercado. Dio un suspiro.

—Ese muchacho estaba perdido… Ya no tenía vuelta. Nunca más lo vi, así que no sé en qué habrá terminado…

La clase acabó con un gusto amargo. Para varios de mis compañeros aquella historia no revistió nada importante. En cambio, yo no la pude olvidar jamás. Durante toda mi vida recordé la historia de aquel joven disfrazado. Para mí, era el sinónimo del fracaso, la moraleja de lo que había que evitar.

Mi historia fue bastante normal: estudié en la universidad, salí de ella, conseguí un empleo y me dediqué a darme mis gustos. Siempre cuidé de no desviarme de la norma para no caer como lo habían hecho tantos de mi generación. O como lo había hecho el joven filósofo. Mi única falla es que fui un hombre solitario. Hay a quienes les afecta estudiar en un liceo sólo de hombres. Fue mi caso. Al salir del colegio me costó demasiado acercarme al sexo femenino. La universidad no me ayudó mucho a pesar que tuve mis amoríos. Sin embargo, para ellas yo siempre fui una especie de paño de lágrimas. No me quejo de mis relaciones pero debo admitir que siempre me sentí solo.

Un día, mi familia organizó una gran reunión navideña como no se hacía en años. Vendrían mis tíos, primos, padrinos, hermanos, sobrinos, en rigor hasta aquellos a quienes jamás había visto.

En relación a esto, mis primos quisieron reunirse conmigo en un café para conversar.

—Te tenemos una propuesta— dijo mi primo Miguel con esa sonrisa descarada que había heredado de mi tío, hermano de mi madre. Yo no saqué esa sonrisa.
—Cuéntenme— respondí. Algo parecía estancarse en mi garganta cada vez que sorbía un poco de café.
—Para la reunión familiar que tendremos en navidad— dijo el primo Edgar— nos hace falta un viejo pascuero. Y si no hay viejo pascuero, no hay navidad. Nosotros queremos que seas tú.

Lancé una carcajada. Me imaginé vestido de Santa Claus. Con esa sola idea me sonrojé de vergüenza.

—¿Pero por qué yo? Nuestra familia es muy grande. Cualquiera podría hacerlo. Por ejemplo ustedes.

Sentí las miradas acuciantes de mis primos sobre mí. Era un interrogatorio en el cual se esperaba una respuesta de mi parte. Era eso o nada.

—Tú eres el único que no tiene hijos ni pareja. Si uno de nosotros se disfrazara, algún niño se podría dar cuenta y no es la idea. ¿Comprendes?

Lo pensé unos segundos. Si bien la petición tenía algo de humanitaria en realidad era una forma suave de expresar su egoísmo. Simplemente debía responder afirmativamente.

—Piensa en lo felices que estarán nuestros hijos…y toda la familia, por supuesto— dijo un primo.

Iba a decirles que sí, que aceptaba, cuando mi primo Edgar agregó algo más.

—Tú eres un hombre soltero. Si se disfrazara otra persona, ¿tú qué harías? Todos estaríamos celebrando con nuestros hijos. Yo lo veo en el sentido de que todos los que asistamos, debemos sentirnos integrados en la familia. Es hacer esto o quedarte mirando sentado en una esquina.

Me reí. Fingí que esas palabras eran algo sin importancia. Miré alrededor: en el local del café ya habían puesto adornos navideños. El árbol, eso sí, aún estaba desnudo.

—Está bien, me convencieron. Pero conste que lo hago por los niños— respondí.

Era Noche Buena. La familia estaba reunida en la mesa dispuesta en el jardín. El árbol, apoyado cerca del muro, iluminaba con sus luces todo el patio. Las tías habían preparado las galletas mientras que los tíos compraron el vino y el champagne, para los adultos, y las bebidas para los niños. Mientras todos hablaban animadamente, los primos me llamaron con discreción para que les acompañase a una de las piezas. Aquí nos encerramos y me mostraron una bolsa roja repleta con los juguetes de los niños y los regalos para los más grandes. El primo Miguel me pasó el traje de viejo pascuero. Aunque yo no estaba tan gordo, lucía una barriga que podía competir con la de cualquier Santa Claus de temporada. Los primos me dieron las instrucciones del caso. Cuando fuese justo la medianoche, debía aparecer en el jardín cargando la bolsa de los regalos.

Afuera encendieron el equipo de música. La familia bailaba y no eran canciones de navidad. Así, me quedé por unos minutos solo en la habitación. Me disfracé. Al verme en el espejo descubrí que no era un mal viejo pascuero. Simulé varias poses para entretener a los niños. Afuera estaban muy alegres todos. Yo me sentía nervioso. Entonces dieron las cero horas. La medianoche había caído. A lo lejos se escucharon campanas en una iglesia y repiqueteos menores provenientes, de seguro, de las campanillas de los Santa Claus de distintos hogares.

Salí de la pieza arrastrando la bolsa. Abrí el ventanal que daba hacia el jardín.

—Jo jo jo— grité repetidas veces.

Los niños se abalanzaron sobre mí para darme abrazos. Los primos me agarraron por los brazos y me situaron al medio del patio, frente al árbol navideño. Los niños querían sus regalos. Vacié la bolsa y se tiraron encima a buscar los suyos. Los primos aplaudieron. Primero, de forma lenta, luego con un ritmo más rápido. Mis padres, los tíos, los abuelos y los demás también aplaudieron. Mis primos con sus parejas disfrutaban la escena.

—¡Que baile, que baile, que baile!— gritaban al unísono.

Entonces pusieron una música de salsa. Tuve que seguir el juego e hice movimientos ridículos de un lado a otro. Mi familia sabía que el baile no era lo mío. De pronto caí. Me resbalé con los papeles y envases de los juguetes que los niños recién habían abierto. Me incorporé lo más rápido que pude y volví a gritar un gran:

—Jo jo jo.

Los niños no hacían caso de mí. Fueron a abrazar a sus padres para darles gracias por los regalos. Sin embargo, yo tenía que seguir bailando para animar la navidad de mi familia. Estaba agotado. El padrino de uno de mis sobrinos abrió un aspersor y me empapó de agua.

—¡Hay que refrescar a Santa Claus! ¡Está sudando!— dijo riendo. Los niños reían a carcajadas.

Me senté en el suelo. Mi familia me sacó fotografías, estrenando sus nuevas cámaras fotográficas y celulares.

Semanas después, uno de mis primos me envió por internet las fotos. Al verlas, me sentí impotente. En una de ellas, el viejo pascuero resbalaba. Parecía un trapo aventado a un tarro de basura. Borré de inmediato el email en donde aparecía esa imagen. No obstante, no la puedo olvidar.

Así, cada vez que recuerdo mi show pienso en el joven filósofo. Pienso en que algún día me encontraré con él y charlaremos sobre lo inevitable de convertirnos en esto.

 


rodrigo-torres-quezadaRODRIGO TORRES QUEZADA (Santiago, 1984). Licenciado en Historia por la Universidad de Chile. Ha obtenido diversas distinciones en certámenes literarios nacionales y extranjeros. Ha publicado el volumen de cuentos Antecesor (Librosdementira, 2014) y la novela El sello del pudú (Aguja Literaria, 2016).